El gato de la cinta roja Capítulo 5 — Café, rumores y una mentira bien servida
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Capítulo 5 — Café, rumores y una mentira bien servida

Café, rumores y una mentira bien servida

A las dos de la tarde, el Café Aurora ya no era un café.

Era un juzgado sin juez, una redacción sin periódico, un velatorio sin cuerpo y, según Pilar, “un gallinero con acceso a cafeína”.

—No quiero exagerar —dijo Ramiro desde su mesa de siempre—, pero creo que este local se ha convertido en el centro neurálgico de la comarca.

—Si dices “centro neurálgico” otra vez, te cobro suplemento —respondió Pilar.

—¿Por uso de lenguaje?

—Por abuso.

Clara, detrás de la barra, llenaba una jarra grande de café como si aquel gesto pudiera sostener la estructura moral de Valleverde.

El pueblo entero parecía haber decidido que, si Elvira Sanz había muerto, si una puerta olvidada de la Casa de los Álamos había vuelto a abrirse y si un gato naranja estaba sacando del pasado más pruebas que la policía, lo único sensato era ir al Café Aurora a pedir algo caliente y hablar demasiado.

El problema era que todos hablaban.

Y nadie decía del todo la verdad.

Inés Alcázar estaba sentada en una mesa junto al ventanal, con las manos alrededor de una taza que no había probado.

León Aranda la había interrogado primero en el camino de los Álamos, luego en la comisaría, y finalmente, ante la imposibilidad de mantener a medio pueblo lejos del asunto, había aceptado que algunas preguntas continuaran allí, en el café, bajo su vigilancia y con la condición expresa de que Clara no convirtiera la barra en una sala de audiencias.

Clara no la había convertido.

La había dejado evolucionar.

—Es distinto —le había dicho a León.

—No lo es —respondió él.

Ahora el inspector ocupaba una mesa pequeña cerca de la puerta, con una libreta, un café doble y una expresión de derrota metódica.

Marisol Vega iba y venía entre llamadas.

Tomás Quintana vigilaba la entrada como si el principal peligro fuera que doña Amparo se escapara para inspeccionar otra ruina.

Doña Amparo, por supuesto, estaba sentada en primera fila.

—A mí no me miren —dijo, sin que nadie le hubiera dicho nada—. Yo ya corrí todo lo que tenía que correr durante la dictadura.

—Nadie le pidió correr —dijo Pilar.

—Por eso mismo.

Migas dormía sobre el sillón azul.

O, mejor dicho, ocupaba el sillón azul con los ojos cerrados y una oreja vigilante.

Había vuelto cubierto de polvo blanco, tierra y gloria.

Clara le había pasado un paño húmedo, operación que el gato toleró como quien firma un tratado humillante para evitar una guerra.

Después comió dos trozos de pollo que Pilar juró haberle dado “por razones humanitarias” y se instaló en su trono.

Desde entonces, cada persona que entraba en el café lo miraba primero a él.

No a León.

No a Clara.

No a Inés Alcázar.

Al gato.

Migas se había convertido, contra toda lógica institucional, en la criatura más respetada de Valleverde.

—Esto va a terminar mal —murmuró Pilar.

—¿El caso? —preguntó Clara.

—El gato. La fama corrompe.

Ramiro asintió.

—Ya lo veo cobrando por apariciones.

—No le des ideas —dijo Clara.

La campanilla sonó.

Todos miraron.

Entró Esteban Rivas.

Sin sombrero.

Aquello produjo un efecto raro. Había personas cuya identidad dependía de un accesorio más de lo que convendría admitir. Sin el sombrero claro, sin el ala perfectamente inclinada sobre la frente, Esteban parecía menos notario jubilado y más hombre viejo obligado a existir bajo luz directa.

Traía la bengala en una mano y unos guantes en la otra.

Migas abrió un ojo.

Solo uno.

Pero fue suficiente para que media cafetería contuviera el aliento.

—Buenas tardes —dijo Esteban.

Nadie respondió de inmediato.

Pilar, que jamás permitía que un silencio social durara más de lo necesario dentro de su territorio, apoyó las dos manos en la barra.

—Café, té o arrepentimiento.

Esteban la miró.

—Té, si es posible.

Ramiro hizo una mueca.

—Siempre sospeché.

León levantó la vista.

—Esteban, le pedí que permaneciera disponible, no que viniera a instalarse en el epicentro del desastre.

—El café está abierto.

—El sentido común también debería estarlo, pero aquí estamos.

Esteban dejó los guantes sobre la barra con cuidado.

—He venido porque han llamado a Inés.

Inés no se giró.

—No me han llamado. Vine porque Elvira me escribió.

Esteban cerró los ojos un instante.

—No deberías hablar de eso delante de todos.

Clara se apoyó en la cafetera.

—En Valleverde, “delante de todos” es solo una forma más honesta de decir “antes de que todos inventen”.

Pilar le puso una taza de té a Esteban.

—Sin azúcar. Imagino.

—Gracias.

—No era amabilidad. Era diagnóstico.

Ramiro soltó una risita. León le lanzó una mirada que lo devolvió al silencio.

Inés habló sin mirar a Esteban.

—Elvira me escribió hace tres días. Dijo que tenía pruebas de que mi abuelo no murió en el incendio como todos creían.

—Tomás Alcázar murió en esa casa —dijo Esteban.

Su voz fue suave, pero había metal debajo.

—Eso decía el certificado —respondió Inés.

—Y el certificado es un documento.

Doña Amparo golpeó el suelo con el bastón.

—También hay documentos que nacen torcidos.

León señaló con el bolígrafo.

—Doña Amparo, todavía no.

—A mi edad, “todavía no” es un concepto optimista.

Inés tomó aire.

