El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 15
76%

Capítulo 15

Hades

—¿Quieres algo de beber? —pregunto.

—No he venido a beber, jefa, vengo a hablar contigo; bueno y si me das algo de comer, yo me lo como, claro.

Pongo los ojos en blanco y decido preparar de igual modo un par de tazas de té mientras le pongo un plato de pasta que había sobrado de la comida. Le he dicho un millón de veces que no me llame jefa, pero le da igual, no me escucha.

—Suelta lo que sea y vete a tu casa, estoy esperando una visita —protesto.

—Vale, vale, no te voy a preguntar por qué tienes prisa.

Pero antes te aviso de tres cosas, así te lo tomas con calma, ¿eh?

Una, no te juzgo, ya te lo he dicho antes.

Dos, no te pido que me lo confirmes ni que me lo niegues, no soy tonta.

Tres, te lo cuento porque te respeto y me caes bien, aunque me grites en el campo. No porque seas mi jefa.

—Iris, ¿quieres hablar de una vez? Me estás poniendo de los nervios —me quejo.

Toma un sorbo de té, se quema la lengua, hace un gesto raro y, a continuación, me clava la mirada antes de decir una sola palabra.

—A ver, en el vestuario se empieza a hablar. No mucho y tampoco con mala leche, no te vayas a pensar. Pero se empieza a hablar.

Respiro hondo y aprieto la taza con las dos manos. Me imagino lo que viene a continuación y no me va a gustar.

—¿Hablar de qué, Iris?

—Joder, sabes que tienes un problema de paciencia, ¿verdad?

—Tengo muchísima paciencia contigo, así que suelta de una vez —insisto.

—Poca cosa, de momento. Cosas pequeñas. Tina me preguntó el viernes en la cafetería por qué estabas rara con Guerrero. Lucía se lo comentó a Zoe. Yo ya lo llevo viendo casi desde Florida, porque, bueno, vaya miraditas eh, jefa. Es que la desnudas con los ojos. Además…

—Joder —suspiro.

—Sí, sí, jefa, eso es lo que yo digo cada vez que alguien me lo comenta.

He cortado ya tres conversaciones donde he podido.

He soltado lo que diría cualquier co-capitana decente: aquí cada una con su vida, fuera del campo no opinamos, salvo que afecte al rendimiento del equipo y Hades tiene todo el derecho a irse a la cama con quien quiera.

Perdón, la jefa, no Hades, no sé de dónde salió ese nombre.

—No pasa nada, ya sé que me llamáis así desde hace años.

—Buah, vale, pues eso es solo lo primero. Lo segundo es aún peor —suelta, alzando las cejas.

—¿Aún peor?

Iris asiente lentamente con la cabeza. No gasta ninguna broma, así que va muy en serio.

—Dante Vega, ya sabes, el periodista ese, lleva dos semanas pasándose por la cafetería del club.

Se ha hecho amigo de Marisa, la chica que lleva la caja.

La ha invitado a un café dos veces. Luego le pregunta cosas, se hace el inocente, pero ya sabes que ese tipo no me gusta.

Marisa contesta porque es buena persona y le cae bien todo el mundo, no es desconfiada.

Pero esa información, en manos de ese tipo, es munición —me advierte.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Marisa me lo contó ayer al pagar la comida.

Le pregunté si Vega había vuelto a aparecer y me dijo “sí, hoy mismo, ha venido a por un café y me ha preguntado si yo había visto a la entrenadora cenar alguna vez con jugadoras”.

Dijo que no, porque tú no cenas con nadie en las instalaciones del club, y eso es verdad.

Pero Hades, ese tío sabe lo que está buscando.

Y va a encontrar algo si no tienes mucho cuidado.

—¿Lo sabe Drummond? —pregunto, pasando del té a una copa de vino.

—Drummond sabe que Vega ronda por el club. No sabe el detalle de Marisa. Eso es mejor que no lo sepa, no quiero que se meta en problemas por ser buena persona.

