Capítulo 14
Hades
Llevo veintidós minutos mirando el nombre de Lauren en la pantalla del móvil sin atreverme a pulsar el botón de llamada. Hasta hoy, eso es algo que no me había pasado nunca, ni siquiera cuando firmamos el divorcio.
Lo intenté ayer por la noche. La primera vez, saltó el buzón de voz.
La segunda contestó Sofía y me dijo que Lauren estaba terminando de hacer los deberes con Nora y que mejor la llamaba al día siguiente.
Así que aquí estoy, en mi despacho, con la primera taza de café del día ya fría a mi lado, con miedo de llamar a la mujer con la que estuve casada durante doce años.
Pulso el botón de llamada.
—¿Has desayunado? —pregunta al coger el teléfono.
—¿Eso importa?
—Sí, porque si no lo has hecho, vamos a tener una conversación muy incómoda con el estómago vacío y eso, contigo, nunca acaba bien.
Sonrío sin querer. No hay ninguna persona que me conozca mejor que ella.
—De hecho, casi prefiero tener esta charla cara a cara, Diana. ¿Te viene bien esta tarde? Las niñas tienen entrenamiento a las cinco y no volverán hasta las siete. Tenemos un par de horas para hablar con calma.
Cuelga sin despedirse, igual que hacía cuando estábamos casadas y tenía prisa por llegar a una reunión.
Lo bueno de Lauren, o lo malo, según se mire, es que sabe leer entre líneas mejor que cualquier otra persona del planeta.
Y a mí lleva muchos años leyéndome; primero como pareja y más tarde como exmujer con custodia compartida.
Si me ha pedido que vaya esta tarde a su casa es porque ya tiene muy bien preparado lo que me quiere decir. Lauren no improvisa.
***
A las cinco y cinco llamo al timbre. Para mí, llegar cinco minutos tarde es señal clara de que no quiero enfrentarme a la realidad.
La casa huele a tomate frito porque Lauren cocina cuando está nerviosa y porque, además, las niñas regresan a las siete y la cena debe estar hecha. Mi ex no soporta la comida precocinada.
En la mesa del salón hay una botella de vino tinto con dos copas. Está ya abierta. Ha empezado sin mí. Eso es mala señal. Muy mala.
—Necesitaba una copa, no te ofendas —murmura al darse cuenta de que me he quedado mirando.
Lauren se sienta más cerca de mí que de costumbre. Es la distancia de las conversaciones difíciles.
—Vale —dice—. ¿Empiezo yo o empiezas tú?
—Empieza tú.
—Leí el artículo, me lo pasaron como cotilleo deportivo en el colegio, la madre de una amiga de las gemelas.
—Vale, ¿y?
—Diana, mírame.
—¿Qué quieres? Si hubo algún tipo de compensación ilegal por el fichaje eso es un tema de Alexandra Drummond, no mío.
—¿Te estás acostando con Mireya Guerrero?
Me lo pregunta sin más, clavándome la mirada, y a mí se me hiela la sangre.
—¿Qué?
—Ya me has oído. ¿Te estás acostando con una de tus jugadoras? —repite.
Dejo escapar un largo suspiro.
—Joder, Diana. ¿Te has vuelto loca o qué coño te pasa?
—A ver, no es tan simple, técnicamente no ha habido sexo y…
—Pero ¿te has vuelto gilipollas? Mira, a mí no me importa. Llevamos cinco años divorciadas, pero esto va a acabar con tu carrera y les va a rebotar a las niñas, porque saldrá en todos los periódicos deportivos. Mierda, no me lo puedo creer, de verdad —protesta, llevándose las manos a la cabeza.
Quiero decir algo, pero las palabras no salen de mi garganta.
—¿Esto ya venía de antes? ¿Por eso la fichaste?
—No. Cuando la fiché no había hablado con ella en mi vida, solo la conocía como jugadora.
—Vale. Ahora te voy a hablar como abogada, no como tu exmujer. ¿Qué habéis hecho exactamente?
—Besos, alguna caricia. Ha dormido en mi cama un par de veces, pero tenía un esguince en el tobillo y decidimos no ir a más —le explico.
—¿Todo esto lo sabe alguien?
—No.
—¿Esa Mireya tiene la cabeza suficiente como para no contárselo a nadie o es una bocazas?
—No se lo dirá a nadie —le aseguro.
—¿Algo por escrito? ¿Mensajes subidos de tono y ese tipo de cosas? ¿Vídeos íntimos? ¿Fotos sin ropa?
Bebo un largo sorbo de vino.
—Los típicos, pero ya sabes que yo no soy mucho de mandar mensajes. De vídeos y fotos nada. Ni por mi parte ni por la suya. Hay una nota. Son solo cuatro líneas. No sé si la guarda.
—Joder, Diana. ¿De tu puño y letra?
—Sí.
—¿Qué pone?
—Lauren, no, por favor —me quejo.
—Diana, te estoy preguntando como abogada. ¿Qué pone?
Cierro los ojos y recito de memoria.
—Hay frases que me cuesta decir en voz alta, aunque las sienta. Esta es una de ellas. Te quiero —digo muy bajito.
