El gato de la cinta roja Capítulo 1 — El gato entra al café #2
6%

Capítulo 1 — El gato entra al café #2

—No estoy pensando nada.

Pilar señaló el suelo.

—Tienes esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de “esto probablemente no sea asunto mío, pero ya lo es”.

Ramiro se levantó de su silla, acercándose con el periódico aún en la mano.

—Puede haberla encontrado en cualquier sitio.

—Claro —dijo doña Amparo—. Los gatos son muy de llevar llaves antiguas atadas con cintas misteriosas. El mío una vez trajo medio chorizo.

—No es comparable —dijo Nuria.

—Depende del chorizo.

Clara se agachó, pero no tocó la llave. La observó de cerca.

La cinta, de un rojo oscuro, tenía un nudo elegante, casi ceremonial.

No era un cordón improvisado. Alguien la había atado con cuidado.

En el hierro había restos de polvo blanco, quizá cal, quizá yeso.

Y en el extremo de la cinta, una pequeña mancha marrón.

Clara sintió que el olor del café se volvía de pronto demasiado dulce.

—Pilar, dame una servilleta limpia.

—Clara.

—No voy a tocarla con la mano.

—Eso no me tranquiliza.

—A mí sí.

Pilar le dio una servilleta con un gesto de rendición anticipada.

Migas bostezó.

—¿Dónde has encontrado esto? —le preguntó Clara.

El gato parpadeó.

Ramiro carraspeó.

—Quizá, si le muestras una foto de varios sospechosos…

—No empieces.

—Solo intento colaborar con la investigación felina.

Clara levantó la llave usando la servilleta. Pesaba más de lo que esperaba. La cinta colgó hacia abajo como una lengua roja.

Nuria se había puesto pálida.

—¿La reconoces? —preguntó Clara.

—No.

Pero lo dijo demasiado rápido.

Doña Amparo también la miraba de un modo raro. No con miedo exactamente. Con memoria. A Clara le gustaba poco esa expresión en la gente mayor del pueblo. Cuando doña Amparo recordaba algo en silencio, el pasado solía estar a punto de entrar por la puerta con los zapatos sucios.

—¿Doña Amparo?

La anciana apretó los labios.

—Había llaves así antes.

—Antes, ¿cuándo?

—Antes de que todo el mundo cambiara puertas buenas por puertas feas.

—Eso no ayuda mucho.

—Las puertas buenas tenían peso. Las de ahora parecen tapas de yogur.

Nuria apoyó las dos manos alrededor de su taza, sin beber.

—Doña Elvira vendía llaves antiguas —dijo—. Tenía una caja llena en la tienda.

—Entonces puede ser de allí —dijo Ramiro.

—O puede no significar nada —añadió Pilar, con la firmeza de quien intenta cerrar una ventana antes de que entre una tormenta.

Migas se levantó, caminó hasta la barra y saltó al taburete más bajo. Desde allí miró la cesta de magdalenas.

—Ni lo sueñes —dijo Clara.

El gato la ignoró con dignidad.

La puerta se abrió por tercera vez.

Berta Luján entró sin flores, lo cual ya era en sí mismo una señal de alarma. Berta siempre olía a tallos cortados, tierra húmeda y colonia de violetas. Aquella mañana olía a prisa.

—¿Habéis visto a Elvira? —preguntó.

Nadie respondió de inmediato.

Berta miró la llave en la servilleta, luego a Clara, luego al gato.

—Ay, no.

—Eso mismo he dicho yo —murmuró Pilar.

Clara se enderezó.

—¿Qué pasa con doña Elvira?

Berta tragó saliva.

—La persiana está bajada, pero la puerta de atrás está abierta.

Nuria dejó la taza sobre el plato con un golpe seco.

—¿Has entrado?

—No. La llamé desde el patio. No contestó. Luego vi…

Berta se interrumpió.

—¿Qué viste? —preguntó Clara.

—Una taza rota. En el suelo. Y la luz encendida en el despacho.

Ramiro dobló el periódico por segunda vez, esta vez sin teatralidad.

—Hay que llamar al inspector Aranda.

—Ya lo he llamado —dijo Berta—. Venía hacia aquí cuando me crucé con Julián, el panadero. Dice que León está en la carretera, por lo del camión de fruta volcado.

—Claro —dijo Pilar—. Porque una mañana no puede tener solo una desgracia.

Clara miró la llave.

Luego miró a Migas.

