Capítulo 10
Mireya
La pelota entra por la escuadra y el estadio entero pierde la cabeza.
Escucho a veinticinco mil personas gritando algo parecido a mi nombre y se me pone la piel de gallina, tanto, que tardo un momento en asimilar el gol.
Iris llega corriendo con los brazos abiertos y me embiste de medio lado.
—¡Buah, Guerrero, menos mal que no me hiciste caso, me llevé a tres defensas y ya no quedaba hueco para un buen pase! —me grita a la oreja—. Si no llega a entrar, Hades te habría matado dos veces. Ahora solo una —agrega, abrazándome con fuerza.
Lucía se une a nosotras, me coge la cara entre las manos sudadas y me la sacude. Park y Walsh llegan después y nos amontonamos las cuatro contra el banderín.
Cuando el equipo contrario va a sacar desde el centro del campo, desvío la mirada hacia el banquillo.
Diana está de pie con los brazos cruzados, la tablet bajo el sobaco y la mandíbula muy tensa.
No sabría decir si está enfadada, sorprendida o confusa.
Asiente una sola vez hacia el campo sin que sepa nadie a quién va dirigido.
Iris lo entiende como suyo, o quizá no le importa, y levanta el puño hacia ella.
La grada Norte sigue cantando mi nombre, la misma grada que cada vez que venía a jugar a este estadio me dedicaba todo tipo de insultos.
—¿Te lo dije o no te lo dije? —susurra Tina cuando pasa junto a mí, empujándome con el hombro—. Yo huelo los goles, soy medio bruja —bromea.
Iris marca el dos a uno en el minuto noventa y dos, de cabeza a la salida de un córner. Ha sido pura suerte, todo hay que decirlo, pero cuenta igual. Primer partido oficial de la temporada para las Seattle Emeralds.
Más tarde, en el vestuario, Tina y Jamie bailan sobre un banco a ritmo de reguetón, Lucía abraza a Carter por algún motivo que solo ellas entienden. Castillo, la portera, está sentada en una esquina con una bolsa de hielo en la rodilla, comentando alguna jugada con Zoe.
Todo se detiene cuando entra Diana.
—Tres puntos. Bien. Mañana descansamos. El lunes a las diez. Iris, horrible los primeros veinte minutos, luego bastante bien. Has aparecido cuando hacía falta y eso es lo que se pide a una delantera.
—Buah, jefa, gracias.
—Castillo, el gol fue en parte culpa tuya. Guerrero.
Trago saliva al escuchar mi apellido.
—Ya hablaremos el lunes.
Dedica una frase corta a cada jugadora, menos de dos minutos al grupo completo y se despide diciendo que nos queda mucho que mejorar.
La música no vuelve a subir hasta que sale por la puerta.
Iris se sienta a mi lado y me pasa el brazo por el cuello, apretándome contra su cuerpo.
—Buah, Guerrero, en el fondo Hades está contenta contigo. Es muy dura, pero justa. Sabe que tomaste la decisión correcta, aunque no respetases su sistema.
***
Durante el mes de marzo, las sesiones de vídeo individuales de los martes son casi todas iguales. Carpeta abierta, pizarra, rotulador rojo para marcar muchas líneas y dos botellas de agua, una para mí y otra para ella.
A finales de mes, se queda mirando un pequeño tatuaje en el antebrazo que me acabo de hacer y que llevaba dos años esperando. Le explico que es un homenaje a mi padre, ella solamente asiente y continúa con la sesión. Sin preguntas.
En una de las sesiones de abril, la botella de agua se me cae sobre la mesa y empapa su cuaderno.
Las dos saltamos a la vez para intentar arreglar la situación y nuestras manos se rozan.
Es apenas un segundo o dos, mi mano sobre la suya.
Levanta la mirada y busca mis ojos, yo retiro la mano, quizá demasiado rápido.
—Joder, perdón, Diana.
Es la primera vez que la llamo Diana. Hasta ahora era siempre “entrenadora” y con el resto del equipo, Hades. Nunca Diana, ese nombre lo reservaba para mis pensamientos.
En la primera sesión del mes de mayo, me pregunta por el tatuaje que me había hecho hace mes y medio.
—¿Qué significa eso que te has tatuado? —dice cuando ya me estoy levantando de la mesa.
—Morriña. Es como nostalgia, echar de menos algo que no sabes nombrar exactamente, pero que incluye tu familia y tu hogar. Mi padre nació en México, aunque era de origen gallego. Cuando se mudaron a Estados Unidos siempre usaba esa palabra.
Asiente y sonríe un poco. De nuevo, no hace ningún comentario.
Las sesiones han empezado a durar más tiempo y empezamos a hablar de cosas más personales.
De cómo mi padre construyó el Aura Valley desde cero, de las expectativas de mi madre cuando me entrenaba, de sus hijas, incluso de Lauren, su exmujer.
Ya ninguna de las dos se aparta cuando nuestras rodillas se rozan bajo la mesa.
— Saudade —murmura un día, acariciando el tatuaje de mi antebrazo con la punta de los dedos a principios de junio.
—¿Qué?
—Una de mis abuelas era de Portugal, aunque vino a Seattle con dieciséis años. Significa lo mismo que morriña —explica.
Desliza de nuevo los dedos sobre mi tatuaje y me deja literalmente temblando.
—Buah, ¿esa sala tiene el wifi muy malo o algo así? —bromea Iris al verme salir—. Porque llevas tres horas ahí dentro.
—Estábamos repasando jugadas.
—Ya, claro. Yo también me encierro con Paula durante horas, solo que no lo llamamos repasar jugadas —ironiza, entornando los ojos.
