El futbolista y yo 24 Sobredosis de oxitocina y calendarios europeos #2
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24 Sobredosis de oxitocina y calendarios europeos #2

—No huyo. Estoy comprobando si tengo sensibilidad en las piernas —mentí.

Maxime soltó una carcajada suave que le vibró en el pecho.

—Tengo que quitarme esto —dijo, refiriéndose al condón. Se separó de mí a regañadientes y caminó hacia el baño adjunto.

Aproveché para tirar del edredón azul y cubrirme hasta el pecho. Miré el techo oscuro, mi cerebro empezando a encender las alarmas. Esto no era una excepción. Habíamos roto la barrera de cristal. Me había traído a su espacio seguro. Me había mirado como si yo fuera la cosa más importante del mundo.

Cuando volvió, no se metió en la cama de inmediato. Se acercó al gran ventanal, corrió una cortina ligeramente y miró hacia fuera. La luz perfiló su cuerpo.

—¿Qué estás pensando, Laura? —preguntó de pronto, sin girarse.

Su radar emocional me sacaba de quicio.

—En que debería irme. Tengo que repasar apuntes mañana y mi ropa está esparcida por tu pasillo.

Maxime se giró, apoyándose contra el cristal. Cruzó los brazos.

—Sabes que eso es mentira. Sabes lo que significa esto, ¿verdad?

Me tensé bajo el edredón.

—Significa que éramos dos adultos estresados que necesitaban una descarga de tensión en un entorno higiénicamente controlado.

Él caminó hacia la cama, su rostro serio. Se sentó en el borde, apoyando una mano a centímetros de mi cadera.

—No te mientas a ti misma, Laura. Y no me mientas a mí. —Sus ojos se clavaron en los míos, firmes, sin rastro de su habitual máscara protectora—. Sabes que no traigo a nadie a esta cama. Nunca. Esto significa que estamos saliendo.

La palabra flotó en el aire como una sentencia de cadena perpetua. Saliendo .

—Ni en broma —salté, mi tono volviéndose más agudo por el pánico—. No estamos saliendo, Maxime. ¡Ni siquiera me gusta el fútbol!

Él sonrió, una sonrisa irritantemente comprensiva.

—¿Qué tiene que ver el fútbol? Estamos saliendo, Laura. Acabas de gritar mi nombre de una manera muy poco platónica. Estás en mi cama. Has comido mi comida. Es oficial.

—¡No es oficial! —Me senté de golpe, sujetando el edredón contra mi pecho como si fuera un escudo antimisiles—. Eres una víctima de la neuroquímica, Diarra. Lo que sientes ahora mismo es un cóctel hormonal engañoso.

Maxime arqueó una ceja.

—¿Un cóctel hormonal? Ilumíname, doctora.

—Futura enfermera —le corregí, señalándole con un dedo acusador—.

Es ciencia básica. El contacto físico prolongado, especialmente después del sexo, provoca una liberación masiva de oxitocina.

La llaman la hormona del apego. Crea una ilusión temporal de vínculo profundo y confianza.

Añádele la dopamina del sistema de recompensa del cerebro por.

.. el orgasmo, y las endorfinas que mitigan el dolor y el estrés, y tu cerebro reptiliano te está gritando que acabas de encontrar a tu pareja de por vida.

Hice una pausa para tomar aire, mi mente a toda velocidad recitando el temario del semestre anterior para no mirar el precipicio emocional.

—Básicamente, estás conduciendo bajo los efectos de la dopamina, Maxime. No estás viendo la realidad. Tu cerebro te está engañando. Dame dos horas, un vaso de agua fría y la caída hormonal te devolverá a la normalidad. Mañana ni te acordarás.

Maxime me miró durante unos segundos interminables. No parecía ofendido. De hecho, parecía divertidísimo.

Se echó a reír. Se inclinó hacia delante y apoyó la frente en la mía.

—Eres increíble. Te juro que eres la criatura más fascinante que he conocido en mi vida.

—No te rías de la ciencia —gruñí, intentando apartarme, pero él me sujetó la cara con ambas manos.

—No me río de la ciencia, Laura. Me río de lo mucho que te aterra admitir que tú también sientes esta sobredosis de oxitocina, o como quieras llamarlo.

Me quedé helada. Estaba demasiado cerca. Olía demasiado bien. Era demasiado perfecto.

—No es terror —murmuré, mirando sus labios—. Es instinto de supervivencia. Mi mundo y el tuyo no encajan. Yo no puedo permitirme... despistes. Tú tienes tu vida resuelta. Yo estoy a un examen de tener que hacer las maletas.

