30 Un billete que no se compra #4
Tragué saliva, sintiendo que la garganta me escocía.
Llevaba yendo a Zaragoza el 12 de octubre desde que tenía memoria.
Imaginar a mi madre sola, comiendo las migas sin mí, paseando por la Plaza del Pilar enviándome fotos de la Virgen con su manto de flores.
.. me llenaba de una vergüenza y una culpa paralizantes.
Debería poder permitirme esto. Tenía veintitantos años.
Debería ser capaz de pagar un estúpido billete de tren para ver a mi familia.
Escuché pasos húmedos en el pasillo. Cerré la pantalla del Mac de golpe, con un sonido mucho más fuerte del que pretendía, y me apresuré a colocar un cojín sobre la tapa metálica.
Maxime entró en el salón, secándose el pelo con una toalla pequeña.
Llevaba unos pantalones de chándal grises que colgaban peligrosamente bajos en sus caderas y el torso desnudo, salpicado de gotas de agua que reflejaban la luz de la tarde madrileña.
Su rostro, relajado y feliz, se tensó al instante al verme.
Tiene un radar para mi ansiedad. Lo detesto y lo amo a partes iguales.
—¿Qué pasa? —preguntó, tirando la toalla sobre un sillón y cruzando la distancia entre nosotros con pasos largos.
—Nada. Cosas de la universidad —mentí, forzando una sonrisa brillante—. Tejada ha colgado unas lecturas extras sobre gasometrías y estoy protestando internamente.
Maxime se sentó en la mesa de centro, quedando directamente frente a mí, y sus rodillas rozaron las mías. Me miró a los ojos con esa intensidad dorada y verde que no admitía mentiras.
—Laura. No me mientas. ¿Qué estabas mirando?
—Nada importante, de verdad, Max.
Él bajó la mirada hacia el cojín, luego hacia mí. Extendió una mano despacio, movió el cojín y levantó la tapa del portátil. La pantalla se iluminó, mostrando la página de pagos de la compañía de autobuses ALSA, con un trayecto Madrid-Zaragoza cancelado por falta de fondos.
Cerré los ojos, humillada.
—Zaragoza —dijo Maxime, su voz baja y pensativa—. Es el puente del Pilar. Las fiestas de tu madre. Me contaste que ibas cada año.
—Este año no puedo —dije con brusquedad, arrebatándole el portátil y cerrándolo de nuevo, esta vez con cuidado—. Se han acabado los billetes baratos, los hoteles están por las nubes y tengo turno el viernes.
—El viernes tienes el turno de mañana, terminas a las tres de la tarde. Podrías viajar el viernes por la tarde y volver el domingo por la noche.
—He dicho que no puedo, Max. No insistas. —Me puse en pie, intentando alejarme de él, de su escrutinio. No quería que me viera así, desnuda de mis recursos, expuesta como la estudiante pobre que no llega a fin de mes.
—Es el dinero, ¿verdad? —La pregunta no fue una burla, fue una constatación empática, pero me escoció como si me hubiera echado alcohol en una herida abierta.
—Sí, es el dinero —salté, girándome hacia él con los brazos cruzados—.
Cuesta ochenta euros el tren de ida y otros ochenta el de vuelta.
No tengo ciento sesenta euros, Maxime. Y tampoco tengo para pagar una pensión de mierda en el centro de la ciudad, ni para invitar a mi madre a cenar.
Así que me quedo en Madrid, estudiaré farmacología y veré la ofrenda por la televisión. Fin del drama.
Maxime se levantó de la mesa de centro. Su expresión no reflejaba lástima, sino una urgencia práctica que solo me enfureció más.
—Te lo pago yo —dijo, dando un paso hacia mí—. Laura, por Dios, es solo un billete de tren. Te compro el billete de AVE en clase preferente para el viernes por la tarde. Te reservo una habitación en un buen hotel cerca de la Plaza del Pilar. Es un par de clics en mi teléfono. Déjame hacerlo.
El pánico se apoderó de mí, frío y rápido.
Retrocedí, chocando contra el respaldo de un sillón. —No. Ni hablar. Ni se te ocurra, Maxime.
—Pero, ¿por qué? —Él abrió los brazos, visiblemente frustrado—. Tengo el dinero, Laura. Gano más dinero en una semana del que sé qué hacer con él. Quiero usarlo para ti. Quiero que vayas a ver a tu familia. No me supone ningún esfuerzo, es calderilla.
—¡Para mí no es calderilla! —grité, mi voz rompiéndose—.
Para ti, gastarte mil euros en un hotel es una anécdota.
Para mí es el presupuesto de tres meses de comida.
Si permito que me pagues esto, ya no somos iguales, Max.
Me convierto en tu obra de caridad. Me convierto en la novia pobre del futbolista rico.
Maxime frunció el ceño, dolido. —Yo nunca te he visto así. ¿Qué más da quién lo pague si los dos compartimos todo?
—¡Porque no lo compartimos todo! —Me pasé las manos por el pelo, sintiendo que me faltaba el aire—.
Durante años, mi madre me ha repetido que nunca ponga todas mis esperanzas en el dinero de un hombre.
He visto a mujeres en mi familia depender económicamente, aceptar regalos, hoteles, comodidades.
.. y cuando la relación se acaba, se dan cuenta de que no saben sobrevivir solas.
No voy a hacer eso. Me he prometido que me sostendré a mí misma.
