30 Un billete que no se compra
El silencio en el vestíbulo del edificio de Chamartín era tan absoluto que casi podía escuchar el zumbido de la electricidad fluyendo por las lámparas de diseño.
Maxime acababa de trazar una línea en el suelo.
Frente al mediocentro más cerebral y disciplinado del Real Hispania, el hombre que casualmente estaba casado con mi hermana mayor, Maxime Diarra había abandonado su máscara de bromista intocable para decir, con una gravedad que me había helado la sangre: Ella es la mía también .
Toni Müller me miró. Sus ojos azules, habitualmente calculadores e inescrutables, estaban fijos en mí, esperando. El balón, en términos que él entendería perfectamente, estaba en mi tejado.
Mi primer instinto, el reflejo automático que había cultivado durante años para protegerme del fracaso y del ridículo, fue minimizarlo todo.
Quería reírme, poner los ojos en blanco, decir que Max estaba exagerando, que solo nos estábamos divirtiendo, que esto era casual y que no había necesidad de ponerse tan intensos a las ocho de la mañana.
Quería usar el sarcasmo como escudo, igual que hacía siempre.
Pero entonces sentí el calor de Maxime a mi lado.
Su cuerpo grande, sólido y tenso. Vi la forma en que mantenía los hombros rectos, exponiendo su yugular emocional frente a Toni por mí.
Y recordé lo que había pasado un rato antes en el baño.
No el sexo, sino la fe ciega y feroz que él había puesto en mí frente a aquel espejo.
Maxime no se merecía que yo lo redujera a una anécdota, ni a un "error" dopamínico, ni a una aventura.
Tragué saliva, sintiendo que el corazón me latía en la base de la garganta, y di un paso al frente hasta colocarme hombro con hombro junto a él.
Deslicé mi mano hacia abajo y entrelacé mis dedos con los suyos.
Su mano, inmensa y cálida, se aferró a la mía al instante, como si llevara minutos esperando ese salvavidas.
—Es verdad, Toni —dije, y mi voz sonó sorprendentemente firme, rebotando en el mármol del portal—. Estamos juntos de verdad. No es una broma y no es un pasatiempo.
Toni no parpadeó. Su mirada se movió desde nuestras manos entrelazadas hasta mi rostro, evaluando mi nivel de compromiso con la misma frialdad con la que escaneaba las defensas rivales. Luego, miró a Maxime.
—Más te vale cuidarla, Diarra —dijo Toni, con ese acento germánico que siempre le daba un tono de ultimátum—.
Y tú, Laura, más te vale cuidarlo a él. Si alguno de los dos hace una tontería y arruina la tranquilidad de mi mujer, tendréis que responder ante mí.
No quiero dramas en mi casa ni en mi vestuario. ¿Entendido?
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Esa era la forma en que Toni Müller daba su bendición.
—Entendido —respondimos Maxime y yo al unísono.
La puerta de cristal de la calle se abrió y Alba volvió a entrar en el vestíbulo, sosteniendo la bolsa de cruasanes y observando la escena con una ceja arqueada.
—¿Nadie ha muerto? —preguntó Alba, escudriñando primero a su marido y luego a nosotros—. Excelente. Toni, cariño, ¿puedes llevar esto al coche? Necesito robarle un minuto a mi hermana.
Toni asintió, tomó la bolsa de la pastelería, le dio un beso rápido en la sien a Alba y me dirigió un último asentimiento protector antes de salir.
Alba se cruzó de brazos y nos miró a Maxime y a mí. Su expresión era una mezcla indescifrable de afecto fraternal y advertencia.
—Diarra, espérame fuera. Necesito hablar con ella —ordenó.
Maxime soltó mi mano a regañadientes, me dio un suave apretón en la cintura y caminó hacia la salida, aunque se quedó de pie al otro lado de las puertas de cristal, observándonos a través del vidrio como un guardaespaldas gigante en chándal.
—¿De qué va esto, Lau? —preguntó Alba, su tono bajando de volumen, perdiendo el sarcasmo—. ¿Desde cuándo?
—Es... reciente —admití, sintiendo que me sonrojaba—. Y complicado. Y ha sido un caos, Alba, de verdad, no sabía cómo decírtelo porque al principio no sabía ni qué era.
Alba suspiró, acercándose a mí y poniendo las manos en mis hombros.
—Te conozco, Laura. Sé cómo funciona esa cabeza tuya. Sé que cuando te asustas, tu primer instinto es dinamitarlo todo antes de que alguien pueda hacerte daño o antes de que puedas fallar.
—No voy a dinamitar esto.
—Más te vale —dijo, y su voz se volvió increíblemente suave—.
Escúchame bien. Maxime parece un payaso.
Es el tío más ruidoso, pesado y excesivo que ha pisado nuestra casa.
Toni a veces quiere ahogarlo en los entrenamientos.
Pero no es de piedra, Lau. Debajo de toda esa chulería, tiene un corazón enorme y, ahora mismo, lo tiene completamente desprotegido contigo.
Tragué saliva, sintiendo el peso de sus palabras.
—Cae fuerte, Laura. Muy fuerte —continuó Alba, mirándome a los ojos—. Y por lo que acabo de ver, tú también estás cayendo. No juegues con esto por miedo. Si no estás lista para ir en serio, déjalo ir ahora. Pero si le has dicho a mi marido que estáis juntos de verdad... asegúrate de que sea cierto.
