32 El videomarcador del Coliseo
La última caja en el suelo de mi nueva habitación en el apartamento de Maxime se sentía como una bandera blanca de rendición. O quizás, una bandera de conquista.
No estaba vacía. Todavía contenía manuales de Fisiopatología, el fonendoscopio que me había costado ahorrar dos meses de prácticas y un montón de apuntes desordenados que olían a café quemado y a noches sin dormir.
Maxime entró en la habitación justo cuando estaba cerrando la solapa.
Llevaba el chándal oficial del Real Hispania, la Cruz de Borgoña grabada en el pecho con hilos de seda, y me miró con esa sonrisa que todavía me hacía sentir como si estuviera a punto de desmayarme.
—¿Última? —preguntó, apoyándose en el marco de la puerta.
—Última. —Me levanté, limpiándome el polvo de los vaqueros—. Creo que ya no queda ni un calcetín mío en la residencia de Moncloa.
—Bien. Ahora este sitio empieza a parecer un hogar y no una casa de soltero con ínfulas de revista de decoración.
Me reí y me acerqué a él, rodeándole el cuello con los brazos.
Maxime bajó la cabeza y me besó con esa familiaridad deliciosa que habíamos construido en los últimos meses.
No era el beso de nuestra primera vez en el coche, ni el beso tembloroso y clandestino de los días difíciles.
Era un beso de «ya estoy en casa», un beso de certeza.
—¿Nerviosa por esta noche? —preguntó, apartándose solo lo suficiente para mirarme a los ojos.
—Un poco. El Coliseo Blanco es… bueno, el Coliseo Blanco.
Maxime se rio.
—Es solo césped, Laura. Y gente gritando. Además, hoy estás conmigo.
Salimos del apartamento y la logística de pareja oficial del Real Hispania se desplegó a nuestro alrededor.
Maxime no me ocultó ni un segundo. Bajamos al garaje, donde su coche descansaba junto a los deportivos de mis compañeros, y nos desplazamos hacia el estadio bajo la atenta mirada de un mundo que, hace semanas, me habría hecho entrar en pánico.
En la Ciudad Deportiva Valeriano y en los accesos al estadio, la gente no nos miraba como a dos desconocidos.
Había una reverencia casi religiosa hacia Maxime.
Y, poco a poco, empezaron a darse cuenta de quién era yo.
No era la “novia” secreta. Era la mujer que estaba en todas partes: en las gradas, en las fotos, en la vida de su futbolista favorito.
Al llegar, la acreditación que me esperaba en recepción no era un pase de prensa provisional, sino un pase de Palco Familiar y Allegados. El plástico, rígido y oficial, tenía mi nombre impreso: Laura Martín Soler . Bajo mi nombre, el escudo del Real Hispania lucía impecable.
—Es un pase de temporada para la zona familiar —explicó Alba, que me estaba esperando junto a la entrada del palco, con Toni a su lado. Me dio un abrazo fuerte—. Bienvenida a la resistencia, cuñada.
Toni Müller, el mediocentro que movía los hilos del equipo con la precisión de un cirujano, me estrechó la mano con una seriedad que se transformó en una sonrisa genuina.
—Maxime ha estado insoportable de felicidad desde que te mudaste —dijo Toni con su habitual tono seco—. Haznos un favor y no le dejes hacer más bromas en el vestuario.
Subir al palco fue cruzar una frontera definitiva. Clara Hidalgo y Marina Pons, con sus bufandas blancas y rojas perfectamente anudadas, me recibieron como si me hubieran estado esperando durante meses. No hubo preguntas sobre qué hacía allí, ni dudas sobre mi identidad.
—¿Kit de supervivencia? —preguntó Clara, extendiéndome una pequeña bolsa con una bufanda oficial del club, un paquete de pañuelos, una mini botella de agua y unos caramelos de menta—.
Regla número uno: nunca, bajo ninguna circunstancia, se le pregunta a un jugador por qué ha fallado un gol si estamos perdiendo.
Se le espera en casa y se le da de comer.
Me reí, sintiendo cómo la presión que me había oprimido durante meses empezaba a disiparse. Ya no era la estudiante de enfermería que se colaba en la vida de un futbolista. Era parte del sistema.
Cuando bajamos al descanso previo, el ruido del estadio era ensordecedor. Ochenta mil personas cantando el lema del club. El «Hasta el final, vamos Real» vibraba en los huesos.
