Capítulo 7 — La casa donde el gato no maúlla
La casa donde el gato no maúlla
León Aranda llegó a la verja de los Álamos con el abrigo mal puesto, los zapatos mojados y una expresión que habría bastado para desalojar una taberna.
—Nadie se mueve —dijo.
Clara ya tenía una mano en la verja.
—Migas está ahí dentro.
—He dicho nadie.
—Lo he oído.
—Entonces suelta la verja.
—También he oído al gato.
Pilar, empapada hasta los codos y con la linterna en alto como si fuera un arma medieval, habló sin apartar la vista de la oscuridad del terreno.
—Inspector, con todo el respeto que me merece la ley cuando no estorba, si ese gato vuelve a maullar, yo misma tiro la verja.
Ramiro levantó el paragüero.
—Yo colaboraría con escasa eficacia, pero mucha convicción.
León los miró a los tres bajo la lluvia.
—Esto es exactamente lo que temía.
—¿El gato secuestrado? —preguntó Clara.
—No. Un grupo de civiles formando una milicia emocional en torno a un felino.
Desde el otro lado de la verja llegó otro sonido.
No fue un maullido claro. Fue algo más débil, más apagado, casi un roce de voz. Pero Clara lo reconoció como se reconocen las cosas que una ha escuchado demasiadas veces sin saber que las estaba memorizando.
—Migas —susurró.
La lluvia caía sobre la hiedra, sobre la cadena nueva, sobre la cinta policial colocada por León horas antes. La frase escrita sobre el dibujo de la niña se deshacía lentamente en el suelo.
No sigan al gato.
El agua convertía la tinta en venas negras.
León la vio. Su rostro cambió. No mucho, pero lo suficiente para que Clara entendiera que el inspector había dejado de enfadarse con ella y empezaba a enfadarse con otra persona.
Eso era mejor.
Y peor.
—Tomás —dijo León.
El agente Quintana apareció detrás del coche policial, cerrándose la chaqueta contra la lluvia.
—Sí.
—Llama a Marisol. Que venga con focos y cinta extra. Y avisa a la comisaría: quiero a alguien en el Café Aurora, ahora. Si esto es un señuelo, no sabemos qué buscan allí.
Pilar se puso rígida.
—Mi café.
—Su café está cerrado?
—Sí.
—Bien cerrado?
—Lo he cerrado yo.
—Eso me tranquiliza más que cualquier protocolo.
—Debería.
Clara seguía mirando al otro lado de la verja.
—León.
—Voy a entrar.
—Voy contigo.
—No.
—Migas no vendrá si no me ve.
—Eso no lo sabes.
—Tú tampoco.
El inspector apretó la mandíbula. La lluvia le corría por la frente. Durante un segundo, Clara vio cómo calculaba: peligro, escena, gato, civil, oscuridad, ruinas, amenaza, ella. León era irritante cuando decía que no, pero nunca era cruel. Y tampoco era tonto.
—Te quedas detrás de mí —dijo al fin.
—Sí.
—No tocas nada.
—Sí.
—Si te digo que pares, paras.
—Sí.
—Esa obediencia repentina me parece sospechosa.
—Estoy asustada.
La frase cayó entre los dos sin defensa.
León la miró de otro modo.
—Lo sé.
Sacó de una bolsa el manojo de pruebas que contenía la llave roja.
Marisol todavía no había llegado, pero León llevaba consigo lo esencial, como si algo en su oficio hubiera aprendido que las noches no esperan a que los procedimientos se pongan cómodos.
Abrió la puerta baja de hierro en el muro, la misma que por la tarde había parecido una herida antigua en la piedra.
El metal gimió de nuevo.
El aire que salió desde el interior del pasadizo olía a humedad, cal y lluvia entrando donde no debía.
Migas no apareció.
—Vamos —dijo León.
Pilar dio un paso.
—Usted no —dijo él.
—¿Perdón?
—Pilar, si entra todo el mundo, no puedo proteger a nadie.
—No necesito protección.
—Precisamente la gente que dice eso es la que más trabajo da.
—Inspector.
—Quédese aquí con Ramiro. Si alguien se acerca, grita. Si oyen algo raro, no entren. Si Clara hace algo irresponsable, grite más alto.
Ramiro levantó el paragüero.
—Yo puedo ser útil en la retaguardia.
—Eso espero, porque en la vanguardia me preocupa.
Pilar miró a Clara.
No dijo “cuidado”.
No hizo falta.
Clara entró detrás de León.
La puerta baja los tragó.
El pasadizo estaba más oscuro que por la tarde.
La linterna del inspector abrió un túnel de luz sobre las piedras húmedas, la escalerilla irregular y las paredes manchadas de fuligem.
El polvo blanco del suelo se había vuelto una pasta clara con la humedad que entraba desde el exterior. Cada paso dejaba una marca.
—No pises donde yo no pise —dijo León.
—Entendido.
—Y respira.
Clara se dio cuenta de que estaba conteniendo el aire.
Respiró.
El olor era peor ahora. No más fuerte, sino más vivo.
Como si la lluvia hubiera despertado la memoria mineral del lugar.
Cal, tierra, madera vieja, humo imposible.
El incendio de los Álamos llevaba treinta años terminado, pero allí abajo seguía haciendo su trabajo: pegado a las paredes, escondido en las grietas, esperando que alguien volviera a abrir la puerta equivocada.
—Migas —llamó Clara.
