El futbolista y yo 31 De fantasmas, llaves y un chucho color chocolate
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31 De fantasmas, llaves y un chucho color chocolate

El AVE cortaba la península a trescientos kilómetros por hora, pero a mí me parecía que iba a paso de tortuga.

Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla, viendo cómo el paisaje árido de Aragón daba paso gradualmente a las estribaciones de la sierra madrileña.

Habían sido cuatro días intensos. Cuatro días de ruido, migas con uva, cierzo, multitudes en la Plaza del Pilar y el olor dulzón de los millones de flores de la Ofrenda.

Cuatro días sumergida en el abrazo asfixiante, caótico y maravilloso de mi familia.

Mi madre, Carmen, me había escaneado de arriba abajo nada más bajarme del tren en Delicias el viernes pasado.

No había tardado ni diez minutos en intentar leerme la cartilla sobre mi futuro, mi beca y mis decisiones vitales.

Pero esta vez, algo había sido diferente.

Esta vez no me había puesto a la defensiva.

La había escuchado, le había robado un trozo de longaniza de la sartén y le había dicho, con una calma que me sorprendió hasta a mí: «Mamá, lo tengo bajo control.

Voy a ser una enfermera cojonuda. Confía en mí un poco, ¿vale? » .

Y, milagrosamente, lo había hecho.

Me había pagado mi propio billete de tren.

Había dormido en el sofá cama de la tía Valle.

Había sobrevivido al Puente del Pilar sin aceptar el dinero de Maxime y, al hacerlo, me había demostrado a mí misma que podía mantenerme en pie sola.

No necesitaba que nadie me rescatara de mis problemas financieros ni de mis inseguridades académicas.

Pero, dios mío, cómo le había echado de menos.

Había sido un dolor físico, una presión constante en la boca del estómago.

Había echado de menos el zumbido de su risa expansiva, la forma en que su cuerpo inmenso ocupaba el espacio, sus mensajes absurdos de madrugada contándome que Ocaña había vuelto a hacer el ridículo en el vestuario, y el olor a sándalo limpio que se quedaba en mis sábanas.

A las afueras de la estación de Atocha, Madrid me recibió con un cielo plomizo de mediados de octubre.

Arrastré mi bolsa de deporte por los pasillos abarrotados y cogí el Cercanías hacia Chamartín.

Tenía mi propia habitación en la residencia, por supuesto.

Debería haber ido allí a dejar mis cosas, a fingir que seguía siendo mi centro de operaciones.

Pero mis pies sabían perfectamente a dónde querían ir.

Llegué al edificio de Maxime y saludé al portero, que ya me conocía lo suficiente como para no pedirme que me anunciara. Subí en el ascensor sintiendo el familiar cosquilleo en las palmas de las manos.

Metí mi llave en la cerradura. El simple giro del metal produjo un clic pesado y satisfactorio.

El piso estaba sumido en la luz del final de la tarde.

Dejé la bolsa en el suelo del recibidor y respiré hondo.

Era curioso cómo el apartamento de un futbolista de élite, que parecía sacado del catálogo de una revista de diseño de interiores, había acabado pareciendo un hogar gracias a mi desorden.

Mis zapatillas de deporte estaban tiradas cerca de la entrada.

Mis voluminosos manuales de Fisiopatología y Anatomía hacían una torre inestable sobre la inmaculada mesa de cristal del salón.

Una sudadera mía colgaba del respaldo de una de las sillas del comedor.

Estaba colonizando su espacio vital, poco a poco. Y él no solo lo permitía, sino que parecía celebrarlo.

Escuché un ruido en la cocina y me asomé.

Maxime estaba de espaldas, apoyado en la encimera, removiendo algo en una taza con la vista perdida por la ventana. Llevaba unos pantalones de chándal grises del Real Hispania y una camiseta blanca de algodón que se le pegaba a los hombros.

—Si estás haciendo café descafeinado, te juro que me doy la vuelta y me vuelvo a Zaragoza —dije.

Él dio un respingo, soltó la cucharilla con un tintineo contra la porcelana y se giró.

La sonrisa que iluminó su rostro fue tan inmediata, tan brillante y tan absoluta que me dejó sin aliento.

Dejó la taza y cruzó la cocina en tres zancadas gigantes, envolviéndome en un abrazo que me levantó del suelo.

Hundí la cara en su cuello, inhalando su aroma, sintiendo el calor de su piel, la solidez de sus músculos bajo mis manos.

—Has vuelto —murmuró contra mi pelo. Su voz sonaba ronca, más profunda de lo normal.

—Te dije que lo haría. Solo eran las Fiestas del Pilar, Max, no una expedición a Marte.

Me bajó lentamente hasta que mis pies tocaron el suelo, pero no me soltó la cintura. Me miró a los ojos, estudiándome con esa intensidad dorada y verde que siempre me hacía sentir que me veía por dentro.

—Te he echado de menos. He odiado cada maldito minuto que no has estado aquí —confesó, sin una pizca del tono jocoso que solía usar para protegerse.

—Yo también te he echado de menos. Mucho. —Le acaricié la mandíbula, notando la aspereza de la barba de un par de días—. El piso de mi tía es ruidoso y está lleno de gente, pero mi cama me pareció enorme y vacía sin ti.

