El gato de la cinta roja Capítulo 1 — El gato entra al café
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El gato de la cinta roja

El gato de la cinta roja

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1 — El gato entra al café

El gato entra al café

El día en que Migas trajo la primera pista, Clara Medina estaba discutiendo con la cafetera.

No era una discusión seria, al menos no al principio.

En el Café Aurora, las máquinas tenían carácter, las cucharillas desaparecían como si recibieran llamadas secretas, y la cafetera italiana de la estantería superior conservaba el orgullo de una condesa venida a menos.

Pero aquella mañana la máquina grande, la de la barra, había decidido jadear, escupir vapor y soltar un gemido metálico cada vez que Clara intentaba preparar un cortado.

—No me hagas esto hoy —murmuró, apoyando una mano sobre el lateral caliente de la máquina—. Te he limpiado. Te he descalcificado. Te he hablado con respeto.

La cafetera respondió con un chasquido seco.

En una de las mesas junto al ventanal, doña Amparo levantó la vista de su tostada.

—No la provoques, hija. Las máquinas escuchan.

—Las máquinas no escuchan —dijo Ramiro Gil desde la mesa del fondo, sin apartar los ojos del periódico—. Si escucharan, la impresora del ayuntamiento habría dimitido hace años.

—La impresora del ayuntamiento sabe demasiado —replicó doña Amparo—. Por eso se atasca.

Clara sonrió, aunque no del todo. Era una sonrisa de propietaria de café a las ocho y diecisiete de la mañana: amable, cansada, ligeramente desesperada y con un cálculo mental permanente de cuántas tazas quedaban limpias.

Fuera, Valleverde empezaba a desperezarse con su habitual lentitud de pueblo que fingía ser tranquilo.

La Plaza Mayor estaba húmeda por el rocío nocturno; las piedras claras del suelo brillaban como si alguien las hubiese pulido durante la madrugada.

El quiosco de flores de Berta Luján abría sus toldos verdes.

La campana de la iglesia dio un toque inseguro, como si también ella necesitara café antes de comprometerse con la hora exacta.

Dos jubilados discutían junto a la fuente si aquel verano iba a ser seco, húmedo o directamente inmoral.

En el bajo del Portal 7, el Café Aurora olía a pan tostado, mantequilla, café recién molido y a la promesa razonable de que el mundo podía esperar cinco minutos antes de derrumbarse.

Clara Medina creía en esa promesa.

No siempre la cumplía.

Desde que había abierto el café, había aprendido que los pueblos no eran lugares tranquilos, sino lugares donde todo el mundo sabía disimular.

Una ciudad podía esconder un crimen entre avenidas, tráfico y edificios anónimos.

Un pueblo, en cambio, lo escondía bajo una servilleta bordada, detrás de un saludo educado, en una cazuela prestada que nunca volvía a su dueña.

Valleverde era experto en ese arte. Sonreía con campanario, balcones floridos y señoras que recomendaban bizcochos; luego guardaba en los cajones facturas falsas, cartas de amor, testamentos dudosos y odios cultivados con la paciencia de una planta de interior.

Clara lo sabía mejor de lo que le hubiera gustado.

Por eso, cuando la cafetera volvió a protestar, ella respiró hondo, contó hasta tres y decidió que no iba a dejarse arruinar la mañana por una máquina temperamental.

—Pilar, ¿me pasas el paño azul?

Pilar Montes, que estaba reorganizando una bandeja de cruasanes con la precisión de una cirujana y la autoridad de una reina en el exilio, le tendió el paño sin mirar.

—El azul es para vasos.

—Hoy es para emergencias.

—Las emergencias también tienen categorías.

—Pilar.

—Toma.

Pilar tenía cincuenta y muchos, el pelo teñido de un castaño imposible y una capacidad casi sobrenatural para saber cuándo un cliente iba a pedir leche de avena antes de que el cliente lo supiera.

Había llegado al Café Aurora como ayuda temporal y se había quedado como columna vertebral, conciencia administrativa y, en ocasiones, tribunal moral.

Clara limpió la boquilla de vapor, golpeó el portafiltro con un gesto más brusco de lo necesario y miró hacia la puerta.

—Llega tarde —dijo.

Pilar no necesitó preguntar quién.

—Es un gato, Clara. No tiene horario laboral.

—Migas sí.

Doña Amparo chasqueó la lengua.

—Ese gato tiene más rutina que mi difunto marido. Y más personalidad.

—También roba más —añadió Ramiro.

—Robar, lo que se dice robar, no roba —dijo Clara—. Reubica objetos.

—Ayer me reubicó una loncha de jamón.

—El jamón no es un objeto.

Ramiro bajó el periódico lo justo para mirarla por encima de las gafas.

—Para él, desde luego, fue una experiencia espiritual.

Migas era un gato naranja, redondo en los lugares adecuados y elástico en los momentos menos convenientes.

Había aparecido meses atrás en la Plaza Mayor con la seguridad de quien no llega a un sitio, sino que lo reclama.

Nadie sabía con certeza de dónde venía. Berta decía que había salido de debajo de su puesto de flores durante una tormenta.

El sacristán juraba que lo había visto antes durmiendo sobre una pila de manteles en la iglesia.

Ramiro sostenía que era un espía del ayuntamiento, enviado para averiguar quién no separaba bien el vidrio.

La verdad, como casi siempre en Valleverde, era menos clara y mucho más interesante.

