El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3) Capítulo 1
5%
El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3)

El gambito de Hades (Serie Seattle Emerals 3)

Por Clara Ann Simons

© inepub.com

Capítulo 1

Mireya

Chuto el último balón con tanta rabia que deja una marca en la pared del fondo. Se quedará junto a las otras once que siguen ahí porque en Aura Valley ya no se limpia nada.

Al rebotar, casi le da en la cara a Liz.

Protesta, pero apenas la miro. Sigo con los ojos fijos en la huella que ha dejado la pelota justo debajo de la ventana rota, esa que llevamos tres meses pidiendo que arreglen.

Hay una fuga de agua en los vestuarios. Incluso la pintura se descascarilla en el escudo del club a la entrada, el que mi padre ayudó a diseñar hace treinta años.

Los fluorescentes parpadean cada pocos segundos, algunos ya no encienden, y dos de las colchonetas del gimnasio tienen agujeros que tapamos con cinta americana.

Esto es Aura Valley.

Puede no ser gran cosa, pero es mi hogar.

No tiene pinta de ser un club de fútbol profesional, porque apenas lo es.

Somos el equipo que suele quedar último de la liga, el que sale en las noticias deportivas solo cuando ganamos un partido.

El que las rivales miran con una mezcla de lástima y alivio porque saben que somos tres puntos fáciles.

Si fuese una liga europea, habríamos descendido hace tiempo.

Puede que no seamos un club grande, pero somos una familia.

Y yo llevo veintiséis años queriendo este césped con parches con la misma intensidad con la que otras quieren el título de liga.

Liz se acerca y me da un golpe en el brazo.

—Margot quiere verte en su despacho. Dice que es muy urgente —anuncia, encogiéndose de hombros.

—¿Ahora?

—Ahora.

El tono me dice todo lo que necesito saber.

Liz no me mira a los ojos y eso significa que sabe algo que posiblemente no me va a gustar.

Nuestros problemas financieros son un secreto a voces desde hace un par de años, pero hay una diferencia entre saberlo y que tu capitana te mire como si fuese la última vez que te verá con esta camiseta puesta.

El despacho de mi madre está al final del pasillo, detrás de una puerta que cierra mal porque la bisagra se torció hace años.

Margot Guerrero está sentada detrás de su mesa de despacho, con las gafas puestas y los dedos entrelazados.

En el techo, la misma mancha de humedad que lleva ahí desde que yo era una niña.

Un café a medio beber en la esquina de la mesa, posiblemente frío desde hace tiempo.

—Es mejor que te sientes —suspira cuando entro.

—Casi prefiero quedarme de pie.

—Mireya. Siéntate —ordena.

Me siento y esto no me gusta nada. Creo que es la noticia que todas en el vestuario esperábamos. Cualquier jugadora que esté por encima del salario mínimo que marca la liga tendrá que bajarse el sueldo. Temía que llegase a ocurrir, pero no tan pronto.

Mi madre toma una gran cantidad de aire y la deja escapar poco a poco mientras me clava la mirada. Tiene unas ojeras muy marcadas desde hace meses, pero hoy parecen más profundas, como si alguien le hubiese pintado sombras con un rotulador morado debajo de los ojos.

—La liga ha programado una revisión de viabilidad financiera del club —suelta sin rodeos—. Si no encontramos financiación antes de final de mes, nos retiran la franquicia. No tenemos dinero para seguir adelante.

Mierda. Lo sabía. Llevaba semanas esperando esta noticia. Pero escucharla en voz alta es muy diferente a imaginarla, igual que saber que alguien te va a dar un bofetón no hace que duela menos.

—¿Cuánto dinero necesitamos? —pregunto con un hilo de voz.

—Más de lo que ningún patrocinador local puede ofrecer. He llamado a todo el mundo, Mireya. A todo el jodido mundo. Empresas, fundaciones, inversores privados. Nadie quiere meter dinero en un club que queda el último un año tras otro.

—¿Y el ayuntamiento?

—El ayuntamiento nos ha ofrecido sus mejores deseos. Literalmente. Me han deseado suerte por email. Con un emoticono y todo.

—¿Un emoticono?

—Un pulgar hacia arriba —suspira.

Apoyo los codos en las rodillas y me paso las manos por la cara. La mancha de humedad del techo parece más grande que ayer. De pronto, todo el club se desmorona.

—Hay una manera de salvarnos —continúa mi madre, aunque algo en su voz cambia.

Levanto la cabeza bruscamente.

—¿La hay? —pregunto sorprendida.

—Las Seattle Emeralds.

¡Cómo no! Las Emeralds. El equipo más poderoso de la liga. Los salarios más altos. Esas instalaciones que parecen sacadas de una película. La entrenadora más temida del país.

Diana Creed.

—¿Qué quieren? Nada bueno, supongo, viniendo de ese equipo —mascullo entre dientes.

—A ti —responde mi madre, alzando las cejas.

—No.

—Mireya, escucha, por favor. Solo te pido eso.

Sería un traspaso. Las Seattle Emeralds pagan al Aura Valley una cifra récord en concepto de derechos de traspaso y tú firmas con ellas un contrato de cinco años, el más largo que permite la liga.

