Capítulo 6
Hades
Wesley se ha dormido en mi regazo hace unos cinco minutos y ni siquiera sé cómo ha ocurrido.
Hace un rato estaba en brazos de Zoe, masticando pan con tomate. De pronto, se bajó, cruzó el comedor a la carrera y se plantó delante de mí con las manos pringosas y los labios manchados de algún tipo de salsa.
—Toy canzao —dijo sin más.
—Hala, pues túmbate con tu madre.
—Mi mamá tá hablando —replicó, negando con la cabeza y señalando hacia Zoe que estaba charlando con Tina.
—Pues con tu otra madre.
Wesley frunció el ceño. Examinó a Tessa, que estaba dos sillas más allá, terminando el postre. Desvíó la mirada hacia Iris Vance, que le guiñó un ojo y dio varias palmadas en sus muslos para animarle a irse con ella, y a continuación, levantó los brazos.
—Ariba. ¿Potque tienez gafas?
Era la primera vez que me pedía que le cogiese en brazos y yo fui incapaz de decirle que no, a pesar de que Iris se dedicó a llamar la atención de sus compañeras para que viesen lo que estaba ocurriendo e incluso me grabó con el móvil.
—Buah, jefe, qué peligro. No te subas en su regazo a ver si te va a salir un sarpullido —bromeó.
Y ahora tengo a un niño poniendo perdida mi camisa negra y al equipo entero haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reírse en voz alta. Incluso Alexandra Drummond me mira desde el extremo opuesto de la mesa como si acabasen de llegar los marcianos.
La última cena de la pretemporada de Florida es una tradición del club desde antes de que yo llegase.
De algún modo marca la línea entre “trabajamos duro, pero podemos cometer errores” a “ya no cometemos errores porque empieza la liga”.
Drummond y un par de miembros del Consejo han volado desde Seattle solo para estar aquí, porque les gusta que el equipo vea que los altos mandos pisan el terreno una vez por temporada.
Mireya Guerrero se ha sentado entre Tina y Lucía. Tina le habla demasiado rápido y ella sonríe. Se ha puesto una camisa blanca que hace resaltar su piel y debo controlarme para que no se me note que desvío la mirada en esa dirección.
Wesley suspira en mi brazo. Tiene un poco de crema solar en las orejas y un trozo de pan aplastado pegado al costado del pantalón.
—¿Quieres que te lo coja? —me pregunta Tessa bajando la voz.
Solamente niego con la cabeza. Hacía años que no tenía un crio en brazos y echo de menos a las gemelas.
—¡Eh, Drummond! —grita Iris desde la otra punta de la mesa, levantando su copa—. ¿Brindamos ya o me voy de fiesta?
Alexandra pone los ojos en blanco y por fin se levanta para hacer su discurso de final de pretemporada.
Cuatro minutos. Cronometrado. Habla de disciplina, de resultados, de inversión, de expectativas.
Todo muy corporativo. Algo muy parecido a lo que dice cada año, y aun así, cuando termina, todas aplauden, aunque Iris murmura algo que consigue que Tina y Mireya casi se ahoguen con sus copas de champán.
—Venga, jefa, te toca —insiste a continuación, girándose hacia mí—. Una frase. Venga. Por el final de la pretemporada. Algo bonito, en plan emocional y motivador. Una frase que podamos tatuarnos cuando ganemos la liga.
—Deja ya el champán, Iris —protesto.
Wesley se remueve en mi brazo y se aferra a mi camisa. Por suerte, Lucía enseña algo en su móvil y se olvidan de mí.
***
Tras la cena, me tumbo en una de las hamacas de la piscina.
No sé por qué, es una costumbre que he adquirido desde el primer año que vinimos a hacer la pretemporada en Florida.
A esta hora, todo está tranquilo, las farolas del jardín se apagaron hace un par de horas y las luces subacuáticas tiñen el agua de un color turquesa pálido precioso.
No sé nada de plantas, pero cada vez que se levanta un poco de brisa, llega hasta mí un aroma dulce, casi azucarado.
Cierro los ojos y lo único que se escucha son los grillos y alguna rana de un estanque cercano.
Poco más tarde, escucho pasos.
Mireya aparece por el camino del jardín, descalza, con los zapatos en la mano. Se queda parada cuando me ve, posiblemente dudando si molesta.
