El gato de la cinta roja Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto
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Capítulo 2 — La mujer que todos conocían distinto

La mujer que todos conocían distinto

El inspector León Aranda llegó con una mancha de zumo de melocotón en la manga izquierda.

No era una entrada especialmente heroica, pero en Valleverde las tragedias rara vez respetaban la estética.

El camión de fruta volcado en la curva del molino había dejado media carretera cubierta de cajas, pulpa y conductores indignados.

León bajó del coche con el pelo más revuelto de lo habitual, el ceño fruncido y esa expresión que Clara conocía demasiado bien: la de un hombre que deseaba, con toda sinceridad, que el mundo aprendiera a portarse mal en horario de oficina.

—Atrás —dijo antes incluso de saludar.

—Buenos días para ti también —respondió Clara.

—Atrás, Clara.

Ella dio un paso.

León la miró.

Clara dio otro.

—Eso sigue sin ser atrás.

—Estoy en el patio, no en la tienda.

—El patio forma parte de la tienda si hay una posible escena.

—¿Posible?

León no respondió. Miró la taza rota junto al umbral, la puerta entornada, la luz encendida al fondo y luego a Migas, que seguía sentado con una quietud impropia de su especie y de su carácter.

—¿Y este?

—Testigo —dijo Ramiro, que había llegado detrás de ellos con la discreción de un hombre que no quería perderse nada pero sí poder negar más tarde que se había metido donde no debía.

León cerró los ojos un segundo.

—Por supuesto. El gato.

—Migas encontró la llave —dijo Clara.

—La llave está en el café —añadió Pilar, apareciendo también al final del pasillo con doña Amparo del brazo—. En un plato. Cubierta. Sin tocar. Yo supervisé.

—¿Por qué está usted aquí? —preguntó León.

—Porque si dejo a Clara sola, termina interrogando muebles.

—Me refería a doña Amparo.

La anciana levantó la barbilla.

—Tengo edad suficiente para saber cuándo una mañana se tuerce.

—Precisamente por eso debería estar sentada.

—Estoy sentada cuando me apetece.

León se pasó una mano por la cara. Tenía cuarenta y tantos, una paciencia entrenada por obligación y una resistencia limitada a las teatralidades del pueblo.

Llevaba años como inspector en una comarca donde lo más habitual eran discusiones por lindes, herencias, gallinas desaparecidas y, de vez en cuando, un secreto familiar lo bastante viejo como para haber echado raíces.

Desde que Clara había abierto el Café Aurora, su trabajo no se había vuelto más peligroso, pero sí bastante menos ordenado.

—Todos fuera del patio —ordenó—. Ahora.

—Pero Elvira… —empezó Berta.

León suavizó la voz.

—Berta, por favor. Necesito entrar yo primero.

Berta asintió, pálida. Todavía apretaba el pañuelo entre las manos como si fuera una cuerda.

Nuria no se movió.

—A mí me esperaba.

—Nuria —dijo León—, lo sé. Y precisamente por eso voy a hablar contigo después. Pero ahora tienes que apartarte.

—Me dijo que viniera cuando abriera.

—Y vas a contarme todo eso en cuanto pueda escucharte bien.

La bibliotecaria bajó la mirada, derrotada por la lógica, no por la obediencia.

Migas fue el último en retirarse. O, mejor dicho, no se retiró. Clara intentó levantarlo, pero el gato esquivó sus manos con un movimiento fluido y se sentó junto a la maceta rota, encima de la hebra roja que había sacado de la tierra.

—No toques eso —dijo León.

—Se lo he dicho —respondió Clara.

—Al gato no. A ti.

—Yo tampoco lo he tocado.

Migas parpadeó lentamente.

León señaló al animal.

—¿Puedes…?

—¿Interrogarlo?

—Alejarlo.

Clara se inclinó.

—Migas, ven.

El gato no vino.

Pilar hizo un ruido con la lengua, ese chasquido universal con el que las personas que no tienen gatos creen poder convocar gatos. Migas la ignoró con una dedicación admirable.

Doña Amparo se adelantó apenas.

—Déjalo.

—No puedo dejar un gato en una escena —dijo León.

—Ese gato ya estaba en la escena antes que usted.

—No ayuda.

—A lo mejor sí.

León la miró con resignación.

—Doña Amparo.

—Inspector.

Durante un segundo, ambos se enfrentaron con la solemnidad ridícula de dos poderes antiguos: la ley y la anciana que conocía los pecados de todos desde antes de que fueran pecados.

Al final, León sacó una bolsa de papel del bolsillo interior de la chaqueta, se agachó y, con cuidado, recogió la hebra roja usando unas pinzas pequeñas que llevaba en un estuche.

Clara observó el gesto. No era el León de las discusiones con Ramiro ni el vecino que pedía café doble cuando había dormido mal.

Era el inspector. Preciso, atento, casi silencioso.

Migas permitió la operación. Luego se levantó, caminó hasta la puerta trasera de la tienda y se detuvo de nuevo en el umbral.

No entró.

León también lo notó.

—¿Es normal que haga eso?

—No —dijo Clara.

—Define “no”.

—Migas entró en la comisaría por una ventana del baño para robarte una rosquilla.

Ramiro levantó un dedo.

—Nunca se probó que fuera él.

—Había azúcar en sus bigotes.

—Prueba circunstancial.

León miró al gato.

—Entonces no, no es normal.

—No.

El inspector se puso unos guantes.

