25 Peticiones y Pantallas de plasma #2
Crucé el pasillo y entré en el inmenso salón de plasma y alfombras de diseño.
Clara Hidalgo, la mujer de Benjamín, una lateral/extremo con la energía hiperactiva de una presentadora de televisión, estaba sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín de ante gris, sosteniendo un daiquiri de fresa con una pajita de papel.
Marina Pons, la veterana del grupo, esposa del capitán Lucas Lobo y matriarca invisible de los palcos familiares, ocupaba el extremo del sofá con la distinción de una duquesa madrileña, manteniendo bajo el brazo a un caniche blanco diminuto que llevaba un lazo rojo en la cabeza.
—¡La hermana de Alba! —exclamó Clara, levantando su copa a modo de saludo—. Pasa, por favor. Siéntate en la oveja gigante. Estábamos discutiendo si el míster va a poner defensa de cinco en el Allianz Arena o si va a salir a morder arriba como un suicida.
La "oveja gigante" resultó ser un puf de lana afelpada y blanca, tan profundo y blando que sentarte en él equivalía a presentar una solicitud de asilo permanente. Me dejé caer en él con mi copa de Ribera del Duero, sintiendo el cruce inmediato de miradas de la comunidad de parejas.
—Así que tú eres Laura —dijo Marina Pons, entornando los ojos con una curiosidad analítica que me recordó vagamente al examen de Nerea—.
Maxime nos ha tenido fritos toda la semana en el chat del equipo.
Dice que ha encontrado a una enfermera en Madrid que le da más broncas que el cuerpo técnico del club.
Sentí que el vino se me atascaba en la garganta. Miré a Alba con cara de pocos amigos, pero mi hermana estaba demasiado ocupada sirviendo empanadillas de sésamo y pollo en una bandeja de plata como para salvarme.
—Maxime exagera por defecto —respondí, intentando que mi lisp defensivo sonara maduro—. Solo soy una estudiante de prácticas que intenta que no pringue el sofá de diseño con helado de chocolate.
—Ay, la tarrina del Dia —rio Clara Hidalgo, dando un trago a su daiquiri—.
Benjamín me contó que Maxime compró tres neveras portátiles para el viaje a Múnich porque decía que el catering del hotel alemán no tenía el nivel calórico necesario para mantener su masa muscular.
Ese chico es un personaje. Pero Lucas dice que en el vestuario es el único que consigue que Ocaña no se suba a la parra con las redes sociales. Le tiene controlado.
—Guillermo Ocaña es un peligro para la salud pública —sentenció Marina Pons, recolocando el lazo del caniche—.
El chaval tiene diecinueve años, millones en el banco y la madurez de un meme de TikTok.
Si Maxime no estuviera encima de él en los rondos y en los viajes, ya habríamos tenido tres portadas en la prensa rosa esta semana.
La retransmisión del partido empezó en la pantalla gigante de plasma, cortando el chisme del palco.
El sonido de los cánticos alemanes y el rugido del Allianz Arena inundaron el salón de Chamartín, elevando la tensión ambiental a niveles de final de Champions.
Alba se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra mis rodillas en el puf de lana, con los ojos fijos en la figura de Toni Müller.
Ver el fútbol en esa habitación era una experiencia sociológica.
No eran aficionadas de bufanda y cerveza de bar; eran mujeres que conocían la biomecánica de sus maridos, que se tensaban cada vez que un lateral corría por la banda y que sabían descifrar los gestos del banquillo mejor que los analistas de la televisión.
El Real Hispania sufrió durante la primera parte.
El Bayern presionaba arriba, asfixiando la salida de balón de Toni.
Vi a Maxime aparecer en la pantalla en el minuto veinticuatro, barriendo el centro del campo con esa zancada larga y poderosa que lo caracterizaba.
Llevaba la camiseta blanca lisa con la Cruz de Borgoña roja grabada en el pecho, empapada en sudor, los rizos oscuros pegados a la frente por el esfuerzo.
Su juego era físico, áspero, puro Espíritu de Valeriano puesto al servicio del despliegue táctico.
En una recuperación providencial en la frontal del área, se fue al suelo para rebañar un balón con una limpieza quirúrgica, ganándose el aplauso unánime del salón de Alba.
—¡Buen rondo, Max! —gritó Clara Hidalgo, golpeando el cojín—. ¡Vete arriba!
El primer tiempo terminó sin goles, con el Real Hispania resistiendo bajo el Imperio de la Cruz. Alba se levantó a por más pizza, y Marina Pons aprovechó la pausa publicitaria para fijar sus ojos de duquesa en mí.
—Nadine me llamó ayer desde Alcobendas, Laura —dijo en voz baja, dándole un trozo de jamón al caniche—. Me preguntó por ti. Quería saber si eras de las que aguantan la presión o de las que se asustan en el primer derbi.
Tragué saliva, sintiendo que el puf de lana dejaba de ser cozy de repente.
—Le dije a Maxime que no estoy lista para los Diarra, Marina. Mi prioridad ahora mismo son las prácticas en el hospital y mantener los fondos del Ministerio. No tengo tiempo para el protocolo del club.
