27 Signos vitales
El sonido del cuerpo de Élodie al chocar contra la silla del comedor antes de resbalar hacia el suelo no fue fuerte. Fue un golpe sordo, casi amortiguado por la gruesa alfombra persa de los Diarra, pero resonó en mi cabeza con la estridencia de las sirenas de la UCI del Hospital La Paz.
—Laura... —graznó mi hermana Alba desde la cocina.
El tiempo pareció detenerse, volviéndose denso, como si estuviéramos moviéndonos bajo el agua.
Jean-Marc se quedó paralizado con una servilleta en la mano.
Nadine dejó caer una bandeja de plata que repicó escandalosamente contra el mármol del pasillo.
Pero mi cerebro, que llevaba meses torturándome con el miedo a fracasar, a no estar a la altura, a ser una impostora en mi propia vocación, de repente hizo un chasquido.
El ruido mental desapareció.
Mis rodillas golpearon el suelo junto a Élodie antes de darme cuenta de que había corrido hacia ella.
—¡Élodie! —exclamó Julien, su marido, arrodillándose al otro lado con el rostro descompuesto por el pánico—. Mon amour , ¿qué pasa?
Élodie estaba doblada sobre sí misma, respirando con jadeos cortos y superficiales. Tenía los ojos fuertemente cerrados y una mano aferrada al vientre, justo por debajo de las costillas del lado derecho.
—No me encuentro bien —murmuró ella, con un hilo de voz que apenas lograba superar el zumbido de alarma que se había instalado en el comedor—. Me duele... me duele mucho la cabeza. Y tengo... tengo ganas de vomitar.
—Voy a buscar agua —dijo Alba, moviéndose por fin.
—No, no le deis agua —ordené. Mi propia voz sonó extraña, firme y autoritaria, una voz que no reconocía como mía—. Élodie, mírame. Mírame a los ojos.
Abrió los párpados lentamente. Estaba pálida, con una capa de sudor frío perlándole la frente, pero lo que me hizo tragar saliva fue el leve desenfoque en sus pupilas.
—Me mareo, Laura —gimió—. Veo... veo como manchas de luz. Y me duele aquí.
Se apretó de nuevo el cuadrante superior derecho del abdomen.
Mi mente viajó a la velocidad de la luz hacia los apuntes de Fisiopatología Materno-Fetal.
Aumento de peso repentino de tres kilos en dos días.
Edema severo en extremidades inferiores (había visto sus tobillos hinchados rebasando las sandalias).
Cefalea intensa. Alteraciones visuales (escotomas). Dolor epigástrico.
Sentí que el pánico intentaba trepar por mi garganta. Soy solo una estudiante , me gritó una parte traicionera de mi cerebro. No eres médico, Laura. ¿Y si te equivocas? ¿Y si solo es una indigestión o el estrés de la discusión con Maxime y armas un escándalo por nada?
Pero la otra parte, la que había conectado con Lucía en la planta de pediatría, la que había pasado madrugadas en vela subrayando manuales hasta que me sangraban los ojos, dio un paso al frente.
Si me equivocaba, quedaría como una exagerada.
Si tenía razón, y no decía nada, Élodie y la bebé podrían morir.
—Tengo que ir al baño —sollozó Élodie, intentando ponerse en pie.
Julien la ayudó a levantarse. En el segundo en que se incorporó, Élodie se llevó una mano a la boca y se tambaleó.
—La llevo yo —dije, apartando a Julien con más brusquedad de la que pretendía, y pasé el brazo de Élodie sobre mis hombros. Soportando gran parte de su peso, la guié hacia el aseo de cortesía del pasillo.
Apenas tuvimos tiempo de llegar al inodoro antes de que empezara a vomitar violentamente.
Le sostuve el pelo, frotándole la espalda con la otra mano, murmurando palabras de consuelo mecánicas mientras mi cerebro procesaba la gravedad de la situación.
Cuando terminó, se dejó caer contra la pared de azulejos fríos, agotada, temblando.
Le alcancé una toalla pequeña. Me miró, y vi el terror absoluto en sus ojos oscuros.
—Esto no es normal, ¿verdad? —susurró, aferrándose a mi antebrazo con una fuerza sorprendente—. Aún me faltan tres semanas. Mi niña...
—Respira conmigo, Élodie —pedí, manteniendo un tono de voz bajo y constante—. Julien —llamé sin mirar atrás, sabiendo que él y el resto de la familia estaban agolpados en la puerta del baño—. Nada de llamar a su médico para pedir cita. Nos vamos a Urgencias. Ahora mismo.
Nadine apareció en mi campo de visión, con los ojos muy abiertos. —Llamaré a una ambulancia.
—No —dije rápidamente, evaluando la logística—. Estamos en La Moraleja. El Hospital Sanitas está a cinco minutos en coche si no hay tráfico. Tardaremos menos si la llevamos nosotros que esperando a que entre la ambulancia en la urbanización.
En ese momento, la puerta principal de la casa se abrió de golpe.
Maxime irrumpió en el pasillo, con el pecho agitado como si hubiera estado corriendo, y se detuvo en seco al ver la escena: su madre pálida, Jean-Marc sosteniendo las llaves del coche, Julien de rodillas, y yo en el suelo del baño con su hermana vomitando.
