El gato de la cinta roja Capítulo 6 — El día en que Migas desapareció #3
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Capítulo 6 — El día en que Migas desapareció #3

—O alguien que quiere que pienses en ella —dijo Ramiro.

El miedo se volvió más definido.

Clara salió al patio bajo la lluvia.

—Migas!

Pilar la siguió.

—No salgas al callejón.

—No voy a quedarme aquí.

—Vas a llamar a León.

—También.

Marcó con los dedos mojados.

León respondió al segundo tono.

—Qué pasó?

—Se fue la luz. La puerta del patio estaba abierta. Hay un plato con sardina y una bolsita de lavanda. Migas no está.

Silencio.

—Cierra el café.

—León.

—Cierra el café y no salgas.

—Voy a buscarlo.

—No.

—Es Migas.

—Justamente.

—Si alguien lo llevó…

—Si alguien lo llevó, quiere que salgas.

La frase la detuvo.

La lluvia le mojaba el pelo, la cara, el cuello. Desde el patio, la plaza parecía muy lejos, aunque estaba apenas del otro lado del edificio.

—Clara, escúchame. Estoy yendo. No salgas sola.

Detrás de ella, Pilar dijo:

—Tiene razón.

Clara cerró los ojos.

No podía quedarse.

No podía salir.

Ese era el tipo de trampa más cruel: la que usaba el amor para empujar la puerta.

Un maullido sonó en alguna parte.

Muy lejano.

O talvez imaginado.

Clara abrió los ojos.

—Lo oí.

—Qué? —preguntó León al teléfono.

—Migas.

—Clara.

Pero ella ya caminaba hacia la tapia del fondo.

—Clara! —gritó Pilar.

La tapia tenía una parte más baja junto a las cajas. Migas la usaba a veces para entrar y salir del patio, aunque Clara siempre fingía no saberlo porque una parte de ella prefería no imaginar al gato cruzando alturas imposibles con la confianza de un acróbata borracho.

Sobre la piedra húmeda, había huellas.

Pequeñas.

De gato.

Y al lado, una marca de zapato.

No grande. No reciente? No: reciente. La lluvia todavía no la había borrado.

Ramiro iluminó con el móvil.

—Alguien estuvo aquí.

—Sí.

Clara fotografió la marca. Luego la vio.

En el borde superior de la tapia, prendido en una aspereza de piedra, había un mechón de pelo naranja.

Migas.

Pilar soltó una palabra baja, muy poco propia de una mujer que organizaba servilletas por tamanho.

—Voy a salir por la panadería —dijo Clara.

—No vas sola —respondió Pilar.

—Pilar…

—No discutas con una mujer que tiene linterna y rabia.

Ramiro levantó el paragüero.

—Y con un hombre armado con mal criterio.

Clara volvió al teléfono.

—León, vamos hacia el callejón de la panadería. No voy sola. Ven.

—Clara, espera.

—No puedo.

—Maldita sea.

Ella colgó.

No por rebeldía.

Por miedo de que la convenciera.

Salieron por la puerta trasera del patio hacia el callejón.

Pilar cerró con llave detrás de ellos y se guardó la llave en el bolsillo del delantal como si fuera la llave de una fortaleza.

La lluvia caía más fuerte allí, entre los muros estrechos.

El callejón olía a pan húmedo, piedra mojada y pescado.

Pescado.

—Sardina —dijo Ramiro.

Clara siguió el olor.

No era fuerte, pero existía. Una línea absurda en el aire. Alguien había usado comida. Claro que sí. No hacía falta violencia para llevarse a un gato. Bastaba conocer su debilidad y no tener escrúpulos.

El callejón desembocaba detrás de la panadería. La luz de la cocina de Julián estaba encendida.

Clara golpeó la puerta.

—Julián!

El panadero abrió con un paño en la mano y harina en la camiseta.

—Qué pasa?

—¿Viste a Migas?

—No.

—¿Seguro?

—Clara, estoy amasando desde hace una hora. ¿Qué pasó?

Pilar respondió antes que ella:

—Alguien dejó sardinas en nuestro patio y el gato desapareció.

Julián palideció.

—No fui yo.

—Nadie dijo que fueras tú —dijo Ramiro.

—Pero tengo cara de decirlo.

—Eso es cierto.

Clara miró detrás de él. La cocina olía a pan, levadura y ajo. No a sardina.

—¿Viste a alguien en el callejón?

Julián pensó.

—Un hombre pasó hace unos minutos.

