El gato de la cinta roja Capítulo 3 — La ruta de Migas #3
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Capítulo 3 — La ruta de Migas #3

—Elvira quería entrar en el archivo parroquial.

Nuria se tensó.

—¿Por el incendio?

—No lo dijo así. Quería consultar registros antiguos de la familia Alcázar.

—¿La dejaste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque eran casi las once de la noche y los archivos parroquiales no son una tienda abierta veinticuatro horas para señoras con misterios.

Ramiro asintió con aprobación.

—Eso debiste ponerlo en un cartel.

—¿Se enfadó? —preguntó Clara.

—No. Eso fue lo extraño. Elvira se enfadaba cuando alguien ponía demasiado azúcar en el café. Pero anoche… parecía cansada.

—¿Dijo algo?

Mateo apoyó la caja de velas contra la pared.

—Dijo que si una puerta se había abierto una vez por dinero, podía abrirse otra vez por miedo.

Nuria escribió tan rápido que casi rompió el papel.

—¿Algo más?

—Me preguntó si todavía existía la llave de la capilla pequeña de los Álamos.

Clara miró la puerta lateral de la iglesia.

—Doña Amparo dijo que las llaves de la Casa de los Álamos tenían cintas de colores. Azul para la capilla pequeña.

—Eso oí de niño —dijo Mateo—. Pero la capilla ya no existe. Nada de aquello existe.

—Todo el mundo dice eso —dijo Clara—. Y, sin embargo, las llaves siguen apareciendo.

Migas dio un paso hacia el callejón de los Limoneros.

Luego se detuvo y miró atrás.

Era una invitación.

O una orden.

Clara ya no intentó fingir diferencia.

—¿Vas a venir? —le preguntó al cura.

—No debería.

—Esa respuesta en Valleverde significa sí.

Mateo miró la caja de velas, la puerta de la sacristía y luego al gato.

—Cinco minutos.

Ramiro sonrió.

—Nadie en la historia ha dicho “cinco minutos” y vuelto en cinco minutos.

—Tú menos que nadie —dijo Clara.

Siguieron a Migas por el callejón de los Limoneros.

Allí el pueblo se estrechaba todavía más.

Las paredes olían a humedad, a piedra vieja y a hojas machacadas.

Los limoneros crecían detrás de un muro alto, dejando caer ramas sobre el camino como manos verdes.

El suelo ya no era de piedra clara, sino de tierra apisonada y losas irregulares.

En algunas grietas había el mismo polvo blanco que Clara había visto en la llave, en la fuente, en la puerta lateral.

—Esto no es cal de una obra cualquiera —dijo Nuria.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no hay obra.

Ramiro miró alrededor.

—Eso, admito, es un argumento sólido.

Migas caminaba pegado al muro derecho. Cada pocos metros se detenía, olfateaba, decidía algo y seguía. No parecía vagar. Parecía recordar.

Clara empezó a entender por qué doña Amparo hablaba de rutas.

Los gatos tenían mapas invisibles: olores, bordes, huecos, refugios, amenazas.

El mapa de Migas no era el de los humanos.

No tenía nombres de calles ni números de portal.

Tenía platos de comida, perros detrás de puertas, ventanas abiertas, señoras generosas, lugares donde esconderse de la lluvia.

Y, tal vez, lugares donde alguien había arrastrado una mentira.

—Aquí —dijo Nuria.

Se habían detenido frente a un muro cubierto de hiedra. Detrás, apenas visible entre las ramas, había una verja oxidada.

—¿Qué es?

—El camino viejo hacia la Casa de los Álamos.

Clara se acercó.

La verja estaba cerrada con una cadena nueva.

No antigua. No oxidada. Nueva.

—Pensé que la casa ya no existía.

—No existe —dijo el padre Mateo—. Pero el terreno sí. Y parte del muro. Y unos sótanos, creo.

—¿Sótanos? —preguntó Ramiro.

—Los pueblos tienen una relación patológica con los sótanos —dijo Clara.

