25 Peticiones y Pantallas de plasma
El silencio de la residencia universitaria de Moncloa en una tarde de mayo tiene una cualidad densa, casi pegajosa, como el café recalentado de la máquina del vestíbulo.
Con los exámenes finales del primer cuatrimestre formalmente finiquitados, el edificio parecía haber sufrido una evacuación por alerta sanitaria.
Nerea había empaquetado sus apuntes perfectos de Fisiopatología con la eficiencia de un cirujano militar y se había marchado a pasar la semana libre a la finca familiar de sus padres en El Escorial, dejándome sola con mis dudas, una cuenta bancaria moribunda y un pánico abstracto que se me instalaba en la boca del estómago cada vez que miraba la cama vacía.
Bueno, la cama no estaba del todo vacía. Sobre la almohada todavía quedaba una muestra invisible pero geográficamente localizable de los efectos de Maxime Diarra en mi vida.
Estamos saliendo, Laura.
Cerré el portátil de un golpe, asustando al silencio.
No estábamos saliendo. Saliendo implicaba un protocolo, una negociación de expectativas, un contrato social que yo no había firmado.
Lo de Maxime y yo era... una anomalía estadística.
Una confluencia de alta tensión física y vulnerabilidad farmacológica provocada por el estrés académico y sus crisis de vestuario.
Sí. Eso era mucho más fácil de catalogar.
Mi teléfono, depositado sobre la mesa de estudio junto a una taza de café fría, vibró con la violencia de un insecto atrapado.
El corazón me dio un vuelco tan brusco que me dolió el esternón.
Odiaba esa reacción fisiológica. Odiaba que mi sistema simpático se hubiera vuelto dependiente de un zumbido digital.
Lo agarré con una parsimonia defensiva que pretendía engañar a las paredes de la habitación. Era un mensaje de WhatsApp. El remitente aparecía bajo el nombre de Maxime , acompañado por el emoji de un balón de fútbol y un corazón negro que él mismo había configurado en mi lista de contactos.
Maxime: Aeropuerto de Barajas. T4. El míster nos está metiendo una bronca táctica antes de subir al avión porque Ocaña ha llegado con unas gafas de sol que Kilimanjaro podría usar de pista de aterrizaje.
Solo quería que supieras que me quedo en el hotel de Múnich por la noche.
Solo. En mi litera. Pensando en mi novia.
Solté un bufido irónico, pero la comisura de mis labios se elevó un milímetro antes de que pudiera detenerla. Maldita sea. Odiaba cuando usaba esa palabra.
Laura: Hola, Galáctico. Me alegra saber que el Real Hispania mantiene su disciplina militar. Disfruta de Baviera. Yo también me quedo en casa. Sola. En mi celda monacal de Moncloa. Porque ese es mi estilo y porque no tengo novio.
La respuesta tardó exactamente lo que le costó al avión de Iberia encender los motores en la pista de Barajas.
Maxime: Aunque no lo admitas ante el tribunal médico, sé que me extrañas, Laurita. Te veo el domingo en las pantallas. No dejes que las WAGs te emborrachen con kombucha.
Laura: Buen viaje, Diarra. Concéntrate en el balón y deja de hacer diagnósticos sin licencia. Buenas noches.
Maxime: Buenas noches, novia.
Dejé el teléfono bocabajo sobre el colchón.
Novia . La insistencia juguetona de Maxime tenía la sutil persistencia de una gota de agua perforando una roca de granito.
Era una estrategia de desgaste. Sabía que si lo repetía las veces suficientes, mi cerebro terminaría por normalizar el concepto, y la normalización era el primer paso hacia la dependencia emocional.
Y yo, Laura Martín Soler, no dependía de nadie.
Ya había visto a mi madre pasar demasiados años haciendo malabarismos con las facturas y el orgullo tras la marcha de mi padre como para cometer el error de buscar un ancla en un hombre que cobraba millones por dar patadas a un balón de cuero y cuya vida cambiaba de huso horario cada tres días.
Para certificar mi independencia, decidí que el martes por la tarde necesitaba una dosis urgente de realidad no futbolística.
Quedé con Álvaro en una cafetería de Chamberí, un local estrecho con olor a canela y tarta de zanahoria casera que quedaba a medio camino entre su hospital de prácticas y mi reclusión académica.
Álvaro llegó vistiendo el uniforme de calle con la misma teatralidad con la que se ponía el pijama verde de quirófano: una chaqueta de pana marrón, una bufanda de punto grueso que parecía haberle robado a una folclórica y unos ojos entornados que me escanearon desde la entrada como un TAC de última generación.
Se dejó caer en la silla de madera frente a mí, soltando un suspiro que pretendía abarcar toda la miseria de la sanidad pública española.
—Laurita, mi amor, mírame —dijo, quitándose las gafas de sol con un gesto dramático y apoyando los codos en la mesa—.
