Capítulo 17
Mireya
En el momento en que Lauren Creed me saluda, me doy cuenta de que llevo puesta la camisa azul de Diana y de que ya es demasiado tarde para arreglarlo.
Eso, en mi cabeza, es importante. He dormido solamente cuatro horas y me presento en el despacho de la exmujer de mi novia con unas pintas en las que prefiero no pensar.
La sala de reuniones no es grande. Una mesa redonda con seis sillas alrededor. Una jarra de agua. Tres tazas. Diana se sienta a mi lado. Ha venido con el chándal del club porque desde aquí iremos directamente a entrenar.
—Mireya. Voy a ser muy breve porque tenéis que estar en el entrenamiento a las once y son las nueve y diez.
Lo que vamos a firmar hoy es la declaración formal de la relación a la liga y al sindicato de jugadoras, junto con el plan de medidas que el club proponer aplicar.
Es el procedimiento estándar, solo que se aplica habitualmente antes de iniciar la relación, no después.
Por eso vamos contra reloj. Si el club y la liga lo aprueban, firmáis el protocolo definitivo el lunes, ¿vale?
—Vale —resoplo.
—Tres cosas —dice Lauren—. Una: Ethan firma tus informes semestrales. Diana no toca eso. Dos: habrá una evaluación trimestral más corta. Tres: alguien de fuera del club valida las dos. Si puede ser, del sindicato de jugadoras. ¿Hasta aquí bien?
—Sí —respondemos Diana y yo casi al unísono.
—¿Preguntas?
—¿Qué pasa si Ethan firma que no lo estoy haciendo bien y yo creo que sí?
—Recurres al revisor externo. Si te da la razón, el club lo acepta, si no, debes asumirlo —explica Lauren, encogiéndose de hombros mientras abre las manos.
—¿Y si Diana y yo lo dejamos?
Diana me mira con sorpresa, pero es algo que debo preguntar. Lauren asiente como si ya esperase una pregunta similar.
—El protocolo se mantiene hasta el final de tu contrato con el club. Vuestra separación no afectaría. Tiene sentido. Sé que Diana no lo haría nunca, pero el protocolo también tiene que cubrir el riesgo contrario.
—¿Que me perjudique por haber roto con ella?
—Exacto —confirma la abogada.
—Solo una pregunta. ¿Por qué nos defiendes? Quiero decir… supongo que para ti tiene que ser una situación un poco incómoda. Sé que lleváis cinco años divorciadas y eso, pero estoy saliendo con tu exmujer y…
—Porque conozco a esta mujer desde hace muchos años, Mireya —me interrumpe, señalando a Diana—.
Y nunca la he visto querer a nadie como te quiere a ti.
Ahora es feliz. Y porque tenemos dos hijas en común que la adoran.
Si todo esto se tuerce de algún modo, las crías van a sufrir.
Así que mi trabajo, hoy, es proteger a las cuatro. No solo a vosotras dos.
Asiento, firmamos y cuando estamos saliendo por la puerta, Lauren me sujeta de pronto por el codo.
—Mireya, cuídala, por favor —susurra.
***
Llegamos a las instalaciones del club a las once menos diez. El aparcamiento está más lleno de lo normal, con varios coches de periodistas que no deberían estar.
Iris nos intercepta a la entrada, mientras grita a la prensa que se aparten y nos permitan pasar.
—Todo el equipo está esperando en el vestuario —anuncia.
—¿Quién las ha convocado? —pregunta Diana—. Se supone que deberían estar saliendo al campo para calentar.
—Jefa, hoy no es día de entrenamiento, al menos no hasta que hablemos todas juntas.
Cada una ha ido llegando y se ha sentado junto a su taquilla.
Os estamos esperando. De todos modos, es mejor que no entres todavía.
No te lo tomes a mal, pero es algo que debemos resolver primero nosotras como equipo y después, entras como entrenadora si quieres, pero primero lo hablamos las jugadoras —añade, mirando a Diana, que levanta las manos en señal de rendición.
Lo primero que noto al entrar es el silencio.
Un vestuario lleno y silencioso es la cosa más antinatural que existe en un club deportivo del nivel que sea.
Veintidós mujeres que me miran y no se escucha ni una mosca volando.
Tina con el chicle quieto entre las muelas.
Lucía con las botas a medio atar. Carter con el codo apoyado en la rodilla y los ojos en el suelo.
Castillo con los guantes en la mano sin ponérselos.
Voy a mi taquilla y me siento yo también, dejando la bolsa de deporte a mis pies.
Iris se coloca en el centro, y cuando Iris Vance se coloca en el centro del vestuario, la gente la mira y escucha.
—Buah, a ver —dice, pasándose la mano por la coleta—. Antes de empezar, una cosa. Lo que voy a decir aquí no me lo ha pedido nadie. Ni la jefa, ni Drummond, ni mi cara bonita en el espejo. Esto lo hago porque me sale del coño, ¿vale?
Varias jugadoras se ríen bajito o ponen los ojos en blanco.
—El año pasado, cuando salió toda esa mierda de que Paula no era en realidad mi novia sino mi guardaespaldas y la prensa me empezó a perseguir, el primer día yo no quería salir de mi casa.
No me apetecía ni levantarme de la cama.
Pensé que se me venía el mundo encima. Me imaginé titulares, me imaginé las redes sociales.
Era todo un jodido caos. Y al día siguiente Zoe me dijo “Iris, vístete y vamos a entrenar, que el mundo no se cae por un par de fotos de mierda”.
Y vine a entrenar y aquí dentro, en este mismo vestuario, vosotras me hicisteis la vida mucho más fácil que cualquier otra mañana de mi carrera.