—No te estoy comprando un coche, Laura, te estoy comprando un billete de tren para que no llores de tristeza el fin de semana. —Su voz se elevó, cruzada por la incomprensión y el deseo genuino de ayudar—. ¿Por qué eres tan orgullosa? ¡Déjame cuidarte!
—¡Me cuidas! —exclamé, señalándolo—. Me cuidas llevándome al hospital, agitando pompones idiotas para que Lucía se ría.
Me cuidas cuando me preparas la cena porque llego destrozada de las prácticas.
Pero no puedes comprar mis problemas, Maxime.
Mi independencia es lo único que tengo completamente mío. Si acepto tu dinero, lo ensucio.
El silencio cayó sobre el salón, pesado y áspero.
Maxime me miró durante un largo minuto. Vi la frustración en sus ojos, la tensión en su mandíbula. Su lenguaje del amor era dar, resolver, actuar. Mi lenguaje de supervivencia era resistir, construir mis propios muros, no deberle nada a nadie. Chocábamos como dos trenes a toda velocidad.
Lentamente, Maxime bajó los brazos y asintió, su rostro cerrándose. —De acuerdo. No lo haré. Respeto tu decisión, Laura.
Su voz sonó controlada, casi distante. Me dolió más que si me hubiera gritado.
Maxime se apartó de mí y caminó hacia la isla de la cocina. Se apoyó en el mármol, dándome la espalda. Observó el mostrador durante unos segundos.
Yo me quedé clavada en el sitio, arrepintiéndome de mis palabras, de mi tono, de mi maldito orgullo, pero incapaz de dar marcha atrás.
De repente, Maxime se giró y recorrió el salón con la mirada. Observó mis libros de enfermería apilados en la esquina. Miró mi chaqueta colgada sobre la silla del comedor. Fijó sus ojos en la taza de Los Simpson que había dejado en el fregadero.
Vi cómo su pecho subía y bajaba. Su rostro se suavizó por un momento, la frustración desapareciendo bajo algo mucho más vulnerable, algo denso y anhelante. Dio un paso hacia mí, con los labios entreabiertos, los ojos llenos de una pregunta que no había formulado.
—Laura... —empezó, su voz bajando a un registro ronco—. Pienso en ti yendo y viniendo de esa residencia todos los días. En cómo pasas horas aquí y luego tienes que coger el metro de vuelta. Y miro el piso y...
Se detuvo.
Fue como si alguien hubiera apagado un interruptor. La calidez, el impulso... todo se evaporó de su rostro en un milisegundo. Vi cómo sus ojos se oscurecían y se desviaban, mirando hacia la pared del fondo, donde no había absolutamente nada.
Vi cómo el fantasma tomaba el control.
Sabía lo que estaba recordando. Manon. El apartamento que había comprado para ella.
La convivencia que ella había exigido. La traición.
Y, sobre todo, Harley. El perro que había criado en un piso como este, confiando en construir un hogar, solo para que se lo arrebataran en silencio y sin derecho a réplica cuando todo saltó por los aires.
Darle las llaves de tu casa a alguien no era solo compartir un espacio para Maxime; era darle a alguien el poder absoluto para vaciar tu vida.
El hombre inmenso y fuerte que tenía delante retrocedió físicamente, encogiéndose sobre sí mismo de una forma que resultaba dolorosa de ver. Se pasó la mano por la nuca, frotándose con fuerza, rompiendo el contacto visual.
—Podrías... —Maxime se aclaró la garganta, y la frase que iba a ser inmensa, que iba a cambiarlo todo, se encogió, reducida a cenizas por el terror—. Podrías dejar más ropa en el armario de invitados. Así no tendrás que cargar con la bolsa de deporte cuando te quedes a dormir los fines de semana.
La propuesta de convivencia, que había flotado en el aire durante dos segundos dorados, fue asesinada y enterrada en la misma frase.
Sentí un pinchazo de desilusión aguda, pero lo tragué de inmediato. No podía reprochárselo. Él estaba paralizado por su miedo, exactamente igual que yo estaba paralizada por el mío. Yo no podía aceptar su dinero por terror a la dependencia; él no podía pedirme que me mudara por terror al abandono.
Ambos éramos un puto desastre de traumas no resueltos disfrazados de adultos funcionales.
Forcé una sonrisa comprensiva y caminé hacia él, deteniéndome a unos palmos de distancia. —Claro, Max. Traeré un par de camisetas más el próximo fin de semana. Será práctico.
Él asintió, con la mirada todavía esquiva, todavía perdido en algún rincón oscuro de su memoria que yo aún no podía iluminar.
—Práctico. Sí. Eso es. —Maxime me dio un beso apresurado en la coronilla y pasó de largo, dirigiéndose hacia su habitación—. Voy a vestirme. Tengo una reunión con Lobo para repasar el vídeo del próximo partido del Atlético Metropolitano.
—Claro. Yo... me pondré a estudiar.
Lo vi desaparecer por el pasillo. La puerta de la habitación se cerró con un clic silencioso.
Me dejé caer en el sofá, rodeada de sus muebles de diseño, de su lujo, de mi pobreza y del pesado silencio que había caído sobre el apartamento.
Abrí mi libro de Farmacología, pero las letras bailaban ante mis ojos.
No había conseguido el billete a Zaragoza.
Y, de alguna forma que dolía mucho más, sentía que tampoco había conseguido el billete para entrar definitivamente en la vida de Maxime.