—Mi abuela Alicia nunca habló del incendio. Mi padre tampoco. En casa, Tomás Alcázar era un retrato y una prohibición. Cuando yo preguntaba, me decían que había sido una desgracia y que algunas desgracias merecen silencio.

—Eso ya es sospechoso —dijo Ramiro.

Pilar lo miró.

—¿Quieres una campanita para anunciar cada pensamiento?

—Sería útil.

Clara fue hasta la mesa de Inés con una jarra de café.

—¿Elvira te dijo qué pruebas tenía?

—No por carta. Me pidió que viniera. Dijo que había guardado algo demasiado tiempo y que ya no confiaba en nadie del pueblo.

—Encantadora hasta el final —murmuró Ramiro.

Berta, sentada cerca de la barra, levantó la cabeza.

—Elvira confiaba en algunas personas.

La florista había pasado de llorar a esa quietud triste que llega cuando el susto se convierte en ausencia. Tenía una taza de manzanilla delante, intacta, y una cinta negra en la muñeca que probablemente había sacado de su propio puesto.

—¿En quién? —preguntó León.

Berta dudó.

—En Nuria.

Nuria Salvatierra, que hasta entonces había permanecido junto a una estantería de libros usados con su libreta contra el pecho, bajó la mirada.

—No sé si confiar es la palabra.

—Te buscó —dijo Berta.

—Porque necesitaba archivo, no afecto.

—Elvira no pedía afecto. Le parecía una invasión.

Clara sonrió con tristeza.

—Eso sí parece ella.

Migas cambió de postura en el sillón, estirando una pata hacia la luz.

Esteban lo miró de reojo.

El gesto fue mínimo.

Pero Clara lo vio.

No era odio. No era miedo puro. Era molestia mezclada con prevención. Como si el gato no fuera un animal, sino una puerta mal cerrada.

—Dime una cosa, Esteban —dijo Clara.

León cerró la libreta lentamente.

—Clara.

—Solo una cosa.

—Esa frase en tu boca es el principio de una cadena penal.

—¿Por qué reaccionaste así cuando Inés mostró la llave azul?

Esteban levantó la taza de té, pero no bebió.

—Porque una llave antigua sacada en mitad de una investigación suele producir sorpresa.

—No fue sorpresa.

—¿No?

—Fue pánico con educación.

Ramiro murmuró:

—Magnífico diagnóstico.

Pilar le puso delante una servilleta.

—Escribe ahí y deja de narrar en voz alta.

Esteban dejó la taza.

—Clara, usted tiene talento para convertir impresiones en acusaciones.

—Y usted tiene talento para convertir respuestas en cortinas.

Inés miró por fin a Esteban.

—Me dijiste que la llave azul no existía.

El café entero pareció inclinarse hacia la mesa.

León se volvió hacia ella.

—¿Cuándo?

—Ayer por la noche.

—Explique.

Inés entrelazó los dedos.

—Antes de ver a Elvira, fui a casa de Esteban. Él fue notario de mi familia durante años. Cuando recibí la carta de Elvira, lo llamé. Me dijo que no viniera, que Elvira estaba perdiendo facultades, que revolvía cosas antiguas para darse importancia.

Berta hizo un sonido de indignación.

—Elvira no estaba perdiendo nada.

—Lo sé —dijo Inés—. Ahora lo sé.

Esteban habló con calma.

—Yo dije que Elvira tendía a dramatizar.

Doña Amparo bufó.

—Y tú a enterrar.

—Amparo.

—No me “Amparo” como si yo fuera una lámpara que puedas apagar.

León levantó una mano.

—Inés, continúe.

—Le pregunté por las llaves de la Casa de los Álamos. La carta mencionaba una puerta lateral y una capilla pequeña. Esteban dijo que esas llaves se habían perdido en el incendio.

—Y, sin embargo, usted tenía una —dijo León.

—Sí.

—¿Por qué?

Inés tragó saliva.

—Porque mi abuela Alicia me la dejó.

Esteban se giró hacia ella.

—Eso no es cierto.

—Claro que lo es.

—Alicia no habría…

—Mi abuela dejó muchas cosas sin contarte.

La frase golpeó más de lo que su volumen permitía. Esteban se quedó inmóvil.

Migas abrió los dos ojos.

Pilar, que había visto suficiente vida desde detrás de barras como para reconocer cuándo una mesa estaba a punto de romperse sin necesidad de vajilla, intervino:

—Voy a traer agua.

—No necesito agua —dijo Esteban.

—No era para usted. Era para el aire.

Clara volvió a la barra, pero no apartó la vista de Inés.

—¿Tu abuela te dijo para qué servía la llave azul?

—No. Me la dio poco antes de morir. Dijo que, si algún día Valleverde volvía a hablar del fuego, yo tendría que buscar lo que no se quemó.

Nuria escribió la frase.

Ramiro, ofendido, la miró.

—Esa era mía.

—No puedes apropiarte de frases ajenas.

—Soy lector. Es lo que hacemos.

León apoyó los codos en la mesa.

—Ayer por la noche, después de ver a Esteban, fue a la tienda de Elvira.

—Sí.

—¿A qué hora?

—Poco antes de las nueve.

—¿Qué ocurrió?

Inés miró su taza.

—Elvira estaba muy nerviosa. Tenía varias cosas sobre la mesa del despacho: una fotografía, papeles, una caja pequeña.

—¿La caja de lata verde?

—No. Otra. De madera. Oscura. Como un estuche.

Clara sintió que algo encajaba con la marca limpia en la pared del porón.

—¿Qué había dentro?

—No lo vi.

—¿No lo vio o no quiere decirlo? —preguntó León.

—No lo vi. Elvira la cerró en cuanto entré.

—¿Y la fotografía?