El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Mireya — Febrero. Pretemporada en Florida

Wesley tiene ya casi cuatro años, es increíble cómo pasa el tiempo.

Iris siempre dice que echa de menos sus dejes de bebé al hablar, pero sigue siendo un niño adorable y el centro de atención del equipo.

En este viaje parece haberme adoptado. Ya en el aeropuerto me ha cogido la mano, me ha pedido una piruleta de fresa y no se ha separado de mí.

Le compro una piruleta cada vez que coincidimos. Empezó hace seis meses en un entrenamiento, le di una de fresa porque la llevaba en el bolsillo, y al crío le encantó. Ahora, siempre que me ve, me pide una.

Lo gracioso es que se ha vuelto un poco tímido, mira con desconfianza a las dos jugadoras nuevas que se han incorporado al equipo. Tessa me explicó que en el fondo es natural; casi todas las jugadoras ya estaban ahí cuando él nació y algunas se incorporaron mientras él era muy pequeño.

Ahora empieza a darse cuenta por primera vez de que el equipo no siempre es el mismo, ha cambiado ligeramente. Algunas se han ido, otras han llegado y no las conoce todavía, aunque se ha quedado embobado mirando los malabares que la nueva jugadora brasileña es capaz de hacer con el balón.

Parece una personita caminando por la terminal del aeropuerto, con su camiseta del club casi por las rodillas y una mochila diminuta a la espalda, también del club. Drummond la mandó fabricar solo para él, dijo que era buena publicidad.

—¡Hadez! —grita.

Es el único que llama abiertamente Hades a Diana, bueno, a veces también Iris, cuando está cabreada.

—Dime, Wes —responde Diana, poniéndose en cuclillas para estar a su altura.

—Tengo cosa pa ti, pero no te la doy ahora.

—¿No?

—Esta noche, en cena —insiste el niño.

Diana le pasa la mano por el pelo y Wesley, que sigue enganchado a mi mano, extiende su mano libre para que ella la coja. Me derrite verla así, con esa sonrisa que pone ahora cada vez que está con Wes, creo que necesitamos un bebé en nuestra vida.

Iris ya se ha llevado la primera sanción y eso que técnicamente ni siquiera hemos empezado la pretemporada. En vez de con la equipación oficial del equipo, ha aparecido vestida con una camiseta de tirantes que dice “BICAMPEONAS” en letras muy grandes y de distintos colores.

—Buah, Guerrero, ¿qué tal el viaje? Tiene que ser incómodo tener a Hades las cinco horas durmiendo sobre tu hombro —bromea al pasar a nuestro lado.

Diana finge que no la escucha, aunque no puede evitar poner los ojos en blanco.

***

La terraza del hotel donde cenamos es la misma del año pasado. Las mismas mesas largas. La luz amarilla, las vistas a la piscina vacía donde estuvimos a punto de besarnos.

Empiezo a comprender que la pretemporada de Florida es algo esencial en este club.

El último partido de los Playoffs se ha jugado a finales de noviembre; han pasado poco más de dos meses y parece que llevamos sin vernos una eternidad.

Todo son abrazos y risas, comentarios sobre las vacaciones.

Es el evento que marca lo que será la nueva temporada.

—Buah, esta noche nos vamos de fiesta —dice Iris en voz baja al pasar a mi lado—. A ti no te podemos invitar, Guerrero, no es nada personal. Es que si vienes, se entera Hades, y si se entera Hades, nos quedamos sin fiesta. Te sacrificas por las demás y tan amigas —concluye, encogiéndose de hombros.

La jugadora brasileña está sentada al final de una de las mesas. Lleva veinte minutos sin hablar, observándolo todo. No me extraña, porque aterrizar en este club sin conocer a nadie es como un tsunami social que se aguanta como se puede.

Yo lo recuerdo bien. Estaba en su sitio hace doce meses.

Iris la señala con la barbilla y le dice algo a Diana en voz baja. Solo escucho un par de frases, “es una crack, pero va a ser complicada. Va a dar mucha guerra, la mitad buena y la mitad de la otra”. Diana asiente y bebe un sorbo de agua.

