El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Hades

Al llegar a casa, me encuentro un táper en la nevera con comida que no me esperaba.

De cristal, con la tapa azul. Lleno de pasta con tomate hasta la mitad y sobre él, una nota.

“Para que comas algo. Lauren.”

La caligrafía de mi exmujer sigue siendo la misma que cuando tenía veinticinco años.

Más apretada de la cuenta, con los puntos sobre las íes muy pequeñitos.

No sé por qué empecé a fijarme en ella muy tarde, cuando ya nos habíamos divorciado y todo lo que nos escribíamos eran detalles logísticos.

“Recojo a Sofi a las seis”. “Nora ha vomitado en el coche”. “¿Llevas tú a las niñas al pediatra?”

Pero esta nota no es logística. Supongo que los viejos hábitos no se divorcian al mismo tiempo que las personas.

Yo: Gracias por la pasta.

Los tres puntos aparecen al cabo de un minuto. Desaparecen y aparecen de nuevo.

Lauren: Nada.

Ahí sí está el divorcio entero. Una palabra donde hace años habría escrito un montón de ellas.

***

El día siguiente, a las siete de la tarde, llamo al timbre de la casa que compramos para criar a las niñas y a la que nunca me llegué a mudar.

El porche necesita una mano de pintura, ya se lo he dicho varias veces.

Nora ha dejado la bicicleta apoyada contra la barandilla con la rueda pinchada.

Seguramente lleva ahí desde que me marché a Florida.

Mi hija Sofía me abre con el pelo todavía mojado de la ducha y un pijama de unicornios.

Se me lanza al cuello como cuando era más pequeña y juraría que pesa más que hace tres semanas. Se queja cuando la aprieto contra mi cuerpo, dice que la voy a romper. Joder, las he echado tanto de menos.

Detrás aparece Nora, con unos calcetines subidos hasta las rodillas y una camiseta del Aura Valley que no había visto en mi vida.

—¿Y esa camiseta?

—Me la compró mami por internet.

—¿Y eso?

—Porque sí. No sé, creo que es de la jugadora esa nueva que has fichado —responde Lauren, que nunca ha sido muy aficionada al fútbol—. La cena está casi lista.

Me siento en el salón y las niñas insisten en enseñarme a Pickle.

Nora se queja de que no hace casi nada, solo dormir y comer.

Yo nunca les había dejado tener una mascota.

A continuación, se va corriendo y trae una libreta.

Ha hecho un dibujo para el colegio, el título pone “MI FAMILIA” en mayúsculas.

Aparecemos nosotras cuatro y la cobaya. Yo con un silbato colgando del cuello.

La cobaya ocupa gran parte de la hoja. Lauren nos mira desde la cocina y sonríe.

Cenamos lasaña, a las gemelas les encanta. Lauren siempre le pone demasiada bechamel. Antes discutíamos sobre eso, pero ya no tiene importancia.

Las niñas me hablan sobre el colegio, sobre la cobaya, sobre una serie nueva que ponen en la televisión, sobre que el sábado irán al estadio a ver el primer partido de la temporada. Yo las riño por hablar con la boca llena, pero pronto desisto.

—Saluda hacia arriba.

—Voy a estar trabajando, Nor. Soy la entrenadora —le recuerdo.

—Saluda igual. Tres dedos —insiste.

Tres dedos es nuestro código desde que las gemelas tenían cinco años. Si yo levanto tres dedos de manera discreta desde el banquillo, significa que las he visto, que las quiero, y que animen mucho al equipo. Hace dos temporadas que no lo hago.

Y entonces Sofía, con naturalidad, como si estuviese comentando el tiempo que ha hecho esta semana, suelta la bomba:

—Florida tiene que molar —dice de pronto—. Imagina poder estar a finales de febrero en la piscina en manga corta y con Mireya Guerrero.

Lauren deja el tenedor a medio camino entre el plato y la boca y desvía la mirada hacia mí muy lentamente.

Esa noche las acuesto yo. Es un acuerdo no escrito que tenemos.

Cuando vengo a cenar, me toca hacerlo. Siempre aprovecho para leerles un par de páginas de algún libro y nos quedamos un rato hablando.

Nora me pregunta si algún año pueden ir conmigo a la pretemporada y faltar al colegio.

Sofía me pregunta si Mireya Guerrero es maja.

Yo les doy un beso en la frente y las mando a dormir sin responder a esa última pregunta.

Al bajar al salón, Lauren me está esperando con dos copas de vino.

—He visto la cara que has puesto cuando la niña mencionó a esa jugadora nueva —suelta sin más, clavándome la mirada.

—No sé a qué te refieres —disimulo.

—Diana, no te estoy acusando de nada. Ya somos mayores, llevamos cinco años divorciadas y dos sin tocarnos. No me debes ninguna explicación. Pero… estás jugando con fuego. Lo sabes, ¿verdad?

—No hay nada de nada —miento.

—Solo te pido una cosa, ten cuidado, te lo pido por las niñas, ¿vale?

—Sí.

—Promételo.

—Que sí, joder. Ya te he dicho que no hay nada —insisto.

—Y otra cosa —añade, haciendo girar el vino en su copa—. Si necesitas hablar con alguien, sabes que estoy aquí. No te voy a juzgar, pero no te lo guardes dentro.

Asiento. Ella levanta la copa hacia la mía y brindamos sin tocarlas.

***

Los entrenamientos de la semana son un desastre.

Mireya no se presenta a la sesión de vídeo del martes.

El jueves discuto con Iris porque se toca demasiado la coleta.

Me mira raro, pone los ojos en blanco, pero no contesta.

Estaba esperando algún comentario irónico, algo que me permitiese pegar un par de gritos para desahogarme, pero nada.

