Capítulo 12
Mireya
Llevo siete días sin entrenar y estoy a punto de volverme loca. Para una deportista profesional, la falta de actividad es una pesadilla. La cabeza se me llena de ruido, como si todas las alarmas estuviesen sonando a la vez y no pudiese apagar ninguna.
Tessa me visita el lunes, el miércoles y el viernes, siempre a las once en punto.
Llega con su mochila médica, una bolsa de hielo nueva, aunque no la necesite, y dos tipos distintos de cinta de kinesiología.
Hace su trabajo en silencio. Sabe que las ganas de volver a entrenar duelen más que la propia lesión.
—Zoe tuvo demasiada prisa cuando se rompió los ligamentos cruzados hace años y ahora todavía paga las consecuencias —me recuerda cada vez que protesto.
Luego, prepara un café para cada una en la cocina y me pone al día de las cosas del equipo, aunque hago videollamada con varias compañeras cada noche.
—Vas bien —me dice el viernes, recogiendo sus cosas—. Empieza a apoyar el pie con cuidado y mañana podemos probar con la piscina de hidroterapia, así ves al resto de jugadoras del equipo.
—¿Cuándo podré volver al campo?
—Te quedan dos semanas más, sin protestar. Si protestas, tres semanas —bromea.
La acompaño hasta la salida con las muletas y cuando se cierra la puerta, regreso al sofá para repasar mis conversaciones con Diana.
Lleva siete días así. Si en persona es difícil sacarle palabras, en mensaje es casi imposible. El lunes a las ocho de la mañana, después de que Tessa me dejase en casa desde el club: “¿Has llegado bien?” Yo: “Sí”. Ella: “Vale”.
Martes: “¿Hielo cada veinte minutos?” Yo: “Cada veinte”. Ella: “Bien”.
Y así cada día.
Poco más de veinte palabras en una semana. Las he contado. Al menos, se ha pasado por aquí un par de veces tras el entrenamiento. Hemos preferido que no me quede en su casa para evitar problemas hasta que tengamos claro qué hacer.
Yo: Tessa dice que mañana empiezo con la piscina de hidroterapia. Y dentro de dos semanas piso el campo. Me muero de ganas, no sabes lo aburrida que estoy.
Los dos checks se ponen azules y los tres puntos aparecen a continuación.
Diana: ¿Aburrida cómo? ¿De leer? ¿De no jugar? ¿O de mí?
Lo leo varias veces y a la cuarta se me escapa una pequeña carcajada. Diana está tratando de hacer una broma.
Yo: De ti todavía no, pero podrías venir más a menudo, la verdad.
Diana: Mañana te paso a buscar a las ocho y te hago la cena en mi casa.
Cierro los ojos y se me escapa una sonrisa tonta.
Yo: ¿Me dejarás en casa de nuevo antes de las doce como si fuese Cenicienta?
Diana: Si prometes portarte bien puedes quedarte a dormir. Seguido de un guiño de ojo.
***
Al día siguiente, Tessa pasa a recogerme para la sesión de piscina. Es extraño, me siento casi tan nerviosa como el primer día de entrenamiento de pretemporada.
Ya le voy cogiendo el truco a lo de moverme con muletas y lo primero que escucho al llegar a las instalaciones del club es el grito de Iris, que está saliendo del vestuario.
—¡Buah, Guerrero, vuelves al mundo de los vivos!
—Vuelvo al mundo de las lesionadas con muletas. No te vengas arriba.
—Eh, pero se te están poniendo unos antebrazos muy sexys. Mira, mira, con eso vas a ligar un montón —bromea.
Me abraza con cuidado, sobre todo porque Diana le dice que ni se le ocurra tirarme al suelo. Detrás llegan Lucía, Park, Walsh, Tina y el resto de las jugadoras.
—¡Nika! ¡Ven a saludar a Guerrero! —chilla Zoe.
Duda un par de segundos, pero se acerca con los brazos un poco rígidos a los lados y cuando me tiene frente a ella, no sabe muy bien dónde poner las manos.
—Eh —dice a modo de saludo.
Nos quedamos en silencio hasta que Iris hace una seña al resto para que nos dejen a solas con una excusa que no tiene ningún sentido, pero que funciona.
—¿Cómo vas? —me pregunta.
—Más o menos voy tirando. Tres semanas más, ya tengo ganas de volver.
—Vale.
—Y tú.
—Yo, bien.
Pausa. La conversación es de lo más incómoda.
—Habéis jugado bien en el último partido. Fue duro verlo por la tele —reconozco.
—Sí, gracias —responde sin más.
De pronto, saca de la mochila una pulsera con un cordón de cuero negro trenzado y dos cuentas pequeñas y me la entrega.
—Es de Tana, mi sobrina. Tiene nueve años. Nos ha hecho una para cada jugadora del equipo. Te puso una cuenta verde porque es el color de nuestro equipo y una azul por el Aura Valley. Espero que te guste.
—Gracias. Dile a Tana que es preciosa. Y, Nika, lo del partidillo, olvídalo, ¿vale? Sé que fue solo un accidente.
Abre la boca un par de veces para decir algo, pero las palabras no salen de su garganta, así que simplemente asiente y se va. Por suerte, Diana se acerca a mí, disimula como si me estuviese preguntando qué tal estoy y me habla muy bajito.
—Te recojo esta noche a las 8. Voy a prepararte una cena especial.
—¿Tengo que ponerme lencería sexy? —bromeo bajando la voz hasta convertirla en un susurro.
—O puedes venir sin ella, también es una opción —responde con un guiño de ojo antes de encerrarse en su despacho.
