31 De fantasmas, llaves y un chucho color chocolate #2
—Sí. Lo sé todo —disé, clavando mis ojos en los suyos—.
Sé que le mentiste a la cara. Sé que le obligaste a cargar con la culpa de un duelo fabricado.
Sé que te aprovechaste de su lealtad y de su sentido de la protección para que no le contara a Élodie ni a su madre la clase de persona que eres realmente.
—Tú no sabes nada —siseó ella, perdiendo su pulido acento francés, sus ojos oscureciéndose de pánico y rabia—.
Eres un entretenimiento. Una novedad. No sabes cómo funcionan las cosas en el mundo de Maxime.
¿Crees que las mujeres del club, las del palco del Real Hispania, te van a aceptar cuando se enteren de lo que eres?
¿Una estudiante cualquiera que se ha colado en su cama?
Conozco a gente, Laura. Puedo asegurarme de que no tengas sitio en Madrid.
No me asusté. No sentí la inseguridad que me habría paralizado hace tres meses. La amenaza de Manon de usar la reputación, el glamour del fútbol y los chismes del palco de WAGs contra mí me pareció patética. Era la táctica de alguien que no tenía nada real a lo que aferrarse.
—Inténtalo —dije, apoyando la mano plana contra el marco de la puerta—. Ve a llorarle a Clara, a Marina o a quien quieras en el Coliseo Blanco. Diles que la nueva novia de Diarra es una estudiante pobre. A mí no me asusta tu teatro social.
Ella apretó la mandíbula, y su mano enguantada se dirigió hacia la cadena de la puerta, intentando apartarla.
—Quiero verle —exigió.
Le di un golpe suave pero firme a la puerta, obligándola a retirar los dedos para no pillárselos.
—No vas a volver a verle. No vas a volver a pisar este pasillo.
—Mi voz no tembló. Estaba trazando una línea en la arena, y era de acero reforzado—.
Tú le dejaste. Tú te inventaste un embarazo para manipularle.
Tú regalaste a Harley sin siquiera darle la oportunidad de despedirse.
Agarraste la cosa que más quería en el mundo, un animal inocente que él rescató, y lo despachaste porque no encajaba en tus planes.
Vi el impacto en sus ojos al mencionar al perro.
—Tuviste al mejor hombre del mundo en la palma de tu mano, Manon —continué, las palabras brotando de mi pecho con una furia protectora—.
Y le destrozaste por puro egoísmo. No voy a permitir que vuelvas a hacerle dudar de sí mismo.
No voy a permitir que uses tu mierda manipuladora para envenenar su hogar.
Ya has hecho suficiente daño. Se acabó. Desaparece.
No esperé su respuesta. Di un paso atrás y cerré la puerta de golpe.
El estruendo resonó en el recibidor, denso y definitivo. Giré la llave en la cerradura, le eché ambas vueltas y me quedé allí de pie, con la frente apoyada contra la madera fría, el corazón latiendo desbocado en mis costillas, la respiración entrecortada.
Lo había hecho. Había defendido nuestro territorio. Había defendido a Max.
Tardé unos segundos en recuperar la compostura. Me di la vuelta lentamente, sacudiéndome la adrenalina de las manos.
Y entonces lo vi.
Maxime estaba de pie bajo el arco que conectaba el salón con el pasillo.
No sabía cuánto había escuchado, pero por la expresión de su rostro, lo había escuchado todo. Estaba paralizado. Toda la fachada de superestrella intocable del fútbol, todo el humor constante y la bravuconería se habían evaporado. Estaba completamente desnudo emocionalmente.
Tenía los ojos muy abiertos, brillantes por una emoción contenida que amenazaba con desbordarse. Trató de tragar saliva, pero parecía que tenía la garganta cerrada.
Se me encogió el estómago. ¿Me había pasado de la raya? ¿Había invadido su espacio al enfrentarme a sus fantasmas por él?
—Max… —empecé, dando un paso tentativo hacia él—. Yo… lo siento. Sé que a lo mejor no debería haber hablado por ti. Pero no podía soportar verla ahí, intentando volver a jugar con tu cabeza. No iba a dejar que entrara y…
—Me has defendido.
Su voz fue un susurro roto. Un sonido tan frágil que casi me rompe en dos.
—Alguien me ha defendido —repitió, pasándose una mano temblorosa por la boca. Parpadeó rápido, y una lágrima única y solitaria escapó, resbalando por su mejilla oscura.
Dio un paso hacia mí, luego otro, y de repente acortó la distancia que nos separaba en un estallido de movimiento. Cayó de rodillas frente a mí en el recibidor.
—¡Max, levántate! —exclamé, sorprendida, agarrándole de los hombros de la camiseta.
Pero no se levantó. En lugar de eso, envolvió sus enormes brazos alrededor de mis caderas y hundió la cara en mi estómago.
