El gato de la cinta roja Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto #2
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Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto #2

En la plaza, la vida seguía haciendo un esfuerzo incómodo por continuar.

El quiosco de flores estaba abierto, aunque Berta no estaba para vender nada.

La fuente murmuraba. Una pareja de turistas consultaba un mapa con la esperanza absurda de que los pueblos fueran tan simples como los folletos.

En el Café Aurora, Pilar entró primero y levantó una mano antes de que nadie preguntara.

—Café para todos, preguntas para después.

—Eso no va a funcionar —dijo Ramiro.

—Funcionará contigo si quieres seguir teniendo silla.

Ramiro eligió su silla.

Clara colocó el plato con la llave sobre la barra. La servilleta seguía cubriéndolo. León llegó poco después, cerró la puerta del café y miró a los presentes.

—Necesito orden.

Doña Amparo resopló.

—Pide milagros en la iglesia. Aquí servimos café.

León ignoró el comentario con una profesionalidad admirable.

—Voy a hablar primero con Clara, Nuria y Berta. Después con cualquiera que haya visto a doña Elvira desde ayer por la tarde. Nadie sale del pueblo.

Ramiro levantó la mano.

—¿Eso es legal?

—Es una frase dramática, Ramiro. No tengo patrullas para vigilar a nadie. Pero preferiría que nadie decidiera pasar el día en la playa justo hoy.

—Yo no voy a la playa desde 2009.

—Entonces estamos tranquilos.

Pilar le sirvió un café a León sin preguntar. Él lo aceptó como quien acepta una tregua.

Clara destapó el plato.

La llave parecía más oscura dentro del café, quizá por contraste con la porcelana blanca. La cinta roja, extendida ahora con cuidado, mostraba una mancha en el extremo y una zona deshilachada. León se inclinó, sin tocarla.

—¿Así la dejó el gato?

—La dejó en el suelo. Yo la levanté con una servilleta.

—¿Dónde exactamente?

Clara señaló el espacio entre la mesa de doña Amparo y la barra.

—Ahí.

—¿Migas venía mojado? ¿Con tierra? ¿Sangre? ¿Algo en el pelo?

—El pelo erizado. Las patas un poco sucias. No vi sangre.

Pilar añadió:

—Tenía polvo blanco en una oreja.

León la miró.

—¿Polvo blanco?

—Como cal. O yeso. Se lo sacudió antes de subir al taburete.

—¿Dónde cayó?

Pilar señaló el suelo cerca de la barra.

—Ya barrí antes de saber que la mañana iba a convertirse en esto.

—¿Has tirado la basura?

—No.

—No la tires.

—Maravilloso. Ahora también custodio polvo de gato.

León anotó algo.

Migas, que había entrado sin que nadie notara el momento exacto, saltó al sillón azul junto a la ventana. Se hizo una rosca, pero no cerró los ojos.

—¿Ese gato suele dormir ahí? —preguntó León.

—Sí —dijo Clara.

—¿Y hoy?

—Hoy está fingiendo.

Migas abrió un ojo.

—Lo ves —dijo Clara.

León decidió no responder.

Nuria estaba sentada en una mesa pequeña, las manos sobre la libreta.

Berta ocupaba la silla de al lado, con un vaso de agua que Pilar le había puesto delante.

Doña Amparo se había instalado cerca, demasiado cerca para alguien a quien no habían invitado a escuchar.

Ramiro también estaba demasiado cerca, pero con un periódico abierto como escudo.

León arrastró una silla.

—Nuria. Dijiste que doña Elvira quería enseñarte una carta.

La bibliotecaria asintió.

—Ayer por la tarde fue a la biblioteca. Casi a la hora de cerrar.

—¿A qué hora?

—A las siete menos diez. Lo recuerdo porque yo ya había apagado el ordenador de préstamos y ella me dijo que la puntualidad era una virtud triste.

—Muy de Elvira —murmuró Berta.

—¿Qué quería? —preguntó León.

Nuria apretó los dedos sobre la libreta.

—Me pidió que buscara en el archivo municipal una noticia de hace treinta años.

—¿Qué noticia?

—Un incendio.

Doña Amparo cerró los ojos.

Clara lo vio.

—¿Qué incendio?

Nuria tragó saliva.

—El de la Casa de los Álamos.

El efecto fue inmediato, aunque no ruidoso. Berta dejó de llorar. Ramiro bajó el periódico. Pilar, que estaba detrás de la barra, se quedó con una taza en la mano. Incluso León dejó de escribir durante un segundo.

Clara miró de uno a otro.

—¿Qué es la Casa de los Álamos?

—Una casa que ya no existe —dijo Ramiro.

—Eso es evidente por el tono.

—Estaba al final del camino viejo —explicó Berta—. Era de la familia Alcázar. Se quemó una noche de otoño. Murió un hombre.

—¿Quién?

—Tomás Alcázar —dijo doña Amparo, sin abrir los ojos.

El nombre cayó sobre la mesa con el peso de algo que no había sido pronunciado en mucho tiempo.

—¿Y qué tiene que ver con Elvira? —preguntó Clara.

Nadie respondió.

León apoyó el bolígrafo sobre la libreta.

—Nuria.