Entonces ocurrió. La cámara de ambiente del videomarcador empezó a hacer su recorrido por el estadio. La gente que salía en pantalla saludaba, gritaba o se ponía roja de vergüenza. De repente, la lente captó el palco familiar.
Marina me dio un empujón suave en el hombro y Clara señaló hacia la pantalla.
—¡Laura! ¡Estás en directo!
En el videomarcador, de veinte metros de ancho, aparecimos nosotras. Alba me empujó hacia el centro del encuadre y, antes de que pudiera pensar, levanté la bufanda blanca y roja sobre mi cabeza, sonriendo como una loca.
Abajo, en el césped, Maxime estaba haciendo ejercicios de calentamiento.
Un compañero le dio un golpecito en el hombro y le señaló la pantalla.
Maxime se detuvo en seco. Se llevó dos dedos al corazón, señalando primero el escudo de la Cruz de Borgoña que llevaba en la chaqueta de entrenamiento y luego apuntando directamente hacia nuestro palco, hacia mí, con una intensidad que hizo que los ochenta mil espectadores rugieran como si hubiéramos marcado un gol en el minuto noventa.
Me quedé helada, con la bufanda en alto y el rostro encendido. Maxime no había hecho el gesto estándar para la grada. Me había mirado a mí. Había hecho una declaración de lealtad que no dejaba lugar a dudas.
Después del partido, tras una victoria por dos a cero donde Maxime había corrido hasta extenuarse, bajamos a la zona de familia.
La seguridad nos abrió paso. Cuando Maxime salió de la zona mixta, sudoroso, con el pelo pegado a la frente por el esfuerzo, no buscó a los fotógrafos ni a los periodistas que le esperaban al otro lado.
Me buscó a mí.
Se acercó, rodeado por el bullicio del club, y me rodeó con los brazos, ignorando el sudor de su uniforme y la presencia de sus compañeros, que pasaban a nuestro lado intercambiando bromas. Me besó con una libertad que antes habríamos considerado un suicidio social.
—¿Has visto eso? —me preguntó al separarse, con la respiración entrecortada—. He marcado el segundo por ti.
—No has marcado tú, el segundo ha sido de Lucas Lobo —dije, riéndome.
—Da igual —respondió, dándome otro beso, esta vez más corto—. He corrido por ti. Todo el partido he corrido por ti.
Caminamos hacia el coche, con su mano firme en mi cintura. El Coliseo Blanco se vaciaba a nuestras espaldas, pero el rugido de la grada aún resonaba en mis oídos.
En la parte trasera del coche, mi móvil vibró. Era un mensaje de Nerea Herrera.
Nerea: He visto el partido. Te he visto en el videomarcador. Menuda forma de perder la cabeza. La residencia es un asco sin alguien con quien quejarse de la fisiopatología. Suerte con tu futbolista. Nos vemos en clase el lunes.
Sonreí, cerrando el mensaje. Nerea nunca sería mi mejor amiga, pero ya no era un espejo de mi miedo; era solo Nerea.
Maxime aparcó en el garaje de Chamartín, rodeado de coches de alta gama, y subimos en silencio. Al entrar en el piso, Cacao vino a recibirnos con un ladrido alegre, saltando sobre los pies de Maxime.
Dejé mis libros sobre la mesa y me quité el pase de palco, apoyándolo junto a mis apuntes de enfermería.
—¿Qué haces? —preguntó Maxime, quitándose la chaqueta del club.
—Estudiar —dije, aunque sabía perfectamente que no iba a abrir ni un libro.
—¿Estudiar? —Se acercó por detrás, rodeándome con los brazos y apoyando la barbilla en mi hombro—. ¿No prefieres celebrar la victoria de otra manera?
—Maxime, he estudiado mucho. Tengo un examen de farmacología el miércoles.
—El miércoles está lejísimos. Ahora es domingo.
Me giré en sus brazos, sintiendo que el último rastro de inseguridad sobre mi vida, mis notas o mi futuro se desvanecía en la calidez de su mirada.
Ya no era la estudiante que se escondía en un armario para llorar por la presión.
Era la mujer que había encontrado su lugar en el mundo, en un estadio de fútbol y en este salón de Chamartín.
—Está bien —susurré, dejando que mis manos recorrieran los músculos de su pecho—. Pero que conste que tú eres el culpable de que suspenda.
—Si suspendes, te doy clases particulares de anatomía todo el verano.
Me reí y lo besé, sabiendo que, pasara lo que pasara, ya nunca más tendría que estudiar sola.
FIN