Capítulo 11
Hades
—Diana, hazme sitio —ordena Tessa al llegar.
Retiro la mano del tobillo, pero apenas unos veinte centímetros. No me aparto del todo porque no puedo. Mireya mira hacia arriba, con una mueca de dolor y algunas briznas de hierba pegadas a la mejilla izquierda.
—Diana, levántate, así no puedo trabajar —insiste Tessa.
Obedezco a regañadientes, mi rodilla no se queja, al menos no de momento, quizá lo haga más tarde.
Tessa palpa y pregunta. Mireya se encoge cada vez que presiona el tobillo o intenta rotarlo.
—Es un esguince —escucho—. Todavía no sé si es grado dos o de grado tres, tendríamos que hacerle una resonancia para confirmarlo. Iris, ¿puedes traer la camilla? No quiero moverla demasiado hasta que sepamos cómo está —añade.
Iris sale corriendo y llega poco más tarde con la camilla, acompañada de Lucía, que insiste en ayudar.
—Diana, la llevo yo al hospital para que le hagan la resonancia, tú sigue con el entrenamiento. En cuanto tenga los resultados te llamo —dice Tessa, ayudando a colocar a Mireya en la camilla.
El entrenamiento. Ni siquiera recordaba que no habíamos acabado.
Nika sigue con las manos en la cabeza. Explica a cualquiera que quiera escucharla que fue algo fortuito, que resbaló porque el césped estaba mojado, pero lo cierto es que fue una entrada muy dura, innecesaria para un simple partidillo.
Ninguna de las jugadoras tiene la cabeza en el entrenamiento, así que las mando a las duchas mientras espero en mi despacho la llamada de Tessa y cada minuto se estira hasta volverse insoportable.
—¿Cómo está? —pregunto en cuanto el teléfono suena, sin dejar siquiera que termine el primer tono.
—Esguince de grado dos. Ligamento peroneo astragalino anterior. No hay rotura completa, estará bien.
Cierro los ojos un segundo al escucharlo.
—¿Tres semanas o cuatro?
—Sí, de tres a cuatro semanas, lo de siempre, ya sabes cómo va esto. Hielo y reposo absoluto las primeras setenta y dos horas. La semana que viene, piscina. La siguiente, carrera y algo de balón en solitario y a la cuarta, si evoluciona bien, empieza a entrenar con el grupo.
—Está bien. Podría haber sido peor, supongo —admito con un suspiro.
—Pero, Diana, tenemos un pequeño problema —escucho al otro lado de la línea.
Se me acelera el corazón y, por un instante, me temo lo peor.
—Verás, es que el piso de Mireya es un segundo sin ascensor. Durante las primeras setenta y dos horas preferiría no arriesgarme, pero sobre todo esta noche no puede dormir en su casa.
—¿Se queda en el hospital?
—No, no. No es necesario. Mañana podemos preguntar al resto de jugadoras quién puede tener a Mireya en su casa durante unos días, pero ahora ya se han marchado todas. No sé si es mucho pedir, pero ¿podría quedarse contigo esta noche?
—Sí —respondo antes de que termine de hablar.
Tessa hace una pausa.
—Vale, entonces yo puedo pasar a por ella mañana para ver ese tobillo y…
—La llevo yo misma a las instalaciones del club —propongo, quizá demasiado rápido.
—Vale, gracias. Entonces vienes al hospital, recoges a Mireya, te la llevas a tu casa y te aseguras de que alterne veinte minutos de hielo y veinte de descanso. Ah, y dale de cenar algo en condiciones, ¿vale? Algo que no sea pizza congelada.
Antes de darme cuenta, ya estoy montada en el coche camino del hospital.
***
Cuando llego, Mireya está en la puerta, sentada en una silla de ruedas que empuja una celadora y con el tobillo vendado.
Tessa está dos pasos detrás, hablando con uno de los médicos. Iris estuvo un rato con ellas, pero tuvo que marcharse a ayudar a Zoe porque Wes había vomitado dos veces.
—Que no use las muletas hasta mañana. Hoy, descanso absoluto —me recuerda, señalándome con el dedo índice—. Una pastilla de estas cada ocho horas, le ayudará a quitar el dolor y bajar la inflamación —agrega, entregándome un pequeño bote antes de despedirse.
—¿Entonces me llevas a tu casa? —pregunta Mireya cuando consigo acomodarla en el asiento del copiloto.
—Eso ha dicho Tessa.
—¿Lo sueles hacer con todas tus jugadoras? —bromea, alzando las cejas y por fin sonriendo un poco.
***
—Veinte minutos con hielo. Veinte sin. Dos veces antes de dormir —ordeno mientras la dejo tumbada en el sofá con el pie en alto sobre un cojín.
—¿Puedo ducharme? Me llevaron directamente al hospital —dice de pronto.
Levanto la vista. Tiene barro seco en la mejilla, el pelo apelmazado por la lluvia y el sudor del entrenamiento, todavía lleva la ropa deportiva.