—No me estoy escondiendo de nadie —le digo—. Puedes venir si quieres.
Se acerca despacio y deja los zapatos junto a la tumbona de al lado. A continuación, se sienta con las rodillas dobladas y los pies recogidos bajo los muslos.
No decimos nada durante un buen rato, solamente observamos el agua en silencio. Mireya se abraza las rodillas y apoya la barbilla encima. El reflejo turquesa del agua le sube por el lateral del cuello cada vez que respira hondo.
—¿Tú sabes qué es esa planta que huele tan bien? —pregunto al fin.
—Ni idea. Huele a gominola.
—Sí, a gominola —confirmo.
Ella solamente se encoge de hombros, sonríe y se queda de nuevo en silencio.
El móvil vibra en mi bolsillo y lo saco por costumbre.
Videollamada. Mi hija Sofía.
—Son las diez y veinte en Seattle —murmuro—. Normalmente te acuestas a las nueve y media.
—¿Pasa algo? —pregunta Mireya, bajando los pies al suelo.
—No. Son mis hijas —le explico.
—¿Quieres que me vaya?
—No, quédate.
No sé por qué se lo pido, pero la voz de Sofía me saca de mis pensamientos.
—Mamá. ¿Estás en Florida todavía?
—Todavía.
—Ponme la habitación.
—Estoy fuera, en la piscina.
—¿Te estás bañando a estas horas?
—No, estoy hablando con una amiga.
Lauren, mi ex, se asoma por detrás y saluda con la mano.
—Nora quiere enseñarte a Pickle.
La cámara se agita y aparece Nora detrás del hombro de su hermana gemela, el pelo en un moño alto y una camiseta gris de dormir.
—¡Hola, mamá!
—Hola, Nor.
Y por fin veo a Pickle. Es pequeño, marrón, y feo. Pero si a las niñas les gusta, supongo que está bien.
—Mira qué orejitas —dice Nora.
Le miro las orejitas y no le digo que son feas.
—Son muy pequeñas —digo—. Tienes que cuidarle bien, no le cojas de los pies ni de la cola.
—Los cobayas no tienen cola, mamá —me corrige, poniendo los ojos en blanco.
—¿Cuándo vienes a casa? —pregunta su hermana.
Me doy cuenta de que Mireya está mirando el agua, tratando de no invadir.
—Mamá, te echamos de menos. Mucho. Mucho, mucho.
—Y yo a vosotras. Mucho, mucho.
Se ríen las dos. Hasta Lauren al fondo deja escapar una sonrisa.
—¿Esa a la que se le ven las piernas es tu amiga?
—Hola. Soy Mireya —saluda, sentándose a mi lado.
—¡Ah! —grita Nora antes de que Sofía abra la boca—. ¡La del Aura Valley!
—Esa misma.
—¡Eres nuestra jugadora favorita!
—¿En serio? —pregunta sorprendida—. Bueno, pues muchas gracias.
Pronto, Lauren las envía a la cama y, tras despedirme de ellas, me quedo con una sonrisa tonta en la boca.
Las echo de menos. Mucho. Mucho, mucho, como dice Sofía.
—Llevo dos semanas y cuatro días sin verlas —digo al fin, tratando de que no se me escape una lágrima.
—Tiene que ser muy duro —asiente, acariciando mi espalda muy lentamente.
—Es mejor que suba a mi habitación, es tarde —murmuro, no porque tenga ninguna gana, sino porque en estos momentos estoy demasiado sensible y no quiero acabar haciendo algo de lo que luego me voy a arrepentir.
Nos levantamos, Mireya recoge los zapatos. Yo recojo el móvil y caminamos juntas hasta la puerta del jardín, bordeando la piscina. En el vestíbulo del hotel no hay nadie. Un ascensor vacío nos espera con las puertas abiertas.
Ella se baja en la tercera planta, yo en la cuarta.
Cuando entro en mi habitación, no enciendo la luz ni abro el portátil. Tampoco reviso la planificación del día siguiente. Me quito la ropa, me tumbo en la cama desnuda y trato de no pensar en sus caricias en mi espalda.
Mañana volamos a Seattle.
Más de cuatro mil kilómetros de distancia profesional entre lo que he sentido esta noche y lo que no debo sentir el resto de la temporada.
Pero hoy, Mireya Guerrero se niega a salir de mi cabeza.