Capítulo 1 — El gato entra al café #3
En el suelo, justo junto al umbral, había una taza rota.
Porcelana blanca con flores azules. Clara la reconoció.
Doña Elvira había llevado una igual al café semanas atrás para discutir con Ramiro si era inglesa o de Talavera.
La discusión terminó sin acuerdo, como casi todas las discusiones de Ramiro.
Dentro, la luz del despacho seguía encendida.
—Doña Elvira —llamó Clara desde fuera.
Nadie respondió.
Nuria apretó su libreta contra el pecho.
Migas no entró.
Eso fue lo que de verdad alarmó a Clara.
Migas entraba en cualquier parte. Había entrado en una boda, en una clase de yoga para mayores y una vez en la comisaría, de donde salió con una rosquilla que nadie quiso investigar. Si una puerta estaba abierta, Migas la consideraba una invitación. Si estaba cerrada, la consideraba un desafío.
Pero allí se quedó inmóvil.
Sentado en el patio, mirando el interior de la tienda, con la cola pegada al suelo.
—Migas —susurró Clara.
El gato no se movió.
Berta empezó a llorar en silencio.
—No sabemos nada todavía —dijo Nuria, aunque su voz no convencía a nadie.
Clara sacó el móvil. Marcó el número de León Aranda.
Contestó al cuarto tono.
—Clara —dijo el inspector, y en su voz ya había cansancio preventivo—. Por favor, dime que llamas por café.
—Estoy en Antigüedades Elvira. La puerta trasera está abierta. Hay una taza rota y la luz del despacho encendida. Nadie responde.
Al otro lado se oyó un ruido de motor y una maldición apagada.
—No entréis.
—No he entrado.
—Clara.
—No he entrado.
—Lo repites demasiado rápido.
—Porque es verdad.
León suspiró.
—Estoy a diez minutos. Quizá doce. El camión de fruta ha decidido morir en mitad de la curva del molino. No toquéis nada. No dejéis que nadie toque nada. Y por el amor de Dios, no conviertas esto en una investigación.
—Solo he llamado.
—Tú nunca solo llamas.
Clara miró a Migas.
El gato seguía mirando hacia dentro.
—León —dijo ella, bajando la voz—. Migas ha traído una llave al café. Una llave antigua. Con una cinta roja.
Hubo un silencio breve.
—¿Una llave?
—Sí.
—¿De la tienda?
—No lo sé.
—Guárdala.
—Ya lo he hecho.
—Sin tocarla.
—Con servilleta.
—Me gustaría vivir en un mundo donde esa frase no me pareciera tranquilizadora.
—Date prisa.
—Clara.
—¿Sí?
—Aléjate de la puerta.
Ella obedeció.
Más o menos.
Dio un paso atrás.
Nuria le tocó el brazo.
—Mira.
En el marco inferior de la puerta, donde la madera rozaba la piedra, había una marca blanca. Una línea fina, polvorienta. Clara se agachó sin acercarse demasiado. Parecía yeso. O cal. Como el polvo que había visto en la llave.
Migas emitió un sonido bajo.
Luego se levantó, caminó hasta una maceta rota junto al muro y olfateó algo entre las hojas secas.
—No —dijo Clara.
El gato metió la pata.
—Migas, no.
Demasiado tarde.
Sacó de entre la tierra un hilo rojo.
No una cinta entera. Apenas una hebra. Del mismo color que la cinta de la llave.
Nuria se llevó una mano a la boca.
Berta murmuró algo que pudo ser una oración o el nombre de su madre.
Clara sintió entonces que la mañana terminaba de romperse. No con un estruendo, sino con la delicadeza terrible de una porcelana al caer.
La plaza seguía ahí, a pocos pasos, con su fuente, sus flores, sus tostadas, su vida pequeña.
En el Café Aurora la máquina probablemente habría vuelto a jadear.
Pilar estaría fingiendo que no miraba cada diez segundos hacia la puerta.
Ramiro estaría construyendo una teoría con el periódico doblado.
Doña Amparo ya habría recordado algo y decidido no decirlo hasta que fuera demasiado tarde.
Y en medio de todo eso, un gato naranja acababa de sacar de la tierra una hebra roja que no debía estar allí.
Clara miró hacia el interior de la tienda.
No podía ver mucho desde el patio. Solo una esquina del despacho, una silla caída y la sombra quieta de un mueble alto.
Pero supo, con esa certeza incómoda que llega antes que las pruebas, que doña Elvira Sanz no se había quedado dormida.
No había salido a pasear. No había olvidado abrir su tienda por primera vez en veinte años.
Algo había ocurrido dentro de Antigüedades Elvira.
Y Migas había vuelto con una pista.
El gato dejó caer la hebra roja a los pies de Clara, se sentó junto a ella y se lamió el pecho como si acabara de cumplir con una obligación administrativa.
A lo lejos, por la calle de la iglesia, empezó a oírse la sirena del coche de León Aranda.
No era una sirena urgente. En Valleverde incluso las sirenas parecían pedir permiso antes de alterar la mañana.
Clara no apartó los ojos de la puerta.
—Nuria —dijo en voz baja.
—¿Sí?
—¿Qué era lo que doña Elvira quería enseñarte?
Nuria tardó demasiado en responder.
—No lo sé.
Clara giró apenas la cabeza.
—Esta vez piénsalo antes de mentirme.
Nuria cerró los ojos.
Cuando los abrió, parecía más vieja.
—Una carta —dijo.
Migas dejó de lamerse.
—¿Qué carta?
Nuria miró hacia la tienda, luego hacia la plaza, como si las paredes pudieran escucharla.
—Una que llevaba treinta años escondida.
El coche del inspector se detuvo al final del pasillo.
Migas maulló.
Y Clara Medina comprendió que aquel no iba a ser el día en que la cafetera se rompió.
Iba a ser mucho peor.