El gato de la cinta roja Capítulo 3 — La ruta de Migas #2
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Capítulo 3 — La ruta de Migas #2

Clara observó el borde de piedra. Había huellas pequeñas de barro seco cerca del punto donde Migas apoyaba las patas.

No podían ser solo de esa mañana; la piedra estaba marcada por días, quizá semanas de rutina felina.

Pero entre las huellas viejas vio algo más: un resto de polvo blanco en una grieta.

Se agachó.

—No toques —dijo Nuria.

—No iba a tocar.

—Todos en este pueblo dicen eso antes de tocar.

Clara sonrió apenas.

—Tienes razón.

Sacó el móvil y tomó una foto.

Ramiro se inclinó también.

—¿Cal?

—O yeso.

—Como la llave.

—Como la oreja de Migas.

El gato bajó de la fuente, sacudió una pata con disgusto y caminó hacia el quiosco de flores.

Berta no estaba, claro; había quedado en el café, demasiado temblorosa para atender.

En su lugar, su sobrina Martina ordenaba cubos de claveles con la expresión de quien había sido lanzada de pronto al centro de una obra de teatro sin conocer el texto.

Martina tenía veintitantos años, el pelo recogido con un lápiz y una camiseta verde con manchas de tierra. Al verlos venir, enderezó la espalda.

—No sé nada —dijo.

Clara levantó las manos.

—Buenos días a ti también.

—Perdón. Es que ya han venido tres personas a preguntarme si doña Elvira compró flores para su propio entierro.

Ramiro hizo una mueca.

—El pueblo está perdiendo sutileza.

—El pueblo nunca tuvo mucha —dijo Clara—. Berta nos contó que ayer le dio a Elvira un trozo de cinta roja.

Martina miró hacia el gato.

Migas estaba olfateando un cubo de margaritas con desconfianza personal.

—Sí. Yo estaba aquí.

—¿Oíste para qué la quería?

—No exactamente. Pero Elvira estaba rara.

—Todo el mundo dice eso.

—No rara de Elvira. Rara de verdad.

—Explícate.

Martina dejó los claveles sobre la mesa.

—Doña Elvira siempre hablaba como si estuviera dictando su testamento. Ayer no. Ayer miraba hacia la plaza. Se le cayó el monedero dos veces. Y cuando mi tía fue a cortar la cinta, le dijo que no fuera un trozo demasiado corto.

—¿Por qué?

—Porque tenía que atarla a algo que no pensaba perder otra vez.

Clara y Nuria intercambiaron una mirada.

—¿Dijo “otra vez”? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Esteban estaba cerca?

Martina bajó la voz.

—Sí. Compró aspirinas en la farmacia y se quedó parado junto al banco de piedra. No hablaba con nadie. Solo miraba.

—¿A Elvira?

—A Elvira. Y a Migas.

El gato levantó la cabeza al oír su nombre.

—¿Migas estaba aquí ayer? —preguntó Clara.

—Sí. Se metió debajo del puesto. Elvira lo llamó.

—¿Lo llamó?

—No por su nombre. Le dijo “ven aquí, ladrón”.

Ramiro sonrió.

—Afecto elviriano.

—¿Y él fue?

—Claro. Ella sacó algo del bolso. Creo que comida. Le daba a escondidas, aunque fingía que no le gustaban los gatos.

Clara miró a Migas.

Él había empezado a mordisquear una hoja de helecho decorativo con cara de víctima.

—¿Después qué pasó?

—Elvira se fue hacia la calle de la iglesia. Migas la siguió un rato, pero luego volvió. O eso creo. Había mucha gente.

—¿Viste la llave?

Martina negó.

—No. Pero sí vi la cinta. Elvira la guardó en un pañuelo blanco.

—¿Blanco?

—De esos antiguos, bordados. Con iniciales.

—¿Qué iniciales?

Martina pensó.

—No lo sé. Una E, quizá. O una A. Estaba doblado.

Nuria anotó algo en su libreta.

—¿A de Alcázar?

Martina se encogió de hombros.

—Puede. En esta plaza todo el mundo tiene iniciales, secretos o reuma. A veces las tres cosas.