Se aferró a mí como si yo fuera la única cosa sólida en un universo que se derrumbaba.
Sus hombros anchos temblaban, sacudidos por un dolor y un alivio que habían estado atrapados durante cinco largos años.
Le rodeé la cabeza con los brazos, hundiendo los dedos en su pelo corto, acariciando su nuca. Me dejé caer al suelo con él, ignorando la dureza del parqué de roble, hasta que ambos estuvimos arrodillados el uno frente al otro.
Acuné su rostro entre mis manos. Tenía la mandíbula tensa y las pestañas húmedas.
—Siempre has cuidado de todo el mundo —le dije en voz baja, secándole la mejilla con el pulgar—.
Cuidas a Alba, a Toni, a tus compañeros de vestuario, a tu familia, a Élodie…
hasta a los malditos perros de Huellas Rotas.
Pero nunca dejas que nadie te cuide a ti.
Se acabó, Max. A partir de ahora, tienes quién te cubra las espaldas.
A mí no me da miedo mancharme las manos por ti.
Él me miró, y la intensidad de su mirada fue abrasadora. Era una devoción pura y sin filtros.
—Te quiero —dijo. Las palabras salieron firmes, sin rastro de duda, sin una gota de humor para amortiguar la caída—.
Joder, Laura, te quiero tanto que me duele el pecho.
Te quise desde la noche en la que me dejaste cocinar para ti en mi cocina.
Te quise cuando te negaste a aceptar mi dinero para ir a Zaragoza.
Te quiero por haberte enfrentado a esa mujer sin pestañear.
Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas. Había pasado los últimos años convenciéndome de que era un desastre andante, de que todo lo que tocaba terminaba en fracaso, de que era demasiado independiente para necesitar a alguien y demasiado insegura para merecer un amor sano.
Pero mirando a este gigante bondadoso y herido, supe que había encontrado mi lugar. No por su fama, no por el dinero, no por la Cruz de Borgoña en su camiseta. Sino por el hombre que caía de rodillas para dar las gracias porque alguien, por fin, había sido cruel con el mundo para ser amable con él.
—Yo también te quiero —respondí, mi voz quebrándose en un sollozo ahogado—. Te quiero, gran idiota.
Maxime soltó una carcajada húmeda y me besó. Fue un beso desesperado, salado por nuestras lágrimas compartidas, profundo y lleno de una promesa de lealtad absoluta. Me agarró por la cintura, levantándome del suelo sin esfuerzo mientras se ponía de pie, manteniéndome pegada a su pecho.
Cuando nos separamos para respirar, apoyó su frente contra la mía.
—Múdate conmigo.
La propuesta, que antes le había aterrorizado pronunciar, ahora salió disparada como un salvavidas.
—Múdate conmigo de verdad —insistió, acariciándome la espalda—. Deja la residencia. Trae todas tus cosas. Quiero tus manuales de enfermería por toda la casa. Quiero tus zapatillas en el pasillo. Quiero despertarme contigo todos los días y no solo los fines de semana. Quiero que esta casa sea tuya.
Lo miré, sintiendo que la última barrera de mi orgullo se desmoronaba.
—¿Incluso si me empeño en pagar la mitad de los gastos de la luz y el agua con el dinero de mi beca? —pregunté, con una sonrisa trémula—. Porque no voy a ser una mantenida, Diarra.
—Pagarás lo que quieras pagar —concedió él, con los ojos brillando de felicidad—. Si quieres comprar tú la comida y yo pago la comunidad, hecho. Lo que haga falta. Solo quédate.
—Vale —susurré—. Me mudo contigo.
Maxime soltó un grito de triunfo, un rugido que habría hecho temblar el Coliseo Blanco, y me hizo girar en el aire, haciéndome reír a carcajadas.
De repente, el telefonillo del videoportero de la pared sonó, estridente.
Ambos nos quedamos quietos.
—Si es ella otra vez, juro por Dios que bajo y le arranco el abrigo de las manos —gruñó Maxime, soltándome con reticencia y girándose hacia la pantalla del portero automático.
—Espera —dije, agarrándole de la manga, con el corazón latiendo a mil por hora por un motivo completamente distinto ahora. Una sonrisa conspiratoria se dibujó en mis labios—. Creo que sé quién es. Déjame abrir.
Fui hacia la puerta, giré la llave y retiré la cadena que tan buen servicio nos había hecho.
En el pasillo no estaba Manon. Estaba una voluntaria de Huellas Rotas, con el uniforme de la protectora, sosteniendo una caja de transporte grande de plástico azul. Y desde dentro de la caja provenía un quejido agudo y lastimero.
—Hola, Laura —dijo la voluntaria, sonriendo ampliamente—. Siento el retraso. El tráfico en Plaza de Castilla estaba imposible. Aquí tienes el paquete especial que acordaste con Paula.