Pero eso no es todo. El grupo inversor de Drummond se compromete a entrar en un acuerdo de afiliación con Aura Valley que incluye patrocinio, infraestructura y acceso al programa juvenil de las Emeralds.

Cinco años de estabilidad garantizada. Todo vinculado.

—Todo vinculado —repito, porque necesito escucharlo dos veces para creerlo—. Programa de patrocinio significa que me están comprando.

—Sí, más o menos. Te quieren solo a ti. Lo ha pedido Diana Creed de manera expresa. He hablado con Alexandra Drummond, la directora general, y la oferta es clara: nuestro club sobrevive cinco años. A cambio, tú te vas a Seattle y juegas para ella.

Me levanto de sopetón. Necesito moverme.

De pronto, el despacho de mi madre se ha quedado demasiado pequeño.

Doy tres pasos hasta la ventana y se me va la mirada al campo principal, el césped irregular, lleno de parches, y a las gradas que necesitan una mano de pintura.

En la banda, alguien ha dejado un saco de balones que se está mojando con la llovizna.

—¿Y si digo que no? ¿Qué pasa si me niego a jugar para ellas?

—Si dices que no, el club desaparece antes de que acabe el mes. No llegamos ni a empezar la liga. Se acabó Aura Valley. Para siempre. Se acabaron los equipos juveniles. Se acabaron los entrenamientos del martes para las niñas del barrio. Se acabó todo, Mireya. Todo lo que tu padre construyó.

Mierda. Tenía que mencionar a mi padre. Siempre sabe dónde clavar el cuchillo. No es porque sea cruel, que a veces también lo es, aunque sea mi madre. Es porque me conoce mejor que nadie y sabe que la memoria de mi padre es lo único capaz de hacer que me mueva cuando me empeño en no hacerlo.

—He negociado una cláusula —añade, bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro que apenas consigo escuchar—. Podrás volver cada diciembre para el partido benéfico de la comunidad.

—Genial. De puta madre. Un partido al año. Qué generosos.

—Es todo lo que he podido conseguir, Mireya —añade a modo de disculpa.

—No, todo lo que has podido conseguir es vender a tu hija como si fuese una mercancía —protesto.

Se quita las gafas despacio y me mira. Directa. Sin pestañear. Mi madre nunca pestañea cuando está a punto de decir algo muy importante. Yo hago lo mismo. Supongo que es genético. Quién sabe.

—No te estoy vendiendo. Te estoy pidiendo que salves al club que tu padre fundó. Son cosas muy diferentes.

—¿Lo son? ¿De verdad lo son?

Nos quedamos en silencio, solo se escuchan las gotas de lluvia repiqueteando contra la ventana. Nunca llueve en este lugar y justamente hoy tiene que hacerlo. Es un mal presagio.

—Piénsalo esta noche. Solo te pido eso —dice al fin—. Mañana necesito una respuesta.

***

El centro comunitario que el club mantiene para ayudar al barrio está cerrado a esta hora, pero yo tengo las llaves.

Cuando le doy al interruptor, las luces del pasillo se encienden con un zumbido y lo primero que veo es la foto enmarcada junto a la puerta.

Un grupo de hombres y mujeres en los años noventa, con camisetas demasiado grandes y sonrisas enormes, posando delante de un campo de tierra que hoy es nuestro estadio.

Mi padre está en la segunda fila. Joven.

Moreno. Con un bigote que mi madre le obligó a afeitarse años más tarde.

Sonríe con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados por el sol.

Éramos un club de barrio, un lugar donde el fútbol era la forma de tener a los jóvenes alejados de las calles y de los problemas. En cierto modo, lo seguimos siendo.

Debajo de la foto, una placa de bronce que leo sin necesidad de mirarla porque me la sé de memoria.

Tomás Guerrero. Cofundador de Aura Valley. Entrenador del primer equipo juvenil. 1968-2012.

Apoyo la frente contra la pared, justo al lado de la placa. El metal está frío.

—Papá, ¿qué coño hago? —susurro.

Obviamente, no hay respuesta. Mi padre murió cuando yo era una niña y desde entonces, le hago preguntas que nunca contesta.

Escucho sus pasos antes de verla. El taconeo rítmico, inconfundible. Mi madre camina igual que entrena, despacio, pero con una cadencia que no admite interrupciones.

Se detiene a mi lado, aunque no dice nada. Solo observa la placa en silencio. Permanecemos así un buen rato, las dos, delante del nombre de una persona que ya no está, pero que sigue siendo muy importante en nuestro club.

—Tu padre construyó esto con sus propias manos, Mireya —murmura—.

Y yo lo he mantenido lo mejor que he podido.

Nadie pensó nunca que llegaríamos a jugar en la liga profesional y ha sido en gran parte gracias a ti y a tus goles.

Estaría muy orgulloso. Ahora te toca a ti decidir.

Yo no te voy a decir lo que debes hacer, sea lo que sea, respetaré tu decisión.

No respondo, porque si abro la boca voy a llorar y no quiero llorar aquí.

No quiero hacerlo delante de la placa de mi padre.

Mucho menos con mi madre esperando que tome una jodida decisión en la que, elija lo que elija, siempre pierdo.

Trago saliva y me muerdo el interior de la mejilla hasta que siento el sabor de mi propia sangre, hasta que el dolor sustituye a las lágrimas.