Capítulo 6 — El día en que Migas desapareció
El día en que Migas desapareció
Clara Medina descubrió que era mucho más fácil vigilar a un asesino que vigilar a un gato.
A un asesino, en teoría, se le podía seguir, interrogar, incomodar con preguntas, observar la forma en que sostenía una taza o el modo en que evitaba mirar una llave antigua sobre un plato.
Un asesino podía mentir, pero al menos mentía en una lengua conocida.
Migas, en cambio, operaba bajo una constitución propia, redactada probablemente en la parte superior de algún armario y basada en tres principios fundamentales: toda puerta cerrada era una provocación, todo alimento ajeno era una invitación, y toda orden humana era una sugerencia decorativa.
—No sales —dijo Clara.
Migas, sentado sobre el mostrador del Café Aurora, la miró con una calma redonda.
—Lo digo en serio.
El gato parpadeó.
—Ese parpadeo no me intimida.
Pilar, que estaba limpiando vasos detrás de la barra con más fuerza de la necesaria, soltó un resoplido.
—A mí sí.
Desde que León había abierto en el pasillo la nota encontrada en el bolsillo de Esteban Rivas, el café había cambiado de temperatura.
No físicamente. La máquina seguía desprendiendo calor, las tazas seguían chocando, el pan seguía oliendo a mantequilla, pero algo se había enfriado en los bordes del día.
La amenaza era absurda y, por eso mismo, terrible.
La próxima vez no volverá.
Clara había repetido la frase mentalmente tantas veces que ya no parecía escrita con letras recortadas, sino tallada en la madera de la barra.
Migas, por su parte, no mostraba ninguna conciencia de estar amenazado. Había intentado robar una loncha de queso, había dormido encima de dos periódicos que León necesitaba y, en un acto de rebeldía política, había metido la pata en el vaso de agua de Ramiro.
—Eso es intimidación procesal —dijo Ramiro, mirando su vaso contaminado.
—Es hidratación compartida —respondió Pilar.
—No con mi consentimiento.
—Tú tampoco tienes el de él para opinar tanto y, sin embargo, aquí estamos.
El Café Aurora estaba más vacío que por la mañana, pero no más tranquilo.
León había enviado a Esteban de vuelta a la comisaría, esta vez sin permitirle negociar la dignidad.
Inés Alcázar se había instalado en el hostal de la plaza, aunque Clara sospechaba que no había deshecho la maleta.
Nuria había ido al archivo municipal bajo promesa solemne de no tocar nada sin avisar al inspector, promesa que León aceptó con la expresión de quien firma un contrato sabiendo que la otra parte ya busca una cláusula de fuga.
Berta y Martina seguían declarando. Doña Amparo había sido escoltada de vuelta a su casa por Tomás Quintana, no sin antes anunciar que “los viejos solo nos vamos cuando queremos o cuando nos subestiman”.
Pilar había cerrado la puerta del café con llave.
Luego había puesto una silla delante.
Luego una caja de botellas vacías.
Luego, al ver que Migas observaba la barricada con un interés ofensivo, había añadido una bandeja metálica arriba de la caja.
—Esto no va a servir —dijo Clara.
—Lo sé.
—Entonces por qué lo haces?
—Porque necesito sentir que participo en una civilización.
Migas saltó del mostrador al suelo, caminó hasta la barricada y la olfateó.
—Ni lo pienses —advirtió Pilar.
El gato giró, se dirigió hacia el pasillo del baño y desapareció.
Clara y Pilar se miraron.
—La ventana —dijeron al mismo tiempo.
Corrieron.
Migas ya estaba sobre el lavamanos, con una pata apoyada en el marco de la ventana pequeña que daba al patio interior.
La ventana estaba cerrada. Cerrada de verdad.
Clara la había asegurado con el pestillo, una cucharilla atravesada y, por sugerencia de Ramiro, una servilleta donde él había escrito “PROHIBIDO FUGARSE POR ORDEN DE LA COMISIÓN FELINA”.
Migas intentaba retirar la servilleta con los dientes.
—No sabe leer —dijo Pilar.
—Pero reconoce la opresión.
Clara lo levantó con cuidado. Migas se dejó cargar durante medio segundo y luego se transformó en una criatura líquida con uñas. Clara logró mantenerlo contra el pecho con una mezcla de ternura, torpeza y miedo.
—Tú no entiendes —susurró.
El gato olía a polvo, pollo y al sol del sillón azul.
—Alguien te amenazó.
Migas apoyó una pata en su barbilla.
—Sí, ya sé que suena ridículo.
Pilar se quedó en la puerta del baño, con el paño en una mano.
—No suena ridículo.
Clara levantó la vista.
—¿No?
—Hace dos días, sí. Hoy, no. Hoy si alguien me dice que una cabra del monte tiene información sobre el incendio de los Álamos, le sirvo un café y le pregunto si toma azúcar.
Ramiro asomó por detrás de Pilar.
—¿La cabra es testigo protegido?
—Tú no estabas invitado al pasillo —dijo Pilar.
—Escuché correr. Eso, en este café, suele ser el prólogo de algo.
Migas aprovechó la distracción para liberarse de los brazos de Clara, cayó al suelo y salió del baño con la cola alta.
—Ves? —dijo Ramiro—. Se siente vigilado.
—Está amenazado —corrigió Clara.
—Los grandes líderes suelen estar ambas cosas.
Pilar lo empujó de vuelta hacia la sala.
—Anda, líder, siéntate.
