El gato de la cinta roja Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto #3
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Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto #3

—No —dijo Pilar—. Ahora no abrimos la puerta para que el gato haga declaraciones complementarias.

Clara fue hasta él.

—¿Qué pasa?

Migas volvió a rascar la puerta.

Al otro lado, en la plaza, una sombra se detuvo frente al cristal.

Era un hombre alto, delgado, con sombrero de paja y una chaqueta clara demasiado elegante para la temperatura. Esteban Rivas miraba hacia el interior del café con una expresión serena. Tan serena que parecía ensayada.

Clara abrió la puerta.

—Buenos días, don Esteban.

—Buenos días, Clara. Inspector.

León se levantó.

—Esteban.

—He oído lo de Elvira.

—¿De quién?

El notario jubilado sonrió apenas.

—Inspector, en Valleverde las noticias no necesitan mensajero. Tienen piernas.

—Entre.

Esteban lo hizo sin prisa. Migas no se apartó hasta el último instante. Cuando el hombre cruzó la puerta, el gato arqueó el lomo.

No bufó.

No huyó.

Solo arqueó el lomo.

Clara lo vio. León también.

Esteban bajó la mirada hacia el animal.

—Qué gato tan expresivo.

—Depende de con quién —dijo Clara.

El notario dejó el sombrero sobre una silla.

—Me temo que vengo en mal momento.

—Viene en el momento exacto —respondió León—. Berta acaba de decir que usted vio ayer a doña Elvira en la plaza.

—La vi, sí.

—¿Hablaron?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no teníamos nada que decirnos.

Doña Amparo soltó una risa seca.

—Eso sí que es mentira fina.

Esteban giró hacia ella con educación.

—Amparo.

—Esteban.

—Siempre tan directa.

—A mi edad rodear las cosas es perder tiempo.

León intervino antes de que aquello se convirtiera en una guerra con modales.

—¿Cuándo vio a Elvira?

—A media tarde. Quizá seis y cuarto. Yo venía de la farmacia.

—¿La notó nerviosa?

—Elvira siempre parecía saber algo que los demás ignorábamos. Eso podía confundirse con nervios.

—No ha respondido.

Esteban se quitó los guantes claros, dedo por dedo.

—Sí. Estaba nerviosa.

—¿Sabe por qué?

—No.

Migas se acercó a la silla donde Esteban había dejado el sombrero. Olfateó el borde, dio un paso atrás y estornudó.

Pilar murmuró:

—Eso es una opinión.

Clara se mordió una sonrisa. No era momento. Pero el cozy de la vida real, pensó, tenía esas crueldades: incluso las mañanas de muerte dejaban espacio para un gato estornudando sobre el sombrero de un notario.

León miró a Esteban.

—¿Le suena esta llave?

Señaló el plato.

El notario se acercó. Apenas inclinó la cabeza.

Durante una fracción de segundo, algo cambió en su rostro.

No miedo.

Reconocimiento.

Luego desapareció.

—Llaves antiguas hay muchas —dijo.

—No le pregunté eso.

—No puedo identificarla sin tocarla.

—No va a tocarla.

—Entonces no puedo identificarla.

Doña Amparo golpeó el suelo con el bastón.

—Esa llave es de los Álamos.

Todas las cabezas se volvieron hacia ella.

Esteban no.

Él siguió mirando la llave.

—Amparo —dijo suavemente—, la memoria a veces adorna.

—Y la culpa a veces plancha las frases.

Pilar dejó una taza sobre la barra con más fuerza de la necesaria.

—Bueno. Ya estamos.

León se acercó a doña Amparo.

—¿Está segura?

La anciana miró la llave como si mirara a alguien que regresaba después de años.

—Había un llavero así en la Casa de los Álamos. Las llaves se marcaban con cintas de colores. Rojo para la puerta lateral. Verde para la despensa. Azul para la capilla pequeña.

—¿Capilla? —preguntó Clara.

—La familia Alcázar tenía más dinero que buen gusto.

Esteban sonrió apenas, pero sus ojos no acompañaron.

—Eso fue hace treinta años. Muchas llaves circulan por anticuarios.

—Y muchas conciencias también —dijo doña Amparo.

León levantó una mano.

—Basta. Esteban, voy a necesitar que se quede disponible para declarar formalmente.

—Por supuesto.

—Y que no salga del pueblo.

—No pensaba hacerlo.

—Me alegra.

Migas se subió de pronto a la silla del sombrero.

—¡Eh! —dijo Esteban.

El gato apoyó una pata sobre el ala de paja y lo hundió un poco.

Clara fue a recogerlo.

—Migas, no.

Pero antes de que pudiera levantarlo, el gato bajó la cabeza, mordió algo prendido en la cinta interior del sombrero y tiró.

Un hilo rojo.

Muy pequeño.

Casi nada.

Un resto de fibra enganchado en la costura.

El café entero dejó de respirar.

Esteban se quedó inmóvil.

León se acercó despacio.

—No toque el sombrero.

—Inspector, esto es absurdo.

—No toque el sombrero.

Migas saltó al suelo con el hilo entre los dientes, caminó hasta Clara y lo dejó junto a sus zapatos.

Era una hebra roja.

Como la del patio.

Como la cinta de la llave.

Pilar se santiguó sin querer y luego fingió que se estaba acomodando el delantal.

Ramiro susurró:

—Ese gato va a necesitar abogado.

Clara miró a Esteban.

Por primera vez desde que había entrado, el notario jubilado no parecía elegante.

Parecía viejo.

León tomó otra bolsa de papel.

—Don Esteban —dijo—, creo que ahora sí tenemos algo de qué hablar.

Esteban miró a Migas.

El gato se sentó junto a Clara, enroscó la cola alrededor de las patas y cerró los ojos con una calma insultante.

Como si el asunto ya no fuera con él.

Como si acabara de recordarles a todos que las personas podían mentir sobre incendios, cartas, llaves y muertos.

Pero los gatos no mentían.

Solo volvían con cosas en la boca.