Capítulo 7
Mireya
—Hades quiere hablar conmigo antes de salir hacia el aeropuerto. Supongo que para ella esto es algo normal —digo, encogiéndome de hombros—. ¿Tú vienes de fiesta?
—Eh, eh, que es la última noche en Florida. No hago daño a nadie, acabo de hablar con mi novia —se disculpa, todavía con una lata de cerveza en la mano mientras se sienta a mi lado en las escaleras de la entrada del hotel.
Sin querer, se me escapa la mirada hacia la piscina y vuelvo a sentir el mismo cosquilleo en la parte baja del vientre de ayer mientras acariciaba su espalda.
Anoche, mientras confesaba que echaba de menos a sus hijas, vi a una Diana totalmente humana, vulnerable.
Una versión que me gusta mucho más que la que veo a diario en los entrenamientos.
—Siempre quise tener un gato, pero mi novia es alérgica —suelta de pronto sin venir a cuento.
—¿Por qué me cuentas eso?
—No lo sé, pero conozco esa cara, ahora mismo quieres tirarte del pelo o gritar contra una almohada, ¿verdad?
A mí me pasaba lo mismo el año pasado con mi guardaespaldas.
Y luego, ya ves, resultó ser el amor de mi vida —admite, dando un trago largo a su cerveza—.
Pero eso es otra historia. Buah, una historia muy larga, la verdad. ¿Quieres que te la cuente?
—En otro momento, Iris —suspiro.
—Mejor, porque tengo que darme una ducha antes de que Hades me vea así. Aunque es una historia buena, ¿eh? Tiene de todo. Acosadores, guardaespaldas disfrazadas de novias, Wesley haciendo dibujos. Deberían hacer una película.
Me quedo mirándola. Habla y habla, sabe que me pasa algo. No me pide explicaciones, solo me demuestra que está aquí, a mi lado, y que si necesito algo, puedo contar con ella. Lo hace a su modo, pero es efectivo.
—Iris, ¿cómo lo supiste? —pregunto al cabo de un rato.
—¿El qué?
—Que Paula era… ya sabes. Que era algo más.
Iris bebe un nuevo trago y se queda pensativa. Es raro verla pensar antes de hablar. Es casi perturbador.
—Hubo una noche —dice, bajando la voz—. Wesley tenía fiebre.
Zoe y Tessa estaban a cincuenta kilómetros de distancia y me llamaron para que me quedase con él.
Por aquel entonces, Paula y yo estábamos en una situación muy rara, joder, pero muy rara, ¿eh?
No te voy a dar detalles porque perderíamos el avión, pero bueno, ella me llevaba en coche a todas partes y apenas hablábamos.
Me dejó en casa de Zoe y le dije que se fuese.
—¿Y?
—Y se quedó ahí.
—¿Ahí?
—En el puto aparcamiento. Toda la noche, vigilando la puerta de entrada. Eso me hizo pensar. Bueno, y puede que cuidar a Wes me dejase el corazón muy blandito. Fue ahí cuando lo supe de verdad. No fue lo que dijo, sino lo que hizo.
—¿Y ahora?
—Ahora vivimos juntas y estamos pensando en tener niños. Sigue poniendo cara de póker, comprobando los accesos o asustando a cualquiera que se me acerque demasiado. Bueno, ahora sí me voy. Nos vemos dentro de un par de horas en el bus.
—Eh, Iris. Gracias.
—¿Por qué?
—Por darte cuenta de que me pasa algo y aun así no insistir.
Se encoge de hombros y se termina la cerveza de un trago. Aplasta la lata con una mano y la deja en el escalón a mi lado sin tirarla.
—Las cosas importantes no se preguntan, Guerrero.
Se ven. Y yo tengo muy buena vista, aunque le diga a Hades que necesito gafas para ver las instrucciones de la pizarra.
Eso es mentira, lo hago solo para tocarle las narices.
Sabes que puedes contar conmigo para lo que haga falta.