—Qué hombre?

—No le vi la cara. Llevaba capucha. O sombrero. No sé. Llovía. Iba hacia la calle de los Limoneros.

—Abrigo azul?

—Puede.

Clara sintió que la sangre le subía al rostro.

—Migas iba con él?

—No lo vi. Pero escuché un maullido.

Pilar apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Y no saliste?

—Pensé que era Migas siendo Migas. Maúlla como si lo hubieran traicionado cada vez que pisa un charco.

Era verdad.

Eso no lo hacía menos terrible.

Clara ya estaba caminando.

—Calle de los Limoneros.

—Clara! —llamó Julián.

—Llama a León si no lo ves.

—Ya viene —dijo Pilar—. O vendrá a matarnos. Una de dos.

Corrieron bajo la lluvia.

No fue una carrera elegante. Clara resbaló una vez, Ramiro casi perdió el paragüero y Pilar avanzó con una eficiencia furiosa que habría avergonzado a soldados entrenados.

Las farolas encendidas convertían las gotas en líneas doradas.

El pueblo, que de día parecía un escenario amable, de noche y con lluvia revelaba sus costuras: puertas cerradas, ventanas oscuras, callejones demasiado estrechos, rincones donde una persona podía esperar sin ser vista.

—Migas! —gritó Clara.

Su voz chocó contra las paredes.

Nada.

En la calle de los Limoneros, el olor a sardina desapareció. En su lugar había humedad, hojas machacadas y ese fondo de cal o yeso que Clara ya asociaba con los Álamos.

—Por aquí —dijo Ramiro.

—Por qué?

—No sé. El paragüero siente cosas.

Pilar le arrebató la linterna y apuntó al suelo.

Había huellas pequeñas junto al muro.

Huellas de gato.

Clara se agachó.

—Son de él.

—No puedes saberlo —dijo Ramiro.

—Sí puedo.

No era racional. Pero había cosas que se aprendían de tanto mirar. La forma en que Migas apoyaba una pata trasera un poco hacia afuera. El tamaño. La distancia entre saltos. Su manera de cruzar el mundo como si todo fuera suyo pero nada mereciera demasiado esfuerzo.

Las huellas seguían hacia la verja de los Álamos.

Clara sintió un frío distinto al de la lluvia.

—No.

Pero sí.

La verja apareció al final del camino, oscura, cubierta de hiedra, con la corriente nova brillando bajo la farola.

La puerta baja de hierro en el muro estaba cerrada otra vez; León la había sellado provisionalmente con cinta policial.

La cinta amarilla se movía con la lluvia como una advertencia cansada.

Junto a la verja, había un objeto en el suelo.

Clara se acercó despacio.

No era Migas.

Era una cinta.

Roja.

Mojada, sucia, atada a algo pequeno.

Pilar iluminó.

Era el dibujo de la niña que habían dejado en el café: Migas con capa, sosteniendo una llave.

Ahora el dibujo estaba arrugado por la lluvia.

Y sobre él, escrito con tinta corrida, había una frase:

No sigan al gato.

Clara no supo si el sonido que hizo fue rabia o miedo.

Ramiro, por una vez, no dijo nada.

Pilar le puso una mano en el hombro.

—Lo vamos a encontrar.

Clara miró la verja.

Al otro lado, entre la hiedra y la oscuridad del terreno de los Álamos, algo se movió.

Un destello naranja?

Una hoja?

Una ilusión fabricada por el miedo?

—Migas! —gritó.

No hubo respuesta.

Solo lluvia.

Solo el golpe del agua sobre las piedras.

Solo la vieja Casa de los Álamos, que no existía y sin embargo seguía tragando cosas.

A lo lejos, por la calle de la iglesia, se oyó el motor del coche de León.

Clara siguió mirando el terreno.

Entonces, desde dentro de la ruina, llegó un maullido.

Débil.

Breve.

Real.

Clara dio un paso hacia la verja.

Pilar la sostuvo del brazo con fuerza.

—Es una trampa.

—Es Migas.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

El coche de León frenó detrás de ellos. Una puerta se abrió. Pasos rápidos sobre la piedra mojada.

—Clara! —gritó el inspector.

Ella no se volvió.

No podía apartar los ojos de la oscuridad.

Del otro lado de la verja, algo naranja volvió a moverse entre las hojas.

Y luego desapareció.

Como si el pasado, cansado de devolver llaves, botones y fotografías, hubiera decidido quedarse con el gato.