Capítulo 16
Hades
El mensaje que recibo mientras desayuno tiene solamente dos palabras en mayúsculas y un enlace, pero consigue helarme la sangre.
Ethan: LEE ESTO.
El móvil se me cae de las manos.
Hago memoria. Había un sedán oscuro al final de la calle, pero ninguna de las dos reparamos en que podría haber alguien dentro. Alguien con una cámara de fotos y un objetivo de largo alcance.
Debo llamar a Mireya antes de hacer cualquier otra cosa.
Lo decidimos juntas.
—¿Has visto el artículo? —pregunta en voz baja.
—Voy a llamar a Alexandra Drummond en cuanto terminemos esta llamada y convocaré al Consejo del club esta tarde, pero antes necesitaba saber cómo estás.
—Bien. Asustada, pero bien. ¿Tú?
—Igual. Mireya, escúchame. No vayas a entrenar hoy. Quédate en tu piso o mejor ve a casa de Tessa o de Iris. La prensa te estará esperando y no va a ser agradable.
—No te voy a dejar sola —protesta—. Ayer mismo hablamos de que esto podría pasar. Lo decidimos juntas, así que no me apartes ahora, por favor.
—No te estoy apartando. Te estoy pidiendo que estés fuera de las instalaciones del club hasta que hable con Drummond y con el Consejo. Nada más. Luego, hablamos con el vestuario las dos juntas, te lo prometo.
—Está bien —dice al fin—. Pero me llamas en cuanto acabes. Y siento que todo esto se haya complicado, de verdad.
***
Drummond me espera en su despacho a las diez. Sin café y con una cara de mala leche que intimida.
Tiene sobre la mesa un folio impreso, solo dos párrafos, encabezado con el logo del club. El departamento de comunicación lo ha redactado en un abrir y cerrar de ojos con una eficiencia que no sé si admirar o considerar inquietante.
—Lee y firma —ordena, deslizando el papel sobre la superficie de su escritorio.
Es breve, asegura que el club confía en el profesionalismo de su cuerpo técnico, que la vida privada de sus empleados es un asunto personal y que el club no hará ningún comentario sobre informaciones publicadas en medios externos, pero que si se confirma un trato a favor, tomarán las medidas que sean necesarias.
Es correcto en la forma, como cabría de esperar, pero totalmente inútil.
—No lo voy a firmar —murmuro, deslizando el papel de vuelta en su dirección.
—¿Qué propones?
—Quiero convocar al Consejo esta tarde. Quiero que Lauren se encargue del caso.
Le pedimos que diseñe un protocolo de supervisión externa que regule la relación profesional entre Mireya Guerrero y el cuerpo técnico.
Ethan firma los informes semestrales y los revisa un auditor independiente.
Evitamos cualquier conflicto de intereses, pero no voy a renunciar a mi relación con Mireya.
Si el club no está de acuerdo, prefiero presentar la dimisión.
—¿Y quieres que tu exmujer lleve el caso?
—Exacto. Es la abogada más competente que conozco y en la única que puedo confiar en estos momentos. Y es la única que puede tener todo listo para presentar ante la liga el lunes, antes de que se nos adelanten ellos abriendo expediente —admito con un soplido.
Drummond descruza las piernas y las vuelve a cruzar por el otro lado.
—Está bien, a las cinco —dice—. Convocaré a los miembros del Consejo. Diana, haz que esto funcione. Si funciona, yo no tengo ningún problema en que te quedes, sabes que confío en ti, pero si no puedes hacerlo funcionar… ya sabes lo que hay —agrega antes de que salga de su despacho.
A continuación, llamo a Lauren. Responde casi de inmediato. También ha leído el artículo.
—Diana, mira que te lo dije —protesta sin ni siquiera saludar.
—Lo sé. ¿Tienes un momento?
—Tengo el tiempo que necesites —me asegura.
Le cuento todo lo ocurrido con Alexandra Drummond, también lo que había acordado la noche anterior con Mireya, incluso la inesperada visita de Iris. Lauren me deja hablar, no me interrumpe. En doce años de matrimonio y cinco de divorcio, eso nunca ha cambiado.
Cuando termino, Lauren tarda unos segundos en procesar la información.
—El protocolo que describes no es complicado y puede ser bastante útil si el Consejo lo aprueba.
Me preocupa más el apoyo del vestuario. Si alguna jugadora siente que hay un conflicto de intereses que la afecta negativamente de algún modo, puedes tener un problema con la liga o el sindicato de jugadoras.
—¿Te encargarás?
—Diana, joder. Hemos estado casadas doce años y tenemos dos niñas en común. Claro que lo haré, aunque seas la persona más terca que conozco.
Dejo escapar un largo suspiro de alivio.
—Gracias, te pago lo que me digas.
—Ya hablaremos de eso. Quiero verte mañana a las nueve en mi despacho. Trae a Mireya contigo, ella también tiene que decidir sobre algunos puntos. Y un café, que el de la máquina del bufete sabe horrible.
—A las nueve.
—Cuídate —dice antes de despedirse.