Capítulo 3 — La ruta de Migas
La ruta de Migas
A las once y media de la mañana, el Café Aurora ya no olía solo a café.
Olía a café, a tostadas, a colonia de violetas, a nervios mal disimulados y a esa electricidad invisible que en los pueblos aparece cuando una desgracia se convierte en conversación pública.
La muerte de doña Elvira Sanz había cruzado la Plaza Mayor con más rapidez que cualquier campana.
Antes del mediodía, Valleverde ya tenía cinco versiones del hallazgo, tres culpables posibles, dos teorías imposibles y una señora asegurando que ella siempre había sabido que la tienda de antigüedades estaba “cargada”.
—¿Cargada de qué? —preguntó Ramiro desde su mesa.
—De cosas —respondió doña Amparo.
—Eso, técnicamente, es la definición de una tienda.
—No seas listo. Sabes lo que quiero decir.
—Nunca sé lo que quiere decir nadie en este pueblo. Esa es precisamente la base de mi carácter.
Pilar, detrás de la barra, colocó una taza delante de él.
—Tu carácter se basa en que te dejamos hablar demasiado.
Ramiro aceptó el café con dignidad herida.
En la mesa junto a la ventana, Berta Luján tenía las manos quietas alrededor de una infusión que no había probado.
Nuria Salvatierra pasaba las páginas de su libreta sin leerlas, como si esperara encontrar allí una respuesta que todavía no se había atrevido a escribir.
Doña Amparo ocupaba su silla habitual con la postura de quien no piensa moverse aunque venga el alcalde, el cura o el fin del mundo.
Esteban Rivas ya no estaba.
León Aranda se lo había llevado a la comisaría con una cortesía tan firme que casi parecía una invitación a tomar té.
El sombrero, por supuesto, se quedó dentro de una bolsa.
También el hilo rojo que Migas había arrancado de la cinta interior.
También la llave antigua. También, para profundo disgusto de Pilar, la bolsa de basura del café donde quizá quedaba polvo blanco sacudido del pelo del gato.
—Hay mañanas —dijo Pilar— en que una abre un negocio de hostelería y termina administrando pruebas materiales.
—Eso te pasa por ser eficiente —dijo Clara.
—Eso me pasa por no haber abierto una mercería.
Clara miró hacia el sillón azul.
Migas dormía.
O fingía dormir.
Con él era difícil saberlo. Tenía los ojos cerrados, el cuerpo redondo bajo una franja de sol y la cola moviéndose apenas, de un lado a otro, como el péndulo de un reloj que no obedecía a nadie.
Había vuelto a instalarse en el Café Aurora con la serenidad de quien no acababa de implicar a un notario jubilado en un posible asesinato.
Aquello era muy de Migas.
También era insoportable.
Clara limpió una misma taza durante demasiado tiempo.
—Vas a romperla —dijo Pilar.
—No.
—La estás castigando.
Clara dejó la taza.
—¿Tú has visto cómo ha reaccionado Esteban?
—He visto a un hombre al que un gato le destrozó el sombrero delante de medio pueblo.
—No le destrozó el sombrero.
—Lo mancilló.
—Le sacó una hebra roja.
—Que en Valleverde es peor. Aquí la gente puede perdonar una deuda, pero no que un animal humille sus accesorios.
Clara apoyó las dos manos sobre la barra.
—Él reconoció la llave.
—Esteban reconoce hasta el sonido de una cuchara cara cayéndose al suelo.
—No hizo cara de “qué llave tan antigua”. Hizo cara de “esa llave no debería estar aquí”.
Pilar la miró con una mezcla de cariño y cansancio.
—Esa cara te la has inventado tú.
—No.
—Clara.
—Un poco.
—Gracias.
—Pero la cara existió.
Pilar suspiró.
—León te dijo que no investigaras.
—Yo no voy a investigar.
Ramiro soltó una tos falsa desde su mesa.
Doña Amparo murmuró:
—Mentira de las grandes.
—Voy a ordenar información —dijo Clara.
—Eso es investigar con delantal —respondió Pilar.
Nuria levantó la vista.
—Quizá deberíamos ordenar información.
Pilar señaló a la bibliotecaria con el paño.
—No ayudes.
—Elvira me pidió que buscara una fotografía. Si esa foto existe, está en el archivo. Eso no es investigar. Es hacer mi trabajo.
—Tu trabajo no incluye seguir gatos.
—Depende del día.
Migas abrió un ojo.
Clara lo vio y bajó la voz.
—Lo que necesitamos entender es por dónde fue.
—¿El gato? —preguntó Ramiro.
—Sí.
—Eso es imposible. Los gatos no van por sitios. Los gatos atraviesan dimensiones.
—Migas tiene rutina.
Doña Amparo asintió.
—La tiene.
—Gracias.
—Pero también tiene secretos.
—Eso no ayuda.
—Los secretos casi nunca ayudan, hija. Por eso pesan.
Clara salió de detrás de la barra y se acercó al sillón azul. Migas no se movió. Solo abrió un ojo con la expresión de quien está dispuesto a escuchar una oferta si incluye alimento.
—Necesito saber de dónde trajiste la llave —le dijo Clara.
Pilar hizo un gesto hacia el techo.
—Por supuesto. Hablemos con el sospechoso principal.
—No es sospechoso.
—Trajo una llave de una muerta, una hebra del patio y una fibra del sombrero de un notario.
Ramiro levantó un dedo.
—Técnicamente, eso lo convierte en colaborador, no en sospechoso.
—Técnicamente, te convierte a ti en alguien con demasiado tiempo libre —dijo Pilar.
