Capítulo 4
Hades
Guerrero se sale de la posición que le he asignado por cuarta vez en diez minutos y empiezo a estar muy desesperada con ella.
Me repito a mí misma que es solamente el primer entrenamiento de la pretemporada y que viene de un sistema muy diferente en el que tenía libertad completa de movimientos, pero las miradas de las demás jugadoras cada vez que ocurre no ayudan en absoluto.
He planificado la sesión al milímetro. Todo medido. Todo cronometrado. Todo bajo control.
Excepto ella.
En el ejercicio de posesión, recibe el balón en la posición correcta.
Bien. Lo toca, lo controla con facilidad, tiene una técnica excelente, mira las opciones de pase.
Bien. Y entonces abandona la zona que le he asignado, se mueve quince metros hacia la izquierda, se cuela por un hueco que han dejado las defensas y lanza un pase de treinta metros que deja a Iris Vance sola delante de la portera.
Vance marca, en esas posiciones no perdona nunca. El grupo lo celebra. Y Mireya Guerrero se gira hacia mí con una expresión que dice: ¿ves?
Sí, veo. Veo un pase brillante que hoy ha funcionado, pero quizá en la final de los Playoffs no lo haga.
Y veo un hueco en la línea de presión. Ha sido un error de las defensas más que un acierto suyo.
En un partido real, contra un equipo que no cometa ese fallo y con un buen contraataque, esa jugada podría ser un gol en contra.
—¡Guerrero, ven aquí! —chillo.
Se detiene. Medio campo de distancia entre nosotras y ya siento las miradas del resto del equipo girar hacia mí, a continuación, hacia ella, luego de nuevo hacia mí como si fuese un partido de tenis.
—Tu posición de partida estaba aquí —le recuerdo, señalando la zona en mi tablet en cuanto se coloca a mi lado—.
En cambio, te has movido aquí. Te has quedado quince metros fuera del sistema que habíamos marcado.
Si la defensa rival recupera ese balón, nos pillan en la transición defensiva y tenemos un dos contra una en el centro del campo.
Guerrero se pasa la mano por la frente para limpiarse el sudor y me sostiene la mirada durante demasiado tiempo. Veo en ella la misma furia contenida que en la rueda de prensa, pero en persona es peor.
—Vance ha marcado, ¿no? —replica.
—Vance ha marcado porque es el primer entrenamiento de la pretemporada y las defensas estaban mal colocadas. En un partido real, tu pase no llega porque la línea de presión te cierra antes.
—En un partido real, yo habría visto la línea de presión y habría elegido la misma opción porque el hueco estaba ahí o, si no existía ese hueco, adaptaría la jugada.
—El hueco estaba ahí porque es el primer entrenamiento.
—El hueco estaba ahí porque hay un fallo en el sistema —murmura.
Todo se queda en silencio. Se puede escuchar el riego automático del campo tres encendiéndose. El ladrido de un perro en la lejanía. Los latidos de mi orgullo herido.
En mi pizarra, la flecha de Guerrero acaba de salirse otra vez del diagrama que había preparado. Y lo peor es que ha funcionado todas las veces que lo ha hecho.
—¡Vuelve a tu posición! —ordeno—. Y la próxima vez que tengas una idea brillante, ejecútala dentro del sistema, no por tu cuenta. Somos un equipo.
Se gira sin responder, claramente enfadada. La coleta le golpea el hombro izquierdo, pero regresa al grupo sin decir nada y el entrenamiento continúa.
Zoe Méndez se acerca a mí al finalizar el entrenamiento, mientras las jugadoras se van a las duchas. Camina despacio, con la botella de agua en la mano, y se coloca a mi lado sin prisa.
—Las jugadoras están un poco preocupadas —dice bajando la voz, manteniendo la vista en el campo en vez de mirarme a mí—.
Algunas no entienden por qué has forzado un fichaje que nadie pidió y que claramente no encaja en nuestro sistema de juego.