—Es cierto, Alba —dije, y al pronunciar las palabras en voz alta, sentí que una pieza de un rompecabezas interno encajaba por fin—. Me aterra, pero es cierto.
Mi hermana me dedicó una sonrisa amplia y cálida, y me abrazó con fuerza.
—Bien. Ya era hora de que alguien domesticara a ese gigante. Ahora, vete. Tienes una evaluación que aprobar.
Salí del edificio sintiendo que flotaba y que me hundía al mismo tiempo.
Maxime estaba apoyado contra la pared de piedra exterior, con las manos en los bolsillos del chándal y la mirada fija en el suelo.
Cuando escuchó mis pasos, levantó la cabeza y la vulnerabilidad en sus ojos verdes me partió en dos.
Estaba esperando que yo diera un paso atrás, que le dijera que frente a Toni me había dejado llevar, que teníamos que frenar.
Me acerqué a él, agarré las solapas de su chaqueta de entrenamiento y me puse de puntillas para besarle la comisura de la boca.
—Sobrevivimos a la Gestapo alemana —bromeé en un susurro.
Maxime dejó escapar una carcajada ronca, cerrando los brazos alrededor de mi cintura y escondiendo el rostro en mi cuello.
—Por un segundo pensé que me ibas a dejar tirado en ese ascensor, bébé . Que ibas a decir que yo era solo un amigo con derecho a roce.
—Estuve a punto —confesé, acariciando el pelo corto de su nuca—. El pánico casi me gana. Pero luego recordé que eres demasiado buen cocinero como para dejarte escapar.
Él se separó lo justo para mirarme, con una sonrisa torcida y luminosa que me aceleró el pulso.
—Te dije que no iba a permitir que dejaras que el miedo hablara por ti. —Me besó la frente con una ternura que contrastaba ridículamente con su tamaño y su fuerza—. Ve a esa universidad, Martín Soler. Y rómpela en esa evaluación.
El trayecto en metro desde Chamartín hasta Moncloa fue un borrón. Mi mente saltaba entre la adrenalina del encuentro en el portal, el calor fantasma de las manos de Maxime en mi cuerpo y el nudo de terror helado en mi estómago ante la inminente reunión con Carolina Tejada.
Llegué a la residencia de estudiantes de Ciudad Universitaria para recoger mi portafolio de prácticas y ducharme antes de la reunión. Empujé la puerta de mi habitación esperando encontrar el silencio habitual, pero el ambiente estaba cargado.
Nerea estaba sentada frente a su escritorio, rodeada de una muralla de libros de texto, apuntes subrayados en cuatro colores diferentes y tazas de café vacías.
Estaba tecleando en su ordenador portátil con tanta fuerza que parecía querer asesinar las teclas.
Llevaba el pelo recogido en un moño tirante, pero varios mechones se habían escapado, dándole un aspecto inusualmente desaliñado.
—Hola —dije con cautela, cerrando la puerta con cuidado.
Ella no respondió. Siguió tecleando, sus ojos clavados en la pantalla con una intensidad maníaca.
Fui a mi armario, cogí ropa limpia y mi neceser. Podía ignorarla, como hacíamos habitualmente, manteniendo nuestra fría tregua de compañeras de cuarto. Pero el ambiente era tan denso que resultaba asfixiante.
—Nerea... ¿estás bien? —pregunté, deteniéndome a mitad de camino hacia la puerta.
—Perfectamente. —La palabra salió de su boca como un dardo envenenado—. Algunos de nosotros sí tenemos que prepararnos las evaluaciones finales, Laura. No todos podemos ir por la vida sonriendo, saliendo con futbolistas famosos y esperando que la suerte nos apruebe los créditos clínicos.
El ataque fue tan gratuito, tan cargado de veneno, que mi mecanismo de defensa habitual —el sarcasmo— se activó instantáneamente. Estuve a punto de decirle que mi vida privada no le importaba y que al menos yo no parecía un vampiro adicto a la cafeína.
Pero entonces me fijé en sus manos.
Estaban temblando. Y, bajo la luz fluorescente del flexo, vi que sus ojos estaban enrojecidos, no solo por la falta de sueño, sino por un llanto contenido.
El sarcasmo murió en mi garganta. Solté el neceser sobre mi cama y me acerqué a ella.
—Nerea, para —dije, mi voz desprovista de cualquier tono combativo.
—No puedo parar —escupió, aunque su voz se quebró ligeramente—. Si no entrego este análisis de patología con un formato perfecto, Tejada me va a poner un ocho.
—Un ocho es una nota excelente.
—¡Un ocho es un fracaso! —Nerea se giró hacia mí, y la desesperación en su rostro me dejó paralizada—.
Un ocho significa que no soy la mejor de la promoción.
Significa que cuando mi padre reciba el boletín, me preguntará por qué me he desconcentrado.
Significa que mi abuelo me recordará que en la Clínica Herrera no se contrata a la gente del montón.
Se cubrió el rostro con las manos temblorosas, apoyando los codos sobre los apuntes desordenados. Un pequeño sollozo, miserable y agotado, escapó de su garganta.