***
A las ocho menos cinco ya estoy esperando frente a la puerta de mi casa, nerviosa, con una botella de vino tinto en la mano.
Llega puntual, como siempre, y cuando se baja del coche para ayudarme, no puedo evitar fijarme en lo guapa que está con unos simples vaqueros y una camisa arremangada hasta los codos.
En cuanto llegamos a su casa, me deja sentada en el sofá y se va casi corriendo a la cocina. La escucho abrir el horno, se oye el silbido del aire caliente y un chasquido de papel de aluminio.
—He preparado pollo al limón —dice asomándose un momento a la puerta—. No me pidas nada sofisticado, pero me sale muy bien, o eso dicen mis hijas.
Y lo cierto es que el pollo al limón está bueno. La ensalada también. El vino, mejor de lo que esperaba.
Hablamos de las gemelas, de Wesley, que está aprendiendo los colores y, al parecer, esta semana ha decidido no comer nada que sea de color verde porque Iris le dijo que los vegetales son comida de tortugas.
Hablamos también de mi madre, de mi antiguo equipo, que sigue el último de la liga, pero que al menos no se tiene que preocupar de las pérdidas durante los próximos cinco años.
Evitamos mencionar la lesión.
—¿Entonces te quedas? —pregunta tras el postre y juraría que se ha puesto un poco roja.
—Contaba con ello, me he puesto ropa interior sexy. Lo de venir sin ella me pareció un poco excesivo —ironizo con un guiño de ojo lleno de picardía.
Ahora sí se ruboriza.
Antes de que me quiera dar cuenta, estamos las dos en el baño, me entrega un cepillo de dientes nuevo, todavía en su envoltorio, y nos cepillamos los dientes una junto a la otra, frente al espejo. Menos mal que Iris no está aquí para verlo.
Cuando apaga las luces, me meto bajo el edredón con su camiseta del Mundial de 2011 y sin pantalones de pijama.
—Con el miedo que das en los entrenamientos, no suponía que fueses tímida —murmuro, girándome hacia ella para besar su frente.
—Es un mecanismo de defensa, supongo —admite, encogiéndose de hombros.
—¿Sabes? Vi la final de este Mundial junto a mi padre cuando era una niña. Creo que perdisteis en la tanda de penaltis, ¿no?
—Yo la vi desde el banquillo, comiéndome las uñas hasta prácticamente los huesos —confiesa.
Casi me la puedo imaginar, una Diana Creed de veinticinco años, mordiéndose las uñas en el partido más importante de su vida, aunque no llegase a salir al campo. Sonrío para mí misma y, sin pensarlo, deslizo la mano por debajo de su camiseta.
Ella hace lo mismo, acaricia la piel de mi espalda con la palma abierta, despacio, muy despacio, y yo dejo de respirar durante un par de segundos.
Me coloco sobre ella con cuidado de no forzar el tobillo, rozo mis pechos con los suyos mientras nos besamos, siento su lengua buscando la mía, deslizo el muslo entre sus piernas y presiono.
Diana respira hondo. Se separa medio centímetro. Apoya la frente contra la mía y cierra los ojos.
—Mireya.
—¿Qué pasa?
—Esta noche tampoco.
—Joder, no puedes dejarme así —protesto.
—Quiero que cuando lo hagamos sea algo especial, y para eso necesito que tu tobillo esté ya curado. Si empeora por un calentón, no me lo perdonaría jamás —confiesa.
—Vale, pero mi mano se queda en tu teta, eso no afecta para nada al tobillo.
Trato de bromear, pero lo cierto es que mi nivel de excitación está por las nubes.
***
—¿Llevas mucho despierta? —pregunto, abriendo los ojos con pereza.
—Un rato.
—¿Mirándome?
—Un rato.
—Diana. Eso es de psicópata.
Se ríe y me aparta el pelo de la mejilla. Con cuidado, como si yo siguiese dormida y no quisiera despertarme. A continuación, desliza la mano despacio por mi cara, acariciando mi pómulo con el pulgar y no puedo evitar inclinarme instintivamente hacia su tacto.
Yo levanto la mano y rozo con la punta de los dedos su clavícula. Deja escapar un suspiro.
—Si sigues así voy a tener un problema con lo que decidimos anoche —ronronea.
—¿Lo de esperar?
—Sí, lo de esperar.
—Vale. ¿Y si te toco aquí? —pregunto, deslizando el dorso de mi mano por encima de sus pezones y sintiendo cómo se endurecen.
—Mejor te traigo el desayuno —dice, entornando los ojos.
—¿Me vas a traer el desayuno a la cama? Eso es casi cosa de luna de miel. Te perdono lo de seguir dejándome con ganas.
Vuelve un poco más tarde con una bandeja. En ella, dos tazas de café, tostadas con aguacate y zumo de naranja recién exprimido.
Desayunamos sin prisas, con el edredón hasta la cintura, mi pierna buena por encima de las de ella.
Y, por alguna razón, ese desayuno lento bajo el edredón me parece perfecto.
***
—Esto es para ti. Por favor, no lo abras hasta que entres en tu casa —dice cuando aparcamos frente a mi apartamento.
Saca del bolsillo un papelito doblado. Es cuadrado, pequeño y me lo pone en la mano.
—¿Qué es?
—Lo sabrás dentro de un rato —insiste, apretando mi mano.
Se despide. Entro en casa y desdoblo el papel con el corazón acelerado.
“Hay frases que me cuesta decir en voz alta, aunque las sienta. Esta es una de ellas. Te quiero”.