El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Mireya

Tres camisetas de entrenamiento, una bolsa deportiva, una carpeta de bienvenida, una tarjeta de acceso a mi habitación y un horario que parece haber sido diseñado para matar a cualquier cosa que no sea un robot. Eso es todo lo que recibo al llegar a mi nuevo club.

Eso sí, las instalaciones de entrenamiento son de otro planeta. Tres campos con el césped perfecto y un gimnasio que parece una nave espacial con máquinas que no sé ni para qué sirven.

En Aura Valley, el gimnasio tenía sobre todo barras, mancuernas y alguna cinta de correr, una de ellas estropeada desde la temporada pasada.

Aquí tienen cámara de crioterapia de cuerpo entero y cinta antigravedad para rehabilitar las lesiones.

Hades me da los buenos días y señala la puerta del vestuario. Nada más. No hay presentaciones oficiales ni charlas de bienvenida. Nada. Así que trago saliva, me ajusto la nueva bolsa que me han dado al hombro y empujo la puerta.

De inmediato se hace un silencio sepulcral.

Todas las cabezas se giran hacia mí. Algunas sonríen con educación. Otras me miran con curiosidad. Y una, al fondo, junto a la taquilla de la esquina, me clava unos ojos azules con una intensidad que podría perforar la pared.

Nika Wallace.

La conozco de nombre. Delantera, veinticuatro años, fichada la temporada pasada como segunda punta por si se lesiona Iris Vance. Marcó seis goles en la liga del año pasado. Y ahora yo estoy aquí, ocupando el espacio con el que ella lleva meses soñando.

Cada jugadora parece seguir a lo suyo. Un par de “holas” un “bienvenida” y poco más. No sé por qué, pero pensé que sería muy diferente.

Bien. Al menos ya sé dónde estoy y lo que puedo esperar de este equipo.

—¡Buah, Guerrero! Pensé que no vendrías ni en broma. Y aquí estás. Para Hades no hay obstáculos —escucho detrás de mí.

Iris Vance. Hemos coincidido varias veces en la selección y en todas ellas habló más que el resto de jugadoras juntas. Tiene cara de llevar despierta desde las cinco de la mañana o de no haberse acostado.

—No se lo digas a nadie, pero he salido por la noche —susurra a mi lado, como si me estuviese contando un gran secreto—. Eso sí, ahora salgo de fiesta con mi novia—añade.

Quiero decir algo, pero me interrumpe de inmediato.

—Casi me quitas el título de máxima goleadora la temporada pasada.

Mira, nos vamos a llevar muy bien o muy mal, depende.

No, en serio, creo que bien, pero como me quites el puesto, te juro que te tiro las botas a la piscina —suelta casi sin respirar—.

Quítale el puesto a aquella de allí —agrega, señalando hacia Nika Wallace—.

Es broma. Bueno, medio broma, nada más. A ver, siéntate aquí, te han puesto la taquilla junto a la mía.

¿Has desayunado? El café de aquí es una mierda, pero el zumo de naranja está muy bien, es lo bueno de estar en Florida.

¿Conoces a alguien? Seguro que sí. Si no, no importa, ya te presento yo a todo el mundo, es lo que mejor se me da aparte de meter goles.

No me deja hablar ni una sola palabra. Iris Vance habla igual que juega; en ráfagas, sin previo aviso, cambiando de dirección cada tres segundos.

—Esa de ahí es Zoe —dice, señalando hacia una mujer morena, con el pelo recogido y los brazos cruzados, que me saluda desde la otra punta del vestuario—.

Es la capitana. La mejor centrocampista del país.

No le lleves la contraria el primer día, confía en mí.

Pero es buena gente. La del fondo, la que parece estar resolviendo problemas matemáticos en la cabeza, es Jade Herrera.

No habla mucho. La bajita de pelo corto es Tina.

—Iris, creo que es mejor que…

—Espera, espera, que aún me falta lo mejor, ven, sal un momento conmigo.

Me encojo de hombros y la sigo fuera del vestuario. De pronto, se detiene y silba con fuerza.

—¡Eh, jefe! ¡Ven aquí!

Escucho pasos rápidos. Muy rápidos. Demasiado rápidos para un adulto.

Un niño de unos tres años aparece por el pasillo a toda velocidad, con una camiseta del equipo que le queda enorme, unos pantalones cortos, y unas zapatillas cuyas suelas se iluminan con cada paso.

Lleva un trozo de galleta en una mano y un muñeco de algo indefinido en la otra mientras le persigue una mujer con gafas.

—Wesley Méndez —anuncia Iris con orgullo—. Hijo de Zoe y Tessa, y es el jefe supremo de las Seattle Emeralds. Ni siquiera Hades o Alexandra Drummond tienen tanta autoridad. Por eso es el jefe, claro. ¿Verdad, jefe?