—Buah, jefa, antes de que se me olvide. Llevo casi un año yendo los jueves con Jordan Hayes.

Ya está. Te lo digo para que conste y para que no me veas saludándola en algún pasillo y pienses que se me ha ido la cabeza.

Que no, es que ya somos amigas a estas alturas o algo parecido —suelta del tirón, cambiando de tema drásticamente como es habitual en ella.

—¿Jordan? ¿La psicóloga del club?

Tanto Diana como yo nos giramos con sorpresa.

—Sí, esa. Es bruja esa mujer, jefa, lo digo en serio.

Yo no sé cómo lo hace, pero te dice cuatro cosas y sales de su consulta sintiéndote menos imbécil.

Bueno, es una forma de hablar, ¿eh? Me lo recomendó Zoe, y me está ayudando a centrarme mucho.

Ella y Paula. Hasta he empezado a leer libros.

Yo no leía un libro desde el instituto, jefa, te lo juro por Paula.

Y llevo tres seguidos. Tres. Algún día me vas a oír citar a alguna escritora en el vestuario antes de un partido y vas a pensar que me he dado un golpe.

Pero no, será cosa de Jordan y de Paula.

Te aviso para que no me mandes al médico.

Diana simplemente asiente y le quita a Iris la copa de vino que tiene delante.

—Mejor sigues con agua, que queda mucha cena —agrega.

Drummond aparece a los diez minutos. Al igual que el año pasado, viene a Florida solo para la cena junto a otros directivos del club y mañana se vuelve a Seattle a primera hora.

Trae una bolsita de papel que contiene un detalle del equipo para Wesley y otro para Diana.

Al parecer, lo hace cada año, es algo discreto, sin el logo del equipo, sin publicidad. Lo hace porque le apetece.

La cena dura una hora y media, salpicada de continuo por anécdotas de Iris sobre Paula, Diana, y casi todas las jugadoras del club, incluidas muchas que ya no están.

Lo cuenta con tanta gracia que ya no sabes qué es verdad o qué se está inventando.

Renata, la jugadora brasileña, sonríe por primera vez en toda la cena.

En los postres, cuando se termina el helado, Wesley se levanta de la mesa y se planta al lado de Diana con un papel doblado.

—Toma. Ez pa ti —dice, entregándoselo con las dos manos casi como si fuese una ceremonia.

—Vale, muchas gracias, Wes.

—Despacio. No lo lompas.

—No lo voy a romper. Llevo mucho tiempo abriendo dibujos tuyos y siempre los doblas igual —le asegura.

—Pelo ezte es impoltante.

—Vale, Wesley, lo hago muy despacio, ¿vale?

El niño asiente y Diana lo abre con mucha precaución, con las dos manos. Mientras lo despliega, yo ya sé lo que ha dibujado porque Tessa me lo contó, pero ver la carita del chiquillo esperando la reacción de Diana es enternecedor.

Es el mismo campo verde que el primer dibujo de hace meses.

las mismas figuras de palo con colores chillones amontonadas a la izquierda en un grupo apretado.

Bueno, quizá un poco mejor dibujadas, la coleta de Iris ya no llega hasta el suelo, sino a la cintura.

A varias jugadoras les ha puesto un número enorme, porque está aprendiendo a reconocer los números.

Esta vez, a Tina le ha dibujado un chicle saliendo de la boca como un balón.

Y en el centro del folio, dos figuras de palo cogidas de la mano. Una de negro. Otra de verde y con algo parecido al número nueve sobre ella. Mi número.

—¿Lo ves, Hadez? —pregunta el niño, poniendo el dedito índice sobre las figuras.

—Lo veo, Wesley.

—Ya no estáz zola. Y estoy yo tamién. Aquí, mila —insiste, señalando a una figura pequeña junto al grupo.

Aprieto el muslo de Diana por debajo de la mesa, porque está conteniendo las lágrimas, intentando no romperse delante de las jugadoras de su equipo y de un niño que aún no ha cumplido los cuatro años y que la mira con cara de preocupación.

