Capítulo 13
Hades
“Cláusulas opacas en la incorporación de Mireya Guerrero: el negocio que el club no quiere mostrar”.
Leer ese titular a las seis y cincuenta y tres de la mañana te destroza el día.
No soy una persona paranoica, bueno, quizá un poco. Pero sí soy práctica. Llevo unos cuantos años en el mundo del deporte profesional y he visto de todo. Lo suficiente como para saber que tengo una bomba a punto de estallar debajo de mi silla.
Casi tres mil palabras firmadas por Dante Vega, un periodista sin alma que solo busca el sensacionalismo. Lo han colocado en la sección de opinión, lo que significa que el periódico se cubre las espaldas a nivel legal si la cosa sale mal. Pero el daño lo hacen igual.
No me nombra a mí de manera directa, no es un ataque personal, va contra el club. Cuestiona nuestras prácticas, la opacidad del proceso del fichaje de Mireya, la legalidad de una operación de rescate financiero disfrazado como el traspaso de una jugadora.
“Cabe preguntarse si una inversión tan grande responde a criterios deportivos o existe otra clase de lectura.”
Otra clase de lectura.
Lo deja abierto para que cada lector saque sus propias conclusiones. Más bien para que cada persona que lea ese artículo se imagine lo peor.
A las ocho de la mañana, Tessa entra en mi despacho con dos tazas de café y se sienta frente a mí incluso antes de saludar.
—¿Lo has leído?
—A las siete menos cinco —resoplo.
—¿Cuántas veces?
—Cuatro.
—Pues con la mía ya son cinco —dice, bebiendo un largo sorbo de su café—. Diana, quien le haya pasado los datos a ese periodista no es de nuestro club.
Levanto la cabeza lentamente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque las cifras del artículo son las del documento original del fichaje.
Las que se le pasaron al sindicato de jugadoras y a la federación.
No son los números internos que manejamos aquí.
Son los que circulan por el papeleo oficial.
Además, todo es demasiado vago, suelta acusaciones sin matizar, solo para llamar la atención y atraer visualizaciones.
—No estoy tan segura —me quejo.
—Yo sí. Estoy totalmente segura. Las cifras reales las conoce muy poca gente. Esto viene de fuera, alguien de la Federación, del sindicato o algún agente que trabajó para un club rival que haya intentado ficharla.
—¿Alguien de su antiguo club?
—No, joder, les hemos salvado la vida fichando a Mireya. Drummond está muy cabreada, acabo de hablar con ella. Está cagada de miedo por si se investiga la legalidad de toda la operación.
—Ya me imagino.
—Pero te digo una cosa, te va a apretar a ti antes de que termine el día. Querrá cubrirse las espaldas —añade, alzando las cejas.
***
A las diez y cincuenta y tres, marco el número de Alexandra Drummond. Prefiero adelantarme yo antes de que lo haga ella.
—Diana. Iba a llamarte yo en cinco minutos. Sube a mi despacho, por favor, quiero tener esta conversación en persona.
Mierda.
Subo dos plantas. La planta directiva tiene una moqueta gris claro que apaga el sonido de los pasos. Llamo a la puerta y Drummond me dice que pase antes de que termine el segundo golpe.
Nunca me gustó su despacho. Tiene una mesa larga de cristal que es muy incómoda para trabajar, tres pantallas de ordenador que no sé para qué las utiliza, y las paredes forradas con fotos de jugadoras del club levantando trofeos.
—Siéntate —ordena.
Ha pedido un café para mí a su asistente y ya lo tiene listo cuando me siento. Lo bebo igual, aunque ya he perdido la cuenta de cuántos llevo hoy. Es mala señal. Drummond siempre te pide un café cuando quiere solucionar un problema serio.
—Lo has leído, ¿verdad? —pregunta.
—A estas horas dudo que haya mucha gente que no lo haya leído.
—La fuente no es interna —me asegura.
—Sé que no lo es.
—Diana, voy a ser muy directa contigo. Lo normal es que este artículo se quede en nada.
Es cierto que lanza acusaciones, pero son vagas, si no tiene números concretos, lo lógico es que todo se olvide en un par de semanas.
Lo que sí te digo es que debes tener mucho cuidado con el trato que se le da a esa jugadora.
No puede haber ninguna preferencia hacia Mireya Guerrero ni nada que nos ponga en el punto de mira de la prensa. ¿Lo has entendido?
Se me forma un nudo en la garganta al escuchar sus palabras.
—Alexandra, estoy entrenando a Mireya del mismo modo que entreno a cualquier otra jugadora de la plantilla —le aseguro.
—Vale. No voy a insistir más. Ya sabes cómo funciona esto. Si no queremos que ese periodista siga con el tema, la situación con Mireya Guerrero debe ser irreprochable.
—Define irreprochable —digo, tragando saliva.
—Ahora mismo el club necesita que la próxima revisión semestral de la jugadora sea evaluada con criterios estrictos. Y si su rendimiento no justifica la cifra que hemos gastado en el fichaje, voy a necesitar que la firmes como que no cumple con los objetivos.
—Está rindiendo bien.
—Hasta hace tres semanas. Ahora está lesionada —me recuerda.
—No me estás pidiendo que suba el listón para la evaluación de Mireya Guerrero, ¿verdad?
—Te estoy pidiendo que seas estrictamente profesional con los criterios —insiste.
***
A las nueve menos veinte de la noche llamo al portero automático del piso de Mireya, siendo consciente de que nunca he hecho esto antes. Nunca he subido al piso de una jugadora a solas. Eso, hasta hoy, era una línea que no había cruzado, pero con ella ya he cruzado unas cuantas.
Abre los ojos con sorpresa al verme, está ya en pijama, apoyada en las muletas.
—¿Es por lo del artículo ese? —pregunta.
—Es por lo del artículo —confirmo.
—Mi madre está hecha una fiera —confiesa, dejándose caer en el sofá.
Le cuento mi opinión, más o menos lo que dijo Tessa, que no es nadie interno del club, que son datos poco específicos y que el periodista solamente trata de ensuciar el asunto y lanzar acusaciones vagas para atraer lectores.
También le cuento la petición de Alexandra Drummond de que la próxima revisión semestral sea evaluada con criterios estrictos, porque no puedo ocultárselo.
—Eso no es justo —protesta.
—El club quiere cubrirse las espaldas para que ese periodista no siga adelante —le explico—. De todos modos, estoy muy contenta con tu rendimiento deportivo.
—Pero mi rendimiento en el campo no es el verdadero problema, ¿verdad?
—No, las dos sabemos que tenemos un problema mucho más serio —admito con un largo suspiro.
—Solo dime una cosa. El papelito. ¿Sigue siendo verdad?
—El papelito sigue siendo verdad. ¿Y para ti?
—También —confiesa—. Pero sabes que si lo nuestro se descubre, ese periodista te va a destrozar.
Van a decir que me fichaste por todo ese dinero porque ya había algo entre nosotras, o querías que hubiese algo.
¿Eres consciente de ello? Porque tu carrera y tu prestigio profesional se pueden ir a la mierda para siempre. ¿Te merece la pena seguir adelante?
—Intentaremos que no nos pille nadie —murmuro antes de besarla.
Al salir, recibo un mensaje de Lauren.
“He visto el artículo. Llámame cuando puedas. No corre prisa. Pero llámame”.