Él sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Había una tensión contenida en sus hombros, una especie de vibración nerviosa que no encajaba con el Maxime relajado de siempre. Se apartó ligeramente, pasándose una mano por el pelo corto.

—He estado pensando —empezó, mirando hacia mi bolsa de deporte en el recibidor, y luego hacia mis libros de enfermería en la mesa—. Estos días. Al ver tus cosas por aquí.

Mi corazón dio un vuelco. Sabía a dónde iba. Ya habíamos rozado este borde antes, cuando casi me propuso que dejara mi ropa en el armario de invitados, antes de que el fantasma de su pasado le cerrara la garganta.

—¿Sí? —pregunté suavemente, animándole.

—Pienso en ti cogiendo el metro por la noche para volver a esa residencia. En que pasas más tiempo aquí estudiando que allí. Y… —Tomó aire, cerrando los puños a los costados—. Laura, yo sé que eres terca. Sé que quieres hacer las cosas por ti misma. Pero quiero que…

El timbre de la puerta principal sonó con un zumbido agudo y electrónico.

Maxime cerró los ojos y dejó escapar un suspiro de pura frustración.

—Maldita sea. ¿Es en serio? —masculló en francés.

—Tranquilo. Déjalo sonar —susurré, agarrándole del antebrazo—. Podemos ignorarlo. Probablemente sea el repartidor de Amazon, o alguien del club.

—No espero a nadie. Y el portero me habría avisado si fuera prensa. —Volvió a suspirar, pasando la mano por su rostro—. Veo quién es y lo despacho en diez segundos, ¿vale? No te muevas.

—Voy yo —dije, apartándome de él—. Tú pareces a punto de tener un aneurisma por la interrupción. Yo me encargo.

Caminé hacia el recibidor, todavía sonriendo por la inminencia de lo que estábamos a punto de hablar. Sentía que flotaba. Agarré el picaporte, giré el pestillo y abrí la puerta de madera maciza unos palmos.

La sonrisa se me congeló en la cara, y el aire abandonó mis pulmones de golpe.

De pie en el pasillo, con un abrigo beige de corte impecable, un pañuelo de seda anudado al cuello y el pelo oscuro recogido en un moño francés que desafiaba la gravedad, estaba Manon Lefèvre.

La había visto en fotos. La había visto de refilón en las redes sociales de Élodie. Pero tenerla en persona frente a la puerta del hombre que yo amaba era una bofetada física.

Manon pestañeó, apenas un segundo de sorpresa, antes de que su rostro adoptara una máscara de fría condescendencia. Sus ojos barrieron mi ropa de viaje arrugada, mi pelo recogido de cualquier manera y mis zapatillas gastadas, emitiendo un juicio sumarísimo en milisegundos.

—Ah —dijo, con un tono suave y pulido—. Eres tú. ¿Lucía, verdad?

El instinto protector y territorial que se encendió en mi pecho fue tan violento que me sorprendió.

La ira, pura y cristalina, reemplazó el impacto inicial.

Esta era la mujer que había destrozado a Maxime.

La que le había mentido sobre un embarazo para intentar retenerlo.

La que le había obligado a fingir durante años para proteger a su propia familia.

La que había regalado a su perro como si fuera un mueble viejo.

Agarré el borde de la puerta con fuerza. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente formulara una estrategia. Con un movimiento rápido y seco, empujé la puerta hacia cerrarse un poco y deslicé la cadena de seguridad de acero en el riel.

Clac.

Volví a abrir la puerta hasta donde la cadena lo permitía, dejando un hueco de unos diez centímetros. Suficiente para hablar. Imposible para entrar.

—Me llamo Laura —dije. Mi voz salió gélida, nivelada, cortante como el hielo—. Y no, no puedes pasar.

Manon arqueó una ceja perfectamente depilada, ofendida por la barrera de acero. Dio medio paso hacia adelante, como si su sola presencia exigiera sumisión.

—Tengo que hablar con Maxime. Es un asunto familiar. Supongo que estás al tanto de que soy la mejor amiga de su hermana.

—Élodie está en su casa con su bebé recién nacida —repliqué, sin ceder un milímetro del umbral—. Así que no tienes ningún "asunto familiar" aquí. Maxime no está disponible.

—¿No está disponible o tú no le dejas salir a jugar?

—Su sonrisa fue cruel, un destello de superioridad maliciosa—.

Escucha, cariño. Es muy tierno que intentes jugar a ser la portera.

Pero Max y yo tenemos historia. Una historia que tú no puedes comprender.

Hemos compartido nuestra vida. Hemos llorado juntos por cosas importantes.

Sentí que la sangre me hervía al oírla usar la pérdida del supuesto bebé como munición. La audacia de la mentira me dio ganas de vomitar.

—¿Llorar juntos? —repetí, bajando la voz para que Maxime, que seguía en el salón, no pudiera escuchar los detalles de inmediato—. ¿Llorar juntos por el bebé que te inventaste?

El color desapareció del rostro de Manon en un instante. Sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido. Se dio cuenta, en ese preciso milisegundo, de que su mayor escudo de chantaje emocional acababa de ser desintegrado.