Corrijo la posición de Mireya en un contraataque.

—Sí, entrenadora —responde con frialdad.

—¡Vance, deja de tocarte la coleta! —chillo, porque no puedo admitir que ese tono seco de Mireya me hace más daño que un cuchillo.

—Buah, jefa, es un tic que tengo desde pequeña. No lo controlo. Si no lo hago, no marco goles. Y si no marco goles, Drummond te va a llamar para quejarse. Tú misma — responde, abriendo las manos y encogiéndose de hombros mientras Tina trata de esconder la risa.

Mireya se limita a hacer lo que le digo. Nada más. Sin una pizca de la creatividad que la caracteriza y nada funciona.

Tras la sesión de tarde, Nika Wallace se planta en mi despacho.

—¿Tienes un momento?

—Siéntate.

Se sienta en la silla baja, la que odian todas las jugadoras porque queda cinco centímetros por debajo de la mía.

—Me gustaría hablar de mis minutos en el partido del sábado.

—Los minutos los decido yo.

—Vale, solo dime si empiezo el partido como titular o no.

—Empiezas tú.

Lo digo sin pensar. Mireya lleva una semana entrenando mal mientras Nika se deja la piel en cada sesión.

—¿Empiezo yo? —insiste.

—Ya te he dicho que sí. Línea de cuatro atrás. Necesito ataque al espacio. Tú corres más. Mireya asocia mejor, pero tú eres más rápida. Ya está. ¿Es todo? Porque tengo mucho que hacer.

—Quiero saber una cosa.

—Joder —resoplo.

—¿Soy titular este sábado porque soy mejor que Mireya para este partido o porque ha habido algún problema entre vosotras?

Levanto las cejas todo lo que puedo y le clavo una mirada asesina.

—¿Qué has dicho?

El problema es que lo repite. No se disculpa ni vacila.

—Te recuerdo que soy tu entrenadora —gruño, apretando tanto el rotulador que tengo en la mano que el plástico cruje—. Espero que no estés diciendo lo que creo que estás diciendo.

—Yo no he dicho nada que no sea profesional —se defiende.

—Entonces, empieza siendo una profesional ahora y sal de mi despacho —ordeno, señalando hacia la puerta con el dedo índice.

—Guerrero no es mejor que yo —murmura, sosteniéndome la mirada—. El problema es que tú la miras como si fuese la respuesta a algo que te llevas preguntando años. Y contra eso no puedo competir —añade, bajando los ojos.

***

El viernes a las seis y media reúno a las jugadoras en la sala de video.

Puede que ellas piensen que no me importa dar las alineaciones, pero no es así. Algunas saben que nadie les quitará el puesto, para las demás, estas reuniones son un suplicio. Lo sé bien, porque no hace muchos años, yo era una de esas jugadoras.

Empiezo con una pequeña charla sobre el equipo rival. Tienen un centro del campo muy físico, les gusta atacar más por la izquierda y la lateral se incorpora de manera habitual. Una delantera muy rápida y con buen regate.

Quince minutos más para recordar nuestra estrategia a balón parado.

Y la alineación.

La leo directamente de la libreta.

—Portera, Castillo. Defensa de cuatro, de derecha a izquierda: Lucía, Bennett, Carter, Park. Centro del campo: Zoe Méndez, Jade Herrera, Jamie. Banda derecha: Iris Vance. Banda izquierda: Walsh. Punta: Wallace.

La sala se queda en silencio.

Iris se gira para mirar a Mireya, a continuación, me mira a mí.

—Buah —dice sin más.

Nadie comenta. Nadie tiene que comentar, yo soy la entrenadora.

—Suplentes convocadas: Vargas, Guerrero, Lin, Tina, Schmidt, Roberts, McGraz.

Mireya no levanta la vista.

Continúo unos minutos más mientras les recuerdo las transiciones y los marcajes.

—¿Preguntas?

Nadie dice nada.

—Muy bien. Mañana dos horas antes del partido, os quiero a todas preparadas. A descansar.

Las jugadoras se levantan, las sillas chirrían contra el suelo al desplazarse. Salen en bloques, comentando en voz baja. Iris pasa por delante de mí y hace un gesto raro.

Mireya sale la última, pasa a mi lado y se gira.

—Buena suerte mañana.

***

El sábado a las dos de la tarde, Tina ha puesto reguetón en el vestuario.

Zoe ya tiene en su brazo la cinta de capitana.

Iris se ha puesto unos guantes que no necesita, pero que le gusta llevar.

Lucía está de rodillas, atándose las botas con tres lazos como en cada partido.

Jade habla en voz baja con Bell sobre los córners.

Salimos al túnel y la grada estalla en aplausos mientras por megafonía ponen música a todo volumen para calentar el ambiente. Por muchos partidos que hayas jugado, la salida al campo es un momento especial.

Levanto la cabeza hacia el palco y las veo. Sofía lleva una camiseta del club, supongo que con el número que yo tenía hace años a la espalda. Nora se ha puesto la camiseta de Mireya de cuando jugaba en Aura Valley. Lauren se ha sentado entre las dos y no me quita ojo.

Levanto tres dedos.

Nora lo ve y le da un codazo a Sofía. Las dos sonríen. Lauren asiente lentamente con la cabeza.

En el banquillo, justo a mi espalda, Mireya Guerrero ya está sentada con los ojos fijos en el centro del campo.

Las once jugadoras del equipo rival salen al centro. Las nuestras también. Saludos. Sorteo de campo. Iris levanta el brazo, dice algo y Lucía se ríe. Nika ya está en su posición. Lista para demostrar que merece el puesto.

La entrenadora rival me hace un gesto con la cabeza desde la distancia.

Silbato a la boca.

Pitido inicial.