Migas dejó el helecho en paz, pasó entre las piernas de Clara y continuó hacia la panadería.

Julián dejó de barrer en cuanto los vio acercarse.

—Yo no entré en la tienda —dijo.

—Nadie ha dicho que entraras —respondió Clara.

—Lo aclaro.

—Eso siempre tranquiliza muchísimo —murmuró Ramiro.

Julián era ancho, rubio, de mejillas rojas y manos enormes. Tenía la costumbre de parecer culpable incluso cuando solo había quemado una hornada. Aquella mañana parecía culpable de algo más, o tal vez simplemente de estar vivo en una plaza donde todos buscaban sospechosos.

Migas se sentó junto a la puerta de la panadería.

Julián lo miró con recelo.

—Ese gato me roba panecillos.

—Reubica carbohidratos —dijo Ramiro.

Clara ignoró a ambos.

—Ayer le llevaste pan a Berta cuando Elvira estaba en el puesto.

—Sí.

—¿Oíste algo?

—No.

Clara lo miró.

—Julián.

—Un poco.

—Gracias por esa precisión.

El panadero apoyó la escoba contra la pared.

—Oí lo de la cinta. Y oí que Elvira le dijo a Berta que algunas llaves no abren puertas, sino bocas.

Ramiro abrió los ojos.

—Eso es excelente.

—No es excelente, Ramiro —dijo Clara.

—Literariamente, sí.

Nuria escribió la frase.

—¿Algo más? —preguntó Clara.

Julián dudó.

—León me preguntará también, ¿verdad?

—Seguramente.

—Entonces prefiero decirlo una vez.

—Puedes practicar con nosotros.

—Eso no me consuela.

Migas arañó suavemente la madera de la panadería.

Julián suspiró.

—Vi a Elvira por la noche.

Clara se enderezó.

—¿A qué hora?

—No sé. Cerré tarde. Había preparado empanadas para el bar de la carretera. Serían las diez y media.

—¿Dónde?

—En la calle de los Limoneros. Iba hacia la tienda. Llevaba una bolsa.

—¿Sola?

—Sí. Bueno… —Miró al gato—. Con él.

Migas se lamió el pecho.

—¿Migas iba con ella?

—Detrás. Como si la escoltara.

—¿Y ella llevaba la llave?

—No lo vi.

—¿La cinta?

—Tampoco. Pero la bolsa sonaba.

—¿Sonaba cómo?

Julián frunció el ceño, intentando convertir un recuerdo en ruido.

—Como metal. Poco. Clinc, clinc. No sé. Puede que fueran monedas.

Clara pensó en la llave cayendo al suelo del café.

Clinc.

—¿La saludaste?

—Sí. Le dije que era tarde para ir ordenando cacharros. Ella me miró y dijo: “Hay cosas que solo se pueden devolver de noche.”

Nuria dejó de escribir.

—¿Devolver?

—Eso dijo.

—¿A dónde fue después?

—Dobló hacia la sacristía. Yo cerré.

—¿Viste a alguien más?

Julián tragó saliva.

—Vi a don Esteban al final de la calle.

Ramiro silbó bajo.

—Qué hombre tan aficionado a aparecer cerca de frases inquietantes.

—¿Esteban vio a Elvira? —preguntó Clara.

—No lo sé. Estaba bajo el farol, junto al callejón. Quizá esperaba a alguien. Quizá solo caminaba. No quiero meterme.

—Ya estás metido —dijo Nuria con suavidad.

Julián pasó una mano por la escoba.

—Entonces también diré otra cosa. Migas volvió más tarde. Solo.

Clara sintió un pequeño frío.

—¿A qué hora?

—Cerca de medianoche. Yo estaba en la parte de atrás, limpiando bandejas. Lo vi cruzar el patio de la panadería. Venía del callejón de los Limoneros. Tenía algo en la boca.

—¿La llave?

—No lo sé. Algo largo. Pensé que era un hueso.

—¿Y no hiciste nada?

Julián la miró con una mezcla de vergüenza y defensa.

