El futbolista y yo 25 Peticiones y Pantallas de plasma #3
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25 Peticiones y Pantallas de plasma #3

Cuando entré en mi celda de estudiantes a la una de la madrugada, el teléfono volvió a vibrar. Era un mensaje de vídeo de tres segundos.

La pantalla mostraba las manos de Maxime, todavía con las vendas de protección del partido puestas en las muñecas, desabrochando lentamente los botones de la camisa de traje oficial del Real Hispania en el asiento del avión de la sección VIP.

El plano estaba cortado de modo que solo se veían sus dedos largos moviéndose sobre la tela blanca, abriendo el cuello de la camisa para revelar rastro de su piel oscura y la cadena de oro, antes de volver a abrochar el botón superior.

Un bucle infinito de desvestirse y vestirse que se repetía cada tres segundos.

Maxime: Gran partido hoy, novia. El míster nos deja dormir en el vuelo a Sevilla. Si me necesitas, estaré en mi litera oficial del club con las manos en mi bulto del chándal. Espero que estuvieras mirando el videomarcador.

Sentí un espasmo inmediato de deseo y calor en el centro de mi anatomía, una reacción que nada tenía que ver con las endorfinas del examen.

El muy imbécil lo había hecho a propósito.

Había emitido un mensaje cifrado en televisión y ahora me mandaba un bucle porno-táctico desde el avión del Real Hispania.

Agarré el teléfono, la adrenalina y el Ribera del Duero dándome una valentía que mi sentido de la autoprotección habría censurado de inmediato.

Me coloqué de espaldas en la cama estrecha, boca abajo, con el trasero en el aire cubierto únicamente por unas bragas de algodón gris que Dyson me había regalado por Navidad y que llevaban impresa la frase en letras amarillas: «No se va a dar una nalgada por sí sola» .

Eran las últimas limpias que quedaban en el cajón de la residencia.

Enfoqué la cámara del móvil hacia el espejo del armario, recorté el encuadre para que solo se viera la curva de mi trasero sobre la colcha azul de la residencia y las letras amarillas brillando bajo la luz fluorescente del flexo, y apliqué un filtro artístico que aumentaba el contraste de las sombras.

No era una provocación; era una decisión estética basada en mi licenciatura de Historia del Arte. Sí. Eso.

Le di a enviar.

La respuesta tardó exactamente cuatro segundos en llegar desde el espacio aéreo francés.

Maxime: OH JODIDO DIOS MÍO, LAURA. Si me necesitas para sofocar ese incendio, le pido asilo político al piloto del avión para que aterrice de emergencia en Barajas. Estaré en mi litera con la mano en el chándal hasta que lleguemos a Andalucía. Eres un peligro para mi rendimiento deportivo.

Me iluminé por dentro de una manera que la ciencia no podía explicar con un simple gráfico de neurotransmisores. Dejé el teléfono sobre el colchón, sonriendo al techo de la residencia universitaria, sabiendo que las defensas de Moncloa acaban de sufrir una brecha irreversible.

Agarré el móvil una vez más y llamé a Álvaro. Necesitaba que alguien me insultara con criterio para recuperar el eje.

—¿Laurita? —contestó él, con la voz adormilada y ronca por el tabaco de liar—. Son las dos de la mañana, mi amor. Espero que estés llamando para decirme que el Galáctico te ha mandado un billete de primera clase para Sevilla o que te ha dado un infarto de miocardio por sobredosis de excitación.

—Álvaro, creo que tengo un problema —admití, abrazando la almohada estrecha contra mi pecho—. Maxime dice que estamos saliendo. Y me ha dedicado el gol en el Allianz Arena. Ha hecho un gesto con un libro invisible delante de las cámaras de la UEFA.

Se escuchó el sonido de Álvaro incorporándose en la cama en su piso de Chamberí, seguido del chasquido de un mechero.

—A ver, pedazo de liosa, déjame que te haga el diagnóstico exacto —dijo, exhalando el humo por el teléfono—.

El chico se mete un viaje de doce kilómetros por el césped de Múnich, os da la victoria europea, te manda un mensaje cifrado delante del planeta entero y tú estás en tu celda de Moncloa midiendo el nivel de compromiso como si fuera una analítica de orina.

Tienes miedo, Laurita. Te deshaces de los hombres rápido para que no puedan dejarte a ti primero.

Lo hiciste con Raquel y lo estás intentando hacer con este chaval porque te aterra la idea de que alguien con ese tamaño de bíceps y de cuenta bancaria pueda quererte de verdad.

Eso, mi dulce amor, no es independencia. Es cobardía clínica.

Me quedé en silencio, sintiendo el impacto del bisturí verbal de Álvaro cortar directamente el tejido de mis excusas.

—No soy cobarde, Álvaro —protesté, aunque mi ceceo sonó un poco.

—Eres una cagada, Soler. Te da pánico saltar sin red.

Pero este chaval no te está pidiendo que dejes la enfermería; te está pidiendo que veas el partido desde el palco.

Duerme un poco, gatita. Mi diagnóstico es el mismo de siempre: le gustas.

Y estás jodidamente pillada hasta las trancas. Buenas noches.

Colgó antes de que pudiera replicar, dejándome a solas con el zumbido del flexo y el rastro amarillo de mis bragas en el espejo.

Me di la vuelta en la cama, mirando el techo oscuro de la residencia.

Dos noches más tarde, el sábado, el Real Hispania jugaba en Sevilla la jornada de Liga, y yo ya tenía una cita confirmada con Alba para hacer lasaña doméstica y ver la retransmisión televisiva en el plasma de Chamartín.

Ya no era una invitada periférica; las parejas del palco me leían como parte del clan, Nadine Diarra esperaba mi visita en la finca del norte el domingo y el número 17 del club seguía mandándome mensajes de texto desde las concentraciones de Andalucía.

Me metí bajo la colcha, sintiendo el frío de Moncloa pero con el cuerpo extrañamente cálido.

Alba tenía razón. Marina Pons tenía razón.

Incluso el insoportable de Álvaro tenía razón.

El slow-burn emocional había terminado su fase de combustión lenta; la hoguera estaba encendida y, por primera vez en mi vida, no tenía la menor intención de llamar a los bomberos.