Capítulo 5
Mireya
Llevamos dos semanas en Florida y mi cuerpo apenas recuerda lo que es no sudar.
Se nos ha estropeado el aire acondicionado en el hotel, así que mientras lo arreglan, ya me despierto sudando. Me ducho tres veces al día y creo que mi piel ha olvidado que existen temperaturas por debajo de los treinta grados.
Pero lo peor no es el calor, son las sesiones dobles de Hades, que parece que nos está entrenando para correr una ultra maratón en vez de para jugar un partido de fútbol.
Nos entrena como si estuviese preparando la invasión militar a algún país pequeño.
Sesión de dos horas a muerte por las mañanas, incluyendo táctica, posesión, transiciones.
Descanso para comer. Pequeña siesta y sesión vespertina con otras dos horas de físico.
Y por la noche, para las que somos nuevas, sesiones de vídeo individuales que se alargan hasta las tantas.
Mis piernas llevan varios días protestando a pesar de los continuos esfuerzos de la fisio del equipo.
La parte buena es que yo misma siento que estoy mejorando.
Lo noto en los ejercicios, en los giros defensivos que Hades me enseñó en la primera sesión táctica, que ya salen mucho más limpios, en el modo en que me complemento con Iris o cómo encuentro los pases de Zoe.
Mi cuerpo está aprendiendo un idioma nuevo.
Todavía tartamudeo, pero ya entiendo casi todas las frases.
Como en todos los equipos, el vestuario tiene sus alianzas y grupos de poder que empiezo a descifrar.
Zoe e Iris Vance son el centro de gravedad.
Cuando una de las dos habla, las demás escuchan.
Jade Herrera es un satélite silencioso que lo observa todo y no opina hasta que se lo piden, pero todas la escuchan.
Lucía, la defensa española, llega la primera a los entrenamientos y siempre tiene una palabra de ánimo para todas.
Es la que cuida a las demás. Tina es la alegría.
Me ha preguntado un montón de veces si quiero ser su compañera en los ejercicios de gimnasio y siempre le digo que sí.
Pero Nika Wallace continúa al fondo, entrenando más que nadie, mirándome con algo que ya no es solo competencia.
—¡Guerrero! Deja el móvil y ven a comer —grita Tina, asomando la cabeza por la puerta de mi habitación—. Iris ha conseguido una mesa con sombra y si no bajamos ya nos quedaremos sin zumo de naranja.
Le hago un gesto con la mano y guardo el teléfono.
Mi madre me ha enviado tres mensajes esta mañana.
El primero, un resultado de Aura Valley en pretemporada.
Un empate, lo cual es un milagro. El segundo, una foto del campo recién pintado con el dinero del rescate.
En el tercero me pregunta si estoy comiendo bien.
Desde que tengo uso de razón, nunca ha sido capaz de separar el fútbol de la maternidad.
La mesa con sombra está junto a la piscina del hotel.
Iris, Zoe, Tessa y el pequeño Wes ya se han instalado.
Wesley tiene la cara pringada de algo anaranjado que puede ser zumo de melocotón o protector solar, no estoy muy segura.
Lleva la camiseta de las Emeralds por fuera del pantalón, las zapatillas de luces desatadas y un trozo de pan en cada mano.
—¡Meya! —grita al verme, levantando los dos brazos con los trozos de pan como si fuesen banderas.
—Tienes que olerle la cabeza —insiste Iris—. Si le hueles el pelo a Wesley, te cambia el día. Da buena suerte. Es un hecho científico. Tessa, tú eres médica, confirma.
Tessa levanta las cejas y deja escapar un largo soplido.
—No voy a confirmar esas tonterías —bufa.
—Vale, puede que no sea un hecho científico. A ver, Guerrero, ¿tú qué opinas? ¿Huele o no huele bien este crío?
Wesley me mira desde su trona y pestañea, así que me acerco a su cabeza y la verdad es que Iris no se equivoca del todo. El pelo del niño huele muy bien.
—Vale. Tienes razón —admito.
—¡LO SABÍA! —chilla Iris, dando un golpe en la mesa que hace temblar todos los vasos—. El jefe y yo estamos encantados de que nos des la razón.
Wesley decide no prestar atención y se inclina para hundir la cara en la camiseta de Zoe. No sé por qué, pero pienso en mi padre. En las fotos de cuando yo era pequeña, sentada en su regazo mientras él veía los partidos de fútbol por la tele.
Iris le pregunta a Tessa algo sobre si comer brócoli de niño puede causar un trauma, pero apenas la escucho.
***
La segunda sesión táctica individual con Hades es a las cinco de la tarde, cuando el sol comienza a perder fuerza, pero el aire de Florida sigue siendo espeso y caliente.
Esta vez, quiere enseñarme un desmarque de ruptura para recibir los pases de Zoe y Jade desde el medio del campo. Y para enseñármelo, decide demostrarlo ella misma.
