El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Mireya

En el minuto siete, Iris Vance ya ha disparado dos veces a puerta y las dos se han ido altas.

La pelota se va por encima del larguero. La afición gruñe. Diana, en la zona técnica, se pasa una mano por la nuca y suelta el aire de golpe. Lleva el pelo recogido, tirante, y los pantalones muy pegados, y no debería estar fijándome en esas cosas.

Iris se gira hacia Jade Herrera con las manos abiertas y su queja se escucha por encima del “uy” de los aficionados.

—Buah, dame un balón al pie antes de que me jubile, no todos al espacio —protesta.

Jade responde algo que no consigo escuchar. Iris se da una palmada en el muslo y asiente antes de volver a su posición.

A mi derecha, Tina mastica chicle a una velocidad de vértigo mientras su pierna no deja de pegar botes. Hades se desespera en la banda, grita, da órdenes, pero ninguno de los ataques llega a buen puerto. Para empeorar las cosas, nuestra defensa está hoy un poco distraída.

Necesito estar dentro del campo. No estoy acostumbrada al banquillo y esto me está matando.

Lo único que me consuela es que Hades corrige a Iris de igual modo que lo hacía conmigo en Florida.

Ni más íntimo ni más distante. Igual. Y eso significa que trabaja del mismo modo con todas, sin favoritismos.

Una de las centrales del equipo contrario es bastante más lenta que la otra, Nika podría ganarla fácilmente por velocidad, pero se precipita y se mete continuamente en fuera de juego.

En el minuto veintiocho, una jugadora rival recibe entre líneas, gira, ve el espacio detrás de Zoe y manda un pase que aterriza en los pies de su delantera. Disparo. Castillo despeja lo mejor que puede con los puños y la pelota sale a córner.

En el banquillo, Diana suelta un soplido y anota algo en la tablet.

—Ese pase. Tercera vez que lo hace.

—Sí —digo, sin mirar.

—¿Lo estás viendo?

—Lo estoy viendo —confirmo.

En el minuto treinta y ocho, Lucía recibe un mal pase de Carter, pierde el balón y el equipo rival se nos echa encima. En tres pases se plantan en el área, disparan y gol.

Cero a uno.

El banquillo entero se hunde en la misma décima de segundo. Tina suelta un “no, no, no” entre dientes y se aplasta el chicle con la lengua. Ethan deja caer el lápiz al suelo. Yo dejo de respirar cuando siento a veinticinco mil personas quedarse calladas de golpe.

Iris se estira la camiseta y se la pone por encima de la cabeza, como si no ver el marcador pudiese borrar el resultado. Luego, desvía la mirada hacia el banquillo, me mira y, a continuación, mira a Hades, que sigue con los brazos cruzados sobre el pecho y cara de enfado.

Por suerte, el descanso llega antes de que nos metan otro gol, porque las rivales se han envalentonado y prácticamente acosan nuestra portería.

El ambiente en el vestuario es muy distinto a lo que estoy acostumbrada.

En Aura Valley, era normal ir al descanso perdiendo, es más, ir con cero a uno se consideraría un triunfo.

Aquí, las jugadoras entran cabizbajas, algunas en silencio, otras maldiciendo.

Es casi una tragedia. Parece que van a perder su trabajo si no ganan el partido.

Iris se sienta en su sitio, se quita las botas y las tira al suelo con más fuerza de la necesaria, murmurando algo sobre que ya no le traen suerte y que las va a quemar en una hoguera. Lucía mira al techo. Zoe coge dos botellas de agua y le pasa una a Tina sin preguntar.

Cuando Hades entra, todas las jugadoras se quedan calladas.

—¡Menuda mierda de partido! —grita como primera frase.

Nos explica un montón de sistemas en la pizarra y empiezo a pensar que el problema de este equipo es que tiene demasiados.

En el minuto cincuenta seguimos cero a uno. Iris baja a recibir cinco metros más cerca. La pierna izquierda. Gira. Manda un pase largo a Park, que chuta y se lleva un córner. Justo como marcaba la libreta de Hades.

