Capítulo 6 — El día en que Migas desapareció #2
Todos se giraron.
Berta cerró la puerta lentamente.
—Siempre ponía bolsitas de lavanda en los cajones de la tienda. Decía que las polillas eran la única mafia contra la que una podía luchar con flores.
Martina parecía agotada. El interrogatorio la había vaciado de desafío y dejado en su lugar una joven con demasiado miedo para seguir fingiendo enfado. Se sentó sin pedir permiso. Migas la observó desde la barra, pero no se acercó.
—¿Encontrasteis algo? —preguntó Berta.
León cerró la carpeta.
—Información antigua.
—Eso en Valleverde significa información nueva con arrugas —dijo Pilar.
Berta miró a Clara.
—Nuria volvió al archivo. Dijo que quería revisar las fotografías con lupa. El inspector la dejó, no?
León se frotó la frente.
—La dejé con Marisol.
—Entonces está bien.
—No sé si “bien” es la palabra que usaría para una bibliotecaria con lupa y una agente que le tiene miedo.
Martina miraba a Migas.
No con rechazo esta vez.
Con culpa.
Clara se acercó a ella.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Ya hablamos de esa palabra.
La joven se mordió el labio.
—Cuando declaré, hice el retrato del hombre del abrigo azul. Marisol dijo que lo iban a revisar. Pero…
—Pero?
—Creo que lo vi otra vez.
León se volvió de golpe.
—Cuándo?
—Hace un rato. Antes de venir. En la esquina de la calle de la iglesia. Estaba mirando hacia aquí.
—Por qué no lo dijiste al entrar?
—Porque no estoy segura. Y porque cuando me acerqué, ya no estaba.
—Dirección?
—Hacia la calle de los Limoneros.
El silencio se tensó.
Migas bajó de la barra.
Clara reaccionó antes que él.
—No.
El gato la miró.
—Ni lo sueñes.
Migas caminó hacia la puerta.
Pilar se colocó delante de la barricada, aunque la puerta ya estaba abierta apenas lo necesario para clientes.
—Hoy no, naranja.
Ramiro se levantó también, solemne.
—Propongo formar un cordón humano.
—Si tú formas algo humano, ya es novedad —dijo Pilar.
León fue hasta la ventana y miró la plaza.
—Tomás.
El agente, sentado cerca de la puerta con un café que no había tenido tiempo de beber, se levantó.
—Sí?
—Ve a la calle de la iglesia. Sin montar espectáculo. Si ves a un hombre de abrigo azul, me llamas. No lo abordes solo.
—Entendido.
Tomás salió.
Migas no apartó la mirada de la puerta.
Clara se agachó frente a él.
—Escúchame bien. No eres detective.
El gato parpadeó.
—Tampoco eres mártir.
Otro parpadeo.
—Ni funcionario.
Migas maulló.
Ramiro susurró:
—Ahí discrepa.
Pilar lo hizo callar con un gesto.
El resto de la tarde se volvió extraño.
No pasó nada y, sin embargo, todo parecía estar a punto de pasar.
Los clientes entraban con excusas transparentes.
“Un café rápido.” “Un vaso de agua.” “Venía a preguntar si sabían algo de la misa.” “Necesitaba cambio.” Todos miraban al gato.
Algunos le hablaban en voz baja. Una niña le dejó un dibujo: Migas con capa, sosteniendo una llave en la boca.
Ramiro lo tituló El felino contra el archivo del mal , pero Pilar le quitó el lápiz.
León recibió llamadas. Tomás no encontró al hombre del abrigo azul.
Nuria mandó un mensaje diciendo que había localizado otra fotografía del incendio, pero que necesitaba comparar fechas.
Inés llamó desde el hostal preguntando si podía ver la copia del periódico.
León dijo que no. Inés dijo que vendría igual.
León apagó el móvil durante treinta segundos y luego lo encendió con culpabilidad profesional.
Clara intentó trabajar.
No pudo.
Cada vez que Migas se movía, ella lo seguía con la mirada. Si saltaba al sillón azul, respiraba. Si bajaba al suelo, se tensaba. Si miraba hacia la puerta, el corazón se le subía a la garganta. El miedo por un gato tenía algo de vergonzoso hasta que aparecía. Luego era simplemente miedo.
—Estás agotada —dijo Pilar.
—Estoy bien.
—No. Estás sirviendo descafeinado a gente que pidió espresso y espresso a gente que pidió tila.
—Eso es casi justicia poética.
—Eso es mala gestión.
Clara apoyó una mano en la barra.
—No quiero que le pase nada.
Pilar miró a Migas, que dormía sobre el dibujo de la niña.
—Ya lo sé.
—Es ridículo.
—No.
—Es un gato.
—Es Migas.
La diferencia era toda.
A las siete, empezó a llover.
No una tormenta grande. Una lluvia fina, persistente, de esas que convierten las calles de piedra en espejos y los rumores en susurros.
La Plaza Mayor se vació poco a poco. Berta volvió a su puesto para cerrar los toldos.
Martina fue con ella. Ramiro se ofreció a acompañarlas “por seguridad narrativa” y Pilar lo mandó cargar un cubo de flores para justificar su existencia.
León salió hacia la comisaría con la carpeta bajo el brazo y prometió volver en una hora.
—Cierra bien —le dijo a Clara.
—La puerta o mi tendencia a meterme en cosas?
—Ambas.
—Haré lo posible con la primera.
León la miró.
—Clara.
—Lo sé.
—No lo sabes. Crees que lo sabes porque tienes intuición, café y un gato. Pero alguien amenazó al animal. Eso significa que alguien nos está mirando más de cerca de lo que pensábamos.
Clara tragó saliva.
—Crees que está plantando pistas?