Estás pálida. Tienes las ojeras de una mística del siglo XVI tras tres meses de ayuno y oración.
¿Qué te pasa? ¿Es el examen de anatomía o es que el centrocampista franco-africano te está desestructurando el mapa celular?
Tomé un sorbo de mi descafeinado con leche, intentando mantener la voz en un registro de absoluta indiferencia.
—El examen fue una masacre de tres horas, Álvaro, gracias por preguntar. Creo que saqué la nota suficiente para mantener los fondos del Ministerio, pero sigo esperando la confirmación de la profesora Tejada. Y Maxime está en Múnich. No me desestructura nada.
Álvaro soltó una risotada sonora que hizo que el camarero, un chico joven con barba que limpiaba la cafetera exprés, se girara a mirarnos.
—A otro perro con ese hueso, Soler. Llevo tres años viéndote huir de cualquier hombre que use un perfume que cueste más de veinte euros.
Te conozco el patrón. Tienes el síndrome de la retirada preventiva.
En cuanto notas que las constantes vitales del romance se estabilizan, provocas un paro cardíaco voluntario para poder decir: «¿Ves?
Sabía que esto iba a salir mal». Racionalizas el deseo como si fuera un ensayo clínico, Laurita.
Pero a este chaval no puedes meterlo en una probeta.
—No racionalizo nada —repliqué, sintiendo que las mejillas se me encendían bajo su escrutinio—.
Es una cuestión de geografía y economía básica, Álvaro.
Su vida ocurre en palcos VIP, zonas mixtas y hoteles de cinco estrellas en Europa.
La mía ocurre en el pasillo de pediatría de La Paz y en una habitación compartida donde el colchón tiene un muelle que me pincha la tercera vértebra lumbar cada vez que respiro. No hay intersección posible.
—La intersección ocurrió en su sofá el sábado por la noche, según me ha soplado Alba —dijo él, arqueando una ceja con malicia—.
Y déjame decirte algo como profesional de la salud: el aislamiento prolongado provoca necrosis emocional.
Déjate llevar, coño. Que el chico es un box-to-box de élite.
Tiene el tren inferior de un gladiador y, por lo que me cuenta tu hermana, un corazón que no le cabe en la Cruz de Borgoña.
¿Qué es lo que te da tanto miedo? ¿Que te mude a La Moraleja y te conviertas en una señora de club de campo?
—Me da miedo que mi vida deje de ser mía, Álvaro —admití en un susurro, bajando la mirada hacia la espuma del café—.
Si entro en ese círculo, dejas de ser Laura.
Te conviertes en «la acompañante de Diarra».
Las portadas de la prensa rosa te ponen una etiqueta antes de que hayas podido presentarte.
Y yo me estoy matando a estudiar para tener un título que lleve mi nombre, no el suyo.
Álvaro se quedó en silencio durante unos segundos, una pausa milagrosa en su habitual torrente verbal. Su mano, grande y curtida por el uso de desinfectantes hospitalarios, se posó sobre la mía con una calidez protectora.
—Nadie va a borrar tu nombre, Laurita —dijo con suavidad, con una seriedad que rara vez exhibía—. Esa cabeza tuya es demasiado cuadrada como para dejarse absorber por el glamour de Chamartín. Pero el orgullo es un compañero de cama muy frío. No cortes el hilo antes de saber adónde lleva.
Nos despedimos una hora después con un abrazo que me dejó olor a desinfectante y tabaco de liar en la chaqueta.
Volví al metro con sus palabras flotando en mi cabeza como un diagnóstico incómodo.
Tienes el síndrome de la retirada preventiva .
Era verdad. Cada vez que Raquel intentaba hablar de futuro en el pasado, yo encontraba una excusa logística para enfriar la conversación.
Cortaba el circuito antes de que la corriente pudiera electrocutarme.
El jueves por la noche, sin embargo, la logística familiar me obligó a abandonar mi asilo de Moncloa.
Alba me había citado en el piso de Chamartín para cenar y ver la retransmisión de los cuartos de final de la Copa Continental contra el Bayern.
Toni Müller jugaba de titular en el mediocentro organizador, y Alba se negaba a sufrir el partido sola en el salón gigante.
Cuando llegué al edificio, a pocas calles del Coliseo Blanco, descubrí que la cena tranquila entre hermanas se había transformado en una cumbre informal del palco de familias del Real Hispania.
Alba me abrió la puerta vistiendo unos pantalones de lino beige y una camiseta blanca del club con el número 8 de Toni a la espalda, pero detrás de ella, el murmullo de voces femeninas y el tintineo de copas delataban que el salón estaba tomado.
—He tenido que asilar a la resistencia, Laurita —me susurró Alba al oído mientras me daba dos besos—. Clara Hidalgo y Marina Pons estaban al borde del colapso nervioso en sus casas y Toni me pidió que las juntara aquí. Hay pizza de la buena y vino que no es del Dia, te lo prometo.