Lauren coge la copa. La levanta tres centímetros. La vuelve a dejar sin beber.
—Vale.
—¿Vale qué?
—Vale, déjame pensar un minuto.
Lauren se gira hacia la ventana y se queda mirando el jardín de la parte de atrás, donde Sofía dejó la cuerda de saltar tirada la semana pasada y nadie la ha recogido.
—Cuando hace años te dije que ya no podía más y que quería el divorcio, tú me preguntaste por qué.
Yo respondí que estaba cansada de competir con una pizarra llena de esquemas de fútbol porque la pizarra siempre iba a ganar.
Tú levantaste la vista y no peleaste. No intentaste arreglarlo.
Lo aceptaste sin más a pesar de las niñas y de los años de matrimonio.
—No sé dónde quieres llegar —protesto, abriendo las manos.
—No te estoy reprochando nada. Eso ya lo lloramos las dos, al menos yo, pero ya pasó. Lo que no entiendo es por qué ahora estás dispuesta a tirar toda tu carrera por la borda por una de tus jugadoras cuando hace años fue todo lo contrario.
—Lauren, las cosas son diferentes y...
—¿Sabes cuánto tiempo te costó decirme que me querías?
Prefiero no responder. Las dos lo sabemos bien.
—Diana, no es solo el club. La liga tiene un protocolo específico desde hace años para relaciones entre personal técnico y jugadoras.
Lo correcto habría sido declararlo el primer día y aplicar las medidas que marca el procedimiento.
Si ese periodista consigue pruebas de que tienes una relación con una jugadora sin haberlo declarado, tu carrera se acaba esta misma temporada.
Drummond no te va a poder defender. La liga te abrirá expediente.
Perderás toda la credibilidad con el resto de las jugadoras y ningún club te va a fichar tras un escándalo así.
Posiblemente, tampoco a ella. ¿Eso también lo sabes?
—Sí —suspiro.
—Vale, lo primero de todo quiero que borréis absolutamente todos los mensajes. Las dos. Y dile a esa chica que queme la nota, no me importa si le hace mucha ilusión tenerla. Eso da igual. Tiene que quemarla. No puede quedar ni rastro de ella.
—Vale.
—Bien. Segundo. Tu casa. ¿Hay algo allí?
—No.
—¿Seguro? —insiste.
—Bueno, hay un bolígrafo azul de Mireya en la mesita de mi dormitorio. Eso es todo.
—Joder, Diana.
—Es un bolígrafo, Lauren.
—¿Tiene iniciales o algo que lo identifique? ¿Ha dejado ropa en tu casa? ¿Un pijama o algo así, o duerme desnuda?
—Le dejo mi camiseta del Mundial del 2011 —confieso.
—Tu camiseta del Mundial —repite muy bajo, entornando los ojos—. Sí que te ha dado fuerte, ¿eh?
Bebe un nuevo trago de vino y cuando me mira de nuevo, tiene los ojos un poco llorosos.
—Ahora lo más importante. ¿Esta mujer te quiere?
—Creo que sí.
—¿Crees o lo sabes? ¿Te quiere lo suficiente como para que ambas arriesguéis vuestra carrera?
—Eso creo.
—Pues piénsalo. Porque es lo que estáis haciendo ahora mismo. Y si de verdad está tan enamorada como tú lo estás, no se merece una relación a medias y a escondidas. Y tú tampoco. Os merecéis todo o nada, no la cosa intermedia que estás haciendo. ¿Me oyes?
Me abraza antes de irme. Con fuerza, como hacía años que no hacía, y siento sus lágrimas mojando mi cuello.
—Joder, Diana, quiero que seas feliz, pero esto es una auténtica locura —me dice al separarnos.
***
Nada más llegar a casa, me sirvo un vaso de whisky y marco el número de Mireya.
Contesta al primer tono.
—¿Estás bien?
—Necesito verte esta noche.
—¿Tienes muchas ganas de verme o pasa algo? Porque mi tobillo ya está casi bien del todo, así que no hace falta esperar más —bromea.
—Pasa que necesito verte esta noche y es importante —respondo en un tono más seco de lo que me gustaría.
—¿Está todo bien?
—No, no está todo bien. Pero todavía hay tiempo. Ven cuando puedas, ¿vale?
—Estoy allí a las nueve —me asegura.
La cabeza me da vueltas. Lauren tiene razón. La tiene en todo lo que me dijo. Sí, me ha dado fuerte esta vez, pero, sobre todo, Mireya no se merece una relación a medias.
El timbre de la puerta suena quince minutos antes de las nueve.
—Jefa, soy yo.
—¿Qué coño haces aquí, Iris? —protesto, mirando el reloj de nuevo.
—¿Me vas a dejar pasar o me quedo fuera? Porque ha empezado a llover y me estoy mojando. Además, con la humedad se me riza el pelo y…
—Entra —ordeno, apartándome para dejarla paso.
—Buah, jefa. Tenemos que hablar porque esto es muy serio. Yo no te juzgo, ¿eh? Lo hablamos y tan amigas.