Cuando volvieron a la barra, León estaba entrando por la puerta principal con una carpeta bajo el brazo y cara de haber discutido con tres personas y una fotocopiadora.
—¿Por qué hay una barricada? —preguntó.
—Seguridad —dijo Pilar.
—Contra qué?
—Contra la fuga del gato.
León miró la silla, la caja, la bandeja y luego a Migas, que ya estaba encima del mostrador, al otro lado de todo el sistema defensivo.
—Funcionando maravillosamente.
—No he pedido evaluación externa.
Clara sirvió un café sin preguntar.
—¿Qué sabemos?
León aceptó la taza.
—Que Esteban recibió la nota esta mañana, antes de venir al café. Dice que la encontró en su buzón.
—¿Le crees?
—Creo que la encontró. No sé si creo cuándo, ni por qué la escondió.
—La escondió porque estaba asustado.
—Eso también puede ser mentira.
—Pero estaba asustado.
—Los culpables también se asustan.
Clara apoyó los codos en la barra.
—¿Crees que es culpable?
León bebió café antes de responder.
—Creo que Esteban sabe más de lo que dice.
Creo que Inés también. Creo que Elvira guardó pruebas sobre la Casa de los Álamos y que alguien se enteró.
Creo que el desconocido del abrigo azul existe o a Martina le conviene que exista.
Creo que cada vez que este gato aparece con algo, el caso se vuelve más grande y mi informe más absurdo.
Migas maulló.
—No lo tomes personal —dijo León.
—Lo tomó personal —dijo Ramiro.
—Tú también deberías estar en tu casa.
—Mi casa no tiene una trama tan buena.
León dejó la carpeta sobre la barra.
—Nuria encontró la noticia del incendio.
Clara se enderezó.
—¿Ya?
—Es bibliotecaria. Cuando una bibliotecaria quiere encontrar algo, los santos apartan cajas.
Pilar levantó una ceja.
—Mira, por fin dices algo sensato.
León abrió la carpeta. Dentro había copias de periódicos antiguos, una ficha municipal y una fotografía impresa con mala calidad. La noticia ocupaba media página. El titular era sobrio, casi frío:
Incendio mortal en la Casa de los Álamos. Fallece Tomás Alcázar.
Clara se inclinó sobre la foto.
La imagen mostraba la fachada de la casa después del incendio.
No era la misma fotografía encontrada en la caja de lata.
Esta era posterior: ventanas negras, paredes heridas, vigas caídas, humo todavía elevándose en una esquina.
Un grupo de hombres aparecía de espaldas.
También había una mujer envuelta en una manta y, junto a ella, una figura joven que Clara tardó un segundo en reconocer.
—Elvira —dijo.
—Sí —respondió León—. Nuria cree que es ella.
—¿Y la mujer con la manta?
—Alicia Alcázar.
—La esposa de Tomás.
—Exacto.
Ramiro se acercó sin disimulo.
—¿Y dónde está el niño?
León lo miró.
—Qué niño?
—Álvaro. El hijo. En la foto anterior estaba medio escondido. Si esto es después del incendio, tendría que estar por aquí.
León volvió a mirar la copia.
Clara también.
No había niño.
—Quizá no estaba —dijo Pilar.
—La noticia dice que la familia fue evacuada? —preguntó Clara.
León buscó la línea.
—Dice: “La señora Alicia Alcázar fue atendida por inhalación de humo. El menor de la familia se encontraba bajo resguardo de vecinos.”
—Qué vecinos? —preguntó Ramiro.
—No lo especifica.
—Eso es una frase diseñada para ocultar una familia entera.
Clara siguió mirando la fotografía. Había algo raro en el extremo derecho, cerca de una ventana del piso superior. Una mancha oscura. No se veía bien. Podía ser una sombra, una persiana quemada, parte de una viga. O alguien.
—Nuria tenía razón —dijo.
León asintió.
—Hay una figura en la ventana.
—¿Tomás?
—No sabemos.
—Pero si Tomás murió dentro…
—Clara.
—No estoy concluyendo. Estoy dejando que las preguntas respiren.
—Tus preguntas respiran demasiado.
Migas caminó sobre la barra y puso una pata encima de la copia del periódico.
—No —dijo Pilar—. Las pruebas no son alfombra.
El gato olfateó la fotografía.
Luego estornudó.
Clara miró la imagen.
—Otra vez.
—¿Otra vez qué? —preguntó León.
—Estornuda con el polvo blanco, con la bengala de Esteban, con la puerta, con la foto…
—O tiene alergia.
—Migas? Ese gato ha dormido dentro de un saco de harina.
Pilar señaló la copia.
—El papel viejo también suelta polvo.
—No es eso.
Clara acercó la cara a la fotografía, sin tocarla. La copia olía a tinta reciente, claro, pero debajo de la carpeta había otro olor. Débil. Floral. Dulce. No del café. No de Pilar. No de Berta.
—Lavanda —dijo.
León frunció el ceño.
—Qué?
—La carpeta huele a lavanda.
—Nuria la trajo del archivo.
—El archivo municipal no huele a lavanda. Huele a humedad, papel y derrota.
Ramiro asintió.
—Descripción precisa.
Pilar olfateó el aire.
—Es verdad.
León acercó la carpeta a la nariz con expresión resignada.
—Puede ser perfume de Nuria.
—Nuria no usa perfume. Dice que los perfumes invaden los libros.
—Por supuesto que dice eso.
Clara miró hacia la puerta.
—Elvira olía a lavanda?
Berta, que acababa de volver al café con los ojos rojos y Martina a su lado, respondió desde la entrada:
—Sí.