La número diez del equipo rival recibe entre líneas de nuevo. Esta vez, Zoe está más arriba y corta sin contemplaciones. Falta y tarjeta. Iris levanta los brazos al cielo y maldice algo al lado de los periodistas. Seguramente, mañana saldrá en todos los programas deportivos.

—Guerrero, calienta —escucho en el minuto cincuenta y cinco.

Me levanto y saco uno de los petos naranja del cesto que hay junto al banquillo. La tela está un poco áspera por dentro y la etiqueta del cuello me roza la nuca.

—Vas a entrar por Nika —dice Hades, sin levantar la vista de la tablet—. Misma posición, pero baja a recibir entre líneas. Busca el pasillo.

A mi lado, Tina ya tiene el peto puesto y me hace una seña para que la siga a la zona de calentamiento junto a la banda. El partido va por el minuto cincuenta y seis y Lucía acaba de despejar con mucha suerte un balón largo que nos habría creado muchos problemas.

—Eh, conmigo, vamos. Trote. Diez fondos y después sprint —murmura Tina, supongo que más para ella que para mí.

Tina trota a mi izquierda con pasos cortos y brazos sueltos. Lleva la cinta del pelo torcida y el chicle escondido en algún sitio entre la mejilla y la encía. No habla y eso que casi nunca se calla, así que debe estar muy nerviosa.

En el campo, Iris recibe un pase demasiado largo y se desespera.

—Eh, ahora sí —escucho.

—¿Qué?

—Sprint.

Salimos a sprint. Veinte metros. Vuelta trotando. Veinte metros. Vuelta trotando.

A la tercera, Tina se queda dos pasos por detrás y cuando nos detenemos, me sujeta por el codo.

—Vas a marcar. Lo presiento —dice con un guiño de ojo.

No contesto, pero creo que se me escapa una sonrisa.

—Guerrero. Dentro, ya —chilla Hades.

Regreso al banquillo y me saco el peto por encima de la cabeza, sintiendo cómo la tela me roza el pómulo al pasar y lo tiro sobre el banco.

—Ya sabes lo que tienes que hacer —me dice, colocándose a mi lado—. Al recibir desde medio campo, no busques el gol, busca el pasillo. Iris va a aparecer. Confía en el sistema.

Cuando el cuarto árbitro levanta el panel con su número, Nika tuerce el gesto y alza los ojos al cielo.

Pisar el césped se siente especial. Ya había jugado en este campo, pero siempre como visitante. El público aplaude cada esfuerzo, cada ocasión, te dan un punto de energía extra que se agradece.

Me coloco en la posición que Hades me explicó en agosto, en una pizarra blanca de Florida, con un rotulador rojo y una botella de agua entre nosotras.

Zoe coge el balón, levanta la cabeza para evaluar la situación, lo mueve corto a Walsh. Walsh se lo devuelve. Zoe pasa a la izquierda a Park.

A continuación, la pelota viene a mí, la controlo con la zurda y veo a Iris que ya está corriendo en diagonal hacia la portería, igual que en la pizarra de Hades, casi puedo ver las líneas rojas de su rotulador.

Me pide el balón con la mano abierta. Tres defensas se han ido con ella. Tres defensas, porque cada vez que Iris se acerca a la portería, se convierte en una amenaza. La zona delante de mí se abre de repente.

Tengo el pase. Lo veo. Pero también veo una oportunidad.

No paso todavía, toco, toco, avanzo.

Empiezo a escuchar los gritos en la grada.

—¡Suelta, Guerrero! —escucho gritar a Iris, aunque no la miro—. ¡Suelta, joder!

Sigo avanzando, la portera se da cuenta de que no voy a pasar, chilla a una de las defensas, que viene a por mí sin tiempo de llegar.

Decido sin pensar más. Chuto y el murmullo de los aficionados sube varios decibelios.

Y yo dejo de escuchar.