El futbolista y yo 30 Un billete que no se compra #3
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30 Un billete que no se compra #3

Y, sin embargo, el contraste entre su vida y la mía nunca me había golpeado con tanta fuerza como esa mañana.

El doce de octubre, las Fiestas del Pilar, estaba a la vuelta de la esquina.

Para cualquier otro madrileño, el puente del Pilar era una excusa para huir a la playa o quedarse bebiendo en las terrazas de La Latina.

Para mí, y para la familia Martín Soler, era una institución casi religiosa.

Mi madre, Carmen, tenía raíces aragonesas.

Desde que era una niña, cada octubre hacíamos el viaje a Zaragoza.

Veíamos la Ofrenda de Flores, nos congelábamos con el cierzo, comíamos migas en El Tubo y visitábamos a mi tía Valle.

Era la tradición familiar por excelencia, el ancla que nos mantenía unidas sin importar los dramas del año.

Este año, Alba y Toni se iban a Múnich para aprovechar los días libres y visitar a la familia de él. Mi madre ya estaba en Zaragoza, organizando camas y cenas. Y yo... yo me iba a quedar en Madrid.

Había hecho los cálculos cuarenta veces.

Los billetes de AVE desde Puerta de Atocha hasta Zaragoza Delicias estaban por las nubes, y con la ciudad en plenas fiestas, encontrar un hostal decente para las noches que no cabía en casa de la tía Valle era económicamente inviable.

Además, no podía permitirme saltarme el turno de prácticas del viernes.

Pero si era sincera conmigo misma, la verdadera barrera no era el horario. Era la tarjeta de débito.

—¿Problemas técnicos con el espresso, bébé ?

Me giré, asustada, barriendo el móvil de la encimera antes de que él pudiera ver los números rojos.

Maxime entró en la cocina vestido con unos vaqueros oscuros y una sudadera gris que le marcaba los hombros de una manera casi obscena. Llevaba una bolsa de tela grande colgada del brazo y una sonrisa deslumbrante que, invariablemente, me revolvía el estómago de la mejor manera posible.

—Ningún problema —mentí, cruzándome de brazos e intentando sonreír—. Solo estaba calculando cuánta cafeína necesito para sobrevivir al turno de hoy.

—Hoy es tu día libre.

—Día libre de clases teóricas. Pero voy a visitar a Lucía al hospital. La operan mañana por la mañana de su resección de colon y ayer me envió un mensaje diciendo que estaba asustada. Quiero pasar a verla antes de comer.

Lucía era mi paciente pediátrica, la niña con la que había conectado el primer mes de prácticas. Aunque ya no estaba en mi planta de rotación, había mantenido la costumbre de visitarla. Había algo en su forma sarcástica y valiente de enfrentarse a los goteros que me rompía el corazón.

—Lo sé. Y por eso he traído el equipo pesado. —Maxime dejó la bolsa de tela sobre la isla de la cocina y me guiñó un ojo—. He dicho que te acompañaba, y los Diarra nunca vamos a una batalla sin munición.

Arqueé una ceja, intrigada a pesar de mi mal humor financiero. —¿Y qué es exactamente la munición, Diarra? ¿Le vas a enseñar tus vídeos de mejores goles para que se aburra y se duerma?

—Me hieres profundamente, Laura. —Se llevó una mano al pecho en un gesto de dolor teatral, pero luego abrió la bolsa con entusiasmo de niño—. He ido a la tienda oficial del club esta mañana. He comprado bufandas, un peluche de la mascota, rotuladores... y esto.

Metió las manos en la bolsa y sacó, con un movimiento rápido y exagerado, dos enormes pompones de animadora, uno blanco y otro con el rojo oscuro de la Cruz de Borgoña. Los agitó frente a mi cara produciendo un sonido de plástico crujiente y festivo.

Me quedé mirándolo, parpadeando. —Maxime... eres el mediocentro titular del Real Hispania. No puedes pasearte por los pasillos de La Paz agitando pompones. Alguien te hará una foto, la subirá a Twitter y te crucificarán.

—Los auténticos hombres pueden llevar pompones, Martín Soler —replicó él, con absoluta seriedad, agitando el pompón blanco junto a su mejilla—.

Además, si a Lucía le da miedo el quirófano, necesita una distracción.

Y no hay mejor distracción que ver a un tío de un metro noventa haciendo el ridículo por ella.

Sentí una oleada de afecto tan grande que tuve que tragar saliva.

La calidez se abrió paso a través de la frustración por el dinero, derritiéndola por un instante.

Este hombre, que estaba acostumbrado a que decenas de miles de personas corearan su nombre en el Coliseo Blanco, estaba dispuesto a convertirse en el bufón de una habitación de hospital pediátrico solo porque yo le había mencionado que mi paciente estaba asustada.

Me acerqué a él, me puse de puntillas y lo besé profundamente. Él hizo un sonido de sorpresa contra mi boca, dejó caer los pompones en la encimera y me rodeó la cintura con los brazos, atrayéndome hacia él.

—Vale —susurró, con la respiración ligeramente agitada cuando nos separamos—. Si este es el premio por llevar pompones, me compraré un tutú para la próxima semana.