Migas pasó entre dos barrotes rotos de la verja.

—Migas —llamó Clara.

El gato desapareció entre la hiedra.

—Fantástico —dijo Pilar en la imaginación de Clara, con tanta claridad que casi la escuchó de verdad.

La cadena tenía un candado brillante. En la tierra junto a la verja había huellas. Algunas de gato. Otras humanas.

Clara sacó el móvil y fotografió el candado, la cadena, las huellas.

—Eso sí es investigar —dijo Ramiro.

—No. Es turismo documental.

—Clara —dijo el padre Mateo.

Ella levantó la vista.

El cura señalaba la cadena.

Había algo enganchado en un eslabón.

Un hilo azul.

Pequeño. Casi invisible.

Nuria se inclinó sin tocarlo.

—Azul para la capilla pequeña —murmuró.

Clara sintió cómo el día entero se plegaba sobre sí mismo.

Rojo para la puerta lateral.

Azul para la capilla pequeña.

Elvira había pedido cinta roja a Berta. Había preguntado por fotografías del incendio. Había querido entrar al archivo parroquial. Había vuelto de noche con una bolsa que sonaba a metal. Migas la había seguido. Luego Migas había vuelto solo.

Y ahora, en la verja del terreno donde ya no debía quedar nada, había una hebra azul.

—Tenemos que llamar a León —dijo Nuria.

—Sí —respondió Clara.

No discutió.

No hizo bromas.

No intentó justificar otro paso.

Sacó el móvil.

Antes de marcar, un ruido llegó desde el otro lado de la verja.

No fue un maullido.

Fue metal.

Un golpe breve, hueco.

Clara se quedó inmóvil.

—¿Migas? —llamó.

Silencio.

Luego otro golpe.

Clonc.

Ramiro perdió el color.

—Eso no lo hizo un gato.

Migas apareció entre la hiedra al otro lado de la verja. Tenía tierra en el hocico y algo blanco en el lomo. No parecía herido. Pero sus ojos estaban muy abiertos.

Y llevaba algo en la boca.

Clara no respiró hasta que el gato se acercó a los barrotes rotos. Migas soltó el objeto del otro lado, junto a la verja, como si supiera que ellos no podían entrar.

Era un botón.

Pequeño, nacarado, con un borde quemado.

El padre Mateo murmuró una palabra que no sonó exactamente a oración.

Nuria se llevó la mano al pecho.

—Eso…

—¿Qué? —preguntó Clara.

La bibliotecaria miró el botón como si acabara de abrirse una página del archivo municipal en medio de la tierra.

—En la noticia del incendio de los Álamos —dijo— había una descripción de la ropa de Tomás Alcázar.

Ramiro tragó saliva.

—No me gusta hacia dónde va esa frase.

Nuria no apartó los ojos del botón.

—Camisa blanca. Botones de nácar.

Migas se sentó detrás de la verja, con la cola enroscada alrededor de las patas.

Del otro lado, en el terreno cerrado de la antigua Casa de los Álamos, el gato parecía más pequeño.

O el pasado parecía más grande.

Clara llamó a León.

El inspector contestó con voz de hombre que ya sabía que no iba a gustarle lo que escucharía.

—Dime que estás en el café.

Clara miró la verja, la cadena nueva, el hilo azul, el botón quemado y a Migas, que acababa de regresar con otra pieza de una historia muerta hacía treinta años.

—Estoy —dijo— en un lugar difícil de explicar.

León suspiró.

—Clara.

—Y Migas ha encontrado algo.

Hubo un silencio.

—Por supuesto que el gato ha encontrado algo.

—Un botón.

—¿Un botón?

—Quemado. En el terreno de la Casa de los Álamos.

Al otro lado de la línea, León dijo una palabra que el padre Mateo habría preferido no escuchar.

Migas parpadeó lentamente.

Como si, una vez más, hubiera cumplido con su parte.

Como si la ruta estuviera clara y los humanos fueran, simplemente, demasiado lentos para seguirla.