—Gracias por avisar —suspiro.

—No me las des. Aquí nos protegemos. Ya lo sabes, es la norma. Punto. Y si esto explota, vas a tener detrás de ti un vestuario entero. Te lo digo yo, y conozco a esas jugadoras mejor que nadie —me asegura.

—No tienes que hacer esto. Yo me he buscado el problema y debo solucionarlo yo sola.

—Eh, esto es exactamente lo que tengo que hacer. Lo que pasa es que normalmente lo hago con gente más simpática que tú, pero no pasa nada, tan amigas.

Se me escapa una sonrisa.

—Anda, llévate el plato de pasta y desaparece de aquí —le digo, sacando un táper para que eche la comida.

—Una última cosa, jefa. Y con esto me voy.

Lo que sea que decidas, lo que sea, decídelo con Mireya, ¿vale?

No por ella. Que ella es adulta y, perdóname, pero es más lista que tú en algunas cosas.

Si lo decides sola, vais a perder las dos.

Si decidís juntas, igual también perdéis, pero al menos no vais a perderos la una a la otra.

¿Me entiendes? Y, sí, que ya me voy, que estará a punto de llegar y sería muy incómodo cruzarnos.

Buah, a ver si va a ser celosa y se cree que estamos…

ya sabes… Eso sí que sería turbio, ¿eh? —añade, despidiéndose de mí.

Mireya

Aparco frente a la casa de Diana a las nueve menos siete y juraría que me acabo de cruzar con la moto de Iris en la dirección opuesta, pero quizá solo se le parecía, últimamente estoy un poco paranoica por si alguien nos descubre.

Espero en el coche unos minutos más, acariciando su nota en el bolsillo, porque no me gusta nada el tono que utilizó la última vez que hablamos.

Al entrar, dejo el bolso en el sofá, me quito el abrigo y ella deja escapar un suspiro, como si necesitase hablar de inmediato.

—¿Vino?

—Si tienes algo más fuerte, mejor, aunque mañana tengamos entrenamiento, creo que lo necesito —reconozco.

La acompaño a la cocina y me sorprendo al ver en la mesa un plato con restos de pasta y dos tazas de té a medio terminar.

—¿Has tenido visita? —pregunto, alzando las cejas.

—Iris.

—¿Iris?

—Iris, sí —confirma.

—¿Qué hacía Iris aquí? —insisto.

—Avisarnos.

Diana sirve dos vasos de whisky y los coloca sobre la encimera. Se acerca a mí, apoya la frente sobre la mía y deja escapar un larguísimo suspiro.

—Mireya, antes de nada, debo contarte tres cosas. Una de Lauren, otra de Iris, y una mía. ¿Vale?

—Joder, me estás poniendo de los nervios —protesto.

Empieza por lo de su exmujer, y me cuenta la conversación que tuvieron con todo detalle, sus preocupaciones, lo de deshacernos de cualquier mensaje por escrito y el comentario de que no me merezco una relación en la que nos escondemos de los demás.

—Aquí tienes la nota —digo, sacándola del bolso y entregándosela.

—No la voy a quemar, la meteré en una caja fuerte en mi dormitorio —me asegura, besándome en la frente.

—¿Y lo de Iris? —pregunto.

Diana respira hondo y cuenta también eso. Tina, Lucía, el periodista haciendo preguntas.

—Joder, no sabía nada de eso —reconozco.

—Me ha dicho “aquí nos protegemos” y se lo ha tomado muy bien.

—¿Y la tuya?

—¿La mía?

—La tercera cosa que tenías que contarme. La tuya.

Diana deja la copa sobre la encimera. Se gira hacia mí y se coloca a mi lado, apoyando la espalda contra el mueble.

—Lauren tiene razón. Si seguimos así, nos vamos a perder en cámara lenta y al mismo tiempo crearemos un montón de problemas. Tú te mereces o todo o nada, no ser un secreto. Debemos tomar una decisión cuanto antes —dice, inclinándose hacia mí y apoyando la cabeza en mi hombro.