Pase lo que pase, recuerda que en este equipo nos cuidamos.
Eso es lo único que importa. Lo demás se arregla —añade, pegándome una fuerte palmada en el hombro antes de entrar en el hotel.
***
Llega la hora de la reunión con Hades y la cafetería todavía está cerrada, con las sillas apiladas bocabajo sobre las mesas, pero las puertas de cristal que dan al jardín siguen abiertas.
Al otro extremo, en una mesa de madera medio escondida entre los setos, la veo sentada con una taza entre las manos.
Se ha puesto unos vaqueros oscuros, una camiseta gris lisa y unas chanclas que ha dejado tiradas al lado de sus pies descalzos.
Esta mañana no hay tablet ni portátil, ni la equipación oficial del equipo.
Es la primera vez que la veo vestida de calle, como una persona cualquiera.
—Te he traído café —anuncia a modo de saludo mientras desliza una taza sobre la mesa. Solo y sin azúcar.
—¿Sabes cómo me gusta?
—Te veo pedir uno cada mañana —responde como si fuese la cosa más natural del mundo.
Bebemos un par de sorbos sin hablar.
El cielo ya no es negro. Se ha pintado de gris violeta por el lado de las palmeras, y de rosa pálido por el otro. Hay un pájaro en un árbol que no logro identificar.
—Te parecerá raro que te haya pedido venir a estas horas, pero tenía que aclarar unas cosas contigo antes de marchar. Es muy importante. Anoche… quizá tú ni te diste cuenta, pero no estuvo bien por mi parte y prefiero ser muy sincera contigo —confiesa y me deja temblando.
—Diana, yo...
—Espera. En unas horas subiremos al avión.
Yo me sentaré a seis filas de distancia.
Te saludaré como a cualquier otra jugadora de la plantilla.
En los entrenamientos te corregiré igual que a las demás.
Cuando me pregunten los periodistas en la rueda de prensa del martes diré que eres una incorporación muy importante para el sistema.
Y durante toda la temporada voy a fingir que anoche no sentí nada mientras me acariciabas la espalda, porque no debería haber sentido nada.
—Diana.
—Déjame acabar. Voy a hacerlo porque tengo dos hijas en Seattle, una exmujer con la que todavía me hablo varias veces a la semana, y un club que me paga un buen sueldo por tomar decisiones profesionales.
Y tú eres la jugadora que yo misma fiché hace tres semanas para ganar la liga.
Y no sé si tú sentiste algo o no, pero prefiero ser muy honesta contigo desde el principio.
Yo sí lo sentí y está mal. No voy a cruzar esa línea.
Ni loca voy a cruzar esa línea —insiste.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí, vale.
Asiente. Mira el café.
—Solo quería que lo supieras antes de subir al avión.
—Yo también quería que supieras una cosa.
—¿El qué?
—Que lo de anoche no solo lo sentiste tú.
Es más, si no te llegas a levantar, no sé lo que hubiese pasado porque estaba temblando.
Y sé que es una situación de mierda porque tú eres mi entrenadora y hay cosas que no se pueden mezclar, pero, no sé, estoy hecha un lío, no he podido pegar ojo en toda la noche —confieso—.
Casi agradezco que me hayas hecho madrugar.
—Mireya, no me mires la boca.
La frase sale de sus labios como una advertencia y una súplica a partes iguales y siento cómo se me acelera el pulso.
Diana está a medio metro de distancia, la primera vez que la veo nerviosa, su pecho subiendo y bajando con cada respiración.
Su mirada oscila entre mis ojos y mi labio inferior y sé que ella también lo siente.
Y, joder, a este paso voy a tener que cambiarme de ropa interior.
—Sigues mirándome la boca —suspira.
—Ya lo sé —confieso con la respiración entrecortada.
Quiero añadir algo más, una disculpa, una explicación, pero he perdido el control por completo.