El pulgar de Maxime acarició mi pómulo.

—Tu mundo y el mío encajan perfectamente. Lo acabamos de demostrar. —Su tono se volvió más suave, casi solemne—. No voy a forzarte a ponerle una etiqueta si te da miedo. Pero no voy a dejar que te escondas detrás de un diccionario médico para fingir que esto no importa.

Aparté la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. Quería creerle. Dios, cómo quería creerle. Pero el miedo a depender de alguien, a perder mi recién conquistada autonomía, a ser la "novia de un futbolista" en lugar de Laura Martín Soler, era un monstruo difícil de matar.

Maxime, sintiendo mi retirada, cambió de táctica. Sabía leer los tiempos mejor que nadie.

Se levantó de la cama.

—Quédate ahí —ordenó—. Vuelvo en un minuto.

Desapareció por la puerta. Me quedé sola en la cama, respirando hondo, ordenándole a mi hipotálamo que dejara de sabotear mi sentido común.

Regresó poco después. Llevaba unos pantalones cortos deportivos grises y sostenía la tarrina de helado de chocolate del salón en una mano y dos cucharas en la otra.

Mi corazón dio un vuelco ridículo.

—Operación de rescate de dopamina —anunció, saltando a la cama y cruzando las piernas junto a mí. Me tendió una cuchara—. Supongo que, científicamente, el chocolate también ayuda a los niveles de serotonina, ¿no?

No pude evitar sonreír. Agarré la cuchara.

—Eres un idiota manipulador.

—Soy un estudiante aplicado.

Hundimos las cucharas en la masa semiderretida. Comer helado en una cama de sábanas de seiscientos hilos con un futbolista millonario a las once de la noche no era algo que hubiera imaginado jamás en mi vida. Era desordenado, íntimo y peligrosamente doméstico.

Compartíamos la tarrina en silencio, nuestros codos rozándose ocasionalmente. Era un silencio cómodo, sin la tensión eléctrica de antes, pero cargado de una intimidad que me asustaba mucho más que el sexo.

—Mañana no entreno en Valeriano —dijo Maxime de repente, rompiendo el hielo. Literal y figuradamente.

—Ah, claro. Sois los intocables del míster. Tenéis descanso.

—No. Viajamos. El equipo vuela mañana a Múnich. —Chupó su cuchara, mirándome de reojo—. Jugamos la ida de los cuartos de la Copa Continental el miércoles. Y de allí, empalmamos. Volamos directamente a Sevilla para la jornada de Liga del domingo. No piso Madrid hasta el lunes que viene.

La noticia me cayó como un jarro de agua fría, aunque no quise demostrarlo.

Iba a estar fuera casi una semana. La burbuja en la que estábamos se iba a romper.

Él volvería a ser el Galáctico en la televisión, viajando en aviones privados, rodeado de prensa, durmiendo en hoteles de lujo concentrado con sus compañeros.

Y yo volvería a mi cuarto minúsculo de Moncloa, a estudiar y a comer atún de lata.

—Múnich y Sevilla —repetí, manteniendo el tono neutral—. Te toca trabajar para ganarte el sueldo, entonces.

—Sí. —Maxime dejó la tarrina sobre la mesita de noche. Se apoyó contra el cabecero de la cama y me miró—. Te voy a escribir todos los días.

Me tragué una porción de helado demasiado grande, congelándome el cerebro.

—No tienes por qué hacerlo. Estarás concentrado, tendrás reuniones de equipo, charlas tácticas... Lucas Lobo te echará la bronca si estás con el móvil.

—Le diré al capitán que estoy hablando con mi chica, lo entenderá.

—No soy tu chica —ataqué por instinto.

Él sonrió, inasequible al desaliento.

—Veremos qué dice la ciencia cuando pase una semana y te mueras de ganas de verme. —Se acercó, rodeando mis hombros con su brazo y tirando de mí hacia su costado. Protesté débilmente, pero acabé apoyando la cabeza en su hombro. El olor a jabón y piel limpia me envolvió.

—Voy a extrañar esto —admitió en voz baja.

No contesté. No me atreví a decirle que yo también lo iba a echar de menos. Que me aterrorizaba la idea de volver a mi rutina y descubrir que este apartamento, y este hombre, se habían convertido en mi refugio.

—Además... —añadió Maxime, trazando círculos perezosos en mi hombro descubierto—, cuando vuelva, quiero que vengas a cenar.

