26 El colapso #2
—He ganado tres kilos en los últimos dos días, mamá —se quejó Élodie, frotándose el lado derecho del abdomen con una mueca de dolor sordo.— Las náuseas matutinas han vuelto esta mañana. Creo que este niño tiene prisa por salir.
—Es el estrés, cariño —intervino Manon desde el otro lado de la mesa, con esa dulzura performativa que me revolvía el estómago.
Se inclinó hacia delante, pasándole un cuenco de ensalada con una solicitud excesiva e invasiva.
— Ya me has malcriado bastante esta semana dejándome ayudarte con las cosas del bebé.
Recuerdo lo duro que fue para mí estar embarazada de Maxime.
El silencio que cayó sobre la mesa de los Diarra fue tan denso que se habría podido cortar con el cuchillo de trinchar de Jean-Marc.
Maxime dejó caer el tenedor sobre el plato con un estruendo metálico que hizo temblar las copas de cristal. La herida profunda de Manon, el residuo de cinco años de mentiras y manipulación mediática latente, estalló en sus ojos con una furia destructiva.
—¿Cómo está Harley, Manon? —preguntó Maxime, su voz cortando la conversación con la frialdad de un patín de hielo sobre la pista.
Manon vaciló, sus pestañas elásticas moviéndose con una velocidad rápida para forzar las primeras lágrimas de cocodrilo.
—¿Harley? Oh... um... —balbuceó, tapándose la boca con consternación performativa.— Lo di a unos amigos en Vancouver antes de regresar a Madrid. Era muy difícil llegar a casa del trabajo con la frecuencia suficiente para sacarlo a pasear... No estabas aceptando mis llamadas, Maxime.
Maxime se levantó de la silla de golpe, su inmenso cuerpo de atleta del Real Hispania ensombreciendo la mesa de comedor.
El dolor por el bóxer blanco abandonado, el perro que le había pertenecido emocionalmente y que ella había entregado sin decírselo, le hizo latir la vena del cuello con una violencia salvaje.
—¿Regalaste a mi perro? —gritó él, su Señorío desmoronándose por completo ante la traición del animal indefenso.— ¡El perro me amaba, Manon! ¡Era lo único mío que te quedaba y lo entregaste como si fuera un mueble viejo de Ikea!
—¡Blakey, por favor! —le reprendió Élodie, levantándose a medias de su silla con una mano en el vientre y el rostro descompuesto por la crisis familiar.
— ¡No puedes ponerte así por un perro de hace cinco años!
¡Manon ha estado sufriendo mucho! ¡Lleva cinco años de duelo por el bebé que perdiste!
¡Te ibas a casar con ella y la abandonaste después del aborto!
Maxime apretó los puños contra los muslos, todo su ser temblando con una rabia sorda, destructiva, el resentimiento acumulado durante un lustro de silencio protector quemándole la garganta como ácido clorhídrico.
Miró a su hermana, miró a su madre, y luego fijó sus ojos de pizarra verde en el rostro asustado y manipulador de Manon Lefèvre.
—¿Duelo por el bebé, Élodie? —preguntó Maxime, su voz bajando a un susurro que dio más miedo que cualquier grito del míster en el vestuario.— ¿La llevas a cenar todos los años en lo que se suponía que iba a ser la fecha de parto? ¿Compartís la carga de una mentira de telenovela de la prensa rosa?
—¡Maxime, ya basta! —chilló Élodie, palideciendo visiblemente mientras la tensión le subía por las mejillas.— Podrían haber llorado por ese bebé juntos...
—¡NO HABÍA NINGÚN BEBÉ!
El rugido de Maxime sacudió las paredes del comedor Diarra.
Un coro de jadeos sobresaltados resonó en la habitación.
Nadine Diarra se quedó paralizada con la bandeja en las manos; Jean-Marc soltó el cuchillo y Alba se levantó del suelo de golpe.
Élodie parpadeó, con la mandíbula caída y los ojos fijos en su hermano como si estuviera hablando en una lengua alienígena.
—¿Qué... qué estás diciendo, Blakey? —susurró su hermana, llevándose las manos al vientre hinchado.
Maxime luchó por controlar la respiración, el violento temblor de sus manos y el agotamiento del silencio protector que se le venía encima como una avalancha de lodo. Se pasó una mano por los rizos húmedos, mirando a su familia con una derrota agonizante y pesada que le dobló los hombros.
—Mintió, Élodie. Al principio de mi año de novato con el Real Hispania, me dijo que estaba de tres meses porque le asustaba la atención que yo recibía de las fans y de la prensa.
Quería una manera de hacerme quedar, de obligarme a firmar el compromiso.
Le conté la noticia a mamá y a papá porque estaba emocionado, teníamos la fecha de la boda fijada. ..
Manon empezó a pestañear a la velocidad de la luz, sus lágrimas de cocodrilo brotando de forma performativa mientras agarraba su bolso de la silla, buscando una salida rápida antes de que el Señorío Diarra la ejecutara en el sitio.
—Dijo que tenía una cita para una ecografía en París.
El vuelo del club se canceló por una tormenta y la sorprendí en la clínica.
No era una ecografía. Estaba preguntando a su ginecólogo sobre métodos de fertilidad para intentar convertir su mentira en realidad antes de que se me ocurriera dudar.
Dejó de usar anticonceptivos sin decírmelo para forzar el embarazo.
"El silencio que siguió fue el de una zona de guerra tras la caída de la bomba atómica. La mística familiar de los Diarra, construida sobre cinco años de un duelo falso y una culpa colectiva arrastrada por Maxime, colapsó en el suelo del comedor de La Moraleja."
Élodie Diarra miró a su mejor amiga, su rostro perdiendo el último rastro de color mientras la traición y la desinformación de un lustro le estallaban en el pecho.
—¿Manon...? —articuló la hermana de Maxime en un susurro roto, su mirada fija en el rostro en forma de corazón que ahora huía hacia el vestíbulo de la entrada.
Manon Lefèvre no contestó. Atravesó las puertas francesas con el bolso pegado al cuerpo, sus tacones sonando contra el mármol del recibidor con el eco de una sentencia firme. La puerta principal de la villa Diarra se cerró con un golpe sordo, rompiendo la tregua familiar para siempre.
Maxime no la siguió. No miró atrás. Pasó por delante de su hermana con la mirada perdida en el parabrisas de sus propios demonios, voló hacia el vestíbulo y salió al jardín del norte de Madrid buscando el aire que Manon le había robado durante cinco años.
Me levanté de la silla de golpe, mi instinto protector de enfermería y de pareja de facto activándose por encima del pánico logístico.
Iba a seguirlo, iba a ser su presencia estabilizadora, pero antes de que pudiera dar el primer paso hacia el porche, Élodie Diarra soltó un quejido agudo y se desplomó hacia el suelo del comedor, agarrándose el vientre con ambas manos en una alarma de categoría cinco.
—Laura... —graznó mi hermana Alba desde la cocina, sus ojos abriéndose con el pánico clínico de la emergencia inminente.— Élodie no está bien.