Ahora mismo no me importan los protocolos del club, o de la liga, ni siquiera sé si los hay, nunca me planteé sentir algo por una entrenadora.
Y, en cambio, aquí estoy, derretida por una mujer que me dice que no le mire la boca mientras a ella se le escapa la mirada hacia mis pezones.
—A la mierda —murmuro, negando con la cabeza mientras me acerco.
Mantengo los ojos abiertos. Veo las pecas que tiene en el puente de la nariz, que nunca había notado hasta ahora.
Noto el temblor casi imperceptible de su párpado inferior y cómo sus labios se entreabren un poquito, lo justo para dejar escapar un suspiro que roza mi barbilla un segundo antes de que sus ojos se cierren y nuestros labios se encuentren.
No son como los había imaginado.
Anoche, sin poder dormir, me acaricié pensando en ella.
No pude evitarlo. Había imaginado unos labios firmes, seguros, los de una mujer que dirige con mano de hierro un equipo en la élite.
Pero son suaves y cálidos. Saben a café.
La punta de su lengua busca la mía despacio, como si quisiese recordar cada sensación.
Sin pensarlo, coloco la mano en su cintura y levanto ligeramente la camiseta para acariciar su piel. Deja escapar un largo suspiro contra mi boca y mi corazón late tan fuerte que estoy segura de que el resto del equipo puede escucharlo desde sus habitaciones.
Profundizamos el beso y por un instante, las dos nos olvidamos de que tenemos pulmones. No existe nada a nuestro alrededor, solo los ligeros gemidos que deja escapar mientras muerdo su labio inferior.
Cuando nos separamos, no es de golpe. Es un poco de cada vez, como si cada pequeña distancia nos doliese. Nos miramos la una a la otra, los ojos muy abiertos, las respiraciones aceleradas.
—Mierda —susurra.
—Sí, mierda —confirmo, llevándome una mano a la boca.
No hay disculpas, sería mentir. El beso sigue en nuestros labios y dudo que pueda borrarse de nuestras mentes.
—En dos horas sale el autobús hacia el aeropuerto. No te dejes nada en la habitación —dice, levantándose de golpe y alejándose de mí.
Se va descalza, con las chanclas en la mano, y no se gira en ningún momento. La última imagen que me queda de ella mientras entra en el hotel es la camiseta ligeramente levantada, enseñando un trozo de piel justo por el lado por el que colé mi mano al besarnos.
***
Una hora y media más tarde me uno al resto del equipo en el vestíbulo del hotel. Iris me mira como si sospechase algo, o quizá es solo que está de resaca. Es difícil saberlo.
Diana me saluda con un rápido movimiento de cabeza, igual que al resto de jugadoras de su plantilla. Yo la saludo del mismo modo como si no hubiese ocurrido nada hace un rato. Las dos mentimos perfectamente, aunque duela como si me clavasen un puñal.
Autobús. Aeropuerto. Facturación. Embarque.
Subo al avión con la bolsa de mano y las gafas de sol por si se me escapa alguna lágrima.
El nudo en mi estómago no se parece a nada que haya sentido antes.
Me siento en la fila 14, le cambio la ventanilla a Tina porque necesito algo contra lo que apoyar la cabeza y fingir que duermo. Seis filas entre nosotras.
Me pongo los cascos y cierro los ojos. No quiero ver a nadie. No quiero hablar con nadie. Intento escuchar música y no me calmo, pongo un podcast y ni siquiera escucho lo que dicen. Es como si alguien con muy mala leche hubiese puesto una losa sobre mi pecho.
Seattle nos recibe con lluvia fina, quince grados y una temporada entera por delante.
Y entre ella y yo, seis filas de distancia y un beso en una mesa escondida entre los setos junto a la piscina al amanecer.
Un beso que nunca debió ocurrir. Un beso que me está consumiendo y que no podré olvidar por mucho que lo intente.
Porque fingir que nunca hemos cruzado esa línea, duele más de lo que puedo expresar con palabras.