El futbolista y yo 26 El colapso
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26 El colapso

Antes de que pudiera activar mi protocolo de defensa verbal o recitar de memoria el artículo sobre la contención de los impulsos histriónicos, Maxime ya había apagado el contacto. El silencio de Madrid en domingo nos cayó encima como una losa de hormigón.

—A ver, Diarra —empecé, pegando la espalda al asiento de cuero con una rigidez que pretendía pasar por indiferencia clínica—.

Se supone que Nadine nos espera para almorzar a las dos en punto.

Tu hermana está embarazada de ocho meses, tu madre ha preparado comida para un regimiento de infantería y nosotros estamos parados en un camino forestal que parece el escenario de un crimen de la prensa rosa. ¿Se puede saber qué—?

No terminé la frase. Maxime se inclinó sobre la consola central con la agilidad desquiciante de un atleta de metro noventa que se niega a respetar las leyes de la física o el espacio personal.

Sus manos, todavía grandes y calientes por la tensión residual del partido del Real Hispania en Sevilla, me agarraron por las caderas, levantándome en vilo sobre su regazo como si yo no pesara más que un manual de enfermería médica.

—Una tregua, Laurita —murmuró contra mi cuello, su voz rasposa, desprovista del habitual tono de payaso de vestuario que usaba para camuflar el mundo.

— Solo cinco minutos. Mi cerebro sigue a doscientas revoluciones por minuto desde que pisamos Barajas y tú hueles a algo que no es desinfectante hospitalario.

Necesito una recarga en mi puerto USB, ¿te acuerdas?

"Mi sistema nervioso central sufrió un colapso de categoría cinco. El contacto físico prolongado, especialmente cuando la musculatura de un centrocampista box-to-box te presiona contra el volante, provoca una descarga masiva de oxitocina que anula cualquier intento de racionalización académica."

Le clavé las uñas en los hombros duros, por debajo de la cazadora de algodón fino, pero mi boca ya estaba buscando la suya en un cruce de fronteras que no tenía nada de platónico.

El beso fue un fuego cruzado, desordenado y urgente, un desastre logístico provocado por los límites del asiento del conductor y mis vaqueros ajustados.

Maxime gimió, un sonido ronco y bajo que me vibró en el pecho, mientras sus dedos se enredaban en mi pelo suelto, tirando de mí hacia abajo con una posesividad que me hizo jadear contra sus labios.

Fueron diez minutos de pura insurrección hormonal. Cuando me separé de él, con la respiración desbocada y los labios encendidos, me deslicé de vuelta al asiento del copiloto, alisándome la camiseta con unas manos que temblaban de forma vergonzosa.

—Esto —dije, señalándolo con un dedo acusador mientras intentaba regular mi ritmo cardíaco— ha sido una excepción neuroquímica de bajo octanaje.

Una descarga de tensión residual provocada por tu gol en Múnich y mi falta de sueño.

No estamos saliendo, Diarra. No es un hábito.

Es solo... un amortiguador antes de entrar en tu casa familiar.

Maxime se echó a reír, una carcajada limpia que le devolvió el brillo perezoso a sus ojos verdes mientras ponía el coche en marcha y salía de la grava.

Trazó la rotonda de entrada a la urbanización con una sola mano, la otra descansando con total naturalidad sobre mi rodilla descubierta, desafiando mi frontera médica.

—Lo que tú digas, enfermera. Pero te has aprendido mi horario de la Copa Continental de memoria, y llevas mis marcas de besos en el cuello. Mañana le preguntamos a la ciencia qué significa eso.

La villa de los Diarra en La Moraleja no era una casa; era un ecosistema de lujo discreto y herencia institucional.

Protegida por un seto espeso de arizónicas y muros de piedra clara, la propiedad combinaba la arquitectura señorial de la zona norte de Madrid con la calidez invasiva de un clan que se negaba a vivir bajo las normas rígidas del protocolo español.

El aroma a pollo asado, sándalo y especias francesas flotaba en el porche delantero mucho antes de que cruzáramos el umbral de las puertas acristaladas.

—¡BLAKEY! —El grito ensordecedor de Nadine llegó desde el fondo del pasillo, barriendo el silencio del recibidor con la fuerza de un temporal atlántico.

— ¡Han pasado seis días desde que te marchaste a Alemania!

¡Te he visto en la televisión y estás más flaco!

¡Ese míster os va a matar de hambre antes del derbi!

Maxime soltó las llaves en la bandeja de plata y avanzó para dejarse atrapar por el abrazo triturador de su madre.

Nadine Diarra era una fuerza de la naturaleza: una mujer imponente, vestida con una túnica de motivos geométricos que no tenía nada que ver con los conjuntos remilgados del palco familiar, y unas manos grandes que acunaron el rostro de su hijo con una devoción feroz.

—Estoy bien, maman —rio él, besándole las mejillas con una docilidad que desmontaba por completo su imagen de gladiador del Real Hispania.— He traído comida, mira. Y he traído a la liosa de Moncloa.

Nadine apartó a su hijo con un ademán brusco y fijó sus ojos oscuros e intuitivos en mí.