—No deberías mojarte el vendaje y es mejor no quitarlo —le advierto.
—Lo sé, pero puedo lavarme el resto, ¿no crees? A ver, Diana, no pongas esa cara, que no te estoy pidiendo que me enjabones tú, solo ponme una silla para que me pueda sentar con la pierna estirada y ya me arreglo de algún modo —suelta riendo.
Quince minutos más tarde, tengo colocada una silla de plástico dentro de la ducha y ayudo a Mireya a entrar con una bolsa alrededor del tobillo.
—Voy a por algo de ropa limpia mientras te duchas. ¿Necesitas que te ayude?
Por suerte, me dice que no, porque mientras se lo pregunto estoy literalmente temblando. De hecho, todavía tiemblo al sacar una camiseta del Mundial femenino del 2011 y unos pantalones de pijama.
Dejo la puerta del baño semiabierta y me siento en el suelo del pasillo mientras se ducha, con la espalda contra la pared.
—¿Me pasas una toalla?
Entro tratando de mantener la vista en sus ojos, o en las baldosas de la ducha o en cualquier cosa que no sea su cuerpo desnudo. Le seco el pelo despacio, casi sin frotar, y ella echa la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
—¿Te seco la espalda?
—Sí, por favor —suspira.
Tiene varias pecas pequeñas agrupadas en el omóplato izquierdo y una cicatriz fina junto a la columna que no le había visto.
Llegamos al dormitorio despacio: ella sin apoyar el pie, con un brazo alrededor de mi cuello.
—Siéntate en la cama.
Me arrodillo en el suelo y siento un tirón de la rodilla mala, pero mi cabeza está en otras cosas ahora mismo.
Le paso los pantalones del pijama por el pie sano primero, despacio.
A continuación, por el vendado, con mucho cuidado para no hacerle daño, y ella se levanta unos centímetros del colchón con los brazos para que pueda subírselos.
—La camiseta ya puedo yo —dice muy bajito, estirando la mano para que se la dé—. Joder, Diana, sabes que puedes mirar, ¿verdad? La mitad de las veces que entras en el vestuario hay alguna jugadora desnuda.
Prefiero no responder porque no es lo mismo, ni siquiera parecido.
—Quédate en la cama, yo duermo en el sofá —anuncio, señalando con el dedo hacia el salón.
—Ni hablar, tu rodilla. Si duermes en el sofá, mañana casi no podrás ni caminar —me recuerda—. Además, la cama es enorme, ni siquiera sabré que estás aquí. Espera, no roncas, ¿verdad? —bromea, dando unas palmaditas en el colchón para que me tumbe junto a ella.
Apago la lámpara de la mesilla y me meto bajo las sábanas en camiseta y bragas. Le dejo el lado derecho para que tenga sitio para el tobillo.
Para mi sorpresa, Mireya se acerca más y apoya la cabeza entre mi pecho y mi hombro; todavía tiene el pelo mojado.
Nos quedamos en silencio, tan calladas que llegan desde la calle los ladridos lejanos de un perro.
—Hoy has cruzado el campo a una velocidad de récord, creo que podrías ganarle una carrera a Iris incluso con la rodilla mala —bromea.
Quiero responder algo, pero acaricia mi mejilla con la punta de los dedos y se me van las ideas.
—Necesito volver a besarte —suelta sin más, estirando el cuello para buscar mi boca.
De nuevo, me gustaría poder responder algo, al menos recordarle que soy su entrenadora y que podría haber un conflicto de intereses y un montón de problemas en los que prefiero no pensar, pero las palabras no salen y el mundo desaparece en cuanto sus labios rozan los míos.
Es un beso bonito, suave, un beso que he soñado cada noche desde Florida. No hay prisa, porque las dos sabemos que esta noche no podemos seguir adelante.
Se separa, sonríe y me besa de nuevo. Es apenas un roce de labios, la punta de su lengua buscando la mía antes de que vuelva a apoyar la cabeza en mi hombro.
Suspira cuando cuelo la mano por debajo de la camiseta para acariciarle la espalda. Intenta darse la vuelta, pero un latigazo de dolor le recuerda que es mejor no mover ese tobillo y pasar una noche tranquila.
—¿Me cuentas algo?
—¿Qué quieres que te cuente?
—Lo que sea. Algo tuyo.
—La camiseta que llevas puesta es del Mundial de 2011, jugué solo quince minutos. Esta noche es la primera vez que se la pone otra persona —confieso.
—Guau —suspira.
Se acurruca contra mi cuerpo, ronroneando mientras se deja acariciar la espalda y el cuello y, poco a poco, se va quedando dormida. Ha sido un día duro y cuatro semanas sin jugar serán un auténtico suplicio para ella.
Yo me quedo despierta mirando el techo, repasando todo lo que ha ocurrido una y otra vez, como si pretendiese grabar a fuego este día en mi memoria.
Supongo que es más fácil que pensar en lo que puede ocurrir a partir de ahora.