Marina Pons soltó una sonrisa leve, una mueca de auténtico Señorío madrileño.
—En este club no hay protocolo que valga, chica.
Lo que hay es exigencia. Nadine adora a su hijo, y tras lo que pasó con Manon, todos en el vestuario nos pusimos en guardia por él.
Maxime es de los que se dejan romper para que el compañero no sufra.
Si estás con él, estás dentro. Aquí no hay términos medios.
Miré a Alba, que volvía con la bandeja de pizzas calientes, y mantuve el silencio.
Si estás con él, estás dentro. Las palabras resonaron en mi cabeza con el peso de una convocatoria oficial.
No era solo Maxime; era el Real Hispania completo, con sus palcos, sus madres invasivas, sus capitanes y su mística imperial, empujándome hacia un territorio donde el hipercontrol no servía de nada.
La segunda parte comenzó con un cambio táctico del míster.
El Real Hispania adelantó las líneas, verticalizando el juego.
En el minuto setenta y dos, Toni Müller recibió un balón en tres cuartos de campo, levantó la cabeza con esa frialdad germánica inmune a la presión y filtró un pase milimétrico entre los centrales alemanes.
Maxime apareció desde atrás como un tren de mercancías.
Ganó la posición por pura potencia física, arrastrando al defensa en la carrera, y cuando el portero salió a cerrar el ángulo, en lugar de disparar a lo bruto, metió la puntera de la bota para picar el balón por encima del cuerpo del guardameta.
Una vaselina sutil, perfecta, obscenamente elegante para un centrocampista box-to-box.
El balón entró llorando por la escuadra izquierda.
—¡GOL! —Alba saltó del suelo, tirando mi copa de vino sobre la mesa de cristal (por suerte, el Ribera del Duero cayó sobre un posavasos de ante y no sobre la alfombra). Clara Hidalgo empezó a chillar, agitando los brazos, y Marina Pons soltó al caniche para aplaudir con una dignidad entusiasta.
La pantalla gigante hizo un zoom inmediato sobre la celebración. Maxime corrió hacia el córner, perseguido por Toni y Benjamín Hidalgo. Pero antes de que llegaran a derribarlo en una piña de camisetas blancas, se giró hacia la cámara principal de la retransmisión europea.
Se detuvo en seco. Se quitó el guante térmico con los dientes, se tocó el escudo de la Cruz de Borgoña en el pecho, luego se llevó dos dedos al corazón y, fijando sus ojos oscuros directamente en el objetivo, hizo un gesto breve, una señal imperceptible que consistía en simular que pasaba las páginas de un libro invisible y guiñar un ojo.
Un cortocircuito masivo se produjo en mi red neuronal. El libro de texto. Las guardias nocturnas. Las páginas de Fisiopatología.
El salón de Chamartín se quedó en un silencio repentino, roto solo por el zumbido del plasma. Clara Hidalgo se giró lentamente hacia mí, con la pajita del daiquiri todavía entre los dientes.
—A ver, Laura —dijo, entornando los ojos—. Ese gesto de la biblioteca no era para Toni. Y definitivamente no era para Ocaña.
Alba soltó una risita delatadora desde el suelo. Marina Pons arqueó una ceja, contemplando la pantalla con una sonrisa de absoluta aprobación.
—Ese chaval está pillado hasta las trancas, Alba —sentenció Marina, dándole un trago a su copa—.
Lleva tres semanas en el chat del vestuario diciendo que no puede salir a los afters de Múnich con Ocaña porque «su novia le ha impuesto un toque de queda biológico».
Pensábamos que era una de sus payasadas.
Pero veo que el libro tiene nombre de enfermera.
Intenté esconderme en el puf de lana blanca, deseando tener la capacidad de camuflaje de un camaleón de la sabana, pero era inútil.
La validación pública indirecta acababa de ser emitida ante trescientos millones de espectadores en horario de máxima audiencia europea.
Maxime Diarra había marcado un gol en el Allianz Arena y me lo había dedicado a mí, la liosa de Moncloa que compraba vino de tres euros.
El partido terminó con el 0-1 a favor del Real Hispania, una ventaja crucial antes de la vuelta en el Coliseo Blanco. Las WAGs se marcharon cerca de la medianoche, dejándome a solas con Alba y una montaña de cajas de pizza vacías.
—Te va a llamar —dijo mi hermana, juntando los vasos en la bandeja—. El avión del club sale para Sevilla en una hora. Conociendo a Maxime, no se subirá a la T4 europea sin reclamar su cuota de atención.
—No tiene por qué hacerlo —mascullé, recogiendo mi bolso con los apuntes—. Estará cansado. Ha corrido doce kilómetros sobre césped alemán. Estará pensando en la recuperación muscular y en la crioterapia.
—Racionalízalo todo lo que quieras, Laurita. Pero estás dentro del palco. Asúmelo.
Volví a la residencia de Moncloa en un taxi, mirando las luces del Paseo de la Castellana fluyendo a través de la ventanilla. Madrid parecía más grande, más brillante y extrañamente menos solitaria.