—¿Tú qué quieres hacer? —pregunto literalmente temblando.

—Seguir adelante, no me importan las consecuencias —responde sin dudar.

—Esto podría acabar con tu carrera como entrenadora —le recuerdo.

—Lo sé, correré el riesgo. Solo me gustaría mantenerlo en secreto hasta que juguemos los Playoffs. No es mucho tiempo, después, dimitiré si hace falta, pero no quiero perderte —confiesa, rodeando mi cintura con su brazo derecho.

—Solo una cosa. Si esto explota antes de que se termine la temporada, no nos pilla separadas. Nos pilla juntas. Las dos asumimos lo que ha ocurrido, ¿vale? Es todo lo que te pido —añado, secándome las lágrimas con la punta de los dedos.

Me besa y cuando se lo devuelvo, todo mi cuerpo tiembla. Ya conocía la sensación de sus labios en los míos, lo que no conocía era sus labios sin freno. Sin Florida en la cabeza, sin el tobillo lesionado como un obstáculo entre nosotras.

Coloco las manos en su cintura y las cuelo por debajo de la camisa, acariciando lentamente sus costados mientras ella tira de mi camiseta hacia arriba.

—Dormitorio —jadea contra mis labios.

No conseguimos separarnos del todo, llegamos besándonos por el pasillo, descartando prendas de ropa en el suelo hasta quedarnos completamente desnudas.

—Te quiero —susurra mientras me tumba con suavidad sobre la cama.

Es la primera vez que me lo dice en voz alta. Sin papelito. Sin la excusa de la oscuridad o de la lesión de mi tobillo o del dolor que confunde las cosas.

—Yo también te quiero —suspiro, y prefiero no pensar en la cara de boba que puedo tener, en lo mucho que he esperado esto, o en lo imposible que sigue siendo.

Se sienta a horcajadas sobre mí, las rodillas a los lados de mis caderas.

Yo deslizo las manos por sus muslos, subiendo hasta sus pechos, y muerdo el labio inferior al acariciar su contorno.

Diana cierra los ojos, echa la cabeza hacia atrás, y cuando mis dedos encuentran sus pezones, suelta un sonido que no le había escuchado nunca.

Grave, totalmente vulnerable. Sin esconderse.

—Ven aquí —ronroneo, tirando de ella para que se incline.

Sus pezones se endurecen al sentir mi lengua. Esconde los dedos en mi pelo. No tira de él, solo aprieta, como si necesitase sujetarse a algo, como si también ella sintiera que estamos cruzando una línea desde la que ya no hay retorno posible.

Cuando levanto la cabeza, me coge por la nuca y me besa. Más profundo esta vez. Muerde mi labio inferior, buscando mis pechos con su mano libre.

—Dime si quieres parar, porque desde aquí ya no hay vuelta atrás —jadea contra mis labios.

Solamente niego con la cabeza y busco su lengua con la mía.

Se separa un poco para besar mi cuello. Despacio, rozando sus labios justo debajo de mi oreja para luego bajar por la clavícula hasta el esternón.

Lame entre mis pechos, a continuación, mete en la boca uno de mis pezones y no puedo evitar alzar las caderas, buscando un mayor contacto mientras se me escapa un gemido.

—¿Tienes prisa?

—Tengo prisa desde Florida, prefiero no decirte las cosas que me he imaginado contigo —confieso entre jadeos.

—Yo también me he imaginado unas cuantas cosas —admite con una sonrisa.

Diana sigue bajando, muy lento. Me besa el estómago, la pelvis, desliza la punta de la lengua por la parte interna del muslo.

Sus manos en mis caderas, sosteniéndome contra el colchón, como si temiese que me fuera a escapar, como si yo pudiera querer escapar de esto.

Cuando llega a mi sexo, lo mira un par de segundos, casi admirándolo.