—Gracias, Wesley, es un regalo muy bonito —admite, abrazando al chiquillo.

Wes asiente satisfecho y vuelve a su silla junto a sus madres.

***

Este año me quedo en la habitación de Diana y reconozco que es mucho mejor que las que les dan a las jugadoras. Tiene una terraza con una mesa y dos sillas blancas. También una tumbona para tomar el sol y vistas al océano.

—Es Lauren. Las niñas quieren saludarte —escucho cuando salgo de la ducha, todavía con el pelo mojado y la camiseta del Mundial del 2011 puesta para dormir.

Me siento a su lado en la mesa de la terraza y Diana gira el portátil para que mi cara entre también en el encuadre.

Sofía y Nora aparecen en pijama, empujándose para salir mejor. Detrás de ellas está Pickle, casi escondido tras un peluche.

—Mireya, hola. ¿Estáis tomando el sol? —pregunta Sofía, con la nariz pegada a la cámara.

—Sofía, aléjate de la cámara, que se te ve solo el ojo izquierdo —gruñe Lauren—. Mireya va a pensar que eres un cíclope.

—Vale. Mireya, ¿estás tomando el sol en Florida?

—Aquí también es de noche, pero hace mucho calor. Esta tarde cuando llegamos hacía treinta y dos grados.

—¿Treinta y dos?

—Treinta y dos, sí.

—Aquí han sido dos, ¿no, mamá? —pregunta, girándose hacia Lauren.

—¿Es un hotel bonito? ¿Tiene piscina como el del año pasado? —interrumpe Nora.

No me da tiempo a responder que es el mismo que el año pasado, posiblemente también que el anterior, porque Diana es muy de repetir si está contenta.

A partir de ahí viene una sucesión de robarse preguntas entre ellas o de pequeños empujones para salir en la cámara hasta que Lauren se acerca a poner orden.

—Mireya, ¿mami te grita en los entrenamientos?

Diana, a mi lado, se atraganta con su taza de té.

—Nora, joder.

—Mamá, no digas joder, que estamos nosotras.

—Me grita como a todas las jugadoras cuando estamos entrenando, sí. Es su trabajo cuando hacemos algo mal.

—¿Pero después te pide perdón por haberte gritado?

—Después me trata muy bien, Nora —confieso, sintiendo que se me pone roja hasta la punta de las orejas.

—Vale. Es que en los vídeos de los partidos da miedo cuando grita. Yo ya estoy acostumbrada porque la conozco, pero en el primer vídeo que vi con cinco años lloré.

A continuación, me hablan de la cobaya, de que solo come lechuga de la buena, me preguntan si voy a ir a cenar con ellas cuando vuelva de Florida. Es como si ya me hubiesen adoptado como una nueva madre. La tercera. Casi me da pena cuando Lauren las manda a la cama y cierran la videollamada.

—¿Te gustó el dibujo de Wesley? —le pregunto, cogiendo su mano para llevarla a la cama.

—Mucho.

—Tessa me llamó el martes para avisarme. Me dijo “cuando Hades abra el folio en la cena, haz como que no sabes nada”. No tienes que responder ahora, ¿vale? Pero, ¿has pensado en tener niños? Además de las gemelas, quiero decir.

—¿Un bebé nuestro? —pregunta, abriendo los ojos con sorpresa.

—Sí, un bebé nuestro.

—Me encantaría. Quizá no es el mejor momento, pero me encantaría —confiesa, acariciando mi pelo y besándome en la frente.

—¿Y boda?

—¿Boda? Sí, supongo que también me gustaría una boda.

—Me haría mucha ilusión que fuese en Aura Valley —admito antes de besar sus labios.

Bosteza, se acurruca contra mi cuerpo y se va quedando dormida. Yo no me duermo. Me quedo despierta una hora más. Mirando el techo del hotel, la luz de la luna sobre la sábana, la marca de la pulsera de Tana en mi muñeca derecha, su mano sobre mi vientre.