Migas había adoptado el Café Aurora sin pedir permiso.

Entraba por la puerta principal si alguien se la abría, por la ventana del baño si alguien la olvidaba abierta, por el patio interior si el día requería dramatismo.

Se sentaba junto a la caja registradora como si supervisara las cuentas, dormía sobre el sillón azul de lectura y, cuando Clara estaba distraída, metía la pata en la cesta de magdalenas con una delicadeza ofensiva.

Pero, sobre todo, Migas era puntual.

A las ocho y doce, cada mañana, cruzaba la plaza desde el callejón de la panadería, se detenía junto a la fuente, fingía no escuchar a Berta cuando lo llamaba, y entraba en el café con un maullido breve, ronco, como si anunciara que el establecimiento podía empezar a funcionar.

Aquella mañana eran las ocho y veintiuno.

—Igual ha encontrado otra familia —dijo Pilar.

Clara le lanzó una mirada.

—No se bromea con las desgracias.

—No estoy bromeando. Es un gato. Puede tener tres familias, dos enemigos, una amante y una propiedad a su nombre.

—Migas no tiene amante.

—Eso no lo sabes.

La campanilla de la puerta sonó.

Clara levantó la vista con alivio.

No era Migas.

Era Nuria Salvatierra, envuelta en un abrigo ligero pese al sol de julio, con una libreta contra el pecho y la expresión de quien trae noticias pero aún no ha decidido si compartirlas le dará placer o problemas.

—Buenos días —dijo Nuria.

—Buenos días —respondieron varias voces.

Nuria trabajaba en la biblioteca municipal, aunque en Valleverde todos sabían que su verdadera ocupación era archivar silencios.

Tenía la costumbre de escuchar sin parecer que escuchaba y de recordar frases exactas dichas años atrás junto al puesto de verduras.

Clara la apreciaba. También le tenía un respeto prudente.

—¿Lo de siempre? —preguntó Clara.

—Café solo. Y una tostada pequeña.

—¿Pequeña de verdad o pequeña de “me estoy castigando por algo”?

Nuria dudó.

—Mediana.

—Eso pensaba.

Mientras preparaba el café, Clara observó que Nuria miraba hacia la plaza con insistencia.

—¿Ha pasado algo?

—No sé.

En Valleverde, “no sé” significaba casi siempre “sí, pero todavía no tengo todos los detalles”.

Pilar dejó de mover cruasanes.

Doña Amparo dejó de untar mantequilla.

Ramiro bajó otra vez el periódico.

Nuria suspiró.

—La persiana de Antigüedades Elvira sigue cerrada.

—Es temprano —dijo Clara.

—Doña Elvira abre a las ocho.

—A veces.

—Siempre —corrigió Nuria—. Incluso los domingos, aunque no venda nada. Dice que los objetos antiguos se deprimen si pasan demasiado tiempo a oscuras.

Doña Amparo hizo la señal de la cruz de forma distraída, más por hábito que por alarma.

—Esa mujer siempre fue rara.

—Ser rara no impide dormir hasta tarde —dijo Pilar.

—A doña Elvira sí —replicó Nuria—. Ayer tampoco fue a la biblioteca.

Clara colocó la taza delante de ella.

—¿Tenía que ir?

—Todos los miércoles va a leer los periódicos atrasados.

—Quizá ya se cansó de las malas noticias.

Nuria no sonrió.

—Me dijo que quería enseñarme algo.

El pequeño silencio que siguió no fue dramático.

En el Café Aurora los silencios dramáticos estaban mal vistos antes de las nueve.

Fue un silencio tibio, curioso, con olor a pan tostado.

Pero Clara sintió cómo algo se inclinaba apenas dentro de la mañana, como una taza mal colocada al borde de una mesa.

—¿Algo de la tienda? —preguntó.

—No lo sé. Me dijo: “Mañana, cuando abra, ven. Hay cosas que no deben quedarse en manos equivocadas.”

Ramiro dobló el periódico con una lentitud teatral.

—Eso, en un pueblo normal, sería una frase preocupante.

—Valleverde no es un pueblo normal —dijo doña Amparo.

—Por eso me preocupa más.

La campanilla volvió a sonar.

Esta vez no entró una persona.

Migas apareció en el umbral con el orgullo intacto y el pelo erizado de un modo que no le favorecía.

Era un gato de expresión habitualmente satisfecha, incluso cuando se caía de una silla fingía que aquello formaba parte de una antigua ceremonia felina.

Pero aquella mañana no parecía satisfecho. Parecía ofendido.

Y llevaba algo en la boca.

Clara salió de detrás de la barra.

—Migas.

El gato avanzó tres pasos, se detuvo sobre las baldosas amarillas y soltó el objeto al suelo con un sonido diminuto.

Clinc.

Todas las conversaciones murieron.

Sobre el suelo del Café Aurora, entre una pata de silla y una servilleta caída, había una llave antigua atada a una cinta roja.

No era una llave cualquiera. Era larga, oscura, de hierro trabajado, con una cabeza ovalada y un diente irregular, como esas llaves que sobreviven a las cerraduras que las justificaban. La cinta roja estaba húmeda. No empapada, pero sí manchada en un extremo por algo que no parecía agua.

Migas se sentó junto a ella, se lamió una pata y miró a Clara con una calma insoportable.

—No —dijo Pilar.

—¿No qué? —preguntó Clara.

—No vamos a hacer esto.

—¿Hacer qué?

—Lo que estás pensando.