—Creo que hay dos posibilidades. Una: Migas encuentra cosas porque Elvira dejó un camino preparado. Dos: alguien está usando a Migas para guiarnos.
—Y tres?
—Tres, las dos cosas.
La lluvia golpeó el cristal con suavidad.
—Eso es peor —dijo Clara.
—Sí.
—Por qué amenazarlo entonces?
—Porque el gato no obedece al guion de nadie.
Migas, desde el sillón, abrió un ojo como si aceptara el cumplido.
León bajó la voz.
—No lo dejes salir.
—No lo haré.
—Y no salgas tú.
—No lo haré.
—Eso sonó demasiado obediente.
—Estoy cansada.
—Eso sí te creo.
Cuando León se fue, el café quedó casi vacío. Solo Pilar, Clara, Ramiro y Migas. Berta había mandado una cesta de flores pequeñas para “alegrar el ambiente”, pero la mezcla de flores, café, lluvia y preocupación hacía que todo pareciera el decorado de una despedida.
Pilar cerró la puerta con llave.
—Ahora sí. Nadie entra. Nadie sale. Ni gato, ni poeta jubilado, ni inspector con complejo de autoridad.
—León no es poeta —dijo Ramiro.
—Tú tampoco y mira lo que haces con las palabras.
Ramiro estaba junto al ventanal, mirando la plaza.
—El hostal tiene luz encendida.
—Fascinante —dijo Pilar.
—Inés está en la ventana.
Clara se acercó.
En el segundo piso del hostal, detrás de una cortina clara, una figura permanecía inmóvil. Podía ser Inés. Podía ser cualquiera. La lluvia deformaba la imagen.
—Debe de estar mirando hacia los Álamos —dijo Ramiro.
—Desde ahí no se ven.
—Me refería en sentido trágico.
Pilar apagó una de las luces del café.
—No más sentido trágico por hoy.
El cierre fue lento. Las tazas lavadas, las mesas limpias, las sillas puestas de lado. Migas fue alimentado con una generosidad que Clara fingió no ver. Comió, se estiró y se dirigió al pasillo.
—No —dijeron Clara y Pilar a la vez.
El gato se detuvo.
—El baño no —dijo Clara.
Migas giró hacia el patio interior.
—Tampoco.
Miró la puerta de la cocina.
—Menos.
Ramiro, que recogía periódicos, comentó:
—Estamos asistiendo a la caída de un imperio.
Migas volvió al sillón azul con la dignidad herida.
—Gracias —dijo Clara.
El gato le dio la espalda.
A las ocho y media, Pilar fue a la despensa del fondo para revisar si había leche suficiente para la mañana.
Ramiro se ofreció a bajar la basura. Clara dijo que no.
Ramiro dijo que solo era basura. Clara repitió que no.
Pilar, desde la despensa, gritó que la basura podía esperar hasta que el mundo recuperara parámetros normales.
Entonces se apagaron las luces.
No de golpe total. Primero parpadearon. Una, dos veces. La máquina de café soltó un suspiro eléctrico. Luego el café quedó en penumbra, iluminado apenas por la luz gris de la plaza y el brillo débil de la lámpara de emergencia sobre la puerta.
—No me gusta —dijo Ramiro.
—A nadie —respondió Clara.
—No, quiero decir narrativamente.
—Ramiro.
Desde la despensa llegó la voz de Pilar:
—Si alguien hizo esto para crear ambiente, lo mato yo antes que el asesino.
Clara buscó el móvil en el bolsillo.
—Todos quietos.
Migas no estaba en el sillón.
El corazón de Clara golpeó una vez, fuerte.
—Migas?
Nada.
—Migas?
Un ruido vino del pasillo.
No un maullido.
Un golpe pequeño.
Clara encendió la linterna del móvil. El haz tembló apenas en su mano.
—Pilar?
—Estoy en la despensa.
—Quédate ahí.
—Ni loca.
—Pilar.
—No recibo órdenes de mujeres que siguen gatos a ruinas.
Pilar apareció con una linterna grande en la mano y una expresión capaz de asustar a cualquier criminal razonable. Ramiro sostuvo un paragüero como arma.
—Eso é inútil —dijo Clara.
—También decorativo.
Avanzaron hacia el pasillo.
La puerta del baño estaba cerrada.
La ventana seguía cerrada, con la cucharilla, la servilleta y el pestillo en su lugar.
La puerta del patio interior, en cambio, estaba entornada.
Clara se quedó helada.
—Yo la cerré.
—Yo también la vi cerrada —dijo Pilar.
El patio interior estaba oscuro y mojado.
La lluvia caía fina sobre las baldosas. Las cajas de leche, apiladas contra el muro, proyectaban sombras torcidas.
La puerta del pequeño almacén exterior estaba cerrada.
La tapia del fondo daba a un callejón estrecho que comunicaba con la parte trasera de la panadería.
—Migas —llamó Clara.
Nada.
Pilar iluminó el suelo.
Junto a la puerta había un plato.
No del café.
Un plato pequeño, de porcelana blanca con borde azul.
Encima, restos de sardina.
Clara sintió náusea.
—Eso no é nosso.
Pilar se agachó, pero no tocó.
—No.
—Quién entró?
—Nadie.
—Alguien tuvo que entrar.
Ramiro iluminó el marco de la puerta.
—O dejarlo desde fuera.
La puerta del patio tenía una rendija inferior bastante ancha. No para un plato. Pero sí para empujarlo poco a poco si alguien abría con una herramienta. O si la puerta ya estaba mal cerrada. O si alguien había tenido copia de la llave. O si alguien conocía el patio.
Clara vio algo junto al plato.
Una bolsita de tela.
Pequeña.
Atada con hilo.
La levantó con una servilleta antes de que Pilar pudiera detenerla.
Olía a lavanda.
—Elvira —susurró.