Maxime se había quedado congelado a mis espaldas.
—¿Qué es esto? —preguntó, su voz bajando a un susurro desconcertado.
Abrí la rejilla de la caja transportadora y metí las manos. Sentí un cuerpo pequeño, cálido y tembloroso. Lo levanté con cuidado y me di la vuelta para encarar a Maxime.
En mis brazos tenía a un cachorro de unos tres meses.
Era un cruce mestizo, probablemente con algo de labrador, con el pelo de un intenso y brillante color chocolate.
Tenía las patas demasiado grandes para su cuerpo, las orejas caídas y unos ojos enormes y dorados que miraron a Maxime con total confianza, ajenos a la fama y al dolor.
El cachorro soltó un pequeño bostezo, sacando una lengüita rosa, y luego empezó a lamer mi barbilla frenéticamente.
La voluntaria se despidió y cerré la puerta con el pie.
Maxime no podía hablar. Se quedó mirando al perro como si fuera una aparición divina. Dio un paso lento, arrastrando los pies, hasta que estuvo frente a mí.
—Laura… —balbuceó, extendiendo una mano enorme y callosa que temblaba visiblemente.
—Llevo hablando con Paula Alonso un par de semanas —expliqué en voz baja, sintiendo cómo se me apretaba la garganta—.
La contacté después de la gala benéfica de la Fundación.
Le dije que estábamos buscando a alguien especial.
Alguien que necesitara un hogar definitivo.
Me mandó fotos de este pequeño. Lo encontraron en una cuneta cerca de la M-50 hace un mes.
Acaricié la cabeza del cachorro, que inmediatamente movió el rabo con tanta fuerza que casi se desestabiliza en mis brazos.
—Sé que nadie podrá sustituir nunca a Harley —continué, mirándole a los ojos a través del velo de mis propias lágrimas—.
Harley era único, y sé que una parte de tu corazón siempre estará con él.
Pero pensé que… bueno… ahora que vamos a vivir juntos.
Ahora que tenemos un hogar… tal vez haya sitio para otro chucho con suerte.
Maxime dejó escapar un sollozo seco, un sonido que le rasgó el pecho.
Acercó las manos y tomó al cachorro de las mías.
El pequeño perro chocolate pareció entender instantáneamente quién era su verdadero humano.
Se acurrucó contra el amplio pecho de Maxime, le lamió el cuello con entusiasmo y luego soltó un suspiro de satisfacción, apoyando la cabecita bajo la barbilla del futbolista.
Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Maxime mientras enterraba el rostro en el pelaje del cachorro.
—Mon Dieu —murmuró, cerrando los ojos con fuerza—. Es… es perfecto. Es absolutamente perfecto.
Me acerqué a él, rodeándolos a ambos con mis brazos. Éramos tres ahora. En medio del recibidor de su casa en Chamartín, con las barreras de la puerta cerradas contra el mundo exterior, el ruido de la prensa y las mentiras del pasado.
—No le hemos puesto nombre —dije, apoyando la cabeza en el hombro de Maxime, mientras el cachorro me daba un golpecito en el brazo con la pata—. Paula me dijo que respondía bien a cualquier cosa que sonara a comida.
Maxime soltó una carcajada húmeda, apartándose un poco para mirar al perro a los ojos. El cachorro le devolvió la mirada con adoración total.
—¿Comida, eh? —murmuró Maxime, rascándole detrás de las orejas—. Eres un choco-lab, pequeño. Te llamaremos… Cacao .
—¿Cacao? —Arrugué la nariz, sonriendo—. Suena como si fuéramos a desayunarlo. Me encanta.
Maxime me miró por encima de la cabeza de Cacao.
Sus ojos estaban rojos, pero brillaban con una paz que no le había visto nunca.
Toda la tensión nerviosa, toda la hiperactividad performativa que usaba para esquivar el dolor, se había desvanecido, dejando solo a un hombre profundamente bueno, de pie en su propio hogar, rodeado de las dos cosas que acababa de descubrir que eran suyas para siempre.
—Laura —dijo, y su voz estaba cargada de una promesa irrevocable—. Voy a cuidar de ti. Te juro que lo haré. Y dejaré que tú cuides de mí. Prometo que dejaré que lo hagas.
Sonreí, sintiendo que el peso de la armadura que había llevado durante años caía finalmente al suelo, inútil y oxidada. Ya no la necesitaba.
—Más te vale, Diarra —respondí, poniéndome de puntillas para darle un beso rápido en los labios—. Porque acabo de firmar un contrato vitalicio de protección territorial, y Cacao parece que tiene las patas muy grandes para pasearlo yo sola.
Cacao soltó un pequeño ladrido de aprobación.
Y allí, en el suelo del recibidor, con mi bolsa de Zaragoza deshaciéndose a un lado y la cadena de la puerta echada, supe por fin lo que se sentía al llegar a casa.