Hace una pausa y recorre con la vista a todas las jugadoras, una a una.
—Todas sabemos que una parte de la prensa se pone fea cuando huele sangre. Es su trabajo, supongo, y ese tipejo lleva diez años haciendo justo eso. No es nada nuevo. Lo que importa de verdad es qué vamos a hacer nosotras. Aquí dentro. En este vestuario.
Iris se gira hacia mí y me señala.
—Guerrero. Lo que ha salido publicado es tu vida privada y la de la jefa.
Y a ninguna de nosotras nos importa una mierda lo que hagáis las dos en la cama.
¿Vale? Ese no es nuestro trabajo. Nuestro trabajo es jugar al fútbol y ganar los Playoffs.
Y para eso necesitamos que tú estés entera y que la jefa esté entera. Punto.
Asiento lentamente con la cabeza sin ser capaz de articular ni una sola palabra.
—Y si alguien tiene un problema con eso —continúa Iris—, que lo diga ahora. Aquí dentro. A la cara. Nada de pasillos, nada de mensajitos en privado.
Zoe se levanta.
Lo hace más despacio, sin la energía de Iris, pero es la voz con más peso en este equipo.
—Hace dos años, en pleno juicio por la custodia, mi exmarido utilizó unas fotos de Wesley sacadas de contexto para argumentar que yo no era buena madre.
Yo estaba destrozada, pero Iris venía a casa todas las noches con un táper de comida que alguien del equipo había preparado.
Todas salisteis a dar la cara por mí en las redes sociales, incluso varias declarasteis en el juicio.
Conseguisteis que me presentase ante una jueza con la cabeza alta cuando lo único que quería hacer era esconderme bajo una manta y llorar hasta que no me quedasen más lágrimas.
Mira a las jugadoras nuevas, las que no estaban entonces.
—Esto es lo que somos en este equipo. Por eso elegimos jugar aquí. Por eso renovamos contratos. Por eso aguantamos a una entrenadora con mala leche y a Drummond, que da aún más miedo que Hades. No es solo por ganar ligas o por el sueldo, es porque somos una familia de verdad.
—Buah, eso mismo —dice Iris, aplaudiendo—. ¿Alguien tiene algo que decir?
Jade Herrera se levanta y es sí que es raro, porque todas la conocemos más por sus largos silencios que por sus palabras.
—Todas hemos jugado en otros equipos. En muchos casos hemos tenido que tragar mucha mierda para poder seguir jugando al fútbol.
Seguro que entre todas hemos visto de todo.
Pero en este equipo se protege a las jugadoras, aquí defendemos a las compañeras y, por mi parte, Hades se puede acostar con cualquier persona adulta mientras no perjudique al club.
Lucía levanta la mano sin levantarse.
—Yo solo digo que, si alguien pregunta, la respuesta debe ser siempre la misma. No tenemos nada que comentar. Y no me importa repetirlo un millón de veces si hace falta. Por mi parte, no tengo ningún problema en que Hades tenga una relación con Guerrero.
Una a una, todas las jugadoras asienten hasta que llegamos a Nika Wallace, que está sentada en el fondo, con la cabeza baja y los ojos clavados en el suelo.
—Pienso igual —dice sin levantar la mirada.
—Bien, pues ya estamos —grita Iris—. Ahora, a terminar de cambiarse y al campo, que la liga no se va a ganar sola —añade, dando varias palmadas.
Las jugadoras van saliendo del vestuario y cuando está ya casi vacío, Nika se coloca a mi lado.
—¿Tienes un minuto? —pregunta en voz baja.
—Claro.
—He pedido el traspaso —suelta de pronto.
Asiento. Se comentaba en el vestuario desde hacía algún tiempo.
—¿A qué equipo?
—Chicago. Mi tía vive allí y estaban muy interesados. Drummond lo tiene ya casi preparado. Esta semana está mirando los papeles a cambio de los derechos de una jugadora brasileña.
—Nika... ¿es por mí?
—No, no, no tiene nada que ver con vuestra relación, ni contigo, tampoco con Hades.
Es que llevo dos temporadas sin disfrutar y necesito un sitio nuevo.
De verdad, puedes estar tranquila —me asegura—.
Por cierto, mi sobrina me ha preguntado si te gustó la pulsera. Creo que eres su jugadora favorita.
—La llevo siempre puesta —admito, tirando de la manga hacia arriba para enseñársela—. Y dile que si marco un gol en las finales señalaré a la pulsera ante las cámaras. Mucha suerte en tu nuevo club.
***
Esa noche, llego a casa de Diana con dos cervezas y un táper con su plato favorito de comida tailandesa.
Cenamos en el sofá, las dos cervezas en la mesa baja y el táper entre nosotras.
—Entonces, ¿todo salió bien en el vestuario? —pregunta tras un silencio demasiado largo.
—Todo salió muy bien. El equipo está totalmente unido y nos apoya —confirmo—. ¿Sabías que Nika se va?
—Soy la entrenadora, claro que sabía que Nika se va.
—Tu ex me cae bien.
Diana sonríe.
—Le caes bien tú a ella. Me ha mandado un mensaje al salir.
—¿Qué dice?
—Dice “me cae bien, ahora entiendo”.
—Mañana en el partido...
—¿Qué pasa mañana en el partido?
—Si consideras que debes cambiarme en algún momento o incluso dejarme en el banquillo y sacar de titular a Nika, lo entiendo, pero, por favor, no lo hagas por las acusaciones de favoritismo que comenta parte de la prensa.
—Mañana juegas. Lo tenía decidido desde antes de que salieran esas jodidas fotos —me asegura, rodeando mis hombros para atraerme hacia ella.