El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Epílogo
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Epílogo

Hades

La terraza del hotel a las seis y treinta y siete de la mañana es la misma del año pasado, pero distinta.

La barandilla no ha cambiado, el mar sigue viéndose en la distancia.

La luz es la misma. Todavía sin sol, con el agua oscura, y en la línea del horizonte el primer rosa pálido empezando a romper.

La típica calma de un hotel de costa antes de los desayunos.

Hace un año, más o menos a esta misma hora, besé a Mireya.

Después subimos al avión y nos sentamos con seis filas entre nosotras.

Me pasé las cinco horas y media del vuelo contando los segundos que me quedaban para volver a fingir que no había pasado nada.

Aquella madrugada, con aquel beso, decidimos algo que no sabíamos que estábamos decidiendo.

Ahora ambas lo sabemos.

La puerta se desliza y Mireya se sienta a mi lado, casi pegada a mí, a una distancia que hemos ido aprendiendo a borrar durante los últimos meses.

Su mirada se queda perdida en el horizonte, con la luz subiendo poco a poco y el primer naranja despuntando sobre el agua.

—El año pasado, justo en este lugar, estaba aterrada —confiesa.

—Yo también.

—¿Sabes lo que estuve pensando durante el vuelo?

—pregunta, bebiendo un sorbo de café y sin dejar de mirar el mar—.

Me pasé cinco horas pensando si debía hablar con Drummond y pedir un nuevo traspaso.

Estaba segura de que me había equivocado.

Barajé todo tipo de opciones para no tener que enfrentarme a lo que empezaba a sentir por ti.

—Menos mal que no decidiste ninguna de esas opciones —admito con un largo suspiro, entrelazando mis dedos con los suyos por encima de la mesa.

—No lo hice porque cuando aterrizamos miré atrás antes de salir del avión. Quería verte una última vez sabiendo que no volvería a verte hasta el lunes siguiente. Y tú estabas mirándome a mí.

Lo dice apoyando la frente contra mi hombro antes de besar mi cuello.

Cierro los ojos y sonrío.

Una vez, cuando era una adolescente, mi madre me dijo que algunas palabras, las más importantes, no hace falta decirlas nunca.

Por aquel entonces, no lo entendí. Busqué su significado en la pizarra y en los sistemas, en los partidos ganados y en los perdidos.

En un matrimonio fallido. En una obsesión.

Ahora, con Mireya apoyada contra mi hombro, a las seis y cuarenta de la mañana en Florida, mientras el sol despierta en el horizonte, lo comprendo.

Esas palabras no se dicen.

Esas palabras se viven.

Y quizá algún día, en un campo de arena de Aura Valley, una niña pequeña con las botas de su madre y un balón demasiado grande aprenderá lo que significan sin que nadie tenga que decírselas nunca.