Nika lleva un año entrenando como una bestia para conseguir ese puesto y ahora está muy enfadada.
Algunas de las jugadoras más jóvenes la apoyan.
Creo que deberías saberlo. Piensa que le están robando el puesto.
—Nadie le está robando nada. Los puestos se ganan, es lo que tiene jugar en un equipo grande —le recuerdo.
—Lo sé. Y tú lo sabes. Pero Nika necesita escucharlo de ti, no deducirlo por ella misma —responde, alzando las cejas.
A continuación, da un largo trago a su botella de agua y se va. Llevamos siete años trabajando juntas y conoce mis defectos mejor que yo misma. Siempre me dice las cosas claras, pone los posibles problemas sobre la mesa y espera a que los soluciones. Es una capitana excelente.
Miro hacia el otro extremo del campo y Nika Wallace se ha quedado a tirar faltas por su cuenta.
Antes de la lesión de rodilla que terminó con mi carrera, yo era ese tipo de jugadora.
Más dura que nadie. Más cabezota que nadie.
La que entrenaba más horas y soportaba más dolor.
La que pensaba que nunca era suficiente.
***
Esa misma tarde, cuando el calor afloja y la luz comienza a volverse naranja, me llevo a Mireya Guerrero al campo auxiliar.
—¿Sesión de vídeo? —pregunta confusa.
—Sesión táctica. En el campo —corrijo.
—Pensaba que siempre hacías las sesiones con pantalla.
—Lo que voy a enseñarte no se aprende con una pantalla —le respondo, dejando la tablet en el banquillo—. Necesito que lo sientas.
Me mira extrañada, cruzando los brazos sobre el pecho y levantando una ceja.
—La rotación defensiva de nuestro sistema requiere un giro de cadera mucho más rápido.
La mayoría de las delanteras tardan demasiado en ejecutarlo porque giran sobre el pie equivocado y eso es lo que te está pasando a ti.
Es algo natural, porque lo aprendiste desde niña y nadie te lo ha corregido, son pequeños detalles que ocurren a menudo, incluso en jugadoras de alto nivel como tú.
Es un problema de perfil corporal. Giras sobre el izquierdo, que es tu pie fuerte, pero en nuestro sistema necesito que gires sobre el derecho para ganar medio segundo en la transición.
Colócate aquí. De espaldas a la portería. Pies a la altura de las caderas.
Obedece y se coloca de espaldas a mí. Tiene los hombros anchos para su estatura, la camiseta de entrenamiento pegada al cuerpo por el sudor.
Me acerco y me pego a ella para mostrarle el giro que quiero que haga.
Quizá me pego demasiado. Me doy cuenta mientras lo hago, cuando coloco la palma de mi mano derecha en su cadera y la otra mano en la parte baja de su espalda y siento el calor de su piel atravesando la tela empapada de sudor.
Trato de recordarme a mí misma que es solamente un ajuste en su postura, algo que he hecho con otras cien jugadoras a lo largo de mi carrera como entrenadora.
Se trata solo de corregir la inclinación del tronco, guiar la dirección de la cadera en el giro, asegurar que el peso del cuerpo se transfiere al pie correcto.
Es biomecánica. Es técnica. Es tan solo mi trabajo… pero mi corazón late demasiado rápido.
—Vas a girar sobre el pie derecho —digo junto a su oído—. Empuja la cadera contra mi mano y gira. Rápido. Sin pensar.
Su cuerpo se tensa bajo mis manos. Gira en un movimiento brusco, con el peso mal repartido. Se tambalea y mi mano en su espalda la estabiliza. Ahora estamos más cerca. Su hombro rozando mi clavícula. Si girase la cabeza, nuestros labios estarían a centímetros.
No sé por qué pienso en eso.
Ninguna de las dos se mueve, no hablamos, y, aunque no puedo saber lo que siente, mi respiración ha dejado de ser normal.
