El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

***

El bar de siempre se llama Tiempo Añadido.

Al dueño le pareció gracioso cuando lo abrió hace veinte años, porque todo lo que rodea a la pequeña comunidad de Aura Valley tiene que ver con el fútbol.

Mis compañeras ya están aquí. Siete de las once titulares, más cuatro suplentes y Becca, la segunda entrenadora, que oficialmente no debería estar bebiendo con nosotras, pero a ella nunca le ha importado demasiado lo que es oficial.

En cuanto me ven entrar, las conversaciones se cortan de repente, como si alguien acabase de apagar una radio.

Lo saben. He sido la última tonta en enterarme.

—Joder, Guerrero, ¿quién se ha muerto? —pregunta el camarero desde la barra.

—Nadie todavía, pero estamos en ello. Ponme una cerveza.

Me siento en la silla del rincón, la mía, la que tiene una pata más corta que las otras y se tambalea un poco. El camarero me pone la cerveza sin preguntar qué tipo quiero, porque siempre pido la misma.

—¿Es verdad? —dice Kayla desde el otro lado de la mesa.

—¿Qué parte?

—La parte en la que te vas a Seattle y nos dejas tiradas.

—¿Os dejo tiradas? —pregunto, bebiendo un largo trago de cerveza—. Más bien la parte en la que me obligan a irme a Seattle para que el club no desaparezca —corrijo.

Liz se sienta a mi lado y me apoya la mano en la rodilla, apretándola ligeramente.

—¿Es definitivo?

—Todavía no he aceptado.

—Pero vas a aceptar, ¿verdad?

—Sí. Voy a aceptar —admito con un suspiro de rendición.

Nadie dice nada durante unos segundos que se me hacen eternos. De pronto, Becca se levanta, va a la barra y vuelve con una botella de tequila y vasos suficientes para todas.

—Si Mireya se va, nos emborrachamos —anuncia—. Es la norma del club.

—Esa norma no existe —protesta Kayla.

Pero los vasos de tequila se llenan igual y pronto cae una segunda botella.

Liz me abraza y me aprieta tan fuerte que me crujen las costillas.

Deja mi cuello lleno de lágrimas. Bebo otro vaso y les cuento las condiciones.

El traspaso, el acuerdo de inversión, los cinco años de vida garantizados para nuestro club, la cláusula del partido benéfico, y el hecho de que Diana Creed me haya pedido personalmente.

—Joder. Hades —silba Kayla.

—Te vas a cagar —dice Becca, sirviendo otra ronda de chupitos—. No tiene nada que ver con tu madre a la hora de entrenar. Esa tía no tiene alma. Solo le importa ganar y destroza a cualquier jugadora que no encaje en su sistema de juego.

—Gracias, Becca. Es justo lo que necesitaba escuchar en estos momentos para darme ánimos —ironizo.

—Es la verdad. Pero también es la mejor entrenadora del país. Y las Emeralds han ganado tres de las últimas cinco ligas. Y tú encajarás, porque eres la jodida Mireya Guerrero, la única jugadora de la historia de nuestro club que ha llegado a la selección nacional.

—O puede salir mal.

—O puede salir mal —concede, chocando su vaso contra el mío—. Pero si eso ocurre, siempre nos tendrás aquí, esperándote. Y cuando juguemos contra vosotras montaremos una fiesta, total, nos vais a ganar igual.

—Y no te daremos patadas en el campo, lo juro —añade Liz.

Bebemos, quizá demasiado. Hablamos. Nos reímos de cosas que no tienen ninguna gracia y a las dos de la madrugada, Liz me lleva a casa porque yo no puedo conducir y porque alguien tiene que asegurarse de que no me quedo dormida en el aparcamiento del bar.

En la puerta de mi apartamento, me abraza de nuevo.

—Vas a ir a Seattle. Vas a jugar con las Emeralds. Y vas a ser la mejor del equipo. ¿Me has oído?

—Te he oído.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Me abraza otra vez. Me aprieta. Me suelta y se aleja por el pasillo sin mirar atrás. Sé que no quiere que la vea llorar.

A las seis de la mañana llamo a mi madre. De todos modos, no consigo dormir, así que prefiero quitarme esto de golpe, como quien se quita una tirita. Quizá así duela menos.

Suena tres veces y responde con voz ronca. La he despertado. Cojo aire.

—Acepto.

—Bien —responde.

Solo eso. Bien. Una sola palabra que sentencia mi futuro.

El anuncio sale a las ocho. Para las nueve, mi teléfono no deja de vibrar.

Mensajes de fans que me llaman mártir, otros que dicen que soy una vendida.

Un hilo en Twitter con mi nombre en tendencia.

Periodistas pidiendo declaraciones. Compañeras de la selección escribiendo emoticonos de corazones rotos.

Las jugadoras de mi equipo dejándome mensajes de voz que no quiero escuchar.

Las redes estallan. Debajo de cada foto hay palabras como sacrificio o traición. Incluso un meme compara mi traspaso con el rapto de Perséfone de la mitología griega, donde Hades se la lleva al inframundo.

Miro la pantalla hasta que las letras se desdibujan.

No soy ninguna mártir. Y mucho menos una traidora. Soy una futbolista profesional que va a jugar donde le dicen para que las niñas de su barrio sigan teniendo un campo donde dar patadas a un balón los martes por la tarde.

Apago el móvil. Me ducho. Me visto y meto la vida entera en dos maletas y una bolsa de deporte de camino a la pretemporada de las Seattle Emeralds en Florida.

***

Esa tarde, en el aeropuerto, la barbilla de mi madre tiembla un poco y eso es algo que nunca había visto antes.

Me abraza fuerte y yo me sujeto a ella como cuando era una niña y tenía miedo antes de los partidos.

—No dejes que te cambien —susurra contra mi pelo.

—No lo harán.

Se separa. Me sujeta por los hombros y me clava la mirada.

—Lo digo en serio, Mireya. Esa gente juega a otro tipo de fútbol. Tienen dinero, tienen poder, tienen un sistema que te triturará si se lo permites. Tú juegas como te enseñó tu padre: con el corazón. No les dejes que acaben con tu creatividad, sigue disfrutando del fútbol.

—Te lo prometo —le aseguro, aunque no tengo claro que pueda cumplirlo.

—Llámame cuando aterrices.

—Vale.

—Y come algo en el avión. No quiero que llegues con el estómago vacío a la concentración de pretemporada.

—Mamá, no tengo doce años.

—Para mí, siempre tendrás doce años —murmura, y esta vez sí se le escapan las lágrimas—. Venga. Pasa el control de una vez y brilla en tu nuevo equipo.

En el avión, intento distraerme leyendo algunas entrevistas a mi nueva entrenadora. Fotos en la banda, en todas con los brazos cruzados y siempre con cara de mala leche.

—La creatividad sin estructura es el caos. Y el caos no gana campeonatos —le dice a un periodista.

Prefiero cerrar el móvil.

Caos. Eso es exactamente lo que yo soy. Lo que siempre he sido. Lo que mi padre me enseñó a ser en los campos de tierra de Aura Valley cuando tenía cinco años y unas botas de segunda mano que manteníamos con cinta aislante.

Diana Creed me ha comprado para meterme en su sistema.

Y yo voy a demostrarle que su sistema no tiene ni puta idea de lo que está a punto de entrar por la puerta.