—Ella dijo que había recibido una carta relacionada con ese incendio. Una carta que alguien le dejó bajo la puerta de la tienda.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Creo que hace unos días.

—¿La viste?

—No.

—¿Te dijo quién la escribió?

—No.

Clara notó que Nuria miraba hacia la ventana, hacia Migas.

—Pero sabes algo más.

Nuria se tensó.

León miró a Clara, luego a Nuria.

—¿Qué sabes?

La bibliotecaria respiró hondo.

—Me dijo que la carta no era una confesión. Era una amenaza.

Berta se cubrió la boca con el pañuelo.

—Ay, Elvira.

—¿Qué decía la amenaza? —preguntó León.

—No me lo dijo completo. Solo una frase.

—Dila.

Nuria bajó la voz.

—“Devuelve lo que guardaste, o todos sabrán quién abrió la puerta.”

El silencio volvió, pero ahora era distinto. Ya no tenía olor a café ni a mañana rota. Tenía olor a sótano, a madera quemada, a cosas cerradas demasiado tiempo.

Migas se levantó del sillón azul.

Caminó por el respaldo, saltó al suelo y fue hasta la puerta del café. Allí se sentó, mirando hacia la plaza.

—¿Quién abrió qué puerta? —preguntó Clara.

Doña Amparo se persignó.

—La puerta de la Casa de los Álamos.

León se giró hacia ella.

—Doña Amparo, si sabe algo, este sería un buen momento para decirlo.

—Yo sé muchas cosas. La mayoría no sirven para nada.

—Empiece por las que sí.

La anciana apretó el bastón entre las manos.

—Aquella noche la casa ardió muy rápido. Demasiado rápido, dijeron algunos. Pero en los pueblos se dicen muchas cosas cuando hay fuego. Que si una vela. Que si una estufa. Que si una discusión. Tomás Alcázar murió dentro. Su esposa no estaba. Su hijo era pequeño. Y Elvira…

Se detuvo.

—¿Elvira qué? —preguntó Clara.

—Elvira trabajaba allí.

Berta asintió despacio.

—Como doncella. Antes de abrir la tienda. Era muy joven.

Clara miró la llave.

—¿Y guardó algo de esa casa?

—Elvira guardaba todo —dijo Ramiro—. Objetos, recibos, secretos, botones de abrigos que nadie reclamaba. Su tienda era menos una tienda que un purgatorio de cosas.

—No hables así de ella —dijo Berta.

Ramiro bajó la cabeza.

—Perdón.

León retomó el control.

—Nuria, Elvira te pidió que buscaras una noticia y te dijo que fueras hoy por la mañana. ¿Nada más?

—Me pidió discreción.

—Eso era obvio.

—Y me preguntó si el archivo de prensa tenía fotografías.

—¿De la Casa de los Álamos?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque, según ella, en una de las fotos se veía algo que nadie notó entonces.

Clara sintió que la historia empezaba a abrirse como un cajón atascado. Una carta. Una amenaza. Un incendio de hacía treinta años. Una llave con cinta roja. Una mujer muerta entre objetos antiguos. Un gato que se negaba a cruzar una puerta.

—¿Encontraste la foto? —preguntó.

Nuria negó con la cabeza.

—No me dio tiempo. Cerré la biblioteca. Le dije que lo miraría hoy.

—Pero hoy ya no abrió —dijo Pilar.

La frase dejó a todos quietos.

León tomó aire.

—Berta, ahora tú. ¿Cuándo viste a Elvira por última vez?

La florista se secó los ojos.

—Ayer, poco después de las seis. Pasó por el puesto.

—¿Compró flores?

—No. Eso fue lo raro.

—¿Que no comprara?

—Que preguntara por flores sin comprarlas.

León esperó.

—Quería saber si todavía tenía cintas rojas de las coronas de San Blas. Yo le dije que sí, algunas guardadas. Me preguntó si podía darle un trozo. Le dije que claro. Le corté un pedazo.

Clara miró la llave.

—¿Como esa?

Berta se inclinó, sin tocar.

—Sí. Creo que sí.

—¿Para qué la quería? —preguntó León.

—No me dijo. Solo dijo que había que marcar las cosas antes de que desaparecieran.

Ramiro murmuró:

—Qué manera más suya de no explicar nada.

—¿Alguien estaba contigo cuando se la diste? —preguntó León.

Berta pensó.

—Julián pasó a dejarme pan. Martina compró claveles. Y don Esteban estaba en la plaza.

—¿Esteban Rivas? —preguntó doña Amparo.

—Sí.

Clara conocía a Esteban Rivas: notario jubilado, trajes impecables incluso para comprar tomates, viudo desde hacía años y dueño de una colección de bastones que nadie había pedido ver pero todos habían visto alguna vez.

Iba poco al Café Aurora. Cuando iba, pedía té.

Clara desconfiaba moderadamente de quienes pedían té en un lugar que olía tan bien a café.

—¿Don Esteban habló con Elvira? —preguntó León.

—No —dijo Berta—. Pero la vio.

—¿Y ella lo vio a él?

Berta dudó.

—Sí. Y se fue enseguida.

León anotó.

—Bien.

Migas maulló desde la puerta.

Todos lo miraron.

El gato rascó una vez la madera. No con impaciencia para salir. Más bien como si señalara algo.