De pronto, las flechas de mis esquemas tácticos se desdibujan, las líneas de pase que tenía planeadas desaparecen.
Solo queda la presión de su cuerpo contra mis manos y el calor del sol de Florida sobre nosotras en un campo vacío.
—Vamos a repetirlo —consigo decir, separándome medio paso y tratando de mantener la compostura—. Más rápido ahora.
Repite el giro. Mejor esta vez. Mucho más limpio. Aprende muy rápido y tiene una coordinación excelente, pero cuando se detiene, su respiración sale también entrecortada y no creo que sea por el esfuerzo.
—Otra vez.
Hacemos cinco repeticiones. En cada una de ellas, mis manos regresan a su cadera y a la parte baja de su espalda para corregir la postura.
En cada una, el contacto dura un par de segundos más de lo necesario.
En cada una, mi cerebro repite que es un ejercicio normal y corriente, aunque sienta un cosquilleo en la parte baja de mi vientre en el que prefiero no pensar.
—Es suficiente por hoy —anuncio al fin, más por lo que estoy sintiendo y no debería sentir que porque lo haga perfecto.
Mireya se aleja unos pasos, coge su botella de agua del banquillo y bebe durante mucho tiempo. No me mira. Yo tampoco la miro a ella, trato de mantener los ojos en cualquier otro lugar. Recojo la tablet y finjo leer algo en la pantalla.
—A las nueve tenemos sesión de vídeo —le recuerdo—. Sala tres del edificio principal.
Se va caminando hacia el vestuario sin mirar atrás, con la coleta balanceándose de lado a lado.
Yo me siento en el banquillo y trato de entender lo que acaba de ocurrir. Han encendido los aspersores en el campo de al lado y el sonido del agua contra el césped es lo único que se escucha.
Y empiezo a pensar que traer a Mireya Guerrero al equipo ha sido un grave error y no porque no encaje en el sistema.
***
A las nueve en punto llega a la sala de vídeo. Con el pelo mojado y una camiseta blanca. Se sienta en la silla frente a mí, con la mesa de por medio. Bien. Distancia. La distancia es buena. Es justo lo que necesito en estos momentos.
Abro el primer vídeo, he elegido un partido de las Emeralds de la temporada pasada y le muestro cómo funciona el sistema de presión alta que utilizamos, cómo cada jugadora se mueve en relación con las demás, cómo el engranaje depende de que cada pieza del equipo esté en su sitio exacto.
Mireya escucha y asiente. Toma notas en el margen de un folio que ha traído y empieza a hacer preguntas.
—¿Por qué Iris arranca desde la banda en vez del centro? —dice señalando la pantalla.
—Porque es muy rápida y desde ahí nos da ventaja.
—¿Y si la central lee la diagonal?
—Entonces Vance tiene la opción de cortar hacia dentro, donde Jade Herrera cubre el espacio.
—Pero si Jade cubre ese espacio, deja un hueco detrás de ella. ¿Quién lo cubre?
Suspiro. Es una pregunta inteligente. Rebobino y ahí está: un hueco de tres metros entre Herrera y la línea defensiva que aparece durante aproximadamente dos segundos cada vez que eso ocurre. Lo ha visto a la primera.
—Ese hueco existe durante apenas dos segundos, la probabilidad de que un rival lo explote en tiempo real es muy baja.
—Muy baja no es cero —replica.
—¿Has analizado nuestros partidos o lo acabas de ver? —pregunto confusa.
—He analizado todos vuestros partidos de la temporada pasada. Quería estar bien preparada antes de venir —confiesa con un guiño de ojo que consigue que mi corazón se salte un par de latidos.
No puedo evitarlo. Se me escapa una sonrisa. Una auténtica, no de las pocas que finjo durante los entrenamientos o en las reuniones con Drummond y Mireya me mira con curiosidad.
Pero la curiosidad es peor que el enfado que tenía esta mañana.