El gato había conseguido acercar una magdalena hasta el borde de la cesta sin que nadie lo viera moverse.

—Migas —advirtió Clara.

Él la miró como si la verdadera cuestión moral de aquella mañana no fuera una llave manchada ni una tienda abierta por detrás, sino la injusta distribución de los productos horneados.

Clara dejó la llave sobre un plato limpio y cubrió el plato con otra servilleta.

—Nadie toca esto.

—¿Desde cuándo das órdenes policiales? —preguntó Ramiro.

—Desde que la policía está ocupada con fruta.

Pilar se secó las manos en el delantal.

—No vas a ir.

Clara no respondió.

—Clara.

—Solo voy a mirar desde la puerta.

—Eso dijiste la última vez.

—La última vez fue distinto.

—Siempre dices que la última vez fue distinto.

Nuria se levantó.

—Voy contigo.

—No —dijo Clara.

—Elvira me pidió que fuera.

Aquello bastó para que nadie insistiera.

Doña Amparo también intentó levantarse, pero Pilar le puso una mano en el hombro.

—Usted se queda.

—Tengo piernas.

—Y yo tengo autoridad sobre este local mientras Clara decide cometer imprudencias.

—No son imprudencias —dijo Clara.

Pilar la miró.

—Son paseos informativos.

—Peor.

Clara rodeó la barra, cogió su chaqueta fina del perchero y guardó el móvil en el bolsillo. Luego se agachó delante de Migas.

—Tú te quedas aquí.

Migas parpadeó.

—Lo digo en serio.

El gato bajó del taburete, se estiró lentamente, caminó hacia la puerta y se sentó delante de ella.

Ramiro soltó una risa baja.

—Creo que el testigo exige participar.

—No es un testigo —dijo Clara.

Migas maulló.

No fue su maullido habitual, áspero y breve, de funcionario cansado. Fue un sonido más bajo. Casi una protesta. Casi una advertencia.

Clara sintió un escalofrío absurdo.

Los gatos, se dijo, no advierten. Los gatos quieren comida, calor, dominio territorial y, en el caso de Migas, acceso ilimitado a la repostería.

Pero aquel sonido no parecía pedir nada.

Pilar se acercó a la puerta, miró al gato y luego a Clara.

—Si ese animal pudiera hablar, nos arruinaría a todos.

—Por suerte no puede —dijo Ramiro.

Nuria, muy seria, respondió:

—Quizá no le hace falta.

Salieron los tres: Clara, Nuria y Migas, aunque Clara no habría descrito al gato como parte de la comitiva. Más bien como un problema naranja que caminaba unos metros por delante, con la cola erguida y las orejas atentas.

La plaza olía a piedra húmeda y pan caliente.

El sol comenzaba a subir por detrás de los tejados, iluminando las fachadas color crema, los balcones de hierro y las macetas de geranios que las vecinas vigilaban con más celo que sus propias cuentas bancarias.

A esa hora, Valleverde tenía todavía aspecto inocente.

Una niña con mochila cruzó corriendo hacia la escuela.

El cartero dejó sobres en los buzones del Portal 7.

Berta caminaba detrás de ellos, apretando un pañuelo entre las manos.

Antigüedades Elvira estaba en una calle estrecha que salía de la plaza hacia el lado de la iglesia.

El escaparate siempre parecía mirar hacia otra época.

Había relojes detenidos, marcos dorados, vajillas incompletas, abanicos, una muñeca de porcelana que Clara evitaba mirar directamente y una lámpara verde que llevaba meses inclinada como si escuchara conversaciones privadas.

La persiana metálica estaba bajada hasta la mitad.

Eso era raro.

Doña Elvira Sanz podía ser muchas cosas, y la mayoría de ellas dependía de quién hablara.

Para algunos era una mujer elegante, culta, con un gusto exquisito para rescatar objetos que otros habían condenado al olvido.

Para otros era una entrometida que sabía demasiado de herencias, cartas y deudas familiares.

Para los niños era la señora que nunca sonreía del todo.

Para Clara era, sobre todo, una clienta difícil: tomaba café solo, sin azúcar, nunca se sentaba de espaldas a la puerta y siempre dejaba la cucharilla exactamente paralela al borde del plato.

—La puerta de atrás está por aquí —dijo Berta.

Rodearon la tienda por un pasillo estrecho entre dos edificios. Migas avanzó primero, pero al llegar al patio se detuvo.

Clara también.

La puerta trasera estaba entornada.