El futbolista y yo 24 Sobredosis de oxitocina y calendarios europeos
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24 Sobredosis de oxitocina y calendarios europeos

El beso en el sofá no fue una conclusión; fue el detonante de una bomba que llevaba meses con el temporizador en marcha.

Mis manos seguían aferradas a los hombros de Maxime, sintiendo la dureza de su musculatura tensarse bajo mis dedos. Su boca era exigente, abrumadora, y sabía a aquel vino tinto de tres euros mezclado con un rastro de chocolate que ahora me parecía el manjar más caro del universo.

No había nada de la ligereza de las galas benéficas ni de las bromas de vestuario en la forma en que me estaba besando.

Era un beso urgente, como si quisiera borrar cualquier rastro de duda que pudiera quedar en mi cabeza.

Y lo estaba consiguiendo. Mi cerebro, normalmente una máquina bien engrasada de ansiedades, listas de tareas y mecanismos de defensa, se había apagado por completo, dejando el control a un cuerpo que solo quería fundirse con el suyo.

Maxime rompió el beso con un jadeo ronco. Apoyó la frente contra la mía. Ambos respirábamos como si acabáramos de correr una maratón por el Paseo de la Castellana.

—Quiero llevarte a mi cama, Laura —murmuró. Su voz, grave y rasposa, vibró contra mis labios—. Quiero hacerte cosas en mi cama.

El simple sonido de esa palabra, cama , disparó una nueva oleada de calor en mi bajo vientre. No el sofá. No un rincón oscuro de un guardarropa. Su cama. El santuario privado del hombre que vivía expuesto a las cámaras del mundo entero.

Asentí, incapaz de articular una frase completa que no sonara a súplica patética.

Maxime no esperó más. Se puso en pie de un salto ágil, tirando de mis manos para levantarme. Por un segundo, mis zapatillas resbalaron en el suelo de madera de nogal, pero él me estabilizó, rodeando mi cintura con un brazo fuerte, y me guió por el pasillo.

El apartamento estaba en penumbra, iluminado solo por las luces indirectas de los zócalos y el resplandor anaranjado de Madrid que se filtraba por las inmensas cristaleras.

Pasamos por delante de una pared decorada con fotografías artísticas en blanco y negro, pero no me detuve a mirarlas.

Toda mi atención estaba centrada en la espalda ancha de Maxime, en el surco de su columna y en el modo en que su piel oscura parecía absorber la poca luz que había.

Abrió la última puerta del pasillo y me hizo entrar.

La habitación principal era tan grande como todo el piso que compartía con Nerea en la residencia.

Tenía el mismo estilo minimalista que el resto del ático: tonos carbón, madera oscura y cortinas gruesas que bloqueaban casi por completo la luz de la ciudad.

En el centro, una cama inmensa, de proporciones casi ridículas, cubierta con un edredón nórdico de un tono azul medianoche impecable.

No había ropa tirada en el suelo, ni pósters, ni caos. Era el dormitorio de un hombre que rara vez dormía allí, o de alguien que necesitaba que al menos un rincón de su vida estuviera perfectamente ordenado frente al escrutinio constante del Real Hispania.

—Es enorme —fue lo único que logré decir, mi voz sonando absurdamente pequeña en el silencio de la estancia.

Maxime cerró la puerta a nuestras espaldas. Se apoyó en ella, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, y me observó. La cadena de oro brillaba contra su piel.

—Es mi refugio —dijo con suavidad—. Normalmente no dejo que nadie entre aquí.

Tragué saliva. Normalmente no dejo que nadie entre aquí. El peso de esa declaración amenazó con despertar a la Laura analítica, a la que temía el compromiso y las etiquetas, pero mi sistema nervioso central ya estaba demasiado comprometido.

Di un paso hacia él, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo las suelas de mis zapatillas.

—¿Me vas a obligar a desvestirme sola o vas a ayudarme? —pregunté, intentando inyectar algo de mi habitual sarcasmo en la situación para no sentirme tan vulnerable.

La sonrisa ladeada de Maxime, esa que las marcas deportivas pagaban millones por estampar en sus anuncios, hizo su aparición. Pero esta vez era lenta, perezosa. Depredadora.

Se despegó de la puerta y caminó hacia mí.

—Toda tuya, mademoiselle —murmuró, deteniéndose a escasos centímetros.

Levantó las manos y agarró el dobladillo de mi sudadera gigante. La levantó despacio, rozando la piel de mi abdomen con los nudillos, enviando un escalofrío que me erizó hasta el último vello del cuerpo. Levanté los brazos y dejé que me quitara la prenda por la cabeza. La tiró al suelo sin mirar.

Me quedé en vaqueros y sujetador deportivo de algodón.

Nada de encaje de lencería cara, nada de seda.

Solo la armadura práctica de una estudiante de enfermería que había pasado el día hiperventilando sobre esquemas de farmacocinética.

Me encogí un poco, repentinamente consciente de mis imperfecciones, de la falta de sofisticación frente a este semidiós atlético.

Pero Maxime me miró como si estuviera contemplando una obra de arte en el Prado.

—Joder, Laura —suspiró.