Su voz rebotó en el corredor.
Nada.
Caminaron hasta la sala donde habían encontrado la caja de lata.
El nicho estaba vacío, marcado con una etiqueta policial.
La pared donde faltaba el objeto grande seguía mostrando el rectángulo limpio entre la fuligem.
A la luz de la linterna, parecía todavía más evidente: algo había estado allí durante años, protegido del humo, y alguien lo había retirado hacía poco.
—No está aquí —dijo Clara.
—Eso parece.
—Entonces por dónde?
León iluminó el suelo.
Al principio Clara no vio nada além de marcas sobre marcas: as pegadas dos agentes, dos seus passos, pequenas manchas de água e terra. Depois notou a linha absurda: pontinhos mais leves, quase redondos, que contornavam a sala em direção ao lado oposto ao corredor bloqueado.
Pegadas de gato.
—Ahí —dijo.
León asintió.
Las huellas pasaban junto al armario de metal tombado, rodeaban unas vigas quemadas y se perdían hacia una abertura que por la tarde les había parecido apenas un derrumbe. De cerca, no era un derrumbe. Era un hueco estrecho entre dos bloques de piedra caídos, suficiente para que un gato pasara.
No para una persona adulta.
—Migas entró por ahí —dijo Clara.
—O lo metieron por ahí.
La idea le golpeó el pecho.
—No.
—Clara.
—No digas eso.
León no discutió. Solo iluminó el hueco.
Al otro lado se veía un tramo de suelo inclinado y, más allá, una claridad débil.
—Hay otra salida —dijo él.
—¿A dónde?
—Vamos a averiguarlo sin arrastrarnos por un agujero que podría hundirse.
Subieron de vuelta al exterior.
Pilar y Ramiro seguían junto a la verja. Pilar estaba empapada, furiosa y muy quieta. Ramiro sostenía el paragüero con ambas manos, menos como arma y más como amuleto.
—¿Lo encontrasteis? —preguntó Clara antes de que Pilar pudiera.
—Todavía no.
Pilar apretó los labios.
—Pero hay huellas. Van hacia otro lado del terreno.
León salió de la puerta baja y miró la verja principal.
—Tomás, corta la cadena.
—¿La nueva?
—Especialmente la nueva.
Esteban Rivas habría hecho una objeción jurídica elegante, pensó Clara.
Pero Esteban no estaba allí. Inés tampoco.
Nadie que pudiera hablar de propiedad, sucesión o terreno privado estaba presente.
Solo la lluvia, el inspector, dos empleados del café, un escritor de frases inútiles, un agente con alicate y un gato que quizá estaba esperando al otro lado de una historia vieja.
El candado cedió con un chasquido.
La verja se abrió.
El terreno de los Álamos olía a abandono.
Las hierbas altas rozaban las piernas de Clara.
Bajo la lluvia, los restos de la casa parecían menos ruina y más animal dormido: muros negros, piedras cubiertas de musgo, huecos donde habían existido ventanas, sombras agrupadas bajo los limoneros.
La cinta policial brillaba en la oscuridad como un gesto demasiado moderno para un lugar tan antiguo.
—Por aquí —dijo León.
Rodearon los restos principales siguiendo el muro exterior. Tomás iba delante con otra linterna. Clara caminaba detrás de León. Pilar venía a pocos pasos, porque nadie había conseguido impedirlo, y Ramiro atrás, murmurando que la retaguardia también tenía sus riesgos estéticos.
—Creía que te habías quedado fuera —dijo Clara a Pilar.
—Yo también.
—¿Entonces?
—Tomé una decisión ejecutiva.
León no se volvió.
—Estoy ignorando esa decisión por falta de personal para discutirla.
—Sensato —dijo Pilar.
Las huellas de gato reaparecieron junto a un tramo de tierra más blanda. Iban en dirección a la parte posterior del terreno, donde los limoneros crecían más apretados. Allí, detrás de un muro bajo casi cubierto por ramas, había una construcción pequeña que Clara no había visto por la tarde.
No era la Casa de los Álamos.
Era una casita.
Baja, rectangular, con tejado de tejas hundido en un extremo, una puerta de madera gris y una ventana pequeña protegida por barrotes. No estaba quemada como la casa principal. Estaba vieja, húmeda, olvidada. Como si el incendio la hubiera perdonado por no considerarla importante.
—¿Qué es esto? —preguntó Clara.
—La casa del guarda —dijo León.
—¿Sabías que existía?
—Lo vi en un plano antiguo que Nuria mandó hace media hora.
—¿Nuria manda planos antiguos en medio de la noche?
—Nuria es una fuerza de la naturaleza archivística.
Ramiro, desde atrás, susurró:
—Eso merece placa.
La puerta de la casita estaba entreabierta.
León levantó una mano.
Todos se detuvieron.
—Migas —llamó Clara, más bajo.
Nada.
No hubo maullido.
No hubo movimiento.
Solo la lluvia cayendo sobre las tejas y el goteo lento desde los limoneros.
La puerta tenía una marca reciente cerca de la cerradura: madera raspada, como si alguien la hubiera forzado. En el suelo, junto al umbral, había restos de sardina.
Pilar soltó aire por la nariz.
—Hijos de…
—Pilar —dijo Ramiro.
—No acabé.
—Lo pensé por ti.
León empujó la puerta con el pie.
La casita olía a moho, lavanda y pescado.
La combinación era repugnante por razones morales.