El niño se detiene delante de mí y me observa de arriba abajo con unos ojos marrones enormes. A continuación, se mete el trozo de galleta en la boca y se limpia la mano en la camiseta.

—¿Tú quen erez? —pregunta con la boca llena.

—Soy Mireya. Voy a jugar en el equipo —le explico.

Wesley ladea la cabeza. Mastica. Se mete la mano en los pantalones, saca otro trozo de galleta que lleva guardado y me lo planta en el bolsillo del pantalón corto con los dedos pegajosos.

—Buah, ya eres de la familia, ¿has visto? —suelta Iris, cruzándose de brazos con satisfacción—. El jefe no le mete galletas en el bolso a cualquiera. Bienvenida oficialmente a las Seattle Emeralds.

El chiquillo ya ha perdido todo interés en mí y se ha colado en el vestuario, donde casi todas las jugadoras parecen detener cualquier cosa que estén haciendo para decirle algo.

—Gracias.

—Buah, de nada. Ahora, lo importante. Ese niño tiene magia. Lo digo en serio, en el pelo. Lo hueles y te da buena suerte para todo el día.

—¿Perdona?

—Yo llevo dos años enganchada. No lo puedo controlar. Es superior a mí —continúa.

—Estás asustando a la nueva —interviene Zoe Méndez, sacando a su hijo del vestuario—.

Bienvenida al equipo. No te tomes como algo personal que la entrenadora no te haya presentado al resto de las jugadoras.

Ella es así, tiene sus cosas, pero es buena persona.

Y si Iris te agobia, dile que se calle. Bueno, ya la conoces, así que no debería cogerte de sorpresa.

***

Antes del primer entrenamiento, tenemos una sesión técnica.

La sala de reuniones tiene una mesa ovalada, una pantalla que ocupa toda la pared y el aire acondicionado con una temperatura tan baja que se me pone la piel de gallina al entrar.

Después del calor del vestuario, el contraste es brutal.

Me siento en la silla más alejada de la entrenadora, prefiero no llamar la atención el primer día y quiero poder ver a todo el mundo.

Diana Creed llega a las nueve en punto. Ni un minuto antes.

Pone los ojos en blanco al ver que Iris Vance entra un par de minutos más tarde, cuando todas están ya sentadas.

—Voy a sentarme aquí contigo, porque tan temprano, Hades me da un poco de miedo —bromea, colocando una silla a mi lado.

—Es el primer día de la temporada, así que vamos a repasar cómo funcionan las cosas aquí —empieza la entrenadora sin sentarse, de pie junto a la pantalla—.

El sistema táctico de las Seattle Emeralds se basa en la posesión, presión alta y transiciones rápidas.

Cada jugadora tiene una función específica dentro de la estructura.

Las posiciones no son sugerencias. Son obligaciones.

Si el sistema pide que te muevas por una determinada zona, debes hacerlo.

¿Está claro? —pregunta mientras nos entregan a cada una un chaleco de rastreo GPS para medir los datos en el entrenamiento.

Todas asienten con la cabeza.

—¡Guerrero! —dice de pronto, llamando mi atención—.

Tu posición de partida será la de media punta.

Recibirás una carpeta con las principales jugadas esta tarde.

Es totalmente confidencial. Tu función será conectar con Vance en la delantera, pero de manera ordenada, no como lo hacéis en la selección cuando jugáis juntas.

Tengo un plan de integración específico para ti.

Las sesiones de vídeo individuales serán los martes y jueves por la tarde —agrega.

—¿Sesiones de vídeo individuales?

—Todas las jugadoras nuevas tienen dos sesiones a la semana, el resto una. Quiero asegurarme de que entiendes el sistema antes de jugarlo.

Asiento. Diana Creed comienza a pasar diapositivas en la pantalla que muestran formaciones, líneas de pase y zonas de presión.

Todo demasiado preciso. Todo milimétrico.

Cada flecha tiene un propósito, cada número tiene un significado, cada jugadora es un engranaje dentro de una máquina perfectamente engrasada.

Pero yo miro los esquemas y pienso que no hay sitio para lo que hago. No hay lugar para las fintas improvisadas, para los pases que invento sobre la marcha. Aquí, todas las jugadoras tienen un talento enorme. En mi anterior equipo dependíamos más de las individualidades.

Al terminar la reunión, estoy a punto de ponerme a llorar de desesperación. Saco el móvil. Marco el número de mi madre.

—¿Cómo es? —pregunta sin molestarse en saludar.

—No voy a encajar aquí —respondo con un hilo de voz.