Capítulo 2
Hades
Rebobino el vídeo por decimocuarta vez y sigo sin entender cómo lo hace. Aunque, quizá a estas alturas, la pregunta debería ser por qué no puedo dejar de mirarla.
Minuto setenta y tres de un partido de hace dos temporadas.
Aura Valley pierde dos a uno contra el octavo clasificado.
Mireya Guerrero recibe de espaldas a la portería, rodeada de dos centrales.
Según mis modelos, tiene tres opciones: proteger el balón y esperar apoyo, jugar en corto hacia la banda, o dejarse caer en cuanto sienta el contacto y rezar para que piten una falta.
Las tres son correctas. Las tres son predecibles.
Elige la cuarta.
Gira sobre su pie izquierdo, se cuela entre las dos defensas con un movimiento que no parece humano, y sin apenas armar la pierna, saca un disparo con rosca que la portera ve pasar por encima de sus guantes sin poder hacer nada.
Pauso la imagen. La pelota está suspendida a medio camino entre el pie de Guerrero y la red. Congelada en el aire.
¿Cómo sabía que tenía ese ángulo? ¿Cómo supo que la portera estaba adelantada unos tres metros si recibió de espaldas? Mi modelo estadístico dice que desde esa posición, con esa presión defensiva, la probabilidad de gol es del once por ciento. Y ella chuta sin dudarlo.
Once por ciento. Y chuta sin dudarlo.
Partido tras partido, Mireya Guerrero se mueve por el campo sin respetar los sistemas de juego, sin pedir permiso para estar donde se supone que no debería estar.
Llevo dos temporadas intentando ignorarla, pero cada vez regresa con más fuerza. Más nítida. Más insistente.
—¿Cuántas veces vas a ver ese gol? —escucho a mi espalda.
Ethan está apoyado en el marco de la puerta con un café en cada mano. Uno para él y otro para mí. Siempre trae dos. Lleva ocho años siendo mi asistente y ha aprendido que no me gusta pedir las cosas. Prefiero que lleguen o no lleguen.
—Las que haga falta —respondo sin apartar los ojos de la pantalla.
—Ya te lo sabes de memoria, Diana. Hemos analizado todos sus partidos. Tenemos sus mapas de calor, sus estadísticas, su porcentaje de duelos ganados, su rendimiento por minuto jugado. Lo tenemos todo. Y sabes perfectamente que no va a encajar en este equipo.
Ethan deja el café en mi mesa. Se sienta en la silla que hay frente al escritorio, la misma que todas las jugadoras odian porque es más baja que la mía y eso está hecho a propósito.
—Es una jugadora de instinto, Diana. Hay cosas que el instinto hace y los datos no pueden recoger. Esa mujer jugando junto a Iris Vance… nos volverán locos a todos —insiste.
—En la selección nacional juegan juntas y funciona.
—Porque su entrenadora les da libertad de movimientos. Esto es diferente. Hemos tenido otras jugadoras así y todas se han marchitado dentro del sistema. Varias pidieron ellas mismas el traspaso. Hubo un tiempo en el que la prensa nos llamaba el cementerio del talento.
—Con esta jugadora tengo un presentimiento. Funcionará — suspiro, y a continuación bebo un largo sorbo de mi café.
—¿Me estás diciendo que has forzado el traspaso más caro de la temporada por un presentimiento? Espero que funcione, de verdad, Alex Drummond se pondrá hecha una fiera si tienes que dejarla en el banquillo.
Le sostengo la mirada, pero Ethan me la aguanta. Es una de las pocas personas que no se intimida cuando lo hago. Las jugadoras bajan los ojos, todas menos Iris. Drummond suele cambiar de tema. Los periodistas tartamudean. Ethan, en cambio, se termina el café y espera.
—¿Has acabado? —pregunto.
—No. Pero sé que no vas a cambiar de opinión y el fichaje está firmado, así que me ahorro el discurso. Solo quiero que quede constancia de que te lo he advertido y de que no estoy de acuerdo. Por cierto, ha dado una rueda de prensa hace un rato —informa antes de marcharse.
Veo la rueda de prensa cinco veces.
La primera, analizo su lenguaje corporal. Espalda recta. Hombros hacia atrás. Las manos quietas sobre la mesa, sin tamborilear los dedos, sin juguetear con el bolígrafo. Mira a las cámaras directamente, sin desviar la vista. Profesional. Controlada.