Yo levanto la cabeza, mis codos clavados en el colchón.

El pelo le cae sobre los hombros desnudos mientras sopla sobre mi clítoris.

Y, a continuación, siento la calidez de su lengua. Primero suave, luego encuentra el ritmo exacto y lo mantiene. Mis manos se van solas a su pelo, enredo en él mis dedos, sujetando su cabeza para que no se separe.

El placer empieza a concentrarse en mi interior, un calor que se transforma en presión para luego convertirse en necesidad. Cierro los ojos y grito. Dejo caer la cabeza hacia atrás, alzo las caderas y me dejo llevar por su boca.

—No pares —suplico entre gemidos.

No lo hace, mete dos dedos sin dejar de lamer mi clítoris, moviéndolos al mismo ritmo. Le entrego mi cuerpo entero, me derrito, me desmorono pieza a pieza. Cuando llego al orgasmo, lo hago con los ojos cerrados y su nombre en mis labios. Un clímax largo, intenso, perfecto.

Diana no retira los dedos hasta que termino de temblar.

A continuación, sube por mi cuerpo con pequeños besos, frotándose, dejando rastros de su excitación sobre mi piel.

Se tumba a mi lado, me pasa el brazo por debajo de los hombros y me coloca contra su pecho.

Es igual que aquella primera noche con la lesión, solo que esta vez no hay lesión, ni dolor. Solo nosotras.

—Te toca —susurra, besando mi cabeza.

Me incorporo ligeramente y la empujo suave, hasta que es ella la que se queda bocarriba.

Abro sus piernas para colocarme entre ellas, beso la cicatriz de su rodilla y no puedo evitar sonreír, porque la primera vez que la vi en la pretemporada de Florida, pensé que un día me gustaría besarla. Y ahora lo estoy haciendo.

—¿De qué te ríes? —pregunta sorprendida.

—Después te lo cuento.

Subo para besar su estómago, el esternón, el cuello. Y entonces deslizo la mano derecha entre sus piernas. La encuentro caliente, mojada, esperándome.

—No te calles, me gusta escucharte gemir —le digo muy bajito al ver que trata de mitigar sus jadeos.

Muevo los dedos con cuidado en su interior, siguiendo el ritmo de su respiración.

En cuanto veo que se excita demasiado, me detengo, ella protesta, espero un par de segundos y sigo.

Maldice algo contra mis labios la siguiente vez que lo hago, pero solamente sonrío.

Hago una ligera pausa y continúo; dentro y fuera, despacio, despacio, despacio.

Siento cómo se tensa, cómo sus caderas buscan más fricción, más velocidad, más de todo.

—¿Tienes prisa, entrenadora? —bromeo.

—Eres una cabrona, estás acabando conmigo —protesta, arañando mis hombros.

Y entonces cierra los ojos, hunde la cabeza en la almohada, sujeta con fuerza las sábanas y se deja ir con un gemido larguísimo.

Cuando termina de temblar, acuna mi cara y me besa con suavidad, la frente, los pómulos, la boca. Besos pequeños, uno detrás de otro.

Nos quedamos tumbadas una al lado de la otra, mi cabeza contra su clavícula, la pierna sobre las suyas. Nuestras manos entrelazadas sobre su vientre, subiendo y bajando con su respiración que poco a poco se va calmando.

—Esto es un problema —suspira de pronto.

—Lo sé.

—Un problema muy grande —repite.

Tardo en dormir. Ella también. Pero nos quedamos así, en la oscuridad, respirando la una contra la otra, fingiendo que mañana no llegará, o quizá que no habrá ninguna consecuencia, que somos dos mujeres normales, sin líneas prohibidas entre nosotras.

Que no tengo que escaparme de su casa a las seis y cuarto de la mañana para que nadie me vea.

Y cuando se me cierran los ojos, lo último que pienso es en el sabor de su piel, en el sonido que hizo cuando llegó al orgasmo, en lo imposible que será olvidar cualquiera de las dos cosas.