El gato de la cinta roja Capítulo 5 — Café, rumores y una mentira bien servida #3
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Capítulo 5 — Café, rumores y una mentira bien servida #3

—Martina, nadie te está acusando de matar a Elvira.

—Todavía —murmuró Ramiro.

Pilar lo fulminó.

—Perdón.

Clara continuó:

—Pero algo viste. O algo sabes.

Martina miró a León, luego a Berta.

Al final se derrumbó en una silla.

No lloró.

Parecía demasiado cansada para eso.

—El desconocido vino el lunes.

—¿Quién? —preguntó León.

—No sé su nombre. Un hombre. Cincuenta y tantos. Tal vez más. De fuera. Preguntó por Elvira.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque en un pueblo la gente pregunta por gente todo el tiempo.

—¿Cómo era?

Martina se frotó los ojos.

—Alto. Delgado. Pelo gris. Llevaba una chaqueta azul. No parecía turista. Preguntó si Elvira seguía vendiendo “cosas de los Álamos”.

Inés se enderezó.

—¿Dijo eso?

—Sí.

—¿Y tú qué respondiste?

—Que preguntara en la tienda.

—¿Fue?

—No lo sé.

—¿Elvira lo vio?

—No me dijo. Pero ayer, cuando le conté a mi tía que había venido un tipo raro, Elvira estaba comprando la cinta. Me escuchó.

Berta abrió la boca.

—No me contaste eso.

—Porque tú estabas ocupada con las coronas de San Blas y con decir que los claveles estaban tristes.

—Los claveles estaban tristes.

—Tía.

León anotó con rapidez.

—¿Vio a ese hombre después?

Martina dudó.

Migas se sentó a sus pies.

Esta vez ella no se apartó.

—Anoche —dijo finalmente.

—¿Dónde?

—Cerca de la tienda de Elvira. Yo volvía de cerrar el puesto. Eran… no sé. Diez. Diez y algo. Él estaba al otro lado de la calle, mirando la persiana.

—¿Elvira estaba dentro?

—Creo que sí. Había luz.

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó León.

Martina levantó la cabeza, desafiante.

—Porque esta mañana todos estabais mirando a Esteban, a Inés, a las llaves, al gato. Y porque yo no quería acabar metida en una historia de muertos ricos de hace treinta años.

Doña Amparo asintió.

—Esa es la primera frase sensata del día.

Esteban habló desde su silla.

—¿Puede describir mejor a ese hombre?

Martina lo miró.

—¿Por qué? ¿Lo conoce?

—No.

La respuesta fue rápida.

Demasiado.

Migas giró la cabeza hacia Esteban.

Clara vio a León anotarlo.

Quizá no el gesto del gato, claro. Pero la rapidez.

—¿Seguro? —preguntó Inés.

—Inés, por favor.

—Un desconocido pregunta por cosas de mi familia, Elvira muere, aparecen llaves, y tú sigues diciendo “por favor” como si estuviéramos en una comida aburrida.

—Precisamente porque las comidas aburridas destruyen menos vidas que las acusaciones.

—Mi vida ya fue destruida antes de que yo naciera.

La frase dejó a Inés respirando con dificultad.

Clara le puso una mano breve en el hombro. No como consuelo total. Más como ancla.

Inés no se apartó.

León se volvió hacia Martina.

—Necesito que venga a comisaría para hacer una descripción.

—Ahora?

—Ahora.

Berta se levantó.

—Voy con ella.

—No hace falta —dijo Martina.

—No he preguntado.

Por primera vez en todo el día, Martina pareció joven de verdad.

Asustada.

Berta le tomó la mano.

Migas se frotó contra el tobillo de la florista antes de que salieran. Berta soltó una risa pequeña, casi un sollozo.

—Tú también, ladrón.

El gato la dejó ir.

La campanilla sonó cuando Berta, Martina y Marisol salieron hacia la comisaría.

El café quedó más silencioso, pero no más tranquilo.

Las piezas se habían multiplicado: Esteban en el callejón, Inés con la llave azul, un desconocido preguntando por objetos de los Álamos, Elvira con una caja de madera desaparecida, una fotografía marcada, una carta de amenaza y Migas oliendo mentiras en los dobladillos.

—Necesito aire —dijo Ramiro.

—Tú necesitas límites —respondió Pilar.

—También.

Esteban se levantó.

León lo miró.

—Usted no se va.

—Voy al baño.

—Pilar?

Pilar señaló el pasillo.

—Al fondo. Si intenta escapar por la ventana, que sepa que da al patio donde guardo las cajas de leche. Nadie sale de ahí sin perder dignidad.

Esteban caminó hacia el fondo del café.

Migas lo siguió.

Clara también, pero a distancia.

—Clara —dijo León.