El color abandonó el rostro de Maxime. Pasó de ser el inquebrantable centrocampista del Real Hispania a un hombre aterrado en menos de un segundo.
—¿Qué pasa? —preguntó, la voz rota, rasposa—. ¿Qué le pasa?
—Se ha puesto de parto —dijo Julien, temblando.
—No es el parto —lo corté, poniéndome de pie y asumiendo el mando, porque alguien tenía que hacerlo y la familia Diarra estaba en estado de shock—. Élodie, ¿sabes si tu tensión arterial ha estado alta en las últimas revisiones?
Élodie asintió débilmente, cerrando los ojos. —Mi obstetra dijo que... estaba en el límite. Que descansara.
Preeclampsia . La palabra parpadeaba en mi cabeza en letras de neón rojo. Una complicación que podía derivar en eclampsia, convulsiones, desprendimiento de placenta...
—Maxime —dije, girándome hacia él. Sus ojos verdes estaban desorbitados, fijos en su hermana—.
Necesito que traigas tu coche a la puerta principal.
Pon el aire acondicionado frío. Jean- Marc, ve con él y abrid las puertas de la verja.
Julien, vas a sentarte con ella en la parte de atrás.
Nadine, coge la bolsa del hospital si la tiene preparada y venid Alba y tú en otro coche detrás de nosotros.
Maxime se me quedó mirando durante una fracción de segundo, paralizado. Pude ver la culpa cayendo sobre él como un yunque. Él había gritado. Él había desatado la tensión. Él había provocado esto.
Me acerqué a él, agarrándolo por las solapas de la cazadora, y tiré hacia abajo para que me mirara a los ojos.
—Mírame. Focus, Diarra —le exigí con dureza clínica—. Culparte no la va a ayudar. Conducir sí. Muévete.
El tono de sargento de enfermería funcionó. Maxime parpadeó, asintió una vez de forma seca y salió disparado hacia el camino de entrada.
El trayecto hasta el Hospital Sanitas La Moraleja fue el viaje en coche más largo y tenso de mi vida.
Maxime conducía su enorme SUV con una precisión agresiva, saltándose un ceda el paso y tocando el claxon para apartar a un BMW que iba demasiado lento en la avenida principal.
Sus manos, de nudillos blancos, aferraban el volante con una fuerza que parecía capaz de arrancarlo.
En la parte de atrás, Élodie gemía, con la cabeza apoyada en el hombro de Julien, quien no paraba de susurrarle cosas en francés.
Yo iba en el asiento del copiloto, girada hacia atrás, monitorizando la respiración de Élodie, vigilando que no perdiera el conocimiento o, peor aún, que no empezara a convulsionar.
—Sigue respirando, Élodie. Ya casi llegamos. Lo estás haciendo muy bien —le decía, manteniendo mi voz firme.
Maxime derrapó al entrar en la rampa de Urgencias del hospital, ignorando las señales de "Solo Ambulancias", y clavó los frenos justo delante de las puertas automáticas.
Salté del coche antes de que estuviera completamente detenido y corrí hacia el mostrador del triaje.
—¡Necesito una silla de ruedas o una camilla, rápido! —le grité al celador que estaba en la entrada—. Mujer de 35 semanas de gestación. Presenta edema severo, dolor en el cuadrante superior derecho, cefalea con fotopsias y vómitos. Sospecha de preeclampsia grave o síndrome HELLP.
La jerga médica actuó como un salvoconducto. La enfermera de triaje, que iba a pedirme que hiciera cola, me miró, asintió y gritó un código hacia el pasillo interno. En diez segundos, un equipo con una camilla estaba en la acera.
Sacaron a Élodie del coche. Julien se fue corriendo tras ella, pálido como un fantasma. Yo me quedé clavada en el asfalto, viendo cómo las puertas de Urgencias se cerraban tras ellos, tragándose el caos.
De repente, la adrenalina que me había mantenido en pie desapareció, dejándome con las piernas temblando y un frío glacial en las manos.
—Mierda —murmuré, apoyando la espalda contra la columna de hormigón de la entrada.
Aparcaron el coche de cualquier manera y Maxime caminó hacia mí. Parecía devastado. Despojado de su armadura, de su exceso verbal, de su teatralidad. Era solo un hombre aterrado por la posibilidad de perder a su hermana.
—La están evaluando, Max —dije en voz baja—. Están en buenas manos.
Él no dijo nada. Se acercó, envolvió sus brazos alrededor de mí y escondió el rostro en la curva de mi cuello. Me abracé a su cintura, sintiendo cómo temblaba ligeramente.
La sala de espera de Urgencias de maternidad era un cubículo aséptico de paredes blancas, sillones de plástico azul y un silencio opresivo que olía a clorhexidina y café rancio de máquina.
Era un espacio diseñado para la angustia, y la familia Diarra lo llenaba por completo.
Alba y Nadine habían llegado poco después que nosotros.
Nadine caminaba de un lado a otro del pasillo, sus zapatos repicando contra el linóleo en un patrón constante y obsesivo.
Jean-Marc estaba sentado en una esquina, con las manos entrelazadas entre las rodillas, murmurando lo que supuse que era una oración.
Alba me había traído un vaso de agua que sostenía entre las manos para evitar que se notara el temblor.
Había pasado más de una hora.