El resto del mes de junio, ninguna de las sesiones baja de las tres horas. Las conversaciones se hacen mucho más naturales y los roces accidentales se multiplican, pero, joder, se sienten tan bien…
***
—¿Estás jodida porque Hades te sentó en el banquillo en el último partido? —pregunta de pronto Iris en el primer entrenamiento tras regresar de Houston.
Se coloca a mi lado para atarse las botas. Siempre se ata primero la izquierda. Tres lazos por bota, es una de sus muchas supersticiones, supongo.
—Me tiene un poco confusa —confieso—. A veces es encantadora conmigo, en las sesiones individuales de vídeo me dice que está muy contenta con mi rendimiento, hablamos de muchas cosas, es hasta simpática…
y no hagas ninguna broma, que no hacemos nada de lo que tú piensas ahí dentro, solo hablamos —le advierto a ver la cara que ha puesto.
—Ya, y luego te sienta por Nika Wallace, como en el último partido.
—Exacto. No lo entiendo.
—Buah, Guerrero, voy a contarte una cosa que no le cuento a nadie.
—No estoy de humor para guardar secretos esta mañana, Iris, así que no me la cuentes si es algo comprometido.
—Nah, te la cuento a ti porque te tengo más cerca.
Mira, Hades me ha sentado un millón de veces en mis primeros años en el club.
Un millón —repite—. Y yo al principio quería matarla, te lo juro.
Pensaba que era algo personal, que no le caía bien porque hablaba mucho y me gustaba la fiesta.
Que era una mujer amargada que se desquitaba conmigo porque no podía desquitarse con su ex.
Lo pensaba un montón, no te creas, tenía loca a la pobre Zoe con ese tema.
—Vale, ¿quieres llegar a alguna parte con eso?
—¡Qué poca paciencia tienes! El caso es que un día Ethan me dijo una cosa. Fue hace seis años, en un autobús, después de un partido en San Diego. Me dijo que Hades me sentaba porque sabía que si lo hacía, yo me enfadaba y jugaba mejor. Y que eso, en el fondo, era su forma de quererme.
—¿Te lo dijo así? —pregunto confusa.
—Bueno, un poco más seco, pero el contenido es el mismo. Tardé una temporada en perdonarle a Hades los minutos que me había robado, y otras dos en darle las gracias por habérmelos robado, porque sin esos minutos en el banquillo yo no tendría varios trofeos de máxima goleadora de la liga —confiesa.
—Eso es fácil decirlo porque ahora tú eres siempre titular —me quejo, alzando las cejas.
—Lo sé, pero antes yo me iba a casa y rumiaba durante dos días por qué me había sentado en el minuto setenta. Ahora, si lo hace, Wesley me dibuja un sapo verde, es un acuerdo que tenemos, y a las diez de la noche ya me he olvidado del partido. ¿Sabes lo que estoy diciendo, Guerrero?
—¿Quieres que le pida a Wes que me dibuje un sapo verde?
—No, joder. Es un ejemplo. Es que a veces mezclo cosas cuando hablo. No tiene importancia, yo soy así. La pregunta no es si Hades te ha sentado un partido. La pregunta es por qué eso te importa mucho más de lo que debería —suelta, levantándose de golpe y poniéndose a silbar una vieja melodía.
Cuando salimos al campo, llueve. No acabo de acostumbrarme a esa lluvia tan fina de Seattle.
—Partidillo. Quince minutos a campo reducido. Petos rojos contra petos amarillos.
Diana lee los equipos. Yo voy con peto rojo junto a Iris, Zoe, dos defensas y la portera suplente. A Lucía le da un peto amarillo, también a Nika Wallace y a Castillo.
—Buah, somos las buenas, ¿lo has visto? —susurra Iris, acercándose a nosotras.
—¡Quiero ver a todo el equipo defender con ganas! —chilla Hades—. También a las delanteras.
En cuanto escuchamos el silbato, salimos a por todas porque con Iris no se puede hacer otra cosa.
Aunque sea un partidillo de entrenamiento, si no ganamos, luego se enfada con nosotras el resto del día.
A los dos minutos, ya ha intentado regatear a Carter dos veces y a los cuatro, mete un golazo desde la frontal que celebra con tanta alegría como si hubiese marcado en los Playoffs.
Poco más tarde, Walsh me mete un pase entre líneas, lo recibo de espaldas, en tres cuartos, giro a la derecha y siento el golpe antes de darme cuenta de lo que ocurre.
Nika entra con fuerza, los tacos por delante, se desliza por el césped mojado e impacta contra mi pie de apoyo. Escucho un crujido pequeño, seco, como cuando partes un palillo de dientes con los dedos.
Caigo al suelo de lado, la hierba mojada contra la mejilla. Nika se inclina sobre mí, pálida, pidiéndome perdón una y otra vez.
—No te muevas, Tessa ya está viniendo —dice Diana, arrodillándose a mi lado y apartando un mechón de pelo de mi cara—. ¿Dónde te duele? ¿Tobillo, rodilla?
—Tobillo —suspiro con un gesto de dolor.
—¿Has oído un crujido?
Asiento.
Diana cierra los ojos durante un segundo entero y cuando los abre, su mirada me transmite lo mismo que en aquella terraza de Florida al amanecer.
Frente a mí, Iris está en cuclillas, con las manos colgando entre las rodillas, alternando la mirada entre nosotras. En ese instante lo veo claro, la pregunta de Iris Vance en el vestuario hace poco más de una hora.
Por qué me importa más de lo que debería que Diana me siente en el banquillo.