Sus manos subieron por mis costados, trazando el contorno de mis costillas, y sus pulgares acariciaron el borde de mi sujetador. Su toque era reverencial, casi cuidadoso, lo cual suponía un contraste desquiciante con la fuerza que sabía que poseía.

Se inclinó y besó el hueco entre mi cuello y mi hombro. Solté un jadeo que resonó en la habitación silenciosa. Sus labios bajaron, trazando la línea de mi clavícula, mientras sus manos iban a la cinturilla de mis vaqueros. El clic metálico del botón abriéndose me sonó a música celestial.

Le ayudé a bajar la cremallera y a deshacerse de mis pantalones y zapatillas, pateándolos torpemente hacia un lado. Él se agachó para quitarse los pantalones de chándal, y cuando volvió a enderezarse, se deshizo por fin de su última barrera de ropa.

Mi mirada cayó de inmediato sobre él. Y, bueno. La genética, la nutrición del club y la naturaleza habían sido obscenamente generosas con Maxime Diarra.

Sentí que mis mejillas se calentaban, pero me negué a apartar la mirada.

—La anatomía humana es fascinante —conseguí murmurar, intentando sonar profesional y fallando estrepitosamente.

Maxime soltó una carcajada ronca, agarrándome por la cintura y levantándome en vilo como si yo no pesara más que una pluma.

—Deja de estudiar por hoy, enfermera —dijo, dejándome caer sobre la inmensa cama azul.

El colchón me absorbió en una nube de comodidad. Antes de que pudiera reaccionar, él ya estaba sobre mí, una rodilla plantada a cada lado de mis caderas, cubriéndome con su sombra. Se inclinó y volvió a asaltar mi boca.

El beso fue un fuego cruzado. Mis manos volaron a su espalda, trazando los surcos profundos de sus músculos. Sentía el latido desbocado de su corazón contra mi pecho desnudo. Desabrochó el cierre de mi sujetador con una habilidad frustrantemente experta y lo apartó, liberando mis pechos.

Cuando su boca abandonó la mía para descender por mi cuello y detenerse en mis senos, la habitación pareció dar vueltas. Susurró algo en francés contra mi piel que no logré traducir, pero el tono era pura devoción. Mi espalda se arqueó de forma instintiva, buscando más fricción, más de él.

—Maxime... —supliqué, hundiendo los dedos en su pelo.

Él subió la mirada. Tenía las pupilas dilatadas, devorando el iris.

Se apartó solo un segundo para alcanzar el cajón de la mesita de noche. El sonido de un envoltorio rasgándose me confirmó que, al menos, su sentido de la responsabilidad estaba intacto.

Cuando volvió a cubrirme, el mundo exterior dejó de existir. No había Real Hispania, no había becas del Ministerio, no había exámenes ni ex novias manipuladoras. Solo estaba la presión firme y segura de su cuerpo contra el mío.

La penetración fue lenta, deliberada. Un cruce de fronteras.

Apreté los dientes, ahogando un gemido mientras él se abría paso en mí, llenándome por completo.

Maxime se detuvo, apoyando su peso sobre los antebrazos para no aplastarme, su rostro a centímetros del mío, observando cada microexpresión de mi cara.

—¿Estás bien? —susurró, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de contenerse.

—Maldita sea, sí. No pares.

Su sonrisa fue una mezcla de alivio y arrogancia, y entonces empezó a moverse.

El ritmo fue in crescendo, una cadencia hipnótica que fue derribando sistemáticamente cualquier pensamiento lógico que me quedara.

Maxime no follaba como un jugador estrella buscando su propio placer egoísta; lo hacía con una concentración absoluta en mí, leyendo las reacciones de mi cuerpo, ajustando su ángulo y su velocidad cada vez que yo soltaba un quejido o le clavaba las uñas en la espalda.

Era abrumador. La intimidad era tan densa que apenas podía respirar. Cada embestida me empujaba más cerca del borde, un precipicio del que quería tirarme de cabeza.

—Laura... —jadeó, y escuchar mi nombre en su voz, desprovisto de cualquier escudo o broma, fue el detonante final.

Una ola de calor eléctrico estalló en mi centro, irradiando hacia mis extremidades.

Grité, arqueándome contra él mientras las contracciones del orgasmo me sacudían por completo.

Maxime gruñó, acelerando el ritmo durante tres embestidas brutales antes de venirse él también, colapsando contra mi cuello con un suspiro tembloroso que me puso la piel de gallina.

Nos quedamos allí, un enredo de extremidades sudorosas, respiraciones entrecortadas y sábanas de lujo arrugadas.

Maxime rodó hacia un lado, llevándome con él y atrapándome contra su pecho. Su brazo me rodeaba con firmeza, posesivo, mientras su barbilla descansaba sobre mi cabeza.

Escuchaba los latidos rítmicos de su corazón, poco a poco volviendo a su frecuencia habitual de atleta de élite. Mi propio corazón seguía galopando.

Sentí el pánico asomando tímidamente. La claridad post-coital amenazaba con entrar en la habitación. Estaba desnuda en la cama de Maxime Diarra. Me sentía protegida, cuidada y absurdamente feliz.

Peligro. Peligro inminente.

Intenté moverme, pero él apretó su abrazo.

—No huyas —murmuró, con la voz pastosa por el sueño y la satisfacción.