Me tensé por reflejo, sujetando el bolso contra el pecho como si fuera un escudo antimisiles contra las WAGs de alta cuna, pero la madre de Maxime no me dio tiempo a activar el sarcasmo.

Me atrapó en un abrazo que me dejó sin oxígeno en los pulmones durante tres segundos interminables.

—¡Jessica, caramelito! —exclamó, confundiéndome el nombre con una sonoridad ruidosa que me hizo parpadear.— ¡Qué alegría ver una cara normal en esta casa! ¡Pasa, pasa! Tu hermana Alba ya está en la cocina con las chicas.

—Es Laura, maman —corrigió Maxime con un suspiro perezoso, pasándole un brazo por los hombros a su madre mientras avanzábamos hacia el comedor.— Te lo he dicho tres veces por teléfono. Laura Martín Soler.

—Lo que sea, el nombre no importa si la chica come bien —desestimó Nadine con una palmada en mi espalda que me hizo crujir las vértebras.— ¡Papá Diarra ha hecho pechuga de carne!

El comedor de los Diarra estaba a rebosar. Las puertas francesas que daban al jardín trasero estaban abiertas de par en par, dejando entrar la brisa templada de mayo y el murmullo de una conversación que se cortó en seco en cuanto Maxime y yo entramos en la estancia.

Beth y su marido estaban sentados al fondo, ojeando un folleto de resorts turísticos para las vacaciones de verano, mientras Élodie se reclinaba en la silla presidencial de la mesa, frotándose el vientre hinchado de ocho meses con una expresión de fatiga crónica que capté al instante con mi deformación profesional de enfermería.

Pero el aire de la habitación no se congeló por nuestra llegada. Se congeló por la presencia de la mujer que estaba de pie junto al aparador de nogal, sosteniendo una ensaladera de cristal con una familiaridad que pretendía proclamar su derecho de propiedad sobre el clan.

Manon Lefèvre.

Llevaba un vestido beige de punto de seda impecable, un collar de perlas de una sofisticación insultante y una sonrisa ladeada, dulce y performativa, que no le llegaba a los ojos oscuros.

Era la viva imagen de la víctima aristocrática de club de campo, una figura que se movía dentro del sistema familiar Diarra gracias al hilo invisible de su amistad con Élodie.

—Hola, Maxime —saludó con una suavidad tímida que me erizó el vello de los brazos. Sus ojos se desplazaron hacia mí, midiéndome de la cabeza a los pies con una condescendencia pasivo-agresiva de alta sociedad francesa.— Hola... Lorena, ¿verdad?

—Laura —corregí, clavando los talones en la alfombra con una frialdad que habría congelado el mismísimo Allianz Arena.— Laura Martín Soler.

—Oh, lo siento. Soy espantosa con los nombres de las estudiantes. —Su sonrisa se ensanchó, una muestra perfecta de manipulación y victimismo.— Élodie me pidió que viniera a ayudarla con el menú de la celebración prenatal. Sé lo mucho que le cuesta organizarse con el peso del tramo final.

Maxime se tensó a mi lado de una manera que la mística del club llamaría la Exigencia de los Reyes.

El humor expansivo y las bromas sexuales que habían llenado el coche desaparecieron de sus rasgos en una fracción de segundo, reemplazados por una mandíbula rígida y unos ojos que se volvieron de pizarra verde.

—Nadie te ha pedido que vengas a esta casa, Manon —dijo él, su voz baja, tensa, un rugido de Godzilla contenido bajo las normas del Señorío del Real Hispania.

—¡Maxime! —le reprendió Élodie desde su silla, su rostro palideciendo de golpe por el esfuerzo de la indignación familiar.— Manon es mi mejor amiga y es parte de esta familia. No seas grosero. Bastante duro es para ella estar aquí hoy.

Nadine Diarra cruzó los brazos sobre su túnica, su mirada yendo de su hijo a la ex prometida con una sospecha materna que flotaba en el aire como pólvora húmeda.

—Vayan a sentarse —ordenó la matriarca, interviniendo antes de que la diplomacia del vestuario saltara por los aires.— La comida ya está en la mesa. No hagamos una montaña de un grano de arena.

Durante los primeros veinte minutos, el almuerzo transcurrió bajo una falsa tregua de cubiertos chocando contra la porcelana y comentarios cruzados sobre el calendario de la Copa Continental.

Maxime comía con la voracidad mecánica de un atleta de élite, pero sus nudillos estaban blancos alrededor del tenedor.

Por debajo del mantel, busqué su mano izquierda y le di un apretón firme, un recordatorio invisible de que yo estaba allí como su escudo territorial.

El pulgar de Maxime trazó el dorso de mi mano con una lentitud agradecida, anclándose en mi tacto para no reventar delante de su madre.

A mitad de la comida, Élodie dejó el tenedor sobre el plato con un suspiro de fatiga que me encendió todas las alarmas médicas. Tenía las manos hinchadas, los tobillos reteniendo líquido por encima de las sandalias y unas marcas oscuras bajo los ojos que no eran solo fruto del cansancio.