—Voy a lavar cucharillas.

—No llevas cucharillas.

—Voy a buscar cucharillas para lavar.

Pilar, sin siquiera mirarla, le puso tres cucharillas en la mano.

—Ahora sí.

León suspiró.

El pasillo del Café Aurora era estrecho y olía a jabón, café molido y madera vieja. A la izquierda estaba el baño. A la derecha, una puerta que daba al pequeño patio interior. Esteban se detuvo frente al baño y, antes de entrar, sacó algo del bolsillo de la chaqueta.

Clara no habría visto se Migas no hubiera saltado.

El gato se lanzó hacia la mano de Esteban con una rapidez que no parecía posible en un animal tan comprometido con las siestas. Esteban soltó una exclamación. Algo cayó al suelo y rodó hasta los pies de Clara.

No era grande.

Un papel doblado.

Esteban se quedó inmóvil.

Migas se plantó sobre el papel como si lo hubiera cazado.

Clara lo miró.

—¿Qué ibas a hacer?

—Nada.

—Otra vez esa palabra.

León apareció en el pasillo.

—¿Qué pasa?

Clara señaló el suelo.

—Migas acaba de impedir que Esteban hiciera “nada”.

Pilar asomó detrás.

—Ese gato necesita nómina.

León se agachó.

—Esteban, retroceda.

—Es un papel personal.

—Entonces será personalmente interesante.

Con una pinza, León levantó el papel doblado. No lo abrió enseguida. Miró a Esteban.

—¿Quiere explicar?

El notario jubilado parecía haber envejecido otros diez años en cinco segundos.

—Lo encontré en mi buzón esta mañana.

—¿Y no lo entregó?

—No sabía si era relevante.

Clara se cruzó de brazos.

—Ibas a tirarlo.

—Iba a leerlo en privado.

—En el baño?

Pilar hizo un gesto de desaprobación absoluta.

—Eso sí es imperdonable.

León abrió el papel.

Dentro había una frase escrita con letras recortadas de diferentes papeles, pegadas de forma torpe pero efectiva.

El gato vuelve con pistas porque alguien sigue dejándolas.

Debajo, escrito a mano, una segunda línea:

La próxima vez no volverá.

Clara sintió que el pasillo se estrechaba.

Pilar dejó de respirar por un instante.

Migas, ajeno o no a la amenaza, se sentó sobre las baldosas y empezó a lamerse el pecho.

León dobló el papel de nuevo, esta vez con una calma peligrosa.

—¿Cuándo recibió esto?

Esteban tragó saliva.

—Esta mañana.

—¿Antes o después de ir a la comisaría?

—Antes.

—¿Por qué lo escondió?

—Porque pensé que era una broma cruel.

—No lo pensó.

Esteban levantó la mirada.

—No.

Por primera vez, su voz se quebró apenas.

—Pensé que era una advertencia.

Clara miró a Migas.

El gato alzó la cabeza, como si hubiera escuchado su nombre en algún idioma secreto.

Una amenaza contra un gato debería haber sido ridícula.

En un pueblo normal, quizá lo habría sido.

Pero Valleverde ya había visto una llave roja aparecer en la boca de Migas, una puerta de hierro abrirse en un muro olvidado, una caja escondida bajo tierra y un botón quemado regresar del incendio de una casa muerta hacía treinta años.

Allí, en ese pasillo estrecho del Café Aurora, la amenaza no sonó ridícula.

Sonó precisa.

Alguien no temía solo lo que Migas había encontrado.

Temía lo que todavía podía encontrar.

Clara se agachó delante del gato.

—A partir de ahora —dijo—, no sales solo.

Migas parpadeó.

Pilar se puso una mano en la cintura.

—Explícale también que la propiedad privada existe, que los pájaros no son juguetes y que la cesta de magdalenas tiene dueño.

Ramiro gritó desde la sala:

—¿Ha pasado algo interesante en el baño?

—Nada que te incumba —respondió Pilar.

Clara no apartó los ojos de Migas.

El gato bostezó.

Como si la amenaza, los muertos, las llaves y los humanos fueran todos variaciones menores de una misma molestia.

Pero, por primera vez desde que aquella mañana había entrado con la llave roja en la boca, Clara tuvo miedo por él.

No miedo literario.

No miedo de cafetería.

Miedo real.

Porque si alguien había entendido algo antes que todos los demás, no había sido León, ni Clara, ni Nuria, ni Esteban, ni Inés.

Había sido quien escribió aquella nota.

El centro del caso no era la llave.

No era la casa.

No era siquiera Elvira.

Era Migas.

Y alguien acababa de prometer que, la próxima vez que el gato siguiera una pista, tal vez no volvería para contarla en su forma silenciosa, torpe y naranja de contar las cosas.