Y, joder, se mantiene en muy buena forma.
—El desmarque lo inicias con un amago hacia dentro —explica—. Tú finges que vas hacia el centro y en el momento en que la defensa se lo traga, giras y aceleras en diagonal. ¿Lo has visto?
Lo intento. Mi amago es bueno, pero la aceleración llega tarde y Diana me para.
—Estás pensando demasiado. El giro tiene que salir del cuerpo, no de la cabeza. Vamos a hacerlo juntas. Yo hago de defensa. Tú ejecutas el desmarque contra mí.
Se coloca delante de mí, de frente, a medio metro. Sus ojos permanecen fijos en mis caderas, porque es lo primero que se mueve en un cambio de dirección y cualquier defensa con experiencia lo sabe.
—Cuando quieras —dice.
Finto. Giro. Acelero. Ella reacciona tarde porque mi amago ha sido bueno y cuando intenta ajustar, nuestros cuerpos chocan y se sujeta a mi hombro para no perder el equilibrio.
Nos quedamos así. Muy quietas y muy cerca.
Desde la terraza del hotel, Tessa llama a Wes y nos devuelve a las dos a la realidad.
Diana retira la mano, aunque sus ojos continúan clavados en los míos.
—Lo has hecho muy bien —me asegura—. Repítelo cinco veces más y nos vamos con el resto del equipo.
Lo repito. Esta vez sin contacto, cosa que agradezco porque me había puesto un poco nerviosa. Diana me observa a una distancia de unos tres metros, con los brazos cruzados.
A las seis hacemos un partidillo. Realizo el desmarque que acabo de aprender y el pase de Jade a la frontal del área llega casi por arte de magia, como si supiese que iba a estar allí.
Controlo la bola, me deshago de Lucía con un recorte seco y chuto cruzado con el interior del pie derecho. El balón se cuela junto al poste corto.
Iris me salta encima, literalmente, se cuelga de mi espalda como un koala. Tina me agarra del brazo. Lucía levanta el puño desde la defensa. Jade asiente y sonríe.
Y entonces, sin pensarlo, porque todavía me estoy riendo con Iris a cuestas, me giro y abrazo a la primera persona que tengo delante.
Hades.
Todo el equipo se queda de pronto en silencio y yo parezco una idiota abrazada a mi entrenadora.
Se queda rígida y a continuación se aparta como si mi cuerpo quemase.
—Buen desmarque —dice sin más, alejándose de mí.
—Buah, es la primera vez que veo a alguien abrazar a Hades, pensé que ibas a combustionar en cualquier momento —bromea Iris, meneando la mano.
Esa noche, en la sesión individual de vídeo, Diana Creed me muestra algo que no esperaba.
—Esa es Suzu Tsukishima, seguro que la recuerdas —dice, mostrando un vídeo—.
La fichamos hace cuatro años, era la estrella de la liga japonesa.
Centrocampista ofensiva, una de las jugadoras más creativas de su generación.
La metí en el sistema. Le pedí que jugase donde yo le decía, cuando yo le decía, como yo le decía.
En seis meses dejó de hacer regates. En ocho meses dejó de ver pases que antes le salían solos.
A final de temporada pidió el traspaso para regresar a Japón.
Hace una larga pausa y pone el siguiente vídeo.
—Renata Costa. Lo mismo. Natalie Wells. Lo mismo. Tres jugadoras de un talento excepcional que se marchitaron en mi sistema porque no se adaptaron.
—¿Por qué me cuentas esto? —pregunto confusa.
—Porque no quiero que seas la siguiente.
Nos quedamos en silencio, la pantalla muestra un fotograma de Suzu Tsukishima celebrando un gol en su primer partido con las Emeralds, antes de que el sistema le apagase la chispa.
—Entonces, ¿reconoces que tu sistema tiene un problema? —pregunto, alzando las cejas.
—El sistema de juego es perfecto para jugadoras con talento que sigan las reglas.
—¿Iris?
—Iris Vance las sigue a medias, pero más o menos las sigue. Tú eres diferente, has jugado toda tu vida con una libertad de movimientos absoluta, pero esto no es un club pequeño como el Aura Valley. Para las que no se adaptan, el sistema se convierte en una jaula.
—¿Me estás diciendo que voy a fracasar en este equipo o que vas a intentar algo diferente conmigo?
Hades se recuesta en la silla y acaricia su mandíbula con el pulgar.
—Todavía no lo sé —admite—. Pero estoy trabajando en ello. Y creo que las sesiones de vídeo me están ayudando a ver cosas que no veía antes.
Es algo que no esperaba escuchar. Ha sido capaz de reconocer un error en su sistema, al menos, un punto débil. Y el mundo no ha ardido en llamas.
—Hemos terminado —dice de pronto, cerrando el ordenador y sacándome del trance.