—Nadie se mueva de aquí. Nadie entre. Nadie se asome. Clara, eso te incluye con especial cariño.

—Qué gesto tan bonito.

—Especial preocupación, entonces.

Entró en la tienda.

La puerta quedó abierta el tiempo suficiente para que Clara viera un fragmento del interior: el suelo oscuro, un perchero con sombreros antiguos, una pila de marcos dorados, la silla caída junto al despacho. Después León desapareció en la penumbra.

El silencio que dejó fue peor que una noticia.

En los pueblos, la muerte no empieza cuando alguien la confirma. Empieza antes, cuando todos dejan de fingir que todavía hay otras explicaciones.

Berta comenzó a llorar sin ruido. Nuria se abrazó a su libreta. Ramiro dejó de hacer comentarios. Pilar cruzó los brazos y miró a Clara como si pudiera sujetarla en el sitio solo con la fuerza de su voluntad. Doña Amparo observaba la puerta con una expresión cerrada.

Migas se sentó junto al umbral.

No maulló.

Clara odiaba aquella quietud.

El gato no era un animal de solemnidades.

Era un ladrón naranja, un tirano de balcón, una criatura que había convertido el Café Aurora en extensión de su reino.

Verlo allí, callado, sin intentar entrar, sin frotarse contra las piernas de nadie, hacía que la puerta de Antigüedades Elvira pareciera más oscura.

Pasaron tres minutos.

Quizá cuatro.

León apareció en la entrada.

No dijo nada al principio. Se quitó un guante despacio, con demasiado cuidado. Clara supo la respuesta antes de escucharla.

—Lo siento —dijo él.

Berta soltó un sollozo. Nuria cerró los ojos. Pilar respiró por la nariz, fuerte, como quien rechaza una emoción porque todavía hay platos que lavar. Ramiro bajó la cabeza.

—¿Está…? —preguntó Clara, aunque no hacía falta.

León asintió.

—Doña Elvira Sanz ha muerto.

Nadie preguntó cómo.

Tal vez porque León no lo habría dicho. Tal vez porque, por una vez, el pueblo entero pareció entender que había detalles que no pertenecían a la plaza.

—¿Fue…? —Nuria no terminó.

—No voy a sacar conclusiones aquí —respondió León—. Necesito que todos vuelvan al café. Voy a acordonar la entrada y llamar al equipo.

—¿Equipo? —repitió Ramiro—. ¿Tenemos equipo?

—Tenemos gente que viene cuando la llamo.

—Eso suena menos impresionante.

—Ramiro.

—Perdón.

León se volvió hacia Clara.

—La llave.

—En el café.

—Voy a verla ahora. Y voy a necesitar que me cuentes exactamente cómo llegó.

—Migas la trajo.

—Algo más útil que eso.

—Entró por la puerta, la soltó en el suelo y se comportó como si nos estuviera haciendo un favor.

—Eso último no va al informe.

—Debería.

León miró otra vez al gato.

Migas le devolvió la mirada sin parpadear.

—¿Siempre fue de Elvira? —preguntó el inspector.

La pregunta pareció quedar suspendida sobre el patio.

—No —dijo Clara—. Quiero decir, no que sepamos. Él es… de todos.

—Los gatos no son de todos —murmuró Pilar—. Todos somos de ellos.

Doña Amparo hizo un sonido pequeño.

Clara se giró hacia ella.

—¿Qué?

—Nada.

—Doña Amparo.

—He dicho nada.

—Cuando usted dice nada, suele haber un incendio detrás.

La anciana apretó los labios.

—Ese gato iba mucho a la tienda.

—Eso ya lo sabemos.

—No. Iba mucho antes de ir al café.

Clara sintió un pinchazo de sorpresa.

—¿Antes?

—Yo lo veía por las mañanas, cuando salía a comprar pan. Se metía por la ventana de atrás de Elvira. Ella le dejaba un platito.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque nadie me preguntó el currículum del gato.

Pilar exhaló con cansancio.

—Vamos al café antes de que alguien escriba eso en una pizarra.

León levantó una mano.

—Todos al Café Aurora. Clara, tú también. Necesito tomar declaración allí, no en un patio donde la mitad del pueblo intentará meter la cabeza en cuanto huela tragedia.

Como si lo hubiera invocado, una voz sonó desde el pasillo.

—¿Ha pasado algo?

Era Julián, el panadero, con harina en las cejas y expresión de alarma profesional. Detrás de él asomaban dos vecinas, el cartero y un hombre que Clara reconoció vagamente como el primo de alguien. En Valleverde bastaban ocho minutos para que una noticia se reprodujera como masa madre.

León se irguió.

—La calle queda cerrada. Vuelvan a sus casas.

Nadie se movió.

—Al café tampoco —añadió, mirando a Clara.

Ella levantó las cejas.

—No me mires así. Si algo ocurre en este pueblo, la gente va al café. No puedo clausurar la plaza entera.

—Algún día lo intentaré.

—Y ese día Pilar liderará la resistencia.

—Sin duda —dijo Pilar.

Caminaron de vuelta hacia la Plaza Mayor en una procesión extraña: Berta llorando, Nuria callada, Ramiro serio por primera vez en la mañana, Pilar con pasos decididos, doña Amparo apoyada en su bastón y Clara llevando en el pecho una sensación conocida y desagradable.

La sensación de que el día había dejado de pertenecerle.

Migas los siguió a distancia.

Eso tampoco era normal.

Migas no seguía. Guiaba, invadía o ignoraba. Pero no seguía.