La segunda vez, escucho lo que dice. Todo respuestas cortas y neutras. Precisas. Le preguntan si está ilusionada por el fichaje y agradece la oportunidad. Le preguntan si tiene miedo de la presión de jugar con compañeras de ese nivel y responde que la presión es un privilegio.
Todo correcto. Estudiado. Quizá demasiado medido. No dará problemas con la prensa, para eso ya tengo a Iris Vance.
La tercera vez lo veo más claro.
Es casi imperceptible, pero aprieta con fuerza el borde de la mesa cuando el periodista menciona el “acuerdo de afiliación” con su club.
Para nosotras es una inversión estratégica en cantera.
Para ella es lo único que mantiene vivo al equipo de su padre, aunque no le podemos dar ese nombre en público.
En ese brevísimo instante muestra lo que realmente siente.
Mireya Guerrero no está agradecida ni ilusionada.
Está muy cabreada.
Pero es un enfado silencioso, contenido. Un enfado profesional. Y eso es bueno y malo a la vez, porque sabe mantener la calma, pero ese tipo de rabia dura más y es más peligrosa.
El teléfono suena. Alexandra Drummond, esperaba su llamada en cualquier momento.
—No necesito recordarte que el Consejo del club está tan encantado con el fichaje como preocupado. Nos jugamos mucho con esto, Diana.
—Lo sé —le aseguro. Ya se lo he dicho siete millones de veces.
—Las expectativas son claras. Mireya Guerrero no solo tiene que jugar, tiene que brillar. Y el equipo tiene que ganar el campeonato. ¿Estamos de acuerdo?
—Estamos de acuerdo.
Me recuerda una vez más el traspaso récord que hemos pagado por esa jugadora y la inversión adicional del grupo Drummond en el acuerdo de afiliación con su antiguo club.
Todo eso ya lo sé de memoria, así que me disculpo educadamente diciendo que vamos a empezar una sesión técnica con las jugadoras, aunque ambas sabemos que no es cierto.
No necesito que nadie me recuerde que fui yo quien pidió a Guerrero. No fueron ni Drummond ni el Consejo. Me planté delante de su mesa de despacho con un informe de 50 páginas y le dije que necesitaba a esa jugadora para asegurar la liga.
Mañana salimos hacia Florida para la pretemporada y más vale que esto funcione.
Cierro el despacho, subo al coche y conduzco en silencio.
Las calles de Seattle están mojadas, ha vuelto a llover, y las luces de los semáforos se reflejan en el asfalto, rojas, verdes, amarillas, cambiando a intervalos predecibles.
Me gustan los semáforos. Son uno de los pocos sistemas que siempre funcionan exactamente como se diseñaron.
El apartamento está a oscuras cuando entro. Dejo las llaves en el cuenco de la entrada. La bolsa en el suelo. Los zapatos al lado de la puerta, alineados. Cada cosa en su sitio. Enciendo solo la luz de la cocina. La del salón ilumina demasiado y a esta hora prefiero las sombras.
Me quedo como una idiota mirando la foto de las gemelas.
Parece mentira que ya tengan doce años. Han sacado la sonrisa de su madre. Lauren les hizo esa foto el verano pasado en Vancouver, me la mandó por WhatsApp con un mensaje que decía “las niñas te echan de menos” y yo la imprimí al día siguiente en la copistería de la esquina.
Las veo un fin de semana de cada dos. A veces cada tres, depende del calendario de partidos. Hacemos videollamada casi todos los días, aunque este año parecen estar más ocupadas y a veces se la saltan.
Otras veces soy yo quien se la salta. Mi trabajo destrozó mi matrimonio. Como decía mi ex, el fútbol siempre gana.
No es que yo quiera que gane. Es que no sé cómo hacer que pierda.
Lauren lo vio claro casi desde el principio. Me lo dijo una noche, sentadas en esta misma cocina, tres meses antes de irse. “Lo más jodido es que no compito contra otra mujer, compito con tus partidos de liga y tus sistemas, y voy a perder siempre”.
Esa noche no discutí, simplemente seguí preparando el partido del día siguiente porque nuestra línea defensiva no funcionaba bien en las transiciones y eso era importante.
Para entonces ya no quedaba nada entre nosotras. Éramos tan solo dos amigas que vivíamos juntas y de vez en cuando hacíamos el amor casi por rutina.