—Idiota —reí, apoyando la frente contra su barbilla—. Vamos. O se nos hará tarde.

La habitación 412 del ala de pediatría olía a antiséptico y a zumo de manzana. Cuando entramos, Lucía estaba sentada en la cama, con las rodillas encogidas contra el pecho y la mirada fija en la televisión apagada. Su madre nos saludó con una sonrisa cansada desde el sillón de la esquina.

—Hola, bicho —dije suavemente, acercándome a los pies de la cama—. He oído que mañana tenemos una excursión al quirófano.

Lucía me miró. Su rostro, pálido y cruzado por ojeras oscuras, mantenía esa expresión desafiante que usaba como armadura.

—Dicen que me van a dormir con un gas que huele a fresa falsa —dijo ella con desdén—.

Yo pedí olor a pizza de cuatro quesos, pero dicen que no lo fabrican. La sanidad pública está sobrevalorada.

Solté una risa suave y me senté en la silla junto a su cama. —Ya sabes cómo es esto. Los anestesistas no tienen gusto culinario.

—Tengo miedo, Laura —susurró Lucía, de repente perdiendo todo su sarcasmo. Sus deditos se aferraron a la manta del hospital—. ¿Y si me despierto en mitad de la operación? ¿Y si no me despierto?

Me incliné hacia adelante, adoptando mi postura más segura, la que la profesora Tejada me había enseñado a cultivar.

Tomé su mano entre las mías. —No vas a despertarte a la mitad.

Tienen una máquina entera, llena de luces y botones, cuyo único propósito en el universo es asegurar que duermas profundamente.

Y cuando te despiertes, estarás un poco grogui, te dolerá un poco la barriga, pero yo vendré a verte y te traeré un helado de chocolate de verdad, no de fresa falsa. Te lo prometo.

Ella asintió despacio, absorbiendo mis palabras. Pude ver cómo la tensión en sus pequeños hombros disminuía fraccionalmente.

Fue entonces cuando Maxime decidió que era su momento de brillar.

Había permanecido en silencio junto a la puerta, apoyado contra el marco, dejándome el espacio clínico a mí.

No había intentado robar el protagonismo ni intervenir con anécdotas de futbolista.

Solo había estado allí, como un ancla silenciosa.

Pero al ver que la parte médica había concluido, dio un paso al frente.

—Perdona la interrupción —dijo Maxime, usando un tono exageradamente formal—. He escuchado que hay dudas sobre la sanidad pública, y vengo en calidad de embajador del Real Hispania para presentar una queja formal.

Lucía abrió los ojos de par en par al verlo. Por supuesto que lo reconoció. Cualquier niño en Madrid sabía quién era Maxime Diarra.

—Tú eres Diarra —dijo Lucía, señalándolo con un dedo acusador.

—Soy yo. Y me han dicho que mañana juegas una final importante. —Maxime sacó la bolsa de tela de su espalda y, con un movimiento teatral, se puso un pompón en cada mano—. Así que he venido a animar. ¡Dame una L! ¡Dame una U!

Maxime empezó a dar saltos por la pequeña habitación, agitando los pompones blancos y rojos con una torpeza tan deliberada y tan cómica que la madre de Lucía se cubrió la boca para ahogar una carcajada.

Lucía lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza, y luego, rompió a reír a carcajadas.

—¡Pareces un espagueti gigante! —gritó la niña.

—¡Soy un espagueti letal en el mediocampo, respetito! —replicó Maxime, haciendo una pirueta que casi derriba un gotero, lo que provocó que Lucía riera aún más fuerte.

Pasamos cuarenta minutos allí. Maxime le firmó la escayola a un compañero de habitación, le dio a Lucía el peluche oficial del club y se dejó hacer mil fotos haciendo muecas imposibles.

En todo momento, su atención estuvo dividida: ochenta por ciento para hacer reír a la niña, y veinte por ciento buscando mi mirada, comprobando en silencio si lo estaba haciendo bien, si yo necesitaba algo, si él estaba siendo de ayuda.

Lo observé interactuar con la niña, con esa facilidad expansiva y esa generosidad absoluta, y sentí que algo dentro de mí hacía un "clic" irreversible.

No era solo atracción, no era solo que fuera guapo o que en la cama fuera capaz de hacerme olvidar mi propio nombre.

Era bondad. Una bondad profunda y sin fisuras.

Y eso, más que cualquier otra cosa, me aterrorizaba.

Cuando volvimos al piso de Chamartín, la euforia del hospital se desvaneció, dejando paso a la cruda realidad de mis problemas. Maxime se metió en la ducha, cantando algo en francés, mientras yo me sentaba en el sofá del salón de cuero blanco con mi portátil.

Abrí la web de Renfe. Miré los precios. Miré los horarios de la compañía de autobuses ALSA. Busqué trayectos en BlaBlaCar. Hice cuentas restando lo que me costaba el alquiler de la residencia, los gastos de la comida y el material de prácticas de enfermería.

No había manera. Faltaban tres días para el inicio del puente del Pilar, y los precios eran para millonarios. O, al menos, para personas que no vivían de una beca universitaria.