—Ya veremos. Depende de cómo lleves la derrota en Múnich.

—No a cenar conmigo a solas. Quiero que vengas a cenar con mi familia. Los Diarra.

Me incorporé de golpe, mirándolo como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Qué?

—A cenar con mi familia —repitió, con total calma—. Mi madre, Nadine, está en Madrid estos días. Y mi hermana Élodie. Solemos juntarnos en mi otra casa, la de las afueras, cuando hay un respiro en el calendario. Les he hablado de ti.

El pánico, el de verdad, el que no se podía apaciguar con explicaciones médicas, me golpeó en el pecho.

—Maxime, no. ¡Bajo ningún concepto! ¿Presentarme a tu familia? ¡Eso es lo que hace la gente que está en una relación seria! ¡La gente que va a casarse y a comprar un perro!

Él soltó una carcajada fuerte.

—O la gente que quiere pasar un buen rato comiendo el poulet yassa de mi madre. Laura, tranquila. No te estoy pidiendo matrimonio. Solo quiero que las conozcas. Mi familia es... intensa. Pero son mi vida. Y tú... tú eres importante para mí. Quiero que estés ahí.

Me froté la cara con las manos.

—No, no, no. Esto es un error. Tu madre y tu hermana. Van a hacerme un interrogatorio. Me van a escanear. Van a pensar que soy una cazafortunas que busca vivir del cuento. Van a preguntar por mis planes de futuro y tendré que decirles que mi máximo plan es no suspender Fisiopatología.

Maxime me agarró suavemente las muñecas, apartando las manos de mi cara. Me obligó a mirarlo.

—Mi madre no piensa así. Y Élodie tampoco. Y te garantizo que la única persona aquí que duda de tu valor eres tú misma.

—Es demasiada presión, Maxime. De verdad. No estoy lista para los Diarra. Y además... me dijiste que Élodie sigue muy unida a Manon. A tu ex.

Pude ver el cambio en sus ojos. La mención de Manon, de la herida que aún no había cerrado del todo, endureció su expresión por una fracción de segundo, pero enseguida recuperó la compostura.

—Sí. Siguen unidas. Y eso es asunto de Élodie, no mío.

Pero tú no eres Manon. No te pareces a ella, no actúas como ella.

—Me acarició la mejilla—. Quiero que mi familia vea a la persona que me saca de mis casillas, que no se impresiona con mis coches y que me trae vino del supermercado para consolarme.

—Estás idealizando mi falta de presupuesto —mascullé, pero ya sin fuerza.

—Entonces, ¿vendrás? ¿Cuando vuelva de Sevilla?

Miré sus ojos oscuros, buscando algún resquicio de burla, pero solo había una sinceridad desarmante. Quería que yo formara parte de su mundo. Del real, no del de las portadas del Marca o el As . Del mundo donde estaba su madre y el estofado africano.

Cerré los ojos y dejé caer la frente contra su pecho.

Extrañaba a mi familia, a mi madre y sus constantes sermones, la locura de las comidas de los domingos que ahora veía desde la barrera de mi piso de estudiantes.

Tal vez, solo tal vez, necesitaba estar rodeada de una familia, aunque fuera una postiza.

—Estás loco —suspiré contra su piel.

—Tomaré eso como un sí —dijo, dándome un beso sonoro en la coronilla—. Ya verás, te encantarán. Mi madre es como un huracán de amor y comida. No podrás escapar.

—Ya lo veo venir.

Nos recostamos de nuevo. Maxime apagó la luz de la mesilla, sumiendo la habitación en la oscuridad, iluminada únicamente por el cielo naranja de Madrid.

Se acomodó a mi lado, tirando del edredón sobre ambos, y me atrajo hacia él hasta que mi espalda quedó pegada a su pecho, encajando a la perfección, como si fuéramos dos piezas de un puzzle diseñado para ir juntas. Rodeó mi cintura con su brazo, asegurándome contra él, anclándome.

Cerré los ojos, escuchando su respiración ir ralentizándose mientras el cansancio lo vencía.

No éramos una pareja. Era solo química. Dopamina, oxitocina, el alivio del estrés. Era ciencia pura y dura. No podía ser amor, porque el amor requería saltar sin red, y yo no estaba dispuesta a estrellarme.

Pero mientras me dejaba hundir en el sueño, rodeada por sus brazos fuertes, envuelta en su calor y en su olor, en el centro de su cama inaccesible, mi cerebro reptiliano me susurró una última verdad aterradora.

Me sentía exactamente como si estuviera en casa.