Migas bostezó.
Clara se agachó delante de él.
—Migas.
El gato estiró una pata y la apoyó sobre el borde del sillón.
—Si tú entraste en la tienda antes de que encontráramos a Elvira, tu ruta importa.
Migas cerró el ojo.
—Está colaborando muchísimo —dijo Pilar.
Pero entonces, como si hubiese entendido exactamente lo que Clara no sabía cómo preguntarle, el gato bajó del sillón. No saltó con su habitual torpeza fingida. Bajó despacio, con una gravedad que no le pertenecía, cruzó el café entre las mesas y se sentó frente a la puerta.
No maulló.
Solo esperó.
Clara miró a Pilar.
Pilar la miró de vuelta.
—No.
—No he dicho nada.
—Tu cara ya se puso el abrigo.
—Solo voy a ver a dónde va.
—Eso es seguirlo.
—No. Es acompañarlo a distancia.
—Eso es seguirlo con culpa.
Nuria cerró la libreta y se puso de pie.
—Voy contigo.
—No —dijeron Clara y Pilar al mismo tiempo.
Nuria levantó una ceja.
—Elvira me implicó en esto.
—Elvira está muerta —dijo Pilar, y se arrepintió apenas lo dijo.
El silencio se instaló un segundo.
Berta bajó la mirada.
Pilar dejó el paño sobre la barra.
—Perdón.
—No —dijo Berta, con voz pequeña—. Es verdad.
Clara sintió que el día volvía a pesar. En el ruido del café, entre tazas y rumores, era posible olvidar durante unos segundos que doña Elvira Sanz ya no abriría su tienda, no discutiría sobre porcelanas, no dejaría la cucharilla paralela al plato, no aparecería al final de la tarde con esa forma suya de mirar como si los demás fueran vitrinas mal iluminadas.
Migas rascó la puerta una vez.
Suave.
Insistente.
Clara cogió su chaqueta.
—Pilar, cuida el café.
—Odio cuando dices eso.
—Porque sabes que lo harás mejor que yo.
—Eso no lo hace menos irritante.
Ramiro se levantó.
—Voy.
—No —dijo Clara.
—Soy observador.
—Eres indiscreto.
—Son cualidades vecinas.
—Te quedas.
Doña Amparo apoyó el bastón en el suelo.
—Yo también.
—Usted tampoco.
—Tengo información.
—Entonces me la da aquí.
La anciana la miró con esos ojos oscuros en los que la edad no había apagado nada, solo lo había vuelto más peligroso.
—Migas hacía una ruta antes de venir al café. No la de ahora. La de antes.
Clara se detuvo.
—¿Qué ruta?
—Desde la panadería hasta la tienda de Elvira. Por la fuente, las flores, la sacristía, el callejón de los limoneros y el patio de atrás.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque algunas personas todavía miramos por las ventanas sin llamarlo vigilancia.
Pilar murmuró:
—Dios nos proteja de las ventanas de Valleverde.
Doña Amparo siguió:
—Pero desde hace unas semanas cambió algo. Empezó a llegar al café desde el callejón de la panadería, como siempre, sí. Pero por la tarde iba a la calle de los Álamos.
Nuria se tensó.
—¿A la Casa de los Álamos?
—A lo que queda cerca de ella.
—Pensé que esa casa ya no existía —dijo Clara.
—No existe para los mapas. Para la memoria sí.
Migas volvió a rascar la puerta.
Clara abrió.
El gato salió a la plaza como si hubiera estado esperando autorización solo por cortesía, cosa que nadie creyó.
—Volvemos pronto —dijo Clara.
—Eso es lo que dicen las personas antes de no volver pronto —respondió Pilar.
Nuria la siguió. Y, por supuesto, Ramiro se levantó de todas formas.
—Ramiro —advirtió Clara.
—Necesitaréis alguien que recuerde los detalles.
—Nuria es bibliotecaria.
—Alguien que recuerde los detalles inútiles.
—Para eso ya está el pueblo entero.
Ramiro sonrió.
—Exacto. Soy representante local.
Doña Amparo intentó levantarse también.
Pilar la sostuvo por el hombro.
—Usted no.
—Tengo bastón.
—Y yo tengo café caliente. No me desafíe.
La anciana se sentó, ofendida pero no vencida.
—Luego no digáis que no avisé.
—Nunca decimos eso —respondió Clara—. Usted avisa incluso cuando nadie pregunta.
Salieron a la Plaza Mayor.
El sol ya había secado casi por completo las piedras.
A esa hora, la luz caía sobre los balcones con una claridad engañosa, como si nada grave pudiera ocurrir en un lugar con geranios tan bien cuidados.
Un niño arrastraba una mochila con ruedas.
Dos turistas hacían fotos al campanario.
Julián, el panadero, barría harina de la entrada de su local con energía excesiva, mirando cada pocos segundos hacia la calle de Antigüedades Elvira.
Migas cruzó la plaza sin prisa.
No fue hacia la tienda.
Fue hacia la fuente.
—Primera parada —dijo Ramiro.
—No estamos narrando una excursión —dijo Clara.
—Deberíamos. Aporta estructura.
Migas saltó al borde de la fuente y bebió. Luego se quedó mirando el agua.
Clara se acercó.
—¿Siempre hace esto?
—Cada mañana —dijo Nuria—. Bebe de la fuente aunque tenga agua limpia en el café.
—Porque el agua prohibida sabe mejor —dijo Ramiro.
—El agua de la fuente no está prohibida.
—Para los humanos, no. Para él, seguramente todo tiene una dimensión jurídica propia.