—Es un gato. Si cada vez que Migas lleva algo en la boca llamáramos a la policía, León viviría debajo de una mesa.

Ramiro asintió.

—Eso es cierto.

Migas, como si quisiera cerrar el interrogatorio, se levantó y siguió caminando.

La ruta los llevó hacia la iglesia.

El aire cambió al entrar en la calle estrecha que bordeaba el muro de piedra.

Allí la plaza quedaba atrás y Valleverde se volvía más antiguo, menos florido.

Las casas se inclinaban un poco sobre la acera, los balcones casi se tocaban y las sombras conservaban el fresco de la mañana.

En una pared, una buganvilla trepaba con una alegría excesiva para un día de muerte.

Migas avanzó pegado al muro.

—Aquí venía con Elvira —dijo Nuria.

—¿Lo sabes?

—La veía a veces desde la biblioteca. Ella salía por aquí para evitar la plaza cuando no quería hablar con nadie.

—Elvira evitando hablar con gente —dijo Ramiro—. La actividad física que la mantuvo viva tantos años.

Clara le lanzó una mirada.

—Perdón.

Migas se detuvo frente a una puerta lateral de la iglesia.

La puerta estaba cerrada. Vieja, de madera oscura, con herrajes negros y una cerradura demasiado grande para un edificio que seguramente ya tenía otras entradas más modernas.

En el marco inferior, Clara vio polvo blanco.

Más que en la fuente.

—La sacristía —dijo Nuria.

—La llave roja de doña Amparo era para una puerta lateral —murmuró Clara.

—La de la Casa de los Álamos, no la iglesia.

—Ya.

Pero miró la cerradura.

Migas se acercó, olfateó el borde y retrocedió.

No arañó.

No maulló.

Solo retrocedió.

Como en la tienda.

Clara se agachó.

—¿Qué pasa contigo?

El gato la miró.

Por primera vez desde que habían salido del café, parecía menos seguro. No asustado, no exactamente, pero alerta. La cola baja, las orejas atentas, el cuerpo listo para decidir si quedarse o desaparecer.

La puerta se abrió de golpe.

Ramiro dio un salto.

—¡Madre del verbo impreso!

El padre Mateo apareció en el umbral con una caja de velas en las manos. Era un hombre joven para ser cura de pueblo y viejo para seguir creyendo que las cosas podían resolverse con reuniones. Tenía ojeras suaves, barba corta y una expresión habitual de estar pidiendo disculpas por pecados ajenos.

—Clara —dijo—. Me has asustado.

—Creo que ha sido al revés.

El cura miró al grupo, luego al gato, luego a la puerta.

—¿Qué hacéis aquí?

—Paseo informativo —dijo Ramiro.

—Investigación —corrigió Nuria.

—No estamos investigando —dijo Clara.

Los tres se miraron.

El padre Mateo suspiró.

—Ya veo.

Migas no se acercó al cura. Eso también llamó la atención de Clara. Normalmente lo hacía, porque Mateo guardaba en la sacristía unas galletas horribles que, por alguna razón, el gato consideraba manjar.

—¿Migas estuvo aquí anoche? —preguntó Clara.

—¿Anoche?

—Sí.

El cura dudó apenas.

—No lo sé.

—Padre.

—No me llames así cuando quieres que confiese algo. Me pone nervioso.

—Mateo.

—Peor.

Nuria dio un paso adelante.

—Doña Elvira pasó por aquí anoche.

El cura se quedó quieto.

—¿Quién lo ha dicho?

—Julián la vio.

—Entonces sí —respondió Mateo, más bajo—. Pasó.

Clara sintió que otra pieza se movía.

—¿Hablaste con ella?

—Un momento.

—¿A qué hora?

—Después de las diez y media. Yo estaba cerrando la sacristía.

—¿Qué quería?

El padre Mateo miró hacia la calle, como si esperara ver a León aparecer con una libreta y una reprimenda.

—Debería decírselo al inspector.

—Se lo dirás. Pero ahora nos lo dices a nosotros y luego fingimos sorpresa.

—Clara.

—Mateo.

Él cerró los ojos, vencido por el peso de conocerla.