El futbolista y yo 30 Un billete que no se compra #2
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30 Un billete que no se compra #2

—No lo entiendes, Laura. Tú no tienes el peso de este maldito apellido encima.

Si tú fallas, eres solo... Laura. Si yo fallo, soy una vergüenza para tres generaciones de médicos que esperan que la niña, que decidió ser 'solo' enfermera, al menos sea la mejor maldita enfermera del país.

Soy ese tipo de Herrera. La que no puede permitirse ni un miserable error.

El pecho se me contrajo.

De repente, la vi no como la rival estirada y perfeccionista que me amargaba la existencia, sino como un espejo.

Nerea no era diferente a mí. Ambas estábamos aterrorizadas por el fracaso.

Mi miedo nacía de la expectativa familiar de que nunca terminaría nada; el suyo, de la expectativa opresiva de que tenía que ser perfecta en todo.

Sus reglas estrictas, su frialdad, su desdén.

.. todo era una armadura para sobrevivir al aplastante peso de su propio apellido.

Me acerqué y le puse una mano en el hombro, un gesto vacilante pero firme. Ella se tensó, pero no me apartó.

—Ser una Herrera parece una mierda, sinceramente —murmuré.

Nerea soltó una pequeña risa húmeda contra sus manos.

—Lo es. Es agotador.

—Sé lo que es estar aterrada por decepcionar a tu familia —dije, sentándome en el borde de su cama, cerca de ella—.

Sé lo que es sentir que todos están esperando a que te tropieces para poder decir 'te lo dije'.

Pero, Nerea, te estás destruyendo. Tejada no evalúa solo el formato de tus trabajos.

Evalúa si eres capaz de mantenerte en pie en un hospital.

Y si entras hoy en su despacho a punto de sufrir un colapso nervioso, eso es lo que va a ver.

Ella bajó las manos y me miró. Tenía el rímel corrido y el rostro pálido.

—No sé cómo frenar, Laura.

—Empieza cerrando el portátil —le sugerí, señalando la pantalla brillante—.

Ve a lavarte la cara. Tómate diez minutos en los que no seas una Herrera.

Sé solo Nerea. La chica que sabe más de farmacología que la propia profesora.

Confía en lo que ya tienes en la cabeza, porque te aseguro que es más de lo que necesita cualquier hospital de España.

Ella se me quedó mirando durante un largo instante. La rigidez de sus facciones se ablandó, dando paso a un alivio casi imperceptible. Lenta y deliberadamente, bajó la pantalla del portátil hasta que hizo clic.

—Gracias —murmuró, su voz apenas audible.

—No hay de qué. —Me levanté y agarré mis cosas—. Y para que conste, sí, salgo con un futbolista. Y sí, es probable que mi vida sea un caos comparada con la tuya. Pero me he ganado mis créditos clínicos a pulso, igual que tú.

Nerea asintió, secándose debajo de los ojos con el dorso de la mano. —Lo sé. Yo... lo siento por lo de antes. Suerte ahí fuera, Laura.

—Igualmente, Nerea.

El despacho de Carolina Tejada olía a café tostado, papel viejo y desinfectante. Era una oficina pequeña y abarrotada en el tercer piso del edificio de Ciencias de la Salud, con vistas al campus y estanterías atestadas de manuales médicos.

La profesora Tejada, una mujer de cincuenta y tantos años con el pelo corto, canoso y una postura que irradiaba autoridad absoluta, estaba sentada detrás de su mesa. Llevaba esas famosas gafas de montura gruesa colgadas de una cadenita al cuello. Sobre la mesa, descansaba mi expediente.

Mis palmas estaban sudando tanto que temía dejar marcas húmedas en los reposabrazos de la silla. Repetí mentalmente las palabras que había gritado frente al espejo del baño de Maxime un par de horas antes. Voy a dominar esta evaluación.

Tejada pasó una página de mi expediente con un crujido exasperantemente lento.

—Laura Martín Soler —dijo, sin levantar la vista del papel. Su voz era neutra, clínica.

—Sí, profesora.

—Tengo aquí tus calificaciones del cuatrimestre y los informes de tus tutores de prácticas en el Hospital de La Paz.

—Levantó la mirada y me clavó unos ojos oscuros y perspicaces—.

Tus notas teóricas han sido... fluctuantes.

Empezaste el curso con muchas deficiencias.

Un 5.5 en Bioquímica, un 6 pelado en Anatomía.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Tragué saliva. Es verdad. Soy un fraude. Me va a quitar la beca.

—Sin embargo —continuó Tejada, entrelazando las manos sobre su escritorio—, tu evolución en el último mes ha sido notable. Has sacado un 7.5 en el examen final de Farmacología. Y tu trabajo sobre Cuidados Intensivos ha rozado el sobresaliente. Un 8.8, para ser exactos.

Parpadeé. ¿Un 8.8? ¿Yo? La dopamina de la que hablaba la noche anterior con Maxime no era nada comparado con el subidón de escuchar esa cifra.

—Me alegra oírlo, profesora. He trabajado duro.

—Eso parece. Pero las notas teóricas no son lo que determina si alguien puede o no ser enfermera, Laura. La teoría se estudia. El instinto se tiene o no se tiene.

Tejada abrió una carpeta más pequeña dentro de mi expediente. Reconocí el membrete del departamento de Urgencias y Obstetricia. El pulso se me aceleró de nuevo.

—Me ha llegado un reporte inusual. Una nota de agradecimiento, firmada por el jefe de Urgencias del Hospital Sanitas La Moraleja.

Menciona que una estudiante de esta facultad, fuera de su horario de prácticas y en el ámbito privado, diagnosticó correctamente y actuó con extrema rapidez ante un caso grave de preeclampsia en estado avanzado, previniendo un posible síndrome HELLP o un desprendimiento de placenta.

Me quedé helada. ¿El médico que había atendido a Élodie había enviado un informe a la universidad?

—Él... el médico fue muy amable, pero yo solo seguí los protocolos de evaluación de signos clínicos, profesora. Edema, escotomas, dolor epigástrico. Era... era mi cuñada. Estábamos en casa. Solo supe que teníamos que correr.

Tejada se puso las gafas y me miró directamente a través de los cristales gruesos. Ya no había neutralidad en su rostro; había una aprobación silenciosa y rotunda.

—Tú "solo" supiste qué hacer cuando el resto de la familia estaba paralizada.

Y tomaste la decisión clínica correcta asumiendo la responsabilidad bajo estrés agudo.

—Tejada cerró el expediente con un golpe seco que me hizo dar un pequeño respingo—.

Muchos de mis alumnos sacan dieces en los exámenes, Laura, pero cuando se encuentran con un paciente que vomita sangre o se asfixia en el mundo real, se bloquean. Tú no te bloqueaste.

El silencio en el despacho se hizo denso. Yo no podía apartar la mirada de la profesora.

—Tienes el instinto, Laura —dijo finalmente Tejada, su voz teñida de un respeto genuino—.

Eso no se enseña en los libros. Has superado las dudas iniciales.

Has demostrado competencia, resistencia y, lo más importante, empatía clínica.

Has aprobado la evaluación general del semestre con un Sobresaliente en prácticas.

Tu beca está renovada para el próximo ciclo.

Eres enfermera, Laura. Empieza a creértelo.

El aire salió de mis pulmones en un suspiro tembloroso. Las lágrimas, que había estado reprimiendo desde las seis de la mañana, amenazaron con desbordarse, pero esta vez eran lágrimas de puro triunfo. De alivio. De validación.

Ya no era la liosa de la familia Martín Soler. No era la chica que saltaba de una carrera a otra sin rumbo. Era Laura. Enfermera. Y era jodidamente buena en ello.

—Gracias, profesora. Muchísimas gracias. No la decepcionaré.

—No me des las gracias a mí. Tienes el turno de tarde asignado en la planta de Medicina Interna a partir del lunes. Sal de mi despacho y ve a celebrarlo.

Me levanté de la silla sintiendo que las piernas me temblaban por la descarga de adrenalina. Salí del despacho, cerré la puerta tras de mí y me apoyé contra la fría pared del pasillo de la facultad.

El bullicio de los estudiantes universitarios resonaba a mi alrededor, pero yo estaba en mi propia burbuja de euforia absoluta. Saqué el móvil del bolsillo de mi abrigo con manos temblorosas y abrí el chat de Maxime.

LAURA: He aprobado. Sobresaliente en prácticas y la beca está renovada.

La respuesta tardó menos de diez segundos en llegar.

DIARRA: Te lo dije, bébé. Eres la mejor. ¿Lista para esa cena cara?

Sonreí, apoyando la cabeza contra la pared, dejando que la pantalla iluminara mi rostro.

LAURA: Prepara la tarjeta de crédito, Diarra. Pienso pedir el vino más caro del menú.

DIARRA: Para ti, la bodega entera.

Guardé el móvil y caminé hacia la salida de la facultad. El sol brillante de Madrid me golpeó la cara en cuanto crucé las puertas de cristal, cegador y perfecto. Respiré hondo el aire de la ciudad.

Pertenecía a este lugar. Pertenecía a esta vocación. Y, aunque todavía me diera un vértigo tremendo admitirlo en voz alta... pertenecía a él.

30 Un billete que no se compra

Hay una regla no escrita sobre las aplicaciones bancarias: si abres la sesión conteniendo la respiración y cerrando un ojo, es matemáticamente imposible que el número en la pantalla sea una buena noticia.

Miré el saldo. Parpadeé. Volví a mirar. El número, escrito en un rojo digital casi agresivo, no había cambiado. Solté un suspiro que me vació los pulmones y dejé caer el móvil sobre la encimera de mármol italiano de la cocina de Maxime.

Llevábamos tres semanas juntos. Tres semanas funcionando como una pareja estable, sincronizada y peligrosamente feliz.

Habíamos pasado de la explosión atómica de los primeros días a una rutina que me aterraba por lo fácil que resultaba.

Yo conocía sus horarios de entrenamiento en la Ciudad Deportiva Valeriano; él conocía mis turnos en el Hospital La Paz.

Desayunábamos juntos casi todos los días.

Su piso de Chamartín, antes un mausoleo de lujo minimalista, ahora estaba minado por pequeños objetos que delataban mi existencia: mis apuntes de Farmacología en la mesa del salón, una goma del pelo azul en el lavabo, mi